Ana Colombiana: 5 – Dancehall y Reguetón
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Este relato es una continuación de:
Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.
Ana Colombiana: 2 – Orales.
Ana Colombiana: 3 – Desafíos de a tres
Ana Colombiana: 4 – De la soledad a la autoconquista
Llegaron nuevamente las vacaciones de verano y cumplí 16 años. Mi vida se había convertido en un ciclo inflexible: siempre estudiando, siempre en el gimnasio, siempre complaciéndome, siempre con la mirada fija en la beca que prometía una vida distinta. Fuimos con mis padres a una isla del Caribe, un destino paradisíaco donde la rutina se disolvió bajo el sol tropical, pero en medio de ese paraíso, algo inesperado ocurrió. Me gustó un nativo.
Eduardo era un moreno alto y corpulento, con hombros anchos que parecían cruzar el cielo de la discoteca. Sus caderas eran angostas y sus piernas más bien finas, pero caminaba con una seguridad absoluta, esa gracia natural que solo los que viven de la playa poseen. Llevaba sus rastas en la cabeza y un aire de «flow» que me hipnotizaba, hablando un idioma que no entendía pero lo que sí entendía bien eran sus intenciones. Siempre andaba con el torso descubierto, sus pectorales marcados y su piel bronceada brillando bajo las luces, excepto cuando iba a bailar, donde se ponía una camiseta y dejaba que sus músculos se movieran con el ritmo.
Lo conocí en una fiesta donde la música era un himno: dancehall y reguetón vibraban en el suelo. Mis caderas habían crecido mucho en estos dos años, una transformación física que atribuí al gimnasio y a la pubertad, ganando volumen, fuerza y curvas que ahora resaltaban en mis blusas cortas con escotes pronunciados. Mis piernas, fuertes y tonificadas por el ejercicio constante, eran más gruesas y resistentes, un marco perfecto para los diminutos bikinis que usaba para ir a la playa. Bailamos esa noche casi exclusivamente, nuestras cuerpos chocando con la fuerza de la música, nuestras respiraciones mezclándose con el calor del ambiente.
Hubo una excepción: un señor mayor me sacó a bailar salsa, me hizo reír y gozar, dejándome llevar por la experiencia de un hombre con más edad, pero luego Eduardo me tomó nuevamente, su mano calentando mi cintura. No hubo duda en sus intenciones; restregaba su paquete sin ningún pudor contra mi short de jean que cubría apenas lo que un cachetero, dejando salir por los lados las tiras del bañador tipo tanga que estaba usando. La herramienta de Eduardo se sentía incluso a través de las dos capas de dénim que nos separaban, una realidad sólida y pesada que me recordaba lo que había aprendido con Mateo, pero ahora, bajo la luz de la isla, estaba lista para algo más salvaje.
Esa noche, bajo la luz de la luna sobre la arena húmeda, Eduardo me llevó hasta la orilla del mar y, con un torpe pero sincero español, se dispuso a contarme su vida. Me habló de su familia, de su isla y de sus aspiraciones ambiciosas: quería estudiar turismo, de eso vivía, y el año siguiente entraría a la universidad. Me quedé sorprendida al descubrir que tenía solo 15 años; debajo de ese tipo de casi dos metros de altura y con los primeros indicios de bigote, había un niño que, aunque físicamente me superaba, yo lo consideraba un niño comparado conmigo, las mujeres maduramos más rápido, me dije a mí misma. La curiosidad me invadió y le pregunté si era virgen. Me sonrió con picardía y me dijo que no; había tenido una experiencia a los 12 años con una amiga y otra más a los 14 con una MILF norteamericana que le enseñó durante semanas las artes de complacer a una dama. Me confesó que actualmente no tenía novia, pero que no tenía problema en ser mi novio por esa semana.
