El albañil que me hizo nena

Era una tarde de sábado calurosa en casa. Mis padres habían salido de compras y mis hermanas se habían ido al cine con sus amigas. La casa estaba sola, silenciosa, y yo no pude resistir la tentación que llevaba días rondándome la cabeza.

Subí al cuarto de mis hermanas, abrí el cajón de la ropa interior y saqué una tanga negra de encaje que usaba la mayor, la que se le metía toda entre las nalgas. Me la puse despacio, sintiendo cómo la tela fina se clavaba entre mis cachetes y me apretaba la verga ya medio dura. Luego agarré una minifalda plisada rosa que le quedaba cortísima a la menor, me la subí y me puse una blusita blanca ajustada que apenas me cubría las tetillas. Me miré en el espejo del pasillo: la falda apenas tapaba la tanga, cada paso dejaba ver el encaje negro desapareciendo entre mis nalgas. Me sentía expuesta, puta, cachonda. Dejé la puerta de atrás sin seguro a propósito, excitado por la idea de que alguien pudiera verme así.

Estaba en la cocina sirviéndome agua cuando escuché voces afuera. Eran los albañiles que trabajaban en la ampliación de la casa del vecino. Cuatro tipos fuertes, sudados, de unos 30 a 40 años, camisetas pegadas al cuerpo por el calor. Uno me vio por la ventana abierta y silbó fuerte.

“Mira nada más qué putita tenemos aquí”, dijo el más grande, riéndose con los demás.

Entraron sonrientes, y yo no me escondí. Al contrario, me quedé ahí, temblando de excitación. El líder, un moreno grandote con barba de tres días, me agarró del brazo y me empujó contra la mesa de la cocina.

“¿Te gusta vestirte de zorra, verdad, putita?”, me dijo, levantándome la falda de un jalón para ver la tanga empapada. “Mira cómo se te moja el encaje, perra.”

Me dio una nalgada fuerte que me hizo gemir de placer. Los otros se acercaron, rodeándome. Uno me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme en el piso sucio de la cocina.

“Abre esa boquita de puta”, ordenó el líder, bajándose el cierre.

Sacó una verga gruesa, venosa, ya dura y con olor a sudor del día entero. Me la restregó por la cara, embarrándome de precum, y luego me cacheteó con ella hasta que abrí la boca ansiosa. Me la metió de golpe hasta la garganta. Me atraganté, baba me corrió por la barbilla, pero él no paró: me folló la boca como si fuera un coño, agarrándome la nuca y empujando hasta que me puse morada de placer.

“Traga todo, zorra”, gruñó, y se corrió dentro, chorros calientes y espesos que tragué con ganas.

Apenas sacó la verga, otro ya estaba listo. Me levantaron entre dos y me pusieron boca abajo sobre la mesa, la falda levantada, la tanga corrida a un lado. El segundo me escupió directo en el culo, metió dos dedos sin aviso y los movió brusco, abriéndome mientras yo gemía como perra en celo.

“Este culo está pidiendo verga de verdad”, dijo riéndose, y sin más me la clavó entera de un empujón brutal. Grité de puro gozo, pero el tercero me tapó la boca metiéndome su polla hasta el fondo para callarme.

Me cogieron al mismo tiempo: uno rompiéndome el culo, otro follándome la garganta, turnándose sin parar. El que me cogía el culo me daba nalgadas fuertes, dejando las nalgas rojas y marcadas bajo la falda.

“Mírate, putita, vestida de zorra con tanga de tu hermana y con el culo lleno de verga de albañil. Esto es lo que eres ahora: nuestro agujero para descargar.”

El que me cogía la boca se corrió primero, llenándome la garganta hasta que me chorreaba por las comisuras. El del culo me agarró de las caderas y me embistió más duro, gruñendo:

“Te vamos a dejar el culo abierto y goteando toda la tarde, perra.”

Se corrió dentro, profundo, y sentí su leche caliente llenándome mientras yo gemía contra la verga del siguiente. El cuarto me volteó, me puso de rodillas otra vez y me bañó la cara de semen caliente, embarrándome el pelo y la blusita.

Cuando terminaron los cuatro, me dejaron tirada en el piso de la cocina, la falda arrugada y levantada, la tanga empapada y corrida a un lado, el culo rojo y gaping, semen escurriéndome por las piernas, la cara y el pecho. Me encantó cada segundo.

El líder se agachó, me agarró la cara y me miró fijo:

“Esto no fue una sola vez, putita. Cada sábado que estés solo en casa, te vas a poner tanga y falda. Vas a abrir la puerta de atrás y vas a ser nuestra zorra particular. ¿Entendiste?”

