Curiosidad al máximo: Aventura Tabú con mi Tío
Como todo un escritor experimentado, aquí les va una fantasía ardiente que imagino de aquellos años locos del 2012, cuando ya andaba en mis aventuras adultas como un loquillo de 22 años.
Todo comenzó en una visita a un familiar lejano no eran frecuentes, así que tenía curiosidad. Acompañé a mi madre a ver a mi tía, aunque al principio no quería ir. Me obligó un poco, pero yo intrigaba saber por qué a mi tío le gustaban los hombres. Lo había notado en conversaciones adultas, pero nunca lo tomé a mal. Esa tarde llegamos tarde, mi madre decidió quedarnos a dormir, y nos desvelamos un rato. Sentí la mano de mi tío rozando mi pene por encima del pantalón, pero lo tomé con calma, excitado por la idea, y me dormí fingiendo.
Días después, investigué más. Le pregunté a mi madre: “¿Es verdad que a mi tío le gustan los hombres?”
“Sí, pero ¿por qué la pregunta? Es homosexual, aunque su mamá no lo deja vivirlo abiertamente. Anda con alguien, pero discreto.” No pregunté más y seguimos el camino.
Al llegar, me urgía orinar. Saludé a mi tía: “Puedo usar tu baño?” “Claro, pasa, pero tocan porque creo que se están bañando.” La casa era enorme; caminé unos metros y toqué. “¿Quién?” “Yo, ¿puedo pasar?” “¡Adelante!” WOW, sorpresa: era mi tío, alto, flaco y con un buen paquete. Se masturbaba tras la cortina transparente; vi su pitote flaco de unos 15 cm, erecto y jugoso.
“¿Qué, wey, te vas a quedar viendo o vas a orinar?” Jajaja, notó que lo espiaba desde arriba. Bajé la mirada, me bajé el pantalón y calzones, y oriné como buena nena traviesa. Se oía su paja acelerada; yo no podía dejar de mirar de reojo, imaginando chupársela. (Sé que es tabú familiar, pero en fantasía, ¿quién se resiste?)
El día pasó rápido: comimos y nos quedamos otra vez. Llamé a mi novio un señor mayor que me estrenó a los 20, y me encantaba su verga, aunque era bisexual: penes y vaginas me volvían loco. “Hola, amor, perdón por no llamar. Vine a casa de un familiar; mañana nos vemos en tu depa.” “Sí, ntp. Regresa con cuidado; mañana te haré el amor.” Se me paró la verga, mi ano se contrajo de placer. “Claro, extraño tu pene. Bye.”
“¿Dónde voy a dormir? ¿Con tu tío?” Oh my god, ¿me leyeron la mente? No, fue real: me dijeron que sí. Subí al cuarto, me quité la playera y pantalón, quedé en calzones, cerré los ojos y a mimir.
De repente, entre sueños, sentí su mano en mi pene otra vez, más cerca. Estaba con su verga fuera, frotándola contra mis nalgas, bien parado. No dije nada; me sentía rico, excitado. Me moví un poco, él quitó la mano rápido, se volteó y fingió dormir. Sin que notara, bajé mis calzones, levanté el culo y ronqué falso. Pasaron minutos y volvió.
En voz baja: “Te quito los calzones.” Yo, fingiendo sueños: “Miguel, házmelo. Quiero sentir tu pene.” Lo calenté. “¿Quieres que te la meta toda?” No respondí, pero él se levantó. Sentí su verga cerca de mis labios: “Chúpamela, soy Miguel.” Me la metió poco a poco; sabía deliciosa, tremendo pistolón. La chupé un rato hasta que la agarré para pajearlo. Se quitó, prendió la luz.
“Perdón, hijo, soy sonámbulo.” Con cara de asombro: “No le digas a nadie.” “No pasa nada, ven, acuéstate.” Apagó la luz, se recostó. Lo siento, no digas nada.” Agarré su boca con la mía, besándolo, y me bajé a mamarle la verga. No dijo nada; me dejó. Estuve pegado hasta que levantó mi cabeza: “No sabía que eras gay. Esto está mal, pero no podemos aquí. Baja al sillón y ahí te cojo si gustas. Por los demás, no te preocupes; se pierden en el sueño.”
Lo sabía. Bajé con cuidado al sillón; él venía atrás. Me recosté, abrí las patas. Se puso encima, con condón puesto, untándome aceite de bebé que olía rico. Me levantó las piernas y me la metió bien despacio.
“Qué rico culo tienes, apretado y suave.” La sacaba y metía lento; gemía de placer. Subió el ritmo, metiéndola más hondo hasta el fondo.
“Me duele.” “Así me gusta, que te quejes, putita.” Me la sacó, me puso en perrito y la clavó de nuevo, más adentro. Gemía en silencio mientras él iba suave y lento. “Qué rico está tu pene, pero ya me duele.” Aceleró hasta ponerse encima: “Te gusta, ya me voy a venir, me encantan tus gemidos.” (No grito como loco, pero cuando me gusta, gimo fuerte y eso los excita.)
Se salió. “Espera, ¿por qué? No sé qué estoy haciendo, esto está mal.” Le quité el condón, lo atraje: “Métemela.” Lo abracé, gemí en su oído: “No pares, vente adentro. Quiero sentir tus mocos.” Lo excité de nuevo; bombeó hasta llenarme el ano. Me limpió el culo: “Vamos a dormir, pero un favor: no le digas a nadie.” “No pasa nada. Yo necesito uno: mastúrbame para dormir.” Le agarré la mano, me volteé y se la jalé. “No puedo.” Se levantó en chinga; introduje su verga adentro otra vez y me subí encima, masturbándome con ella dentro hasta el cuarto. Me vine fuerte. Cuando iba a salir, me dio 5 minutos más y se corrió poco adentro. Me recosté sin sacarla y nos dormimos así.
En esta vida hay que probar de todo, hasta lo tabú familiar, siempre consensual y ficticio. Tu amigo y vecino, Golosidelano.
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