Yo acepté sin dudarlo, y nuestras bocas se encontraron, un beso intenso y sabroso que confirmó mi elección. Me acompañó hasta la cabaña donde me quedaba con mis padres, y con una caballerosidad impecable, se aseguró de que entrara en la casa antes de despedirse, prometiendo volver al día siguiente.
Al día siguiente, una moto ruidosa y veloz llegó a mi puerta. Eduardo se bajó y me miró con esa sonrisa despreocupada que tanto me gustaba. Esa moto parecía más un zombi de moto, ruidosa y fea, y nos encaminamos hacia una playa paradisíaca que solo los isleños locales conocían. Allí, en la privacidad de las los mangles y cocoteros, me besó de nuevo, y tuvimos una sesión larga de besos, explorando la textura de los labios y la sal del mar. Luego nos bañamos en el agua cristalina; me subió a sus hombros fuertes y con una fuerza calculada, me lanzó al agua. Tragué un poco de agua salada, pero reí como nunca en mi vida, sintiendo la libertad y la emoción de la aventura.
Almorzamos en un restaurante propiedad de un amigo de Eduardo, donde la comida era fresca y deliciosa. En la tarde, me llevó nuevamente a la cabaña de mis padres, cumpliendo su promesa, pero con una mirada en los ojos que prometía que volvería por mí esa noche para ir a la rumba.
Efectivamente esa noche se presentó, cumplidor, a las puertas de mi casa. Me esperaba con su moto, el motor rugiendo bajo la brisa nocturna, y me llevó a un lugar donde la mezcla de nativos y extranjeros creaba una atmósfera densa y asfixiante. El ambiente era pesado, el ruido ensordecedor de la música y las voces me hacían doler los oídos. Bailamos un poco, pero el lugar era demasiado intenso, y él me brindó unos tragos que yo nunca había probado. Tomé el vaso y bebí, pero el alcohol quemó mi garganta y tosí como un motor viejo que intenta arrancar.
Le grité al oído que no me sentía cómoda ahí, que el ruido me aterraba, y él, con una rapidez asombrosa, me sacó de la multitud justo a tiempo, porque en ese momento estalló una pelea entre unos borrachos que de estar cerca me hubieran hecho daño. Nos fuimos en su ruidosa moto, las luces de la ciudad parpadeando a mi alrededor, y llegamos a su casa. Él vivía con su padre, un hombre mayor que trabajaba todo el día vendiendo cocos en la playa, y con su madrastra, una mujer más joven que parecía vivir en una realidad distinta. Le pregunté por su mamá, y su voz bajó una octava, confesándome que había muerto cuando él era un niño pequeño. Yo le dije que lo sentia, él me miró con una tristeza que luego desapareció al decirme que estaba bien.
Su padre y su madrastra ya estaban dormidos, al parecer eran personas muy madrugadoras, por lo que él me llevó a su habitación. Era una habitación pequeña, con paredes cuya última pintura vieron hace una década, y una suerte de catre que tenía por cama. El espacio era limitado, pero el aire olía a sal y a soledad. Empezamos la sesión de besos y de caricias, dejándonos caer en la cama, me dije a mí misma que debía tener sensaciones nuevas, que debía salir de mi zona de confort. Mientras nos besábamos, él me iba desvistiendo poco a poco, destapando mi piel, desabrochando mis botones, y yo dejándome llevar, entregándome a la exploración de su cuerpo.
Nunca había tocado músculos tan fuertes y definidos, mucho menos el color caramelo y el sabor a sal de su piel. Era como tocar una obra de arte viviente, cada poro, cada vena marcada bajo la superficie, una fortaleza que me hacía sentir pequeña pero protegida. Me arrodillé sobre el catre y comencé a lamer su pecho como si fuera un helado de chocolate, saboreando cada centímetro, aplicando presión con mi lengua y pasando las manos por todo su torso, admirando la simetría de su pecho y la firmeza de sus abdominales. Él devolvió el favor con una rapidez que me sorprendió, quitándome la parte superior de mi bikini y dejando mis senos al aire. Sus labios buscaron mis pezones, dándoles pequeños pellizcos y lenguetazos suaves que provocaron una respuesta inmediata, endureciéndose al instante hasta que parecieran pequeñas frutas maduras. Tuve que morderme el labio con fuerza y ahogar un gemido, porque sus padres estaban en la habitación de al lado y no queríamos despertarlos.
De ahí, Eduardo se levantó y se quitó su short y un calzoncillo color verde aceituna, revelando un mástil cuya circunferencia no abrazaba con la mano y una longitud que le llegaba por encima del ombligo, considerando que él era alto. El tejido apenas lo contenía, un preámbulo a la realidad que se avecinaba. Él sonrió con satisfacción, viendo mi cara de asombro, sabiendo que yo nunca había visto algo así en persona. Se abalanzó sobre mí, sin perder tiempo, y me quitó las últimas prendas que tenía encima, dejándome completamente desnuda y expuesta bajo la luz tenue de la habitación. Yo me quedé sin salir de mi asombro, sin quitarle los ojos de encima, fascinada por la bestia que se disponía a poseerme, y él, con una mirada llena de deseo, se dirigió hacia mí para comenzar lo que prometía ser una noche inolvidable.
Yo no había tenido tiempo de lubricar y lo sabía; su tamaño era intimidante y yo no quería que me doliera, así que lo detuve un poco. Mientras él estaba de pie y yo sentada en su catre, empecé un ritual de lamidas, una preparación necesaria para recibir a esa bestia. Su miembro era más largo que la altura de mi cara y cuello juntos, una prueba de su virilidad y poder que me hacía sentir empoderada al intentar dominarlo. Tuve que poner empeño y salivar mucho para poder cubrir ese trozo de carne casi animal, una tarea titánica que exigía toda mi concentración y coordinación. Al final, empecé a lamer la punta, intentando meterlo en la boca, pero su grosor era tal que sólo abracé con la apertura de mis labios una parte de su glande, siendo demasiado para tragarlo. Humedecí mis manos con mi saliva y con ambas empecé a darle un masaje en el tronco mientras mi boca seguía lamiendo el frenillo y el glande, lubricándolo más a propósito, preparándolo para el acto sexual. Sabía lo que venía y mi cuerpo respondió, mi excitación era palpable y me preparaba lubricando tanto que mojé el borde de la cama donde estaba sentada, una señal clara de mi deseo.
Él cerró los ojos y agarró mi cabeza de forma firme pero suave, dándome espacio para moverme y seguir lamiéndole. Con sus manos, me orientó en la velocidad y los lugares donde más le gustaba, guiándome hacia sus zonas más sensibles, y él echó su cabeza hacia atrás, dejando ver una enorme manzana de adán y unos pelos incipientes en su barba que se veían vulgares desde donde yo estaba. La visión de ese todo, tan masculino y salvaje, hizo que mi cuerpo reaccionara con fuerza y segui lubricando aún más la cama donde estaba sentada. Me sentí llena de poder al saber que yo era la que lo estaba excitando, que yo era la que le estaba dando placer, y que él estaba a mi merced.
Mi dominación duró poco, porque su deseo era más fuerte que mi control. Cuando estuvo bien erecto y húmedo, me separó un poco, bajando sus manos a mis hombros con una fuerza que no fue una violencia, sino una advertencia suave de que era su turno. Me empujó hacia atrás y caí sobre su cama, dejando mis piernas colgando al borde, una posición de entrega total. En un movimiento rápido y hábil, se puso de rodillas frente a mí, quedando a la altura perfecta para la penetración, y se notaba que ya había hecho eso antes, que conocía el camino y la técnica. Yo le dije que en mi bolsillo había un preservativo, previendo esta situación, y él lo sacó con facilidad, lo miró y sonrió como si fuera un juguete, una broma que compartíamos. Luego, abrió un cajón que estaba justo al lado de él en su mesita de noche y sacó uno dos tallas más grande, lo puso en otro movimiento hábil que la experiencia enseña, pero no le llegó hasta el final de su miembro; se veía corto comparado con su tamaño. Yo le dije que no le cubría todo y me miró con una sonrisa burlona y me dijo: «tú no eres capaz de tragarlo todo», y yo hice una mueca anticipando el dolor.
Sabiendo que necesitaríamos ayuda, sacó un bote de lubricante y tuvo la gentileza de echárselo a lo largo de su miembro, untándolo con dedicación para que la entrada fuera suave. Me jaló hacia el borde de la cama de manera que mis caderas quedaran en el aire y mi cintura en la cama, levantando mis piernas hacia sus hombros para dar acceso total. Empezó con una suave caricia de su glande contra toda la extensión de mi vulva, rozando mis labios, mi clítoris y amagando entrar un poco, buscando el punto exacto. Me sentí excitada y preparada, sabiendo que esta era la verdadera introducción al mundo de Eduardo, un mundo de placer y deseo que no tenía límites.
Se separó mis piernas con una suavidad que me hizo sentir como una gimnasta aprendiendo a elongarse, una postura que exponía todo mi ser ante él. Empezó a introducir sólo la punta de su miembro, y yo sentí como si estuviese perdiendo la virginidad de nuevo, esa sensación de ruptura y llenado que me atrapó de sorpresa. Al sentir una necesidad de morder algo para no gritar, alcancé mi blusa que estaba al lado mío en la cama, la enrollé un poco y me la metí en la boca, mordiéndola para ahogar los sonidos que mi cuerpo no podía contener. Eduardo me hacía gemir y gritar en una combinación de dolor y de placer que no creía que alguien más fuera capaz de hacerme sentir, una mezcla intensa que me dejaba sin aire.
Cuando ya hubo metido el glande, se quedó quieto esperando que mi vagina se acostumbrara a su tamaño, dando tiempo a mis músculos para relajarse. Yo, instintivamente, empecé a masajearme los pechos y los pezones, buscando más estímulo para compensar la presión interna, mientras él usaba su dedo pulgar de su mano libre y me empezaba a dar un masaje en el clítoris, ya que con la otra mano sostenía mi cadera en el aire, en una postura de control absoluto. Cuando mi excitación fue creciendo, empecé a moverme suavemente de arriba a abajo, y en consecuencia, su mastil empezó un mete y saca. Él volvió a tomar el control y, sin dejar de darme masajes circulares en el clítoris, empezó a mover su cadera hacia adelante y hacia atrás, poco a poco inicialmente, en cada sacada y metida llegaba más profundo en mí.
Yo me puse colorada como un tomate mientras mordía mi blusa y ahogaba mis quejidos, un espectáculo de entrega total. Para él parecía un martes cualquiera, estaba excitado y gemía un poco pero más porque le apretaba su miembro con mi vagina que por excitación, una sensación de dominio que disfrutaba. La velocidad aumentó, y cada golpe interno era más intenso, más profundo, llevándome a un borde que no podía controlar, donde el dolor y el placer se fusionaban en un solo éxtasis que me hacía temblar. Su mirada estaba fija en mí, obsesionada, y sus manos no dejaban de marcar el ritmo de mi cadera y masajear mi clítoris, y yo me pellizcaba los pezones, creando un círculo de placer que no tenía salida.
Cuando ya hizo tope con su miembro en mi cervix, golpeando la pared más profunda y sensible de mi interior, Eduardo quitó su mano de mi clítoris y agarró con ambas manos mis caderas, jalándome hacia él para ganar aún más profundidad. Empezó un bombeo frenético y sin pausa tal que yo sentía que me reacomodaban todos los órganos internos, una sensación de desorden y reorganización que envolvió mi pelvis. Su pelvis no alcanzaba a tocar mis gluteos, y cuando miré hacia abajo, vi que quedaban como diez centímetros de él afuera en cada embestida. Estaba siendo empalada, una fuerza mecánica que no tenía remedio, y yo no podía hacer nada, perdí el control de mi cuerpo y mi voluntad, me entregué completamente y disfruté de esa vulnerabilidad extrema. Ya no sentía dolor, sentía otras formas de placer casi masoquistas que se apoderaron de mis sentidos, una subyugacion a ese macho que me dejaba sola en mi propia piel.
Perdí la noción del tiempo y del espacio, perdida en la vorágine de su movimiento, sólo podía apretar la blusa con mis dientes y masajear mis tetas con mis manos, buscando algún punto de agarre en mi propio cuerpo. Empecé a sentir que los orgasmos hacían fila en mi cuerpo para empezar a manifestarse y así fue. El primero me hizo temblar toda, como si padeciera epilepsia, una sacudida eléctrica que recorrió desde mis pies hasta mi cabeza, y Eduardo siguió bombeando con ahinco, sin darme tregua. A los pocos segundos, el segundo me hizo gemir tan fuerte que tuve que morder mi blusa para controlarlo, ahogando un grito que nacía de lo más profundo de mi pecho. Eduardo aceleró el bombeo, violándome y empalándome con más intensidad, y casi de inmediato el tercero vino de la nada, un chorro de placer que me hizo retorcer en la cama, un spasmo que no se podía detener.
Sentí que me mojaba, un squirt que me inundó y me hizo salir de mi cuerpo, mojando a Eduardo en su pecho, su vientre y su pelvis, un río de placer que le daba fe de estar haciendo un buen trabajo. Solté mis tetas que ya estaban muy sensibles y agarré las sábanas con ambas manos y levantaba mi cabeza y la dejaba caer con fuerza sobre la almohada, un movimiento de locura y placer. Justo cuando empezaba a descansar y sentía que todo había acabado, sentí como Eduardo, que había desacelerado un poco su golpeteo, empezó a palpitar dentro de mí, una descarga interna que me hizo temblar. Un cuarto orgasmo me hizo temblar y la electricidad recorría mi cuerpo, un dolor y placer que no tenía nombre, y mi gemir se convirtió en un vibrato constante, buscando asidero en las sábanas y volteando mi cara de izquierda a derecha sin encontrar sosiego y así duré casi un minuto. Eduardo empezó a detenerse poco a poco, y tuve fuerzas para sacarme mi blusa de la boca, llena de babas, y jadear tratando de encontrar el oxígeno que me hacía falta. Poco a poco Eduardo empezó a sacar su herramienta que continuaba grande pero menos dura, y en cada movimiento sentía una sensación de electricidad recorriendo mi cuerpo y me hacía retorcerme involuntariamente. Me dejó descansar unos minutos y me preguntó si quería agua.
Le acepté el vaso con agua, tratando de limpiar mi boca de la sensación de resequedad y de la sal del mar, y me vestí como pude, recuperando mi dignidad de colegiala. Le dejé la blusa manchada de saliva y babas sobre la cama como un recuerdo tangible de aquella noche salvaje, y él me llevó en su ruidosa moto de regreso a la cabaña. Se despidió de mí con un beso de lengua breve, esperó que entrara a la cabaña y se fue, y yo me tiré en la cama tal y como llegué, exhausta y satisfecha, mis papás estaban en una fiesta temática en un club junto con la élite de la isla, mientras yo me revolcaba con la plebe… y yo me la pasé mucho mejor.
