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Mi prima Diana tiene diecinueve años, va al gimnasio y tiene un culo perfecto. A la muy pendeja le encanta usar tangas que se le marcan debajo del jean ajustado.
Aquella noche la vi entrar a la discoteca con ese porte de mamacita que sabe que todos la miran, y a mí se me hizo un nudo en la garganta cuando me clavó los ojos y me sonrió como si tuviera un secreto guardado. Yo tengo veinticuatro, estudio en la universidad y juego fútbol con los patas los fines de semana, pero esa noche no me importó nada: pedí dos vasos de trago, se los puse en la mano y me quedé pegado a ella en la barra, sintiendo su cuerpo caliente contra el mío. Con cada sorbo se reía más fuerte, se me acercaba al oído para hablarme y me dejaba sentir su aliento con olor a ron y a chicle de menta. Cuando ya estaba bien prendida, me agarró de la camisa y me dijo al oído que me quería ir a mi cuarto. No lo pensé dos veces.
En el camino no aguantaba las ganas. En el taxi se me pegó al costado y me puso la mano en el muslo, subiéndola despacio hasta que me apretó la verga por encima del pantalón. “Desde hace tiempo tengo ganas de coger contigo”, me confesó con la voz ronca, mirándome de costado, y yo me quedé helado porque no sabía si era el trago o si de verdad me estaba buscando. Casualidad o no, la encontré justo después de que terminó con su novio, y esa idea de que me había estado buscando me puso más caliente todavía. Subimos las escaleras casi corriendo, abrí la puerta del cuarto y antes de que prendiera la luz ya me tenía la boca encima, mordiéndome el labio y jalándome el pelo.
Le saqué el jean ajustado de un tirón y ahí estaba esa tanga roja que tanto había imaginado, empapada y pegada a su piel. Le bajé la tela y me encontré con ese coño bien depilado, suave como recién hecho, que me dejó la boca hecha agua. Me arrodillé y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, despacio, mientras ella se agarraba del respaldar de una silla y abría las piernas con un gemido que me erizó la piel. “No te detengas, papi”, me decía, y yo la lamía como si me estuviera muriendo de sed, chupándole el clítoris y metiéndole la lengua hasta que se le doblaron las rodillas. La levanté en peso, la tiré sobre la cama y me saqué la verga mientras ella me miraba con los ojos entrecerrados y la boca abierta.
Se la metí de una sola vez y ella soltó un grito que tuve que taparle con la mano porque los vecinos podían escuchar. Se la metí despacio primero, sintiendo cómo me apretaba por dentro, y después le agarré las caderas y empecé a darle duro, con ese sonido de carne chocando contra carne que llenaba todo el cuarto. Diana se agarraba de las sábanas, arqueaba la espalda y me pedía más, que no pare, que la meta toda. Le di hasta que se le salió el aire de los pulmones y se corrió con un gemido largo, apretándome tan fuerte que yo casi me vengo ahí mismo. Pero me aguanté, porque quería más.
Le pedí por el culo y se hizo la rogada, se rió y me dijo que no, que estaba loco, que cómo se me ocurría. Pero yo le acaricié el culito, le pasé la lengua por el medio y le dije al oído que confiara en mí, que le iba a gustar. Se mordió el labio, dudó un segundo y al final se puso en cuatro, con ese culo perfecto del gimnasio apuntándome a la cara.
La muy puta se puso en perrito y me dejó ver ese culo perfecto que tato soñé, redondo y firme, con el coño todavía brillante por lo que acabábamos de hacer. Escupí en mi mano, me la pasé por la verga y le unté bien la entrada, despacio, sin apuro, mientras ella se agarraba de la cabecera y respiraba hondo. Al principio empujé apenas, solo la punta, y ella se tensó y soltó un “ay, espera” que me hizo parar en seco. Le acaricié la espalda, le dije que se relajara, que respirara, y cuando volví a empujar ella misma se abrió paso y me dejó entrar hasta el fondo. El gemido que soltó no era de dolor, era de sorpresa, de esas que se te escapan cuando algo te gusta más de lo que esperabas.
Empecé a moverme despacio y ella fue encontrando el ritmo, empujando hacia atrás para recibirme, con las manos crispadas en la cabecera y la cara hundida en la almohada. “Más, papi, dame más”, me pedía con la voz temblorosa, y yo le agarré las caderas y le metí fuerte, viendo cómo ese culo se abría y se cerraba alrededor de mi verga, cómo la piel le brillaba con el sudor. Le di hasta que se le salieron las lágrimas de gusto, hasta que se le quebró la voz y me dijo que nunca había sentido algo así, que por qué no le habíamos hecho esto antes. Se corrió otra vez, temblando entera, y yo me aguanté un rato más solo para verla ahí, entregada, con el pelo pegado a la cara y ese olor a sexo que llenaba el cuarto.
Cuando ya no aguanté más, me salí y me vine en su espalda, caliente, y ella se dio la vuelta con una sonrisa de gata satisfecha. Nos quedamos tirados en la cama, sin hablar, escuchando cómo se calmaba la respiración, y en algún momento nos quedamos dormidos así, desnudos y pegados, sin importarnos nada.
Me desperté con el cuarto a media luz y con algo caliente y húmedo envolviéndome la verga. Abrí los ojos y ahí estaba Diana, agachada entre mis piernas, con el pelo suelto cayéndole sobre la cara y la boca llena de mí. Me la estaba chupando despacio, con calma, como si tuviera toda la mañana para hacerlo, subiendo y bajando la cabeza y mirándome de reojo para ver mi cara. Nunca voy a olvidar esa mamada: la forma en que me lamía la punta, cómo me apretaba con la mano en la base, cómo se metía la verga hasta el fondo y se quedaba ahí un segundo antes de soltarla con un sonido húmedo. Me dejó al borde y después se subió encima de mí y se la metió ella misma, montándome despacio, con las manos apoyadas en mi pecho y moviendo las caderas con una cadencia que me volvía loco.
Follamos como dos amantes reconciliados, sin apuro pero con hambre, sabiendo que lo nuestro era prohibido y que eso solo nos excitaba más. Cada vez que ella gemía bajito yo pensaba en la familia, en las reuniones, en todo lo que se nos venía encima si alguien se enteraba, y esa idea me ponía más duro todavía. Le di la vuelta, me puse encima y la cogí hasta que los dos quedamos sin fuerzas, tirados en la cama, con las sábanas hechas un desastre y el sol entrando por la ventana.
Se levantó, se vistió sin decir mucho, se acomodó el jean y se miró al espejo como si nada hubiera pasado. Antes de salir por la puerta, se metió la mano en el bolsillo y sacó la tanga roja, la que se había quitado la noche anterior, todavía húmeda y con el olor de los dos. Me la tiró a la cama y me miró con esa sonrisa de siempre. «Para que te hagas una paja cada vez que la veas”, me dijo, y se fue cerrando la puerta sin mirar atrás.
Me quedé ahí tirado, con la tanga roja en la mano y el olor de ella todavía en la almohada. La levanté contra la luz y la vi brillante, tiesa de lo que habíamos dejado ahí, y no aguanté: me la pasé por la cara, la olí, y me hice la primera paja pensando en su culo abriéndose, en su boca, en esa voz ronca pidiéndome más. Después me quedé dormido otra vez, con la tela apretada en el puño.
Los días siguientes fueron raros. En el grupo familiar nadie sospechaba nada, y yo tenía que saludarla como si fuéramos solo primos, con un beso en la mejilla y un “¿y cómo estás, Diana?”. Ella sonreía, me preguntaba por la universidad, por el fútbol, y en algún momento, cuando nadie miraba, me clavaba los ojos y se mordía el labio. Una vez, en el almuerzo de domingo, se sentó frente a mí y estiró la pierna por debajo de la mesa hasta tocarme el tobillo con el pie descalzo. Yo me quedé tieso, con el tenedor a medio camino de la boca, y ella siguió comiendo como si nada, hablando con mi tía sobre no sé qué cosa. Esa noche me escribió un mensaje: “¿Todavía la tienes?”. No hizo falta preguntar qué.
Volvimos a vernos dos semanas después, en mi cuarto otra vez, y fue peor que la primera. Llegó con un vestido corto y sin nada debajo, y antes de que cerrara bien la puerta ya me tenía la mano metida entre las piernas. Esa noche probamos todo lo que se nos ocurrió, y cuando ya no podíamos más, me confesó que había terminado con su novio porque pensaba en mí, que llevaba meses pensando en mí y que no aguantaba más. Yo le dije la verdad: que a mí me pasaba lo mismo desde que la vi crecer, y que ahora que lo habíamos hecho no sabía cómo iba a mirarla a la cara en las reuniones sin acordarme de todo.
Ella se rió, me besó el cuello y me dijo que eso era lo mejor, que el secreto era lo que lo hacía tan rico. Y tenía razón. Cada vez que la veo ahora, con su jean ajustado y esa sonrisa de santa, sé lo que hay debajo, sé cómo suena cuando se corre, sé cómo sabe su boca. Y ella sabe que yo la tengo guardada en un cajón, la tanga roja, y que cada vez que la veo me acuerdo de todo.
Lo nuestro es prohibido, sí, pero mientras nadie se entere, seguimos quedando a escondidas, y cada vez que me llama por teléfono con esa voz de “primo, ¿estás en casa?”, yo ya sé lo que va a pasar.
