Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez
Duración estimada de lectura: 29 minutos
Visitas: 1,858
Escribo esto porque mi terapeuta me propuso un ejercicio que, en teoría, suena mucho más sencillo de lo que realmente es: hacer las paces conmigo misma. Para lograrlo, me pidió que contara aquellas cosas que nunca he sido capaz de decirle a nadie, sin suavizarlas, sin justificarlas y sin intentar convertirlas en algo distinto de lo que fueron. Elegí hacerlo aquí precisamente por el anonimato. Necesitaba un lugar donde pudiera hablar con libertad sin sentir que alguien me observa esperando explicaciones. Obviamente, todos los nombres fueron cambiados y también he modificado algunos detalles que podrían identificarme, pero lo que voy a contar ocurrió. Esta es mi historia, aunque durante mucho tiempo haya preferido fingir que ciertas partes de ella no existían.
Me llamo Ana, tengo veintiocho años y soy de Medellín. Soy hija única y crecí en una familia cómoda, pero nada ostentosa: mis papás nunca han sido ricos, aunque han trabajado lo suficiente para que viajar sea parte de nuestra vida. Normalmente hacen un viaje al extranjero solos y otro conmigo cada año, así que crecí con esa mezcla tan paisa de valorar mucho lo que cuesta conseguir las cosas y, al mismo tiempo, sentir curiosidad por lo que existe más allá de nuestras montañas. Físicamente soy una mujer de estatura media-alta para mi entorno, de piel cálida y uniforme, cabello largo, abundante y ondulado, de color castaño oscuro con reflejos más claros que se notan especialmente en las puntas. Tengo el rostro ligeramente ovalado, cejas oscuras y definidas, ojos grandes de tono café, pestañas marcadas, nariz recta y proporcionada y labios llenos, con una sonrisa amplia que suele ser una de las primeras cosas que la gente nota en mí. Mi cuerpo es claramente atlético, aunque no delgado en el sentido frágil de la palabra: tengo hombros firmes, brazos tonificados, abdomen plano y trabajado, cintura estrecha y una silueta de curvas bastante pronunciadas, sobre todo en caderas y piernas. Mis muslos son fuertes y gruesos, mis glúteos desarrollados y mis piernas se ven entrenadas incluso cuando llevo jeans. No es casualidad: voy al gimnasio desde los doce años, por lo menos tres veces por semana desde entonces, y ahora suelo entrenar cuatro o cinco días. Después de tantos años, el ejercicio no es algo que hago por temporadas; forma parte de mi manera de vivir.
Soy sociable sin sentir la necesidad de ser el centro de atención, segura de mí misma sin creer que tengo que demostrarlo a cada momento, y bastante disciplinada con las cosas que considero importantes. Tengo el carácter cálido de alguien que creció rodeada de conversaciones largas, familia y amigos, pero también ese pequeño defecto de hija única de estar acostumbrada a tener mi espacio, mis cosas y mis tiempos. Puedo ser consentida, sí, aunque no inútil; mis papás me dieron oportunidades, no una vida resuelta. Me gusta verme bien, arreglarme, viajar, salir, bailar y disfrutar de la ciudad, pero también puedo pasar una tarde entera en ropa cómoda sin sentir que tengo que impresionar a nadie. Soy coqueta de manera natural, más por cómo sonrío, miro o hablo que por intentar llamar la atención. Tengo bastante claro quién soy, aunque todavía estoy descubriendo qué quiero hacer con algunas partes de mi vida. A los veintiocho ya aprendí que ser fuerte no significa ser seria todo el tiempo, que cuidarme no es lo mismo que vivir pendiente de mi apariencia y que haber crecido protegida no me libra de tener que tomar mis propias decisiones. Si tuviera que describirme en una sola frase, diría que soy una mujer muy: cercana, orgullosa de donde viene, disciplinada con lo suyo, un poco mimada, bastante curiosa y difícil de pasar por alto aunque no esté intentando llamar la atención.
