Como me convirtieron en putita personal
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COMO ME HICE «ADICTO AL SEXO»
Hola, mi nombre es Luis y ahorita tengo 50 años. Les voy a contar parte de mi vida de joven. Yo vengo de una familia acomodada; mis padres tenían dinero y yo solo lo disfruté. Vivíamos en una colonia fresa, una colonia de gente con dinero, e iba a una universidad de paga. Era una universidad muy cara. Mi hermano mayor también estaba en una universidad de paga, pero en otra ciudad.
Yo aquí estaba en la universidad y tenía mi carro. Tenía un Atlantic de la VW, color azul marino, arreglado. Lo traía con antifaz color gris, espejos, turbo y un sonido que yo mismo le instalé; traía un buen sonido. Como saben, cuando sales de la secu sales ya con dos vicios: las cheves y el cigarro. Y como estabas en una escuela de paga, pues tenías que traer buenos cigarros. A mí me gustaban los John Player Special.
Teníamos muchas fiestas y éramos bien borrachos. Me juntaba con cinco compañeros que siempre andábamos juntos para todos lados, y siempre nos juntábamos cuando salíamos para ir al botanero a echarnos unas frías y disfrutar de la botana.
Bueno, en la universidad a mí no me gustaba el futbol tradicional porque se me hacía que tenía muchas reglas que, a mi parecer, no entendía. Pero en la universidad tenían todos los deportes y me llamó la atención el futbol de salón. Eran cinco jugadores y el portero, que era una de las cosas que me gustaban, pues la portería era como la mitad de una portería normal y el campo era más chico.
Lo jugábamos en las canchas de basquetbol y, como tenía cinco amigos, los invité a que formáramos un equipo para el torneo. Aceptaron y, en los recreos, jugábamos una cascarita con otros salones. Y no porque sea yo, pero a mí no me podían meter gol: siempre salía en ceros y éramos los mejores. Pero había otros equipos que eran más futboleros.
Los partidos se jugaban al terminar las clases y así entramos al torneo. El profe de deportes era nuestro entrenador y también era nuestro compañero de borracheras. Él acababa de terminar su carrera como instructor físico y estaba empezando en esa universidad. Se llamaba Carlos, tenía 26 años, cuerpo atlético y era de estatura alta.
Nosotros teníamos 18 años, estábamos por salir de la prepa y ya saben cómo es la prepa en una escuela de paga: las chavas son muy fresas, pues eran hijas de gente importante y de dinero. Y, bueno, no es muy fácil ligar una chica a menos que tengas el mismo estilo de vida —me refiero al dinero— o tengas más que ella. Entonces eras candidato para poder conquistarlas. Eso se me hacía muy elitista.
Yo solo estaba concentrado en estudiar y en el deporte. Tenía 18 años, mi complexión era delgada, medía 1.70 y pesaba 50 kg.
Una vez, después de ganar un torneo interescolar, el entrenador Carlos nos invitó a festejar el triunfo. Nos dijo que, para que no gastáramos tanto dinero en un botanero, fuéramos a su casa, pues él vivía solo en una casa cerca de la universidad. Así solo tendríamos que comprar cheves y botana.
Así estuvo el plan. Terminamos el torneo y nos fuimos a la casa del profe. Era una casa amplia y la tenía bien amueblada. Tenía su pantalla en la sala y un estéreo marca Kenwood que sonaba de pelos.
Primero pasamos al súper a comprar las cheves y la botana. Compramos cueritos y verduras para hacer la salsa, chicharrón y bolillos para hacer guacamayas, además de tostadas de cueritos, que aquí son tradicionales.
Llegamos a la casa del profe y nos organizamos para hacer la salsa y preparar las guacamayas. Escuchando música en el estéreo, nos salimos al patio trasero y sacamos el estéreo. Era grande, pero entre todos lo cargamos. También sacamos sillas y mesas para estar platicando y festejando nuestro primer trofeo.
Así pasamos parte de la tarde en la casa del profe. Nos la pasamos muy bien y felices por nuestra victoria. Estuvimos así hasta que anocheció. Dieron las ocho de la noche y, como mis compañeros y yo solo habíamos pedido permiso para ir a jugar el torneo, y como yo los traía en mi carro, tuvimos que terminar de festejar.
Le ayudamos al profe a recoger parte de las cosas. Mientras mis compañeros metían los muebles, yo estaba en la cocina lavando los trastes. Entonces se me acercó el profe y me dijo:
—Oye, Luis, como sabía que yo era el más borracho de mis amigos, te quería preguntar: ¿por qué no te quedas y seguimos la peda?
—¿Pero y mis compas?
—Pues los llevas y te regresas tú, pero no les digas a ellos. Y sirve que probamos la tele y la video. Compré unas pelis que no he visto.
—Zas, ya estás. Los llevo a su casa y me regreso. Va que va.
Nos subimos a mi carro y llevé a cada uno de mis amigos a sus casas. Después fui a mi casa a pedir permiso a mis padres para quedarme a dormir en la granja de un amigo. Me dijeron que sí y que me portara bien.