Asentí emocionado, con la voz rota, el cuerpo temblando de vergüenza y placer.

“Buena puta”, dijo, dándome una palmada final en la cara. “Nos vemos el próximo sábado… y trae tangas más putas.”

Se fueron riéndose, dejándome ahí, usada, llena de su leche y con ganas de que regresaran pronto.

Esa misma noche, alrededor de las 2 de la mañana, la casa estaba en silencio total. Mis padres y hermanas dormían profundo. Yo seguía despierta en mi cuarto, el culo todavía palpitando y sensible del sábado por la tarde, con restos de semen seco entre las piernas y la tanga negra que no me había quitado.

De repente escuché un ruido suave en la puerta de atrás: el pomo girando despacio. No tenía seguro, como siempre lo dejaba. El corazón me dio un vuelco cuando vi la silueta del líder de los albañiles entrar sigiloso, con esa misma sonrisa sucia del mediodía. Llevaba una bolsa negra en la mano.

No dijo nada al principio. Solo me agarró del brazo, me susurró al oído:

“Shhh, putita. Vamos a dar un paseo. Hoy te van a conocer más amigos.”

Me arrastró afuera voluntariamente, solo en tanga y una camisita vieja que usaba para dormir. El aire fresco de la noche me puso la piel de gallina, pero mi coño ya estaba mojándose de pura anticipación. Me metió al asiento trasero de una camioneta vieja que esperaba en la calle, con vidrios polarizados. Arrancó y manejó unos 20 minutos hasta una casa vieja en las afueras, de esas que parecen abandonadas pero con luces tenues adentro y música baja.

Cuando entramos, había como ocho o nueve hombres más: albañiles, choferes, unos tipos rudos de barrio, todos bebiendo cerveza y fumando en un salón con muebles viejos y un colchón grande en el centro tirado en el piso. Al verme, silbaron y se rieron.

El líder me empujó al medio.

“Miren lo que traje, cabrones. Nuestra putita del sábado. Hoy la vamos a rentar bien.”

Me quitaron la camisita a la fuerza y me dejaron solo en tanga. Sacó de la bolsa un atuendo que parecía sacado de la fantasía más barata: una minifalda de vinilo rojo tan corta que ni cubría la mitad de mis nalgas, un top de malla transparente que dejaba ver todo, tacones altos de aguja negros que apenas podía caminar, y una tanga roja nueva, más pequeña y provocativa que la anterior, con un hilito que se perdía entre mis cachetes. Me maquillaron rápido y burdo: labial rojo chillón, sombra negra corrida, pestañas postizas. Me pusieron un collar de perro con una argolla y una cadena corta.

“Ahora sí pareces la zorra de la calle que eres”, dijo el líder, dándome una nalgada que resonó.

Me puse de rodillas en el colchón voluntariamente. El líder sacó un billete de 200 y lo tiró al piso.

“200 por usar la boca, 300 por el culo, 500 si quieren venirse adentro sin condón. Paguen y usen, cabrones. Esta puta es nuestra por esta noche.”

El primero pagó rápido, me agarró del pelo y me metió la verga en la boca sin aviso, follándome la garganta hasta que baba me chorreaba por las tetas. Otro pagó por el culo: me pusieron en cuatro, me bajaron la tanga a los tobillos y me la clavaron cruda, embistiéndome duro mientras me decían “toma, puta barata, abre ese agujero usado”.

Se turnaron toda la noche: unos me cogían la boca mientras otros me rompían el culo, me daban cachetadas, me escupían en la cara, me jalaban la cadena del collar para que arqueara la espalda. Cada vez que uno terminaba, tiraba el dinero al piso y otro tomaba su lugar. Me llenaron la boca, el culo, la cara; semen me escurría por todas partes, mezclándose con el sudor y el maquillaje corrido.

Al final de la madrugada, cuando ya no podía más y estaba temblando en el colchón, el líder me levantó la cara empapada.

“Buena puta. Ganaste como 4 mil esta noche. La mitad es mía por traerte… el resto te lo dejo para que compres tangas más putas. El próximo sábado te recojo otra vez, y la próxima traigo más clientes.”

Me dejaron tirada ahí, con la minifalda levantada, la tanga roja hecha un nudo alrededor de un tobillo, el cuerpo cubierto de semen y moretones rosados de nalgadas. Me subieron a la camioneta casi amaneciendo y me dejaron en la puerta de atrás de mi casa, sin ropa interior, solo con el top de malla y la falda arrugada.

Entré tambaleándome, el culo ardiendo, la garganta ronca, pero con una excitación enferma que no se iba. Sabía que la puerta de atrás seguiría sin seguro… y que el sábado siguiente volvería a vestirme de puta para él.