Hasta los doce años tuve una infancia bastante protegida y, aceptémoslo, muy consentida. Como mis papás se habían conocido estudiando en Medellín —mi mamá venía de Manizales y mi papá de Montería—, prácticamente no teníamos familia cercana en la ciudad, así que durante toda mi niñez quien estuvo conmigo fue doña Gabriela, mi nana. Ella me llevaba y recogía del colegio privado donde estudiaba, sabía qué me gustaba comer, me enseñó a ordenar mi cuarto, lavar mi ropa delicada, cocinar cosas sencillas, coser un botón, cuidarme cuando estaba enferma y hasta estuvo conmigo cuando me llegó la menstruación por primera vez, explicándome todo con una naturalidad que todavía recuerdo. Mi mamá siempre fue cariñosa y yo podía contarle cualquier cosa, pero trabajaba mucho y estaba más ausente de lo que probablemente quería admitir; mi papá, en cambio, era mi perdición: si yo quería algo, él encontraba la manera de conseguirlo. Vivíamos en una unidad de casas muy segura, con vigilancia las veinticuatro horas, donde los porteros me conocían desde pequeña, los vecinos me preguntaban por el colegio y más de uno guardaba dulces para cuando yo pasara; allá también era “la niña de la casa”. No éramos ricos, pero nunca sentí que nos faltara nada: recuerdo vacaciones en Panamá, otra vez en Cancún y un viaje precioso a Orlando, mientras mis papás también se daban cada año algún viaje solos. Cuando doña Gabriela se jubiló para irse a vivir con sus nietos, fui yo misma la que les dije a mis papás que no quería otra nana, que contrataran a una empresa para hacer la limpieza una o dos veces por semana porque ella ya me había enseñado todo lo que necesitaba para encargarme de mí. Ese mismo año cumplí doce y pedí dos cosas que terminaron marcando esa etapa: llevaba meses rogándole a mi papá por un pitbull y apareció con Mambrú, un cachorro de dos meses, chocolate con manchas blancas, enorme de patas y absolutamente pegado a mí; por los colores empezamos a decirle “Nucita”, aunque con el tiempo se convirtió en mi guardián y mi escolta para caminar por la urbanización. Mi mamá eligió algo más acorde con una adolescente de 2010 y me regaló un BlackBerry, que para mí era casi una nave espacial: lo primero que hice fue intercambiar mi PIN con mis amigas del colegio, abrir Facebook desde el teléfono y descubrir que podía pasar horas cambiando mi estado, viendo fotos, entrando a YouTube y continuando en el computador las conversaciones. Entre Mambrú siguiéndome de habitación en habitación y ese BlackBerry vibrando a cada rato, terminé mi niñez sintiéndome muy independiente para mis doce años, aunque la verdad es que seguía siendo la niña mimada de mi papá, de mis vecinos y, probablemente, también un poquito de todo el mundo.
Entre los doce y los catorce empecé a sentir esa peligrosa sensación de que ya sabía suficiente para manejar mi propia vida. Tener celular, Internet sin demasiada supervisión y muchas tardes sola hizo el resto. Terminé encontrando páginas, foros, conversaciones y cosas claramente pensadas para gente mayor que yo; algunas me parecían ridículas, otras me daban vergüenza y otras despertaban preguntas que jamás habría hecho en voz alta. Fue también cuando empecé a mirar a los chicos de otra manera. No hice nada realmente, en parte porque me daba miedo meterme en algo para lo que todavía no estaba preparada y en parte porque, aunque me hiciera la muy madura, tenía esa idea medio romántica de que ciertas primeras experiencias debían ocurrir con alguien que de verdad me importara. Entonces conocí a Mateo, era un año mayor, alto, blanco, flaco como un alambre y un poquito torpe hasta caminando; nada que ver con sus amigos, que vivían jugando fútbol, básquet o inscribiéndose en cualquier competencia que apareciera. Mateo había tenido prácticamente todo lo que pedía, igual que yo, pero sus papás no encontraban qué regalarle para que aprobara matemáticas. A los catorce años míos, cuando él tenía quince, se me acercó precisamente por eso: álgebra y geometría eran mis mejores materias y sus enemigos mortales. No éramos amigos, pero tampoco desconocidos, así que cuando me pidió ayuda le dije que después del gimnasio podía explicarle, como a las cuatro. Y, quizá porque ya me gustaba molestarlo un poquito, agregué que si quería llegar a las tres podía entrenar conmigo; no me oponía, porque bastante falta le hacía. Yo llevaba dos años entrenando con disciplina y el año completo de entrenador personal que mi papá me había pagado había servido aunque ya el entrenador no estaba: ya no tenía el aspecto de la niña que había empezado a los doce y comenzaba a notarse la estructura atlética que conservaría de adulta.
Mateo empezó a llegar religiosamente a las tres. Dos semanas después ya lo conocían las señoras de la unidad, los porteros sabían quién era y mis papás estaban perfectamente enterados de que “el muchacho venía a hacer ejercicio y estudiar”. Primero entrenábamos; yo me divertía corrigiéndole posturas mientras él protestaba que yo disfrutaba demasiado viéndolo sufrir. Después íbamos a mi casa, sacábamos cuadernos y yo intentaba conseguir que entendiera por qué dos triángulos podían parecerse sin ser iguales mientras él encontraba cualquier excusa para distraerme. Al terminar merendábamos algo y, algunas noches, lo invitaba a cenar. Desde que doña Gabriela se había ido, la casa quedaba demasiado silenciosa hasta que mis papás regresaban después de las nueve, y tener compañía era una novedad que me gustaba más de lo que admitía. Además, podía presumir un poco: Gabriela me había enseñado a cocinar y yo disfrutaba ver la cara de Mateo cuando descubría que la niña que lo hacía sudar una hora en el gimnasio también podía ponerle delante una cena de verdad. Nunca ocurría nada especialmente escandaloso entre nosotros: alguna mirada que duraba demasiado, una burla con doble intención que ninguno quería explicar, el roce accidental de una mano buscando el mismo lápiz y ese silencio incómodo de dos adolescentes que empezaban a sospechar que quizá las matemáticas no eran la única razón por la que él llegaba siempre una hora antes.
Mi relación con mi mamá, a pesar de esa distancia que a veces se notaba, siempre ha tenido un nudo de confianza muy fuerte. Salíamos a comer helados, hacíamos compras, cosas básicas de madre e hija, pero siempre manteniendo esa línea clara que ambos conocíamos. Por fuera, yo era la chica bien vestida, siempre cuidando mi aspecto, una imagen un poco más recatada, pero por dentro… por dentro me encantaba jugar con mi propia sensualidad, tal vez por la influencia de las páginas de adulto que solía visitar. A veces, nada más llegaba a mi cuarto, me quitaba la máscara y me quedaba en esa ropa interior que nadie más iba a ver. Tangas diminutas, encajes que harían sonrojar a cualquiera, pero que solo yo disfrutaba en la intimidad de mi habitación. Me hacía sentir sexy, segura de mí misma, y eso era algo que no necesitaba demostrar a nadie.
Un par de meses después de esas charlas, estábamos de compras en un centro comercial, merendando helados como hacíamos siempre, cuando la conversación tomó un giro que no había planeado. Me sentí con una valentía repentina, quizás impulsada por la cercanía de mi madre o solo porque ya me sentía lista para dar el siguiente paso. Le dije que quería iniciar mi vida sexual. Mi madre parpadeó un poco, su cara se tiñó de un rosa suave, pero no me apartó. Al contrario, me tomó la mano con fuerza y me miró a los ojos con una mezcla de felicidad y seriedad.
—Estoy muy feliz de que tengas tanta confianza conmigo —me dijo con voz suave—. Y esto es algo maravilloso, Ana, pero debes tener cuidado.
Esa fue la frase clave. Me explicó con todo detalle lo que yo, a mis 14 años, no sabía sobre protección: las enfermedades, los embarazos, los métodos anticonceptivos. No fue una charla vergonzosa; fue una conversación de mujer a mujer, llena de consejos prácticos y amor. Me sentí protegida, no juzgada, y por primera vez, entendí que ser sexualmente activa no era solo un acto físico, sino una responsabilidad que yo tenía el derecho y el deber de cuidar.
Las tardes con Mateo empezaron a cambiar de aire. Ya no era solo sobre la geometría o dejar que le corrigiera el peso en una sentadilla; las miradas se alargaban un poco más, las risas tenían un tono diferente y la tensión eléctrica entre nosotros se volvía palpable. Fue Mateo quien rompió el hielo, un poco torpe como siempre, pero directo. En una conversación nos dimos cuenta, con esa mezcla de vergüenza y alivio, de que ambos éramos virgenes. Tuve una idea que salió de la nada, casi como si mi cuerpo ya hubiera decidido lo que mi cabeza estaba retrasando en pensar: quería que mi primera experiencia fuera con él. Así que se lo propuse, pero antes de nada, le dije que teníamos que poner reglas claras. No quería complicaciones.
Primero, no éramos novios. Era solo sexo y amistad, nada de etiquetas ni expectativas románticas.
Segundo, si queríamos terminar, podíamos hacerlo, pero debíamos terminar limpio y sin drama. No íbamos a involucrar a terceras personas sexualmente mientras lo hiciéramos juntos, porque a mí no me gustan las enfermedades y no quiero lidiar con ese tipo de complicaciones.
Tercero, y esta era la regla de oro: si él le contaba a alguien, la cosa se acababa enseguida. No quería chismes ni que mi vida privada se volviera un cuento, ni la comidilla para los vecinos.
Le dije que pensara bien esas condiciones. Le pasé una lista de lo que necesitábamos para estar seguras: preservativos y lubricante en base a agua. Le dije que la próxima vez que viniera a las tres, ya debería traer los elementos. Si no los traía, entendía que no estaba interesado en pasar a la siguiente etapa y seguiríamos siendo «tutora y alumno» de matemáticas y «gymbros» de por vida. Fue su turno de pensar, y yo esperé a ver qué decisión tomaría.
Al día siguiente apenas nos cruzamos en el colegio con un saludo distante y una sonrisa que no llegaba al fondo de los ojos, pero a las tres en punto, puntual como siempre, sonó el timbre. Mateo llegó con esa expresión rara, una mezcla de nerviosismo y una indiferencia forzada, como si llevar el paquete de preservativos fuera la cosa más normal del mundo.
Subimos al gimnasio y nos metimos de lleno en el tren superior. Mientras yo hacía mis ejercicios, él soltó la frase sin mucho preámbulo, casi como si estuviera hablando de la hora del día: «traje lo que me pediste». El sonido de su voz cortó mi respiración por un segundo, pero logré disimular una sonrisita pequeña, esa que hace arquear un poco la nariz, y seguí jalando la barra sin decir nada.
La rutina siguió su curso, pero la atmósfera entre nosotros estaba cargada con ese secreto que acabamos de compartir. Terminamos con las pesas y fuimos a la cocina de mi casa por una proteína. Mateo se quedó mirando su vaso un momento y luego me miró a mí, con esa misma mezcla de vergüenza y determinación.
—Muéstrame lo que trajiste —le dije, con voz tranquila, esperando ver qué había resuelto.
Subimos las escaleras, sus pisadas un poco más pesadas que de costumbre, hasta llegar a mi habitación. Cerré la puerta con un clic suave y me giré hacia él, notando cómo su mirada recorrió mi cuerpo de arriba a abajo, calentando el aire de la habitación. Sin perder tiempo, le pregunté la pregunta que había estado rondándome desde la conversación del día anterior.
—¿Te has masturbado últimamente?
Mateo parpadeó, esa picardía que siempre le caracteriza se le aferró a los ojos, pero con una intensidad diferente.
—Te dediqué una la semana pasada —respondió, con una picardía que me hizo arder levemente en las mejillas.
Sonreí, una sonrisa que sabía que él podía interpretar como un desafío. Me acerqué un poco más, invadiendo su espacio personal, y bajé la voz, haciendo que el silencio de la habitación se hiciera más denso y cargado.
—Pues hoy vas a aprender a tocar a una mujer —le susurré, mis labios casi rozando los suyos.
Sé que soy una chica que ha pasado muchísimo tiempo explorando su sexualidad a través de la pantalla, gracias a la infinita variedad de pornografía que me fue presentada desde que tenía dispositivos. Empecé muy joven, atrapada en ese ciclo de curiosidad y placer visual, pero con el tiempo aprendí a distinguir entre el producto comercial y la realidad. Me sentía más atraída por los foros y los relatos de sexo, esos textos detallados que desmantelan la fantasía y exploran las profundidades del deseo, las emociones y las conexiones. He leído casi todas las categorías imaginables, desde lo más suave y romántico hasta lo más salvaje y desenfrenado, y he dedicado una cantidad de tiempo considerable a explorar mi propio cuerpo, entendiendo exactamente qué me provoca y qué no.
Aunque era virgen, el sexo no era un territorio completamente desconocido para mí. Mis dedos habían recorrido cada rincón de mi piel, aprendiendo los mapas de mi propia excitación. Sabía exactamente dónde presionar, cómo mover la mano y qué ritmo necesitaba mi cuerpo para llegar al clítoris, y he alcanzado varios orgasmos en la soledad de mi habitación, sola con mis propias caricias y estimulaciones, sintiendo cómo el placer me subía por la espina dorsal y me dejaba exhausta y satisfecha. Sabía lo que me gustaba y estaba lista para enseñarle a él.
Quise hacerlo despacio, dedicando el tiempo necesario a cada paso, y le susurré al oído que si era paciente la recompensa sería excelente. Empezamos con besos suaves, lentos, explorando la textura de los labios de uno con el otro. Fue la primera vez que nos besábamos, y la experiencia fue electrificante, llena de nervios y curiosidad, pero también de una chispa que no era solo por la atracción física. Le dije que tenía permiso de tocarme, que no fuera tímido, y le iba guiando susurándole al oído o simplemente tomando su mano y poniéndola donde la quería.
En medio de los besos, le quité su camiseta sudada del gym, y yo hice lo mismo con mi top, dejando sólo un brasier de encaje color blanco sobre mis pechos. Le dije muy suave que podía tocar mis senos por encima del brasier sin timidez, y le enseñé cómo hacerlo despacio, como a mí me gusta, presionando suavemente con el pulgar sobre los pezones que ya se estaban endureciendo bajo la tela. Mateo siguió mis indicaciones, y su tacto caliente sobre la ropa me hizo gemir suavemente contra sus labios.
Luego le dije que ahora era su turno. Le quité su pantaloneta del gym, y ambos nos habíamos quitado los zapatos como era costumbre después de entrenar. Él se quedó en unos boxers azúles, y yo en mi falda blanca de porrista que usaba a veces para entrenar, diminuta y que me dejaba moverme libremente, aunque ya no podía ocultar la forma de mis caderas. Lo empujé hacia mi cama, donde mis peluches nos observaban desde los estantes, sin más testigos que ellos. Comencé a besarlo estando yo encima, mis manos recorriendo su torso y su espalda, mientras él me acariciaba suavemente los senos encima del brasier y mis nalgas. Me estaba excitando bastante, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba y mi piel se volvía más sensible al tacto de sus manos. Mateo, por su parte, no podía esconder la evidencia de su deseo; entre nosotros había una erección descomunal que se notaba claramente a través de la tela de sus calzoncillos.
Mientras yo me movía sobre él, Mateo bajó una de sus manos hacia atrás, encontrando la suavidad de mis nalgas cubiertas por la tela mínima de la falda. Me arqueé al instante, un gemido ahogado escapando de mis labios, porque el contacto directo de su mano contra mi cadera fue devastador. Él me apretó suavemente, y yo me aferré a sus hombros, y su erección, firme y dura, me prometía una satisfacción que ni siquiera había podido imaginar hasta ese momento.
Sabía por lo que leí en foros y relatos que las primeras veces suelen ser normalmente decepcionantes, así que mi plan era hacerle acabar primero para luego disfrutar yo, me levanté un momento y me alejé un par de pasos, quité el broche lateral de mi falda y la dejé caer hacia el piso por su propio peso, la quité con mis pies y di una vuelta lentamente sin dejar de mirarle y le pregunté «¿qué te parece? ¿crees que vale la pena perder la virginidad con una chica como yo?», él veía mi ropa interior que había elegido a propósito: brasier blanco de encaje y una tanga brasilera blanca también de encaje, él tartamudeo con la cara totalmente roja de la emoción y la excitación y dijo «vales cada segundo que fui virgen». me acerqué suavemente y empecé a besarlo por el cuello y luego bajé a sus tetillas desnudas, me entretuve un par de minutos ahí; le dije: «en esto te ayudo hoy yo», y me quité el brasier dejando mis juveniles pechos al aire, subí un instante y le recordé que tenía permiso de tocar y de hacer algo más si quería. empezó con toques tiernos y torpes, yo le indiqué cómo me gustaba: primero en círculos, luego en espiral, luego estimlular los pezones. luego de eso él tomó la iniciativa y besó cada uno de ellos, para final mente meterse uno a la boca y succionar suavemente, lo que me arrancó un gemido ahogado por la insonorización de mi habitación, luego continuó con el otro y casi me hace acabar. yo me aproximé y seguí besándole las tetillas. luego continué bajando y le quité su ropa interior dejándolo desnudo sobre mi cama boca arriba.
En ese momento, al desplegarse ante mis ojos bajo la luz tenue de la habitación, mi mente hizo un cálculo repentino. Había visto su tamaño apenas cubierto por el telón de fondo de su ropa interior y me quedé cuestionándome si realmente quería perder la virginidad con él. El prometedor volumen que ahora se erguía ante mí me prometía una experiencia desgarradora, llena de un dolor que quizá no estaba preparada para soportar, pero que a su vez podría revelar un placer devastador al final. Era una incertidumbre aterradora, una mezcla de instinto de supervivencia y curiosidad morbosa, y no pude evitar mirarlo con una mezcla de admiración y temor.
Sin embargo, mi cuerpo hablaba por encima de mi mente, y mi curiosidad ganó. Me acerqué a él, y comencé a darle besos suaves en el glande, mis labios rozando la piel caliente y sensible. Traté de recordar todos los relatos que había leído sobre cómo debía hacerlo, intentando imitar las técnicas que había encontrado en tantos foros. Empecé luego con unas lamidas suaves pero definidas, desde la base hasta la punta, deslizando mi lengua por la curvatura de su miembro, y luego seguí haciendo eso pero dándole un beso tierno al final. Luego de unos segundos de eso me atreví a abrir mi boca y a lamer el glande que ya estaba bastante húmedo; no me desagradó en absoluto su sabor, y hasta lo disfruté.
Continué alternando pequeñas succiones con los labios con las lamidas de glande, mientras Mateo se retorcía sobre mi almohada de placer y ponía los ojos en blanco, gemidos ahogados saliendo de su garganta. Mi pulso se aceleraba con cada movimiento, y yo me sentía poderosa, tomando el control de su placer. Continué con mi labor y empecé a sincronizar las lamidas y succiones con un masaje con mi mano, moviendo mi puño sobre la parte inferior de su miembro. Mateo no aguantó mucho más, y sus músculos se tensaron; se agarró de las sábanas y me dijo que se venía.
Él empezó a eyacular, el primero me cayó en el rostro e inmediatamente abrí mi boca para recibir el resto, tragándolo todo lo que pude, pero terminó saliendose por los costados de mis labios. Seguí lamiendo hasta que su respiración ya no era más que jadeos, y él se relajó. Luego me limpié el rostro con un dedo, mientras me miraba y sin dejar de mirarlo directo a los ojos saqué mi lengua, lo saboreé y me lo tragué también. Mateo hizo cara de satisfacción y sorpresa, como si no esperara que pudiera ser tan atrevida.
Lo dejé descansar durante un par de minutos, recuperando el aliento, mientras yo me acomodaba, buscando el momento perfecto para otra vez tomar el control. Lo miré a los ojos y dije: «ahora me vas a pagar el favor». No hubo duda en mi voz; era una orden clara, una promesa de equilibrio justo.
Le indiqué que se tendiera boca arriba y yo me subí sobre él. Me aproxime a sus labios para besarle, él dudó por un instante, quizás sorprendido por mi decisión de tomar la iniciativa tras darle placer oral, pero sus dudas desaparecieron cuando lo besé de nuevo, saboreando de su propia marca sobre mis labios. Me fui moviendo lentamente sobre su cuerpo, buscando un punto justo donde sus labios pudieran alcanzar mi cuello. Sentí cómo sus besos se volvían más urgentes y húmedos, descendiendo por mi clavícula hasta mis hombros.
Me fui desplazando más arriba abajo, poniendo mis senos a la altura de su cara. Mis pezones estaban totalmente erectos, un himno constante a mi excitación, y mis piernas se abrieron un poco, invitándolo a tocarme de verdad. Él chupó mis pezones como un ternero hambriento, y el placer que me provocó fue intenso, un escalofrío que bajó por mi espina dorsal. Yo gemía, mis manos en su cabello, apretando sus sienes, y mientras él me daba placer, yo le tomé la mano y la guíé hacia mi clítoris. Empezamos con un toque suave, explorando, pero luego un poco más fuerte, aumentando el ritmo, pero teniendo mucho cuidado de no llevamos al punto de estallido porque mi idea era hacer que volviera a estar erecto para poder disfrutar de la verdad.
Su juventud jugó a nuestro favor y en menos de un minuto ya estaba nuevamente erecto, firme y vengativo. Me di cuenta inmediatamente, con esa sensación de plenitud que me recorrió el cuerpo. Me quité mi tanga, dejándome toda desnuda sobre él, y me levanté para limpiarme bien las manos del semen que aún tenía en mis dedos con un pañuelo de papel. Luego, tomé uno de los preservativos que había dejado sobre la mesita de noche y el lubricante de agua, habiendo aprendido en la clase de educación sexual del colegio cómo colocar uno, así que fue un movimiento natural para mí.
Me senté sobre él, acomodándome para colocármelo, y le puse lubricante en mis manos, calentándolo un poco, y luego en todo el condón. Luego, apliqué el lubricante que me quedó en las manos en mi entrada de la vagina, preparándome para la penetración que tanto deseaba.
Me puse sobre él apoyándome en mis rodillas y mis codos, una posición que me daba una perspectiva diferente de la acción y control total del ritmo. Tomé con una mano su miembro y empecé a esparcir el lubricante que quedaba sobre mi clítoris y mi entrada vaginal, calentando la zona y preparándola para recibirlo. Le susurré al oído que empezara a lamer mis pezones, y él lo hizo enseguida, su lengua caliente rozando mis pezones endurecidos, provocando una onda de placer que recorrió mi espalda.
Mientras él me excitaba más, sus manos instintivamente fueron hacia mis nalgas dándome un masaje circular que empecé a disfrutar, presionando mis glúteos y separándolos ligeramente para darle acceso a mi vagina. El placer aumentaba recorriendo mi cuerpo, mezclado con la expectativa de la penetración que tanto deseaba.
Yo me aseguré con mi mano de que su pene estuviese en la posición correcta y empecé a hacer un poco de presión. Sentí un dolor en mi entrada vaginal, un pinchazo agudo que las caricias de Mateo me hacían olvidar momentáneamente. Le susurré al oído que no fuera a mover sus caderas y empecé a introducir ese miembro en mi vagina. Fue un momento difícil, un dolor fuerte y una resistencia de mis músculos, y él también se quejó un poco por lo apretado que estaba.
Yo seguí empujando poco a poco mientras el dolor se disipaba lentamente y el placer recibido comenzaba a tomar su lugar. Cuando ya estuve con la mitad de su miembro introducido, empecé a moverme arriba y abajo y circularmente, encontrando mi ritmo. Me levanté para quedar sobre mis rodillas y poco a poco fui sintiendo que me llenaba toda, no alcanzaba a introducirlo completamente, ya había llegado hasta el tope y aún sobraban 5 centímetros.
Empecé a acelerar el movimiento e instintivamente empecé un vaiven con mi cadera y mis muslos apoyaban; tomé una de sus manos y la llevé a mi pecho, su otra mano a mi cadera y yo empecé a acariciar mi clítoris, acelerando poco a poco hasta que mis jadeos se convirtieron en gemidos fuertes que inundaron la habitación y partes de la casa que estaba vacía.
En ese momento, perdí todo control. Un placer intenso, eléctrico y abrumador se apoderó de mis sentidos, algo que nunca había experimentado antes. Mi cuerpo se arqueó, mis dedos se clavaron en el brazo de Mateo y gemí, grité y resoplé al mismo tiempo, expulsando aire por la boca mientras el mundo a mi alrededor se desvanecía en una niebla blanca de euforia. Mateo también tenía un orgasmo ante esa visión de mí, y sentí cómo su miembro latía dentro de mí, pulsaciones que se transmitían a mi propio cuerpo, provocando una ola de placer que recorría todo mis poros.
Él no pudo evitar mover sus caderas con fuerza, y su mano que estaba en mi cadera me apretó hacia él con urgencia, marcándome la piel, aunque su pene no pudo entrar más, estaba llena. Tampoco pudo evitar apretarme un poco los pezones, cosas que me causaron un dolor punzante mezclado con el placer, una sensación dual que no sentía donde acababa el uno y dónde empezaba el otro. Nos movimos así, una maraña de piel y deseo, por casi un minuto hasta que él se quedó inmovilizado, y mis movimientos se hicieron cada vez más lentos y prolongados, buscando el último resto de satisfacción.
Cuando terminé, perdí fuerza en las piernas y terminé rendida a su lado, jadeando con una sonrisa en mis labios, buscando el aire que me faltaba. Puse mi cabeza en su hombro y le susurré: «abrazame y acariciame suavemente», y él obedeció, envolviéndome en sus brazos y acariciándome la espalda con cariño, mientras ambos recuperábamos el aliento.
Nos recuperamos del esfuerzo físico y emocional, pero la quietud volvió a la habitación como si nada hubiera pasado. Casi media hora después, como una costumbre que nos unía más allá del sexo, nos bañamos separados. Él fue al baño social y yo al mío, lavando el sudor y el rastro de nuestra unión, dejándonos el aroma limpio de jabones perfumados. Nos cambiamos con rapidez, volviendo a nuestras ropas limpias, y bajamos a la sala para merendar.
Mientras tomábamos un vaso de jugo y unos snacks, lo miré a los ojos y le dije: «esto lo puedes tener cada vez que desees siempre que cumplas mis tres condiciones, tú decides qué vas a hacer». Había quedado claro que yo era quien marcaba el ritmo y las reglas, que él no tenía más derecho que el que yo le otorgara.
Él respondió casi sin interés: «ok». Su voz era plana, su mirada fija en el vaso que sostenía en sus manos. No hubo emoción, ni gratitud, ni ganas de discutir las reglas. Simplemente asintió, aceptando mi oferta como si fuera algo que le importara poco o nada.
