EL ASCENSOR DE MI NOVIA

Visitas: 23,362

Como todos los domingos por la tarde, me dirigía a casa de mi novia para salir a dar una vuelta. Entré con el coche en su calle y me paré en la esquina de arriba. Había una vecina de ella en la acera de enfrente, pero no le presté atención. Mi novia se asomó por la ventana y me dijo que ya bajaba. Al rato, la vecina cruzó la calle hacia su casa y… ¡Joder! Llevaba una camisa violeta apretada y pantalones a juego que realzaban su atractiva figura de 21 años. Antes no me había fijado, pero desde ese día, no pienso en otra cosa.

Sus pechos redondos y firmes me hipnotizaron. El frío erizaba sus pezones, visibles bajo la blusa algo transparente que dejaba ver las areolas oscuras. Cada vez más nervioso por su mirada y sabiendo que mi novia bajaría pronto, no podía dejar de admirar sus labios carnosos y ese culo perfecto.

Se abrió la puerta y salió mi novia. Apartamos la mirada. Ella se giró, cuchicheó con una amiga recién llegada y se echaron a reír. Mi novia les lanzó una mirada asesina. Al entrar en el coche, dijo: “Esa guarra…”. “La verdad es que sí, cariño”, respondí. Al irnos, nos cruzamos una mirada fugaz pero cargada de promesas.

Pasaron un par de días. Fui a buscar a mi novia al instituto, la dejé en casa y miré al balcón de la vecina. Se hizo la despistada, pero se quitó la blusa mostrando un sujetador negro de encaje precioso. Me lanzó una mirada rápida y cerró la cortina. Todo el día estuve pensando en ella.

Al día siguiente, al pasar, la vi asomada y me saludó con una sonrisa que me enamoró. Los días corrieron hasta el fin de semana. Ir a buscar a mi novia se volvió una excusa. La dejé en casa, cogí el ascensor y, al abrirse abajo, ahí estaba: blusa más apretada, sin sujetador. Supuse que iba a casa de una amiga, pero sabía que la miraría.

Me resistí al principio, pero se movió y caí. “Hola”, dijo con picardía. Tocó el 8. Su escote sudado olía a deseo puro. Llevaba minifalda blanca elástica, algo suelta pero tentadora. El ascensor arrancó y, entre el 3 y 4, pulsó parada, justo en el piso de mi novia.

Le pregunté por qué, pero no respondió. Soltó su bolsa, levantó la blusa y me besó. Sus pechos calientes casi me quemaban, pezones rojizos erizados. Los pellizqué con cuidado, luego con pasión. Mis dedos apenas los abarcaban; estaba muy desarrollada. La apreté contra mí para que notara mi erección. Bajó la mano, desabrochó mis pantalones y rodeó mi sexo con su mano fría. Gemí. Bajó la cabeza, lamió mi glande con saliva caliente, luego lo engulló. Gozaba como nunca.

La aparté para besarla. Apretó su cadera contra mí, frotándose. Lamí su cuello, escote, pezones; gimió. Deslicé la mano por su ombligo, separé la falda: bragas empapadas. La masturbé hasta que se las bajó desesperada. La puse de espaldas, una mano en pechos, otra en clítoris. Su culo rozándome me volvía loco.

Temblaba; era mía. Le bajé los pantalones, levanté la falda, casi en cuatro por el espacio. Introduje un dedo para prepararla, luego la penetré con fuerza. Gritó de placer-dolor. Intenté salir, pero me agarró: “¡Dentro, quiero tu flujo caliente!”. Me corrí, llenándola.

Se vistió y dijo: “Quiero repetirlo”. Pulsó marcha. Se bajó con un beso en la mejilla: “Llámame”. Salí con piernas temblorosas; sus 21 años me dejaron exhausto. La llamaré, y quizás cuente de la hermana de mi novia, de 22 años, que con solo rozarme me pone cachondo.

Autor: lu

👉 ¿Te gustó este relato? ¡Compártelo! ✨

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *