Como me convertí en el macho de mi hija ii
Continuando con el relato de cómo me volví el macho de mi hija Anahí…
Aquella primera noche de amor no podía soltarla. Era tan hermoso, tan placentero y satisfactorio tocarla, besarla, poseerla. Con qué ganas mi hija se entregaba, con qué pasión mi pequeña se movía debajo de mí, hasta que agotados finalmente nos quedamos dormidos abrazados: yo abrazándola contra mi pecho, acariciando su espalda delicada y sensual.
Me desperté con esa sensación de algo irreal todavía, incrédulo pensando si no había sido solo un sueño, pero al sentir el cálido y frágil cuerpo de Anahí que se había acomodado y ahora me daba la espalda, desperté a la realidad. Ya la luz del día entraba por la ventana y podía observar a plenitud su cuerpo, sus curvas sensuales y delicadas, la curvatura de su cintura y la redondez de aquellas caderas breves pero sabrosas. Miré sus nalgas, esas ricas nalguitas pequeñas, redondas y firmes. Su piel blanca y tersa, firme y tan joven era un deleite en sí solo de observarla. Mi verga se puso tiesa de nuevo, dura y lista nuevamente para seguir follándola.
Me uní a ella, besando, mordiendo su nuca y sus hombros mientras pasando una mano debajo de ella la sujetaba de aquellas ricas tetitas redondas y firmes, y alzando su pierna por la rodilla, la despertaba al hundir de nueva cuenta mi grueso tolete firme que tanto la había hecho gozar durante la noche. Empujé mi verga metiéndola hasta el fondo. Anahí despertó quejándose, pujando bien rico al sentir cómo su preciosa grutita era nuevamente invadida por su caliente padre. Giró el rostro hacia mí y se veía tan hermosa recién despierta; me miró sonriente, alegre, contenta, enamorada. Me ofreció su boca, esa rica boca de labios jugosos y ardientes; besándonos nuevamente con placer, con lujuria, con deseo, con amor.
Mientras detrás de ella embestía por momentos delicado, por momentos más duro, más fuerte, más rápido, disfrutaba el sonido no solo de sus quejidos, de sus pujidos, de sus jadeos, sino el sonido que hacía su coño aún húmedo y pegajoso de tanta leche que contenía, de tanta leche que su querido padre había depositado dentro de él. El sonido de sus nalguitas al ser golpeadas por mi pubis, mis quejidos, mis pujidos de placer mezclados con palabras de amor, de ternura, de placer.
La acomodé boca abajo, con mis piernas a los lados de sus pequeñas caderas deliciosas. Se veía tan delicada y frágil a la luz del día, tan pequeña y flaquita, pero esas curvas delicadas eran perfectas, hermosas, deliciosas. Encima de ella, hincado detrás, la sujetaba firmemente de su cintura breve alzando sus caderas, sus nalgas, observando cómo mi grueso y largo tolete oscuro se perdía dentro de aquella aparente delicada y pequeña vagina. En esa pose la penetraba de manera más profunda y Anahí hundía sus dedos en la almohada sin poder evitar pujar en voz alta, con esa vocecita femenina y dulce a la vez. Con cada furioso empujón la hacía saltar, apretar las nalgas; ella arqueaba la espalda dejando que su padre la poseyera a su entero gusto. Yo detrás y encima de mi querida hijita hermosa la penetraba con satisfacción y orgullo masculino y paternal al mismo tiempo.
“Ayyyy papá. Oumhhhhh papito lindo. Oughhhhh, pensé que había soñado. Oughhhh, pero no. No es un sueño mi amor. Oughhhhh, qué rico. Qué rico papito. Te amo. Te amo tanto papito. Ayyyyyy. Ayyyyyyyyy, se siente tan dura. Oughhhhhh, tan gruesa mi amor. Oumhhhhh, siento que me abres toda. Ahhhhhhhh”.
Y yo satisfecho y orgulloso embestía a mi amada hija para demostrarle quién de sus dos únicos hombres hasta el momento era mejor. Iba a educar a mi hija en la cama. Iba a enseñarle los placeres de la carne, iba a enseñarle a mi propia hijita cómo debe cogérsele y hasta el momento estaba resultando una alumna entregada y dócil.
Moviéndome encima de ella, despacio, suave, tierno para que pudiera sentir con su coño mi verga, recorría maravillado su cuerpecito, su espalda, sus costados apretando sus tetitas ricas, sus muslos hermosos. Abría sus nalgas y observaba atento ese precioso y pequeño anito que ella apretaba y aflojaba por el placer que la invadía. Miraba esos pliegues oscuros que ya fantaseaba, que ya llegaría la hora de estrenar también. Pues ahora más que nunca sabía que mi hija haría todo lo que su padre le pidiera, le ordenara en la cama.