Así me regresé a la casa del profe. Llegué y me dijo:
—Oye, Luis, dame un aventón al súper a comprar más cheves y más botana, ¿cómo ves?
—Sale, profe. Súbete.
Se subió a mi carro y me dijo:
—Oye, qué bien está tu carro.
Lo traía con asientos deportivos y el volante lo tenía modificado. En vez de ser redondo, era como tipo avión: le había cortado la parte de arriba y la parte de abajo. Se veía bien.
—Ahí nomás, profe.
Fuimos al súper y nos bajamos por las cheves. Me preguntó qué cigarros fumaba y yo le dije que JSP. Entonces me dijo:
—Te compro unos por si se acaban.
—No, cómo crees. Yo los compro.
—No, yo los compro.
—Está bien.
Me los compró y regresamos a la casa. Entramos, llevamos las cosas a la cocina y metimos las cheves al refri. Preparamos la botana y nos fuimos a la sala.
Se sentó y me preguntó:
—Oye, Luis, me trajeron unas pelis porno y quiero verlas. ¿No hay bronca?
—No hay bronca. Fíjate que yo no he visto una y tengo curiosidad.
Así puso la película. Yo no había tenido ninguna novia en todo el transcurso de mis estudios; solo me masturbaba mucho cuando veía revistas porno que me prestaban mis compañeros.
Empezó la película. Era una buena película porque tenía una trama; no era solo estar cogiendo. Se fue poniendo interesante y, cuando llegó el momento de que iban a coger, se desnudaron e hicieron el famoso 69. Yo solo había oído hablar de eso y, cuando lo vi, me quedé asombrado.
El profe no decía nada. Yo solo le hacía comentarios y él respondía. Así estábamos, tomando y botaneando. Yo fumaba porque él no fumaba.
Como no me cambié en la casa, andaba de pants y sudadera, y estaba bien sudado. Se me empezó a parar el pene, así que metí la mano en mi pants y me lo acomodé. El profe volteó y me dijo, riendo:
—¿Qué, ya se te paró?
La verdad, me quedé quieto y le respondí:
—Pues sí. Es la primera vez que veo una película porno así.
Se echó a reír y yo le dije:
—Es que también, como ando todo sudado y no me bañé en la casa, solo me regresé así.
El profe me dijo:
—¿Y quieres darte un shower?
—¿Cómo crees? No traje ropa.
—No hay bronca. Yo te presto ropa, si quieres.
—La verdad, sí, porque huelo mucho a sudor.
—Pásale, no hay bronca. Métete al baño; ahorita te paso la ropa.
Me fui al baño y empecé a quitarme la ropa. Cuando el profe me llevó la ropa, tocó la puerta. Yo la había cerrado; no sé, era costumbre.
—Luis, soy yo. Aquí está la ropa.
Yo ya estaba completamente desnudo y le abrí la puerta. Entró, me vio de arriba abajo y me vio el pene.
—¿Por qué te encierras? ¿Qué, no vaya a violarte?
Se rio.
—No sé, es costumbre.
—No te apures, acá te espero.
Me dio la ropa. Entonces me dieron ganas de hacer del baño; me senté e hice. Me fijé en que la puerta no estaba cerrada y pensé: «Ah, no hay bronca».
Terminé y me metí a la regadera. Desde la sala se veía bien quién estaba en la regadera, y yo también veía quién estaba en la sala. Empecé a bañarme, me enjaboné todo el cuerpo y luego me enjuagué.
Sentí que alguien me miraba. Volteé a la sala y el profe me veía. Cuando me vio, se volteó hacia la tele.
Terminé de bañarme y me puse la ropa. Era un pants muy grande, que tenía que amarrar con el listón porque se me caía. También me dio unos calzones y una playera que me quedaban grandes. Los calzones no me los puse porque sentí que no debía ponérmelos: eran muy grandes y yo era muy delgado.
Me arreglé el pelo, agarré su desodorante, me puse un poco y salí. Me preguntó:
—¿Qué tal estuvo el baño?
—De pelos. La verdad, sudé mucho en el partido.
—Qué bien, me da gusto que te sientas bien.
Seguimos viendo la película. Me dijo:
—Si quieres, la regreso para que veas lo que pasó.
—Sale.
La regresó hasta donde estaban en el 69. Después, en la película, la mujer se empinaba en la orilla de la cama y el hombre empezaba a penetrarla. La escena continuó hasta que terminó dentro de ella. Después, la película se volvió más sexual, porque ya eran todos contra todos.
Yo volví a agarrarme el pene; ya me escurría líquido de excitación. Seguimos tomando. Yo tenía la mano dentro del pants y no la sacaba. Ya me sentía algo pedo.
El profe se acercó a mi lado, me agarró la mano y me dijo:
—Déjame ver cómo estás.
Me dio mucha pena y me quedé quieto. Él agarró mi pants, lo desabrochó y me descubrió el pene. Me lo agarró y me lo acarició hasta los huevos. Luego, con la punta de sus dedos, pasó por la punta de mi pene. Sentí unos calambritos en los pies que me hicieron saltar.
El profe me preguntó:
—¿Te gusta lo que te hago, Luis?
Yo no podía moverme. En mi mente pasaban muchas cosas y solo asentí con la cabeza.
—No te apures. Es normal que te excites.
Siguió acariciándome el pene y me dijo:
—Lo tienes grande.
—No, yo me lo veo normal.
En eso se acabó la película.
—Deja pongo otra.
Me soltó el pene, se levantó a cambiar la película y puso otra. Luego me preguntó:
—Oye, Luis, ¿no hay bronca si me meto a bañar ahora? Yo también huelo mucho a sudor. Mientras tú ves la película…
—No, profe, no hay bronca. Estás en tu casa. Está bien, ve.
Se metió al baño y se desnudó con la puerta abierta. Yo volteé y lo vi desnudo. Tenía el pene erecto; era grande y grueso, y se le veía la cabeza grande y brillante. Se metió a bañar y yo empecé a pensar muchas cosas. Volteó y me vio observándolo. Yo me volteé y él siguió como si nada.
Me quedé sorprendido por el tamaño de su pene. Empezó la película. Era de hombres jóvenes que estaban en una casa; se acariciaban, se besaban y se quitaban la ropa hasta quedar desnudos. Yo me quedé sin moverme, viendo cómo se practicaban sexo oral y luego tenían relaciones.
Yo no podía creer lo que estaba viendo: un joven teniendo sexo con otro hasta eyacular dentro de él. Así era la película. Luego era al revés: el otro joven penetraba al primero. Después llegaban más muchachos, formaban parejas, tenían relaciones y se turnaban unos con otros.
Yo estaba quieto, nada más viendo y tomando mi cheve. No quitaba la vista de la película. Ya tenía el pene bien erecto y mojado; me salían unas gotas de líquido muy resbaladizo. Ni siquiera me di cuenta de cuándo salió el profe y se sentó.
Me preguntó:
—¿De qué se trata la película?
Nervioso, le dije:
—De unos weyes que se están cogiendo entre ellos.
—Ah, es normal cuando andan calientes.
El profe traía también unos pants y una playera. Se sentó cerca de mí, le dio un trago a su cheve y volvió a sacarme el pene para acariciármelo suavemente.
—Mira, estás bien excitado. Tienes el pene bien mojado.
Sentí pena.
—Está bien, es normal.
Yo no me movía, tanto por lo que estaba viendo en la película como por lo que el profe me estaba haciendo.
Luego se levantó y me dijo:
—Párate.
Me levantó del sillón.
—Mira, para estar más cómodos, quítate el pants.
Me lo bajó.
—Saca un pie. Ahora el otro.
—¿Por qué no traes calzón? Te di unos.
—No me los puse porque estaban muy grandes.
—Está bien. Siéntate.
Me senté con la pura playera. Él se sentó, agarramos las cheves y brindamos.
—Por nuestra nueva amistad.
—¡Salud!
Dejamos las cheves y me dijo:
—Sube los pies aquí.
Se tocó los muslos. Yo no supe qué hacer; me agarró los pies, me los subió y me jaló hacia él.
—Recuéstate en el descansabrazos para que estés más cómodo.
Quedé acostado, con los pies sobre sus muslos. Así mi pene quedó más cerca de él. Siguió agarrándomelo y me embarraba todo el líquido en el pene.
—Mira qué rico; está bien resbaloso.
Se retiró un poco y se agachó entre mis piernas. Me abrió una, la puso hasta arriba en el respaldo y la otra la bajó al suelo. Quedé con los pies abiertos y el pene erecto.
—¿No hay problema si te chupo el pene?
Mientras me lo acariciaba de arriba abajo, dijo:
—Es que ya estoy bien caliente.
Solo moví la cabeza afirmando.
Se agachó, primero me lamió el pene, me chupó la punta y luego recorrió con la lengua todo el pene hasta llegar a los huevos. También me los lamió dos o tres veces. Después abrió la boca y se metió el pene.
Di un ligero brinco al sentir su boca caliente y me quedé quieto. El profe empezó a chupármelo. Me lo metía hasta adentro y lo sacaba.
—¿Sientes rico, Luis?
Solo movía la cabeza de arriba abajo. Volvía a meterse el pene en la boca y siguió así hasta que ya no pude más. Lo agarré de la cabeza y lo sostuve con el pene hasta adentro; eyaculé en su boca y lo solté.
Se sacó el pene de la boca, tomó aire y escupió en un bote cercano.
—Mmm, qué rico. Te viniste y te salió mucho.
Yo me quedé quieto, con las piernas abiertas. Él fue al baño a limpiarse la boca y regresó con un frasco de crema con despachador. Lo puso en la mesita al lado del sillón. Se sentó otra vez, me levantó una pierna y la puso sobre su pierna; bajó la otra y la colocó a un lado.
Siguió agarrándome el pene. No se me bajaba; lo tenía bien erecto. Continué viendo la película. Entonces me agarró los dos pies y me los levantó hasta el pecho.
—Agárratelos.
Los abracé, pegados a mi pecho. El profe me agarró de la cintura, me jaló hacia él y me levantó un poco más. Quedé con el trasero levantado.
Pensé: «¿Qué va a hacer?».
El profe se subió al sillón, hincado frente a mí, me agarró de las nalgas y empezó a besarme y lamerme entre las piernas. Cuando sentí el primer contacto, di un salto, pero como me tenía agarrado de las nalgas siguió. Sentía muy rico cada vez que su lengua recorría esa zona.
Yo nunca había sentido eso. Nada más de recordarlo se me hacía agua la cola. En ese momento traía el pene muy mojado y, además, me había introducido un masajeador de próstata eléctrico. Se metía y salía, como si estuvieran penetrándome. Era algo muy intenso de sentir.
La noche en casa del profe
Bueno, mientras sentía la lengua del profe, que ya me había dejado muy excitado, agarró la crema y me la puso. Me dejó caer un poco desde arriba para sentir las gotas y, cada vez que caía una, yo brincaba. Me embarró la crema y empezó a introducir la punta de un dedo. La metía y la sacaba, y yo me quedé congelado; no podía moverme.
Siguió metiendo y sacando la punta del dedo. Luego lo empujó más adentro y sentí cómo pasaba por mi cuerpo. Lo movía como si quisiera doblarlo dentro de mí. Se sentía muy intenso. Lo sacaba y lo metía varias veces; tenía los dedos gruesos, como el grosor de un marcador.
—¿Cómo sientes?
—Siento rico. Nadie me había hecho esto.
—Qué bueno que te gusta.
Sacó el dedo. En la película aparecían dos jóvenes: uno estaba inclinado y el otro, detrás de él, comenzaba a penetrarlo.
—¿No quieres sentir lo mismo?
Me levantó del sillón y me puso a un lado del descansabrazos. Estaban algo altos; me llegaban arriba de los muslos. Me inclinó sobre él.
—Súbete más y acuéstate en el sillón.
Quedé inclinado, con el trasero hacia arriba. Se agachó, volvió a lamerme y me introdujo el dedo varias veces. Yo tenía las piernas sobre el sillón y no tenía fuerza en los pies. Solo pensaba: «¿Qué va a hacer?».
Sacó el dedo, se puso crema y empezó a frotarse entre mis nalgas. Yo me quedé paralizado. No me movía; solo pensaba qué iba a hacer el profe.
Después detuvo el movimiento, colocó la punta de su pene y empezó a empujar. Era muy grueso. Cuando sentí su cuerpo duro y caliente, pensé que iba a penetrarme. Yo estaba muy excitado, medio pedo, y aflojé todo el cuerpo.
Dio un empujón y entró la cabeza. Sentí muchísimo dolor; hasta di un pequeño grito. Se quedó quieto y me preguntó:
—¿Te lastimé, Luis?
—Sí. La tienes muy grande y nunca me habían penetrado.
Me temblaban los pies y no quería moverme. Él se quedó quieto. Entonces llevé las manos hacia atrás, lo agarré de la cintura y lo empujé un poco hacia mí. Sentí cómo avanzaba, centímetro a centímetro.
Cuando sentí que su cuerpo llegó a mis nalgas, ya estaba completamente dentro. Se quedó así un momento.
—Luis, ¿cómo estás?
—Bien. Me duele, pero siento rico.
Lo solté y empezó a retirarse hasta dejar solo la punta dentro; luego volvía a empujar hasta el fondo. Cada vez que llegaba sentía su cuerpo dentro de mí. Se sentía caliente.
Aprendí un poco el cuerpo y me dijo:
—Qué rico aprietas.
Siguió entrando y saliendo varias veces. Después me agarró de las nalgas y empujó hasta el fondo. Sentí cómo eyaculaba dentro de mí. Escuché que dijo:
—¡Ah!
Cuando lo oí, yo también tuve un orgasmo. Él siguió unos momentos y después empezó a retirarse poco a poco. Me limpió con toallitas húmedas y también se limpió él.
Me levanté y fui al baño. Me limpié y me lavé en la regadera. Como tenía regadera de mano, recordé una escena de la película en la que uno de los muchachos se limpiaba usando la manguera. Hice lo mismo: dejé salir un poco de agua, cerré la llave y después fui al baño.
Me sequé y salí. El profe estaba sentado en el sillón. Se hizo a un lado y me dijo:
—Acuéstate como estabas.
Agarró mis pies y los puso sobre sus piernas. Quedé otra vez acostado, con los pies sobre él. Siguió acariciándome.
—¿Te gustó, Luis?
—Es la primera vez que me penetran. Me dolió mucho cuando entró, pero después, cuando resbalaba hacia dentro, sentía muy rico. Y más cuando terminaste dentro de mí; sentí rico. Estaba muy caliente.
Seguimos viendo la película y tomando. Cuando terminó, me preguntó si me iba a quedar a dormir.
—Sí, ya había pedido permiso.
—Qué bueno, porque ya es tarde y andas medio tomado. No vayas a tener un accidente.
—Está bien, me voy a quedar.
Apagamos la tele y nos fuimos al cuarto. Yo quise ponerme el pants, pero me dijo:
—No, así quédate.
Me acosté y él se acostó a mi lado. Me volteó de espaldas y se colocó detrás de mí, como dicen, de cucharita. Ya se había quitado toda la ropa. Me abrió las piernas y se acomodó detrás de mí. Así nos quedamos.