El siguiente sábado llegó más rápido de lo que esperaba. Desde el lunes ya andaba nerviosa, con el culo todavía medio adolorido y el recuerdo de esa noche en la casa de los albañiles dándome vueltas en la cabeza. Cada vez que me sentaba, sentía cómo se me mojaba la tanga pensando en lo que me habían hecho: usada como puta barata, cobrando por cada verga que me metían.

Llegó el sábado por la tarde. Mis jefes y mis carnalas se habían ido otra vez: mis papás a una boda en León y mis hermanas a un antro en el centro. La casa sola, la puerta de atrás sin seguro, como siempre. Me metí al cuarto de ellas, abrí el cajón y saqué lo más putón que encontré: una tanguita de encaje rojo fuego que usaba mi hermana la mayor (de esas que se le meten hasta el fondo), una minifalda de mezclilla tan corta que parecía cinturón, y un top negro de tirantes finito que me dejaba las tetas casi al aire. Me lo puse todo, me pinté los labios de rojo cabrón, me puse unos tacones que apenas podía caminar y me miré en el espejo del baño: parecía una zorra de la calle, lista para que me agarraran.

A las 8 de la noche escuché la camioneta vieja estacionándose atrás. El líder entró sin tocar, como si la casa ya fuera suya. Traía la misma bolsa negra y una sonrisa de hijo de la chingada.

“Órale, putita, ¿ya te vestiste para recibir verga?”, me dijo, agarrándome del pelo y levantándome la falda de un jalón. “Mira nada más cómo se te ve el culo con esa tanguita metida. Hoy te vamos a poner a chambear más chingón.”

Me arrastró a la camioneta voluntariamente. Me subí al asiento de atrás, con las piernas abiertas y la falda subida hasta la cintura. Manejó rápido por las calles de Irapuato, pasando por el mercado y las colonias oscuras, hasta llegar a la misma casa vieja de la otra vez… pero esta vez había más ruido: música de banda a todo volumen, risas de borrachos y olor a chela.

Entramos y el salón estaba lleno: como 12 o 15 cabrones, todos rudos, tatuados, con playeras de trabajo y jeans manchados de cemento. Algunos ya andaban bien prendidos. El líder me empujó al centro, al mismo colchón sucio del piso.

“¡Órale, compas! Aquí les traje a la putita del barrio otra vez!”, gritó, levantándome la falda para que todos vieran la tanga roja empapada. “Hoy subimos el precio: 250 por mamarla, 400 por el culo, 700 si quieren venírsele adentro sin forro. Paguen adelantado y hagan fila, que esta zorra aguanta lo que le echen.”

Los primeros pagaron en chinga. Me puse de rodillas en el colchón. Uno me agarró la cabeza y me metió la verga hasta la garganta sin aviso, follándome la boca como si fuera un pinche trapo. Baba me chorreaba por las tetas, el maquillaje se me corría, pero no paraban. Otro me levantó la falda, me bajó la tanga hasta las rodillas y me escupió el culo antes de clavármela de un solo empujón. Grité de placer, pero el que me cogía la boca me la metió más hondo.

Se turnaban como animales: uno en la boca, otro en el culo, dos masturbándose en mi cara esperando su turno. Me daban nalgadas que me dejaban las nalgas moradas, me jalaban el pelo, me escupían en la cara y me decían puras cochinadas:

“Toma, puta, abre ese culo de barrio que ya está bien abierto de tanto verga.”

“Mírate, vestida de zorra y cobrando por dejarte llenar.”

“Traga todo, cabrona, que pa’ eso te pagan.”

Uno tras otro me llenaban: semen en la boca, en el culo, en la cara, en el pelo. Algunos me cogían de perrito mientras me azotaban con el cinturón, otros me ponían en cuatro y me metían dos vergas a la vez (una en el culo y otra en la boca). Al final de la noche ya ni sentía las piernas, el culo me ardía como fuego, la tanga estaba hecha pedazos en el piso y el colchón estaba empapado de semen y sudor.

Cuando ya no aguantaba más, el líder me levantó la cara embarrada y me dijo:

“Hoy sacaste como 8 mil, putita. La mitad pa’ mí por traerte y organizarte la chamba… el resto pa’ que compres tangas más chingonas y te arregles pa’ la próxima. El sábado que entra te recojo a las 7, y traigo más compas de la obra. Prepárate, porque ahora sí te vamos a poner a trabajar de verdad.”

Me dejaron tirada en el colchón hasta que amaneció, con el cuerpo cubierto de semen seco, moretones y el olor a verga pegado en la piel. Me subieron a la camioneta medio dormida y me dejaron en la puerta de atrás, con la falda arrugada, sin tanga y el top rasgado.