“Ohhhhhhh Anahí, Anahí, Anahí. Yo también desperté pensando que solo había sido un sueño hermoso mi amor. Uffff, pero no. Gracias a Dios que no amor. En verdad que te estoy cogiendo Anahí. Ahhhhhhhhhhh, y es tan placentero hacerlo mi amor. Oughhhhhh, te amo con toda mi alma te lo juro hija. Ahhhhhhh. Te juro que te voy a hacer la mujer más feliz del mundo, ya lo verás mi cielo. Ya lo verás cariño mío. Esta panochita, estas nalgas, este cuerpecito es mío”.
Y entonces cambiando el ritmo, la embestía con fuerza, con potencia, con poder haciéndola aumentar el tono, el volumen de sus quejidos. Haciéndola dar ricos grititos al sentir el rigor de una verga madura, experta, que le entraba completa hasta los huevos. La cubrí con mi cuerpo embistiéndola, mordiendo su nuca dominándola. Bufando excitado en sus oídos para hacerle saber el enorme placer que eso me causaba. Sentía su vagina estrecha, apretada, sentía sus paredes vaginales mordiendo mi gruesa carne y me maravillaba cómo aquella chiquilla tan flaquita, tan delicada y frágil se tragaba fácilmente todo mi grueso y largo tolete.
Se la saqué y me tumbé a su lado. Anahí se acomodó los largos cabellos detrás de sus oídos, detrás de su nuca mientras sin que yo le dijera, pues era más que obvio, se montaba encima mío. La miraba maravillado pues es mi hija y es más hermosa como mujer que como hija. La sujeté de su breve cintura mientras ella acomodaba sus piernas alrededor mío, apoyando sus rodillas a mis costados. En su rostro tierno veía el placer que sentía, que despertaba en ella. Mi verga palpitaba erecta en toda su longitud y parecía aún más enorme al lado de aquella pequeña vagina. Sus dedos suaves y hermosos sujetaron mi tolete y les juro que ver cómo tu propia hija se acomoda encima de tu verga, cómo tu propia hija dirige tu verga erecta hacia su gruta hermosa es lo más fantástico, sucio, perverso, placentero que puedas observar en tu vida.
Bufando y con su respiración entrecortada colocó la hinchada cabeza entre esos labios delicados y jugosos, me miró sonriendo mientras lentamente descendía empalándose, enfierrándose ella misma, ella solita bajo mi mirada orgullosa. Abría la boca bien cachonda dejando escapar sonidos hermosos mientras descendía sobre mi grueso tolete que la abría tan rico. Hasta que engulló con una enorme sonrisa de satisfacción mi verga entera; sus pelos negros y ensortijados, revueltos con rastros de mi blanca leche se frotaban contra mi piel. Ella apoyaba sus manos hundiendo sus uñas en mis hombros y yo descendí ambas manos por la curva de sus caderas, por la suave y delicada, excitante forma de una pera sensual que formaban sus caderas y sus nalgas al estar así encima de mí. Ella se inclinó sobre mí con una mirada lujuriosa y cachonda mientras me ofrecía su boca para besarme con pasión inusitada. Yo ahora la sujetaba, agarraba a mi hija de sus nalgas, se las sobaba, se las apretaba, se las abría y separaba satisfecho y lleno de lujuria orgullosa.
Ella mordía ansiosa mis labios. “Eres un cabrón papá. Eres un cabrón. Me cojes bien rico. Jamás pensé que haría esto contigo. Mira cómo me tienes de caliente cabrón”. Y comenzó despacio a moverse encima de mí, con movimientos sensuales giraba sus caderitas encima de mí, frotando su clítoris contra mi pubis mientras no dejaba de quejarse y de pujar excitada, satisfecha, caliente. Enardecido por el delicado, femenino, cachondo tono de su voz abrí sus nalgas hasta llegar con mis dedos a sus ardientes labios y los abrí, los estiré buscando que mi verga se hundiera más dentro de ella. Y ahora ambos nos movíamos, nos empujábamos uno contra el otro. Sujeté sus cabellos jalando su cabeza hacia atrás y ella se quejó de dolor placentero, mientras yo mordía y chupaba ansioso esas tetitas suyas, mordiendo sus pezoncitos ricos. Mi otra mano recorría la curva de su espalda y la agarré de las nalgas empujándola contra mí, sin dejar de empujar furioso mi verga contra ella.
Estábamos en el clímax. La bajé poniéndola boca arriba, sujeté sus tobillos alzando y abriendo bien rico sus esbeltas, flaquitas piernas y qué adorable se veía su delicada rajita abierta. Así con las piernas en alto seguí jodiéndola hasta que ya no aguanté más.
Ya me había venido muchas veces dentro de ella y así boca arriba con las piernas en alto Anahí se veía bien sabrosa. Así que sin soltar sus tobillos saqué mi verga; ella, siguiendo más sus instintos naturales que su poca experiencia, me agarró la verga. Sus deditos apretaban tan rico mi macana y masturbándome, me hizo eyacular con una cara, una expresión de placer y orgullo por lo que lograba en su padre. Un chorro ya no tan abundante como al principio saltó sobre su cuerpo hasta su cuello; gotas de blanco semen cayeron sobre su vientre, llenando bien rico el cuenco de su sexy ombliguito. Ella excitada exprimía mi verga sacando toda la leche y yo miraba fascinado cómo sus deditos hermosos se batían de leche, de la cálida y espesa leche de su padre. Su cuello, su pecho, su vientre y sus ensortijados vellos estaban salpicados de semen y lucía hermosa así.
Yo bufaba excitado y satisfecho terminando sobre mi hija.
Solté sus tobillos e hice algo que no sabía si le gustaba, si lo había hecho previamente. La tomé de su muñeca mientras me recostaba a su lado y llevé sus dedos a su boca; quería que mi hija probara, comiera mi semen. Ella abrió sus ojitos a modo de sorpresa e incredulidad, sonriente.
“¿Quieres… quieres que me los coma papito? Oh, no sé. Nunca he probado. De verdad”.
Bese sus mejillas mientras llevando sus deditos batidos de leche a su boquita preciosa, los unté en sus labios y ella tímida los saboreó indecisa, inexperta, tímida. Ahora que la veo como los traga sin miramientos, gustosa, como se los doy a comer y Anahí lo hace gustosa, me viene a la mente aquella primera vez que probó mi semen y su cara de sorpresa, su expresión de incredulidad primeriza.
Pero sin dejar de mirarme con cierta travesura dócil en sus ojitos, Anahí los probó, los comió con cierta reticencia. Recogí con mi lengua el semen que escurría por su cuello y lo llevé a su boca, le di a probar, a comer en su boca de la mía mi semen.
Y le gustó así. Limpié con mi lengua todo el semen que deposité en su cuerpo y la alimenté amoroso, mientras ella reía divertida comiendo el semen de su padre.
Era domingo así que nos duchamos, cogimos de nuevo en la ducha, nos arreglamos y la llevé a desayunar.
Yo escogí su vestimenta: una faldita corta, holgada pero que se ajustaba a su cintura, a su vientre planito, sin medias para lucir esas piernas hermosas, blancas, firmes, esbeltas, torneadas. Sin pantaleta para poder meter mano y tocar libremente su vagina cuando se me antojara y ella accedió gustosa. No hay nada que seduzca más a una mujer que hacerla sentir deseada, hermosa, cachonda. Anahí desconocía esa parte de ella; las únicas zapatillas altas que hasta el momento tenía y una blusita pegadita que se amoldaba de maravilla a su torso, a su pecho delicado.
Caminábamos de la mano por la plaza, enamorados, contentos, felices como merecíamos ambos serlo. Ella preocupada porque no se notara que no traía calzoncitos y yo orgulloso presumándola, pues nos besábamos en la boca, nos deteníamos a mirar algo que le llamaba la atención y entonces la abrazaba por la espalda besando, mordiendo su nuca sensual, sus hombros desnudos con enorme placer sin poder, ni querer ocultarlo. Y claro, éramos objeto de algunas miradas, tanto porque Anahí con su espléndido cuerpo flaquito y vestida así llamaba la atención, como porque la diferencia de edades era más que evidente. Pero nos mirábamos con tanto amor que parecíamos una pareja como cualquier otra.
La llevé de compras. Eligió ropa adecuada y acorde a su edad, pero fui yo quien escogió su ropita interior; la vendedora animaba a mi esposa a llevarse todo lo que yo le escogía y Anahí se sonrojaba de felicidad y orgullo cada que escuchaba: “A su esposo le encantará cómo se verá con estas prendas”. Daba por hecho que esa joven mujer era mi esposa y no mi hija, lo cual hacía que se escuchara hermoso. Le escogí algunos vestidos hermosos, cortos, entallados, escotados. Y sobre todo, muchas zapatillas.
Anahí estaba más que contenta. A qué mujer no le agradan las compras.
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Todos quieren una hijita así para comprarle todo lo que quiera y vestirla ya consentirla en todos los aspectos
Ayyy que lindo y rico sería llamarte papá!!
Me encantaría tener una linda putita morbosa y cachonda 7u7 🔥