El profe se durmió, pero yo no podía dormir. Pensaba en lo que acababa de ocurrir. Me separé de él y se volteó boca arriba. Le separé las piernas y me puse entre ellas. Tenía ganas de practicarle sexo oral.
Empecé a hacerlo hasta que se excitó. Seguí durante un rato y, aunque no podía abarcarlo todo, continué hasta que terminó en mi boca. Sentí el líquido caliente y me levanté al baño. Después fui por la crema, regresé, se la puse y me coloqué encima de él.
Pensé: «No sé si se despertará». Todavía estaba excitado. Me arrodillé en la cama, acomodé su cuerpo y empecé a sentarme poco a poco. Me volvió a doler mucho y tuve que taparme la boca para no gritar. Seguí hasta que pude acomodarme completamente.
Quedé sentado sobre sus piernas y empecé a subir y bajar. Estuve así un rato hasta que el profe se despertó.
—Luis, ¿qué haces?
—Nada, profe. No podía dormir. Así que decidí hacerlo yo solo. ¿Te molesto? ¿No quieres?
—No, para nada. Qué bueno que te gustó. Sigue; casi termino otra vez.
Seguí moviéndome y le dije:
—También te practiqué sexo oral y terminaste en mi boca.
—Me hubieras despertado.
—No, así sentí más rico.
Él empezó a moverse conmigo. Terminó otra vez y yo también. Sentí un orgasmo muy intenso. Cuando me levanté, me limpié y fui al baño. Regresé, me acosté a su lado y nos quedamos dormidos.
Al día siguiente desperté con una cruda espantosa. Todo me daba vueltas y no recordaba bien lo que había pasado el viernes. Solo recordaba que habíamos ido a festejar a la casa del profe.
Me quise levantar y sentí dolor en el trasero, como cuando te golpeas la pierna y te sale un moretón. Vi el cuarto y pensé: «¿Dónde estoy y por qué estoy desnudo con esta playera de futbol?». La playera era muy grande y me llegaba más abajo de las nalgas.
Me sentía muy crudo. Y esas crudas mortales, ya saben cuáles son: las crudas morales, porque no te acuerdas de lo que hiciste. Entré al baño, que estaba dentro del cuarto, y me senté en la taza. Me sentía avergonzado y confundido.
Escuché que alguien estaba en la cocina preparando comida y pensé: «No estoy solo». Regresé rápido a la cama. Quise ponerme ropa, pero no había nada; el pants se había quedado en la sala. Me acosté, me tapé y fingí estar dormido, aunque miraba con los ojos entreabiertos.
Vi al profe acercarse con una charola de comida y dos vasos de cerveza preparada, como micheladas. Cuando entró al cuarto, venía completamente desnudo. Puso la charola y las cervezas en una mesita.
Yo estaba sorprendido de que anduviera desnudo, igual que yo, y no podía dejar de mirarlo. Pensé: «Luis, ¿qué estás pensando?». Me daban ganas de tocarlo, pero también pensaba que era una locura y que quizá era por la cruda.
El profe se acercó a la cama y me preguntó:
—¿Ya despertaste, Luis?
Abrí los ojos. Estaba parado frente a mí. Me acosté boca arriba y él se sentó a mi lado.
—¿Cómo estás?
—Bien, pero estoy crudo. Todo me da vueltas. Lo peor es que no me acuerdo de nada de anoche. No recuerdo por qué estoy aquí, en tu cama, desnudo, ni por qué tú también estás desnudo.
—Ten calma, Luis. Te voy a contar todo lo que pasó.
Apartó la cobija y se recostó a mi lado. Me contó lo ocurrido. Yo me quedé callado; no podía creerlo.
—¿Te acuerdas de la película que estábamos viendo?
—Un poco.
—¿Y recuerdas que eran jóvenes teniendo sexo entre ellos?
Empecé a recordar. Recordé parte de lo que había pasado y me dio mucha pena.
—¿Y no te acuerdas de que me despertaste con una mamada? Cuando desperté, estabas arriba de mí.
—No manches, ¿en serio?
—Sí.
—Tengo mucha pena con usted, profe.
—No te apenes. Es normal sentir ganas de hacer eso.
Se levantó, agarró las cervezas y me dio la mía.
—Toma un trago para que se te quite la cruda.
Acercarme el vaso a la boca me provocó náuseas por el olor, pero me aguanté. Me senté recargado en la almohada. El profe se recostó a mi lado y volvió a acariciarme.
Me sorprendía lo que estaba pasando: yo permanecía quieto, mientras él me tocaba. Después volvió a practicarme sexo oral. Yo le di un trago grande a la cerveza y me la terminé. Él siguió hasta que eyaculé.
Luego me bajé de la cama. El profe se sentó en la orilla y yo me agaché frente a él. Continué practicándole sexo oral hasta que terminó. Después agarré la crema y me acomodé para que volviera a penetrarme.
Me agaché y él me penetró poco a poco. Al principio me dolió, pero después pude relajarme. Me moví sobre él y estuvimos así un rato, hasta que ambos terminamos.
Después me limpié y fui al baño. El profe me dijo:
—Come algo para que se te pase la cruda.
Yo, de broma, le dije:
—Pero si ya se me pasó hasta adentro.
El profe soltó una carcajada.
—¡No inventes, Luis!
Me senté a comer con él. Había preparado chilaquiles muy sabrosos y picantes. Se me bajó un poco la cruda. Después seguimos tomando.
Cuando terminamos, recogimos la mesa, lavamos los trastes y regresamos a la cama. Puso otra película de sexo.
—Es que no vi una parte.
—Yo tampoco. Me distraje.
Sirvió otras micheladas, las llevó a la cama y se acostó a mi lado. Brindamos por nuestra nueva amistad.
Después me pidió que me pusiera de pie sobre la cama. Me coloqué de frente a la televisión, inclinado, y él volvió a acariciarme y a penetrarme. Seguimos así durante un rato, hasta que ambos terminamos.
Así nos la pasamos el sábado y el domingo. Tuvimos relaciones en distintos lugares de la casa: en la cocina, en el baño, en su cuarto y también en su carro, dentro de la cochera cerrada.
Mientras estábamos sentados y tomando, me dijo:
—Luis, cuando quieras venir a ver pelis, me dices en la escuela. Yo te espero, pero no les platiques a tus amigos para que no tengas broncas. Aquí tienes pelis y cheve, y te puedes quedar los fines de semana.
—Sale, va que va.
Me gustó mucho su idea. Más que ver películas y tomar, me emocionaba saber que volvería a tener relaciones con él.
Por último, me dijo:
—¿Qué te parece si nos bañamos para que estés limpio?
—Zas.
Nos fuimos al baño, que estaba en su cuarto. Me quitó la camisa y me levantó hasta la barra del lavabo. Después volvimos a tener sexo y él me cargó hasta la regadera. Me abrazó, me recargó en la pared y continuamos.
Después nos bañamos. Él me ayudó a enjuagarme y también se bañó. Cuando salió de la regadera, yo aproveché para limpiarme. Salimos, me vestí con mi ropa de deportes, que el profe ya había lavado, nos despedimos y me fui a mi casa.
Entré, saludé a mis padres y me preguntaron cómo me había ido.
—Bien, todo bien. Nadamos, hicimos carne asada y nos tomamos unas cheves.
Mis papás ya sabían que yo tomaba y que los fines de semana me iba de peda con mis amigos. Les dije:
—Bueno, me voy a acostar porque mañana hay escuela.
Subí a mi cuarto, me encerré y me senté en la cama. Pensaba en lo que había hecho y en lo que había pasado. No dejaba de pensar en el profe.
Pensé que todo había sido por el alcohol. Me acosté y me dije: «Mañana será otro día».
Al día siguiente fui temprano a la escuela. Entraba a las siete de la mañana. Llegué y todo estuvo normal. Pusimos el trofeo en la estantería de trofeos de la escuela y todos lo vieron y nos felicitaron.
El día pasó tranquilo. Tuvimos clase de deportes con el profe y todo fue normal. Yo no le dije nada; actuamos como profesor y alumno.
Al terminar las clases, agarré mi carro. Mis amigos que se iban conmigo se subieron y los fui a dejar a sus casas. Después regresé a la mía, comí con mis padres y me puse a hacer la tarea.
Más tarde les dije que iba a salir. Agarré mi carro y salí sin rumbo fijo. Cuando menos lo esperé, estaba frente a la casa del profe.
Me quedé en el carro y pensé: «¿Qué diablos estoy haciendo aquí?». Estuve como diez minutos. Después me bajé, fui hasta la puerta y toqué.
El profe me vio y me saludó.
—Pasa.
Entramos. Cuando cerró la puerta, volvimos a tener relaciones. Después me subí los pantalones, me despedí y regresé a mi casa.
Al llegar, subí a mi cuarto y otra vez me quedé pensando. Me pregunté qué me estaba pasando. No dejaba de pensar en él. Me puse toallitas femeninas en los calzones para no manchar el pantalón y me acosté.
Me dije: «Mañana será otro día».
Todos los días iba a la casa del profe. Siempre era igual: llegaba, teníamos sexo y luego regresaba a mi casa.
Así pasaron los días; qué digo, los días: pasaron los años. Durante dos años fui todos los días a que me cogiera. Los fines de semana me quedaba a dormir desde el viernes hasta el domingo. Eran pedas, películas y sexo. Me cogía todas las veces que quería.
Ya teníamos dos años haciendo lo mismo. Yo tenía llave de su casa. Antes me esperaba en la puerta y él me quitaba los pantalones y los calzones ahí mismo, pero con la llave yo entraba, me desnudaba y lo buscaba. Donde estuviera, lo encontraba y teníamos sexo.
Entre semana eran un par de veces al día. Los fines de semana eran muchas más. El domingo ya no intentaba limpiarme; dejaba que todo fuera saliendo solo.
Así fue como me hice adicto a su verga. Bueno, me hicieron adicto a su verga. Solo el profe tenía relaciones conmigo y él tampoco parecía hacerlo con alguien más. Nunca le conocí novia y nunca le pregunté.
Yo me sentía feliz en esa relación, porque solo él estaba conmigo. Me convertí en su putita personal y me acostumbré tanto a él que solo quería buscar tiempo para ir a su casa.
Pero pasó el tiempo y me hice una novia. La verdad, era muy caliente y muy open mind; quería que tuviéramos sexo en todos lados. Lo hicimos en la escuela, en los baños, en los salones y hasta en mi carro, en el estacionamiento.
Durante ese tiempo dejé de ver al profe. Se me quitaron las ganas de que me penetraran; con mi novia yo solo quería penetrarla a ella. Así pasó un año sin ir a la casa del profe.
Lo veía en su clase, pero todo era normal. No le di explicaciones, y él sabía que yo tenía novia. Tampoco me dijo nada ni me pidió explicaciones.
La verdad, cuando teníamos clase de deportes, lo veía con sus pants y se me calentaba el pene. A veces me quedaba mirando su cuerpo y me lo imaginaba. Entonces prefería ponerme a hacer deporte para no pensar en él.
El reencuentro
Un viernes salí al autolavado a lavar mi carro. Lavaba los carros de la casa: el de mi padre, el de mi madre y, al último, el mío.
Cuando regresaba a la casa, inconscientemente tomé el camino hacia la casa del profe. Cuando me di cuenta, ya estaba afuera. Pensé: «¿Qué putas estoy haciendo aquí?».
Intenté arrancar, pero mi mano derecha apagó el switch del carro. Me quedé como diez minutos sin salir. De pronto, bajé del carro, fui hasta la puerta y toqué el timbre.
Por el interfon me preguntó:
—¿Quién es?
—Soy Luis, profe.
Inmediatamente salió.
—¡Qué milagro que me visitas!
—¿Puedo entrar?
—Claro que sí, pasa.
Entramos. Después de cerrar la puerta, volvimos a tener relaciones. Yo llevaba dos años sin estar con él y había extrañado esa intimidad.
Cuando terminamos, nos sentamos en el sillón. El profe tenía todos sus muebles cubiertos con tela de toalla para que no se mancharan cuando teníamos sexo.
—¿Y qué te trajo por acá, Luis?
—No me preguntes otra vez, porque me vas a hacer volver a mojarme y voy a querer que me la metas otra vez que es por lo que he venido
—Sí, pero ya tenías mucho tiempo sin verme.
—Encontré una novia y disfruto mucho estar con ella.
—Qué bueno que encontraste novia. Felicidades.
Se levantó y me preguntó:
—¿Quieres una cheve?
—Va que va. Se me antoja brindar por este encuentro.
Le conté lo que había pasado y cómo había llegado hasta su casa.
—¿A poco sí llegaste así?
—Simón, profe. Cuando me di cuenta, ya estaba afuera. Quise irme, pero mi mano apagó el carro.
El profe fue a la cocina a preparar las cheves. Yo me terminé de quitar los zapatos, el pantalón y los calzones, y fui a ayudarlo.
—¿En qué te ayudo, profe?
—Hazte el jugo de limón.
Terminamos de preparar la jarra de michelada y regresamos al sillón.
—Profe, ya extrañaba este sillón.
—¿Por qué?
—Pues por qué será. Aquí me metiste la verga por primera vez y también me la metiste en muchas posiciones. ¿No te acuerdas?
—Sí. Aquí probé por primera vez tu culito apretadito y rico. No me recuerdes, porque te cojo.
—De eso pido mi limosna.
Brindamos por nuestro encuentro furtivo. Entonces el profe me agarró el pene y me preguntó:
—¿Te vas a quedar?
—No sé. Es que tengo que ir a echar reja con mi novia y ya es tarde.
—Ni modo.
—Nada más me termino mi cheve y me voy.
—Está bien, no hay problema.
—Profe, puedo preguntarte algo. Quiero que me respondas sinceramente.
—Claro, ¿qué pasa, Luis?
Lo miré a los ojos y le pregunté:
—Profe, ¿yo qué era para usted?
Me miró fijamente.
—Mira, Luis, tú para mí fuiste un gran amigo. Te quise mucho y te respeté mucho. Por eso nunca te pedí explicaciones cuando me enteré de que tenías novia.
—La neta, ¿qué fui para usted?
—Eso fuiste para mí.
—Yo pensé que era su putita privada.
El profe estaba tomando su cheve cuando le dije eso y se carcajeó.
—¿Cómo crees, Luis?
—Sí, profe. Eso fui. ¿O cómo se llama esa relación? La neta, yo solo venía a que me cogiera y me sentía su putita privada.
—Es que solo usted me metió la verga así. Nadie más me ha cogido. Quiero oír que me diga eso; quiero saber si fue verdad lo que fui para usted.
El profe se quedó callado un momento.
—Si quieres que te diga qué fuiste para mí, te lo digo. Tú para mí fuiste mi putita personal, la única a la que le metía la verga.
Sentí escalofríos al oírlo de su propia boca.
—Dígalo más fuerte.
Se levantó, me abrazó y me agarró las nalgas.
—Luis, eres mi putita, a la que le meto la verga. Me encanta tu culito.