Dormí cerca de 12 horas, y al día siguiente, con el cuerpo adolorido y las piernas temblando más de lo normal, no tuve ánimos ni para desayunar. Mis papás se fueron al mar para que yo descansara, cuando de repente escuché a alguien gritarme desde afuera: «Lanta, mi prinsesita, ban kome mèrdia.» Entendí el «prinsesita», pero esperaba que lo demás fuera algo relacionado con comida. Era Eduardo, llamándome en su dialecto, y le grité que me esperara un momento. Me enjuagué rápidamente, con movimientos torpes, me puse ropa limpia y abrigada, y me recogí el cabello en una coleta mientras me aplicaba un poco de maquillaje para cubrir las ojeras. Salí sonriente, lista para enfrentar al mundo, y me llevó en su moto fea a un malecón frente al mar, el viento golpeándome la cara mientras yo intentaba esconder mis piernas adoloridas.
Se quitó su camisa, exponiendo ese pecho musculoso que había recorrido con mis manos y mi boca la noche anterior, y sentí una especie de resaca sexual, un eco de placer que se mezclaba con el cansancio. Sin mediar palabra, se tiró de cabeza al mar, sumergiéndose en las olas, y tardó cerca de un minuto y medio en salir, emergiendo con una langosta enorme en su mano, viva y brillante, y en su rostro dibujada una sonrisa de dientes perfectos. Yo aplaudí como una foca sonriendo con cara de tonta enamorada, sintiendo que mi corazón latía más rápido por su valentía que por la langosta.
Habló con una señora de enfrente, amiga de su familia, y le pidió que nos preparara la langosta con arroz y plátano frito, mientras tomábamos una bebida de caña que se parece al guarapo de Medellín, azucarado y espeso. Bromeamos como si fuéramos amigos de toda la vida, hablando de la isla, del mar y de la vida, olvidándonos por un momento de la noche anterior. En un momento, quise decirle que aún estaba adolorida desde la noche anterior, que no podía caminar muy bien, y él se encogió los hombros y dijo «normal», con una sonrisa de comprensión, como si fuera algo que todos pasaban. No intentó seducirme, me trató como una princesa el resto de la tarde, y me llevó a mi casa donde mis papás tomaban ron que les habían regalado en el club mientras veían el atardecer frente al mar. Yo me uní a ellos, y Eduardo se fue sin despedirse, como si fuera parte del paisaje, y mis padres tal vez pensaron que me había venido en un transporte de motos que era costumbre en esa isla.
Pasamos una velada tranquila, comiendo de una tabla con quesos madurados que mis padres consiguieron en un mall cercano, un lujo que contrastaba con la vida sencilla de Eduardo. Yo me fui a dormir temprano, ya que doce horas no parecían ser suficientes para reponerme del cansancio acumulado, el cuerpo todavía adolorido y sensibilidad en cada poro. Eduardo no había quedado en nada conmigo, pero en el fondo sabía que me vendría a buscar, o eso esperaba, ya que el día siguiente era mi último en la isla y en la noche volveríamos a Colombia.
Así ocurrió, Eduardo apareció justo cuando mis papás habían salido a resolver un problema con una tarjeta de él en el banco local, una compra que le había salido cara por cobrarse de más o eso comprendí. Yo aproveché la oportunidad y metí a Eduardo a la cabaña. Me miró con esa sonrisa traviesa y me dijo «prinsesita, mañana te vas y quise traerte esto», y me mostró un collar de perlas de nácar que él mismo había armado, una obra artesanal a más no poder, con un detalle tan íntimo que me conmovió. Me corrí el cabello y él me lo puso con respeto, y lo invité a pasar a mi habitación. Pusimos reguetón a todo dar y empezamos a comernos vivos, el ritmo de la música imitando el de nuestros corazones.