Entré a la casa tambaleándome, me metí a la regadera y mientras el agua me caía encima, solo pensaba en una cosa: el próximo sábado iba a volver a ponerme lo más putón que encontrara… porque ya era su zorra de fin de semana, y me encantaba.

El siguiente sábado por la tarde, el líder llegó más temprano que nunca, como a las 6, directo a la puerta de atrás sin seguro. Esta vez traía ganas de escalar la cosa: no más casa vieja en las afueras, ahora quería ponerme a chambear en la calle de verdad, como puta profesional.

Entró al cuarto donde ya me tenía esperando, me miró de arriba abajo y dijo:

“Órale, putita, hoy te vas a ver bien chingona. Nada de tangas de tu hermana; hoy te compro yo el disfraz.”

Me obligó a ducharme rápido, me secó él mismo con toalla áspera y me vistió como la zorra más callejera: una minifalda de licra negra tan corta que se me veía el culo entero si me agachaba un poco, un top de malla rojo transparente que dejaba ver las tetas y los pezones duros, tacones altos de charol negro que me hacían caminar tambaleando, y una tanguita de hilo dental roja que se perdía entre mis nalgas. Me maquilló burdo: labial rojo sangre, sombra negra corrida, pestañas postizas y un collar de perra con cadena. Me miró al espejo y me dio una nalgada fuerte:

“Ahora sí pareces puta de cantina, cabrona. Vamos a venderte bien.”

Me metió a la camioneta y manejó por las calles de Irapuato, pasando por el centro y las colonias más movidas. Paró en unas cantinas de esas de barrio, tipo La Katrina o El Barrilito, donde los compas ya lo esperaban. Entramos a una llena de borrachos, traileros y albañiles. El líder me empujó al centro del salón, levantó la falda para que todos vieran la tanguita empapada y gritó:

“¡Órale, cabrones! Aquí traigo a la putita fresca de Irapuato. 300 por mamarla, 500 por el culo, 800 si quieren venírsele adentro sin forro. ¡Paguen y usen!”

Los primeros pagaron en chinga. Me llevaron al baño mugroso de la cantina: uno me puso de rodillas en el piso pegajoso, me metió la verga hasta la garganta mientras me agarraba el pelo y me decía “traga, zorra, que pa’ eso te pagan”. Otro me volteó contra la pared, me bajó la tanga y me la clavó cruda en el culo, embistiéndome duro mientras me tapaba la boca para que no gritara. Me llenaron la boca, el culo y la cara; semen me escurría por las piernas y el maquillaje se me corría con las lágrimas de placer y vergüenza.

Después de unas horas y varios clientes, el líder me sacó de la cantina y me metió a la camioneta otra vez.

“Esto fue solo el calentamiento, putita. Ahora te llevo a donde pagan mejor: Ciudad de México.”

Manejó toda la noche por la carretera, la autopista a la CDMX, parando en casetas donde algún trailero le pagaba extra por un rapidín conmigo en la cabina. Llegamos al amanecer a las afueras de la ciudad, directo a una zona de traileros cerca del Periférico y Tepito, llena de camiones estacionados, moteles de paso y putas trabajando en la calle.

Me entregó a un grupo de traileros grandotes, de esos que viajan de Guadalajara a la frontera: unos cinco o seis, tatuados, con olor a diesel y sudor. El líder cobró su comisión y se fue, diciéndome:

“Aquí te quedas unos días, zorra. Trabaja bien y gánate la lana. Yo regreso por ti el fin de semana que entra.”

Los traileros me llevaron a un motel barato cerca de la Calzada de Tlalpan o por la zona de Tepito. Me pusieron a chambear en el estacionamiento de camiones: me paraban en la orilla de la carretera con la minifalda levantada, la tanga corrida a un lado, y los choferes paraban sus tráilers para usarme. Uno tras otro: me subían a la cabina, me ponían en cuatro sobre el asiento, me follaban el culo mientras manejaban el claxon, me llenaban la boca de verga oliendo a gasolina. Algunos me pagaban 1000 o más por dejarlos venirse adentro sin condón, otros me cogían en grupo en la parte trasera del tráiler, turnándose hasta dejarme el culo gaping y semen chorreándome por todas partes.

Dormía en el motel con ellos, entre sábanas sucias

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HazmeSissy
HazmeSissy

Soy un puto vicioso bisexual que se prende con cristal. Me convierto en la zorra más sumisa, trago verga hasta el fondo, abro el culo y pido verga. Pero también cojo mujeres. Busco relatos donde me rompan el culo, me hagan tragar leche y me traten como la puta cristalera que soy.

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