—Dígamelo más fuerte. Quiero que se oiga.
Con voz fuerte dijo:
—Luis, eres mi putita. Te meto la verga y me encanta tu culito.
Al oír eso me estremecí. Me solté de su abrazo, me subí al sillón y le dije:
—Profe, métame su verga.
Estaba muy caliente. El profe ya ni se puso crema; yo estaba muy excitado. Volvimos a tener relaciones y terminamos juntos.
Nos quedamos un rato así. Después se retiró poco a poco y yo le dije:
—Qué rica verga tiene, profe. Y ¿sabe qué es lo más rico? Que usted es el único hombre que me ha penetrado.
—¿A poco sí, Luis? ¿Solo yo?
—Sí, solo usted, profe.
—Gracias, putita rica, por ese detalle tan lindo. Te quiero mucho.
—No, profe. Gracias a usted por todo y por no decirle a nadie.
—¿Cómo crees que le iba a contar a alguien de la universidad? Por eso te dije que te respetaba mucho.
Brindamos. Le dije:
—Brindo porque fui su putita privada y me cogio muy rico porque fue muy rico. sentir su rica verga metida en mi culito.
—Salud.
El profe volvió a preguntarme si me quedaba.
—Solo por hoy, para celebrar.
—Déjame llamar a mi novia para ver qué dice.
El profe se acostó a mi lado y empezó a mamarme el pene mientras yo marcaba el teléfono. Mi novia contestó.
—Hola, amor, ¿cómo estás?
—Bien, aquí esperándote.
Le conté lo que había pasado.
—¿Cómo que estás en la casa del profe?
—Sí, ¿cómo ves?
—¿Y ya te metió la verga?
—Sí. Desde que llegué estamos juntos.
Mi novia dudó y me dijo:
—A ver, no te creo. A mí se me hace que estás con una puta. Pásame al profe.
Le pasé el teléfono. El profe dijo:
—Hola, buenas noches.
—Buenas.
—Soy el profesor de deportes de Luis, en la universidad.
Mi novia le preguntó qué estábamos haciendo. El profe le respondió con sinceridad. Ella le pidió que fuera cuidadoso y que no me lastimara. mi culito
El profe le dijo que así lo haría y me regresó el teléfono.
—¿Ves que no estoy con ninguna puta? Aquí la única putita soy yo.
—¿Y vas a venir?
—Hoy no, amor. Estoy aquí y ya me tomé unas cervezas. Quiero quedarme y disfrutar. de unas ricas cogidas con el profe Mañana te veo temprano.
—Pero mañana sí te veo.
—Sí, amor. Nos vamos al motel que te gusta. a coger todo el dia
—Está bien. Disfruta. de tus metidas de verga y cuídame ese culito que es mio
Nos despedimos y colgué. El profe se sentó y me preguntó:
—Luis, ¿cómo es que ella sabe?
—Mire, profe, en la vida de cada hombre hay que ser honesto y sincero. Hay muchos tipos de mujeres, pero para mí las más importantes son las que entienden y las interesadas.
—Si le platicas tu vida a una interesada, te va a dejar o se quedará contigo por tu estatus económico. En cambio, si se lo cuentas a una mujer que entiende, te acepta como eres y aprecia más que se lo hayas confesado a que se entere por otra persona.
—Ya vio que no hizo tanto drama; hasta le pidió que me cogiera con cuidado.
—Me sorprendes, Luis. Entiendes bien a tu novia.
—Por eso me gustó. El día que le conté, se puso muy caliente y estuvimos todo el día en un motel. Cada vez que le contaba nuestros encuentros, se excitaba mucho. Me preguntaba cómo me cogías y me decía: «Así, cógeme igual». Y así lo hacíamos. Ya tengo un año con ella.
—Pues te felicito, Luis, por esa novia que tienes.
—Le conté todo, con pelos y señales, cada encuentro y cada vez que usted me cogia bien rico.
Tomé mi cheve y le dije:
—Salud por su rica verga.
Brindamos y tomamos. Luego le dije:
—Pues mucha plática y menos verga. Yo quiero aprovechar. este tiempo y su verga también.
Volvimos a coger en el sillón. Me lamio mi culito, me preparó y me metió su rica verga hasta adentro. Me dolió, pero después sentí placer. Terminó dentro de mí, y denti muy rico sus chorros de mecos en mi culito, nos limpiamos y seguimos hablando.
Le dije al profe esta posición es la mas rica por que siento que me entra toda su verga bien rico, Fue una de las posiciones que más me gustaban. Así se pasó la noche. Amanecimos juntos y el sábado y el domingo continuamos. cogiendo todo el dia y en todos los ligares de la casa en la cocina cuando preparábamos la comida mientras yo cocinaba el me estaba cogiendo alli parados algo hermoso
A mí se me olvidó todo lo demás; me sentía feliz y contento. y con una verga adentro Esos dos días fueron eternos para mí. El domingo llegué a mi casa muy cansado y satisfecho.
Llegué, me bañé y me acosté temprano. Yo sabía que Alejandra estaría bien encabronada, pero pensé en cómo contentarla.
Y así me acosté.
estén pendientes de como contente a mi novia