Le dije que era mi turno de complacerlo y lo hice tender en la cama, le quité el short y sus calzoncillos, esta vez de color azul marino, y yo me desvestí completamente, desnuda ante él. Le hice probar de mis jugos que ya eran abundantes, sentándome de frente sobre su cara, y podía ver mis vellos púbicos contrastar con su bigote incipiente mientras él lamía mi vagina y mi clítoris como si de ellos manara el néctar de la vida, una devoción que me excitaba aún más. Cuando me sentí bien húmeda y lista, le pedí un preservativo que sacó del bolsillo de su short, lo destapé con destreza y bajé a colocárselo. Yo, la experta en poner preservativos, no podía hacerlo tan fácil con un trozo de carne tan grande, pero con paciencia y esfuerzo, al final pude. Luego saqué lubricante de mi gaveta y le eché abundante cantidad, preparando el terreno para lo que sería nuestra despedida.
Me puse sobre mis rodillas y mis palmas, una postura de sumisión que me hacía sentir vulnerable pero excitada, y le dije que me chupara las tetas. Él lo hizo con devoción, pero sus manos no se quedaron quietas; comenzó a bajar su mano por mi cintura y cadera, buscando el camino hacia atrás. Humedeció su dedo medio con el lubricante en su pene y empezó a darme un masaje en la entrada de mi ano, una acción que me empezó a volver loca, enviando ondas de placer que cruzaban mi cuerpo. Mis jugos empezaron a escurrir por mi vagina, un olor y una sensación que él captó rápidamente, y aproveché ese momento de humedad para con una mano acomodar ese falo grande y grueso en mi entrada vaginal. Empecé a bajar, sentiendo la presión, y poco a poco lo fui insertando. Él me llenó completa y no pude ponerme sobre mis rodillas, no podía físicamente; era demasiada carne y yo muy poca persona. Seguí entonces moviendo mis caderas, con mis palmas apoyadas en la cama, mientras Eduardo me chupaba las tetas y masajeaba mi ano, creando un espectáculo digno de ver, pero más rico de sentir, una sinfonía de placer que me arrastraba hacia el abismo.
Empecé a sentir un calor que fue subiéndome desde el ombligo hasta las sienes y bajando al mismo tiempo hacia mis muslos, una presión acumulada que no podía contener, y supe que tendría mi primer orgasmo del día. Cuando lo empecé a tener, Eduardo apenas estaba comenzando; vio que me convulsionaba sobre él y luego me desplomaba sin fuerzas y dejó de chuparme mis tetas, y dejó mi ano quieto. Me agarró de las caderas con fuerza brusca y me levantó por ellas como si fuese un muñeco de trapo, arrastrándome hacia arriba y abajo por su falo a su voluntad, empalándome y tratando de que ese bolillo de carne me llegara al estómago. Entonces vino una oleada tras otra, un tsunami de placer que me dejó sin respiración. Gemí como loca, despues grité alaridos de placer, jadeé sin aire, supliqué que ya no más, maldije a Eduardo, maldije a su madre y a la isla, hasta que perdí las fuerzas y no pude sostenerme más. No supe cuántos orgasmos encadenados tuve, perdí la cuenta en el tercero, un pistón de carne a toda velocidad que me drenó todas mis energías. Me desplomé sin fuerzas ni energías, Eduardo me las drenó todas, dejándome en un estado de éxtasis absoluto.
Él se levantó como si nada y se quitó el preservativo, empezó a masturbarse frente a mí, y me bañó de su semen, mi cara, labios, párpados, cabello, cuello y tetas, una marca de su posesión que me humedeció y me excitó aún más. Luego me dio un beso, me arrojó el preservativo encima de mi vientre y se despidió, una despedida abrupta que dejaba una huella imborrable. Quedé ahí tirada, usada pero extasiada, sintiendo el peso de mi propio cuerpo y el pleno vacío que él había dejado. Como pude, me bañé, me tomé dos naproxenos para el dolor y me puse a dormir. Mis papás regresaron con el problema del banco solucionado, y nos fuimos al aeropuerto, dormí hasta llegar a casa despertándome sólo para cambiar de transporte, y en casa seguí durmiendo, descansando así de un viaje final a una isla que había cambiado mi vida.
