La vergota de mi primo Alber me hace gritar como una puta

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Todo empezó en el cumpleaños de mi tía, ese calor de mierda que no dejaba respirar y el patio lleno de primos, tíos y vecinos tomando cerveza bien helada. Yo andaba con un short corto y una blusa que se me pegaba al cuerpo de puro sudor, y Alber no dejaba de mirarme desde el otro lado del patio con esa cara de perro hambriento que ponen los hombres cuando ya se imaginaron todo. Mi primo, el que siempre fue callado, el que nunca decía nada en las reuniones, pero que esa noche se había quedado pegado a mi sombra como si me debiera plata. Cada vez que me agachaba a recoger un vaso o me estiraba para alcanzar algo, sentía sus ojos clavados en el culo, y cuando me enderezaba, él desviaba la vista como un colegial, pero ya tarde, ya con la boca reseca. A la tercera cerveza ya no disimulaba: me miraba las piernas, me miraba la boca, y yo hacía como que no pasaba nada mientras por dentro ya me estaba calentando como una estufa nueva.

La cosa se puso seria cuando me metí a la cocina a buscar hielo y él entró detrás, cerró la puerta con el pie y se me paró a dos pasos. No dijo ni «hola», solo se me acercó hasta que la espalda se me pegó al mesón y sentí el calor de su cuerpo encima del mío. «Estás bien rica, prima», me soltó con esa voz ronca que le salía del pecho, y yo apenas alcancé a decir «ay, ¿sí?» cuando ya me tenía la mano en la cintura y la otra bajándome el short. Le agarré el bulto por encima del pantalón y me quedé fría: ahí abajo había una verga que no cabía en mi mano, dura como piedra, marcándole toda la pierna. Le apreté y él soltó un gruñido en mi oído, me mordió el cuello y me metió la lengua hasta el hombro, y yo ya estaba mojada como una putita, con el calzón empapado y las piernas temblando.

Me bajó el cierre sin apuro, como si tuviéramos toda la noche, y cuando sacó la pinga se me salió el aire de golpe. Aquello era una torre de carne gruesa, venosa, con la punta morada y brillante que le llegaba casi al ombligo. «¿Y todo eso me va a entrar?», le pregunté, y él se rio bajito, me agarró del pelo y me empujó hacia abajo. Me arrodillé en el piso de la cocina y me la metí en la boca hasta donde pude, y aun así me faltaba la mitad. Chupé como desesperada, con las dos manos apretándole los huevos, y él empezó a empujar despacio, cada vez más hondo, hasta que me la clavó en la garganta y me hizo toser con los ojos llorosos. «Así, prima, así me gusta», decía, y yo gemía con la boca llena, babosa, con el pelo pegado a la cara, sin importarme que en el patio la familia siguiera gritando y riéndose a diez metros.

Me levantó del pelo, me dio la vuelta y me dejó apoyada a la mesa. Me bajó el short de un tirón y me pasó la verga por la concha empapada, arriba y abajo, untándosela con mi propio líquido. Yo ya rogaba. «Métemela ya, no seas malo», le dije, y él me la puso en la entrada y empujó. Me desgarró, me estiró, y yo solté un grito que seguro se oyó hasta la calle. Le costó, pero fue entrando, centímetro por centímetro, y cuando por fin me la metió toda sentí que me tocaba el fondo y me quedé sin aire, con las uñas clavadas en la madera. Empezó a bombear lento, hondo, sacándola casi entera para volver a enterrarla, y cada embestida me arrancaba un quejido. «Qué vergota, Alber, qué rico y grueso la tienes», le decía yo, y él me agarró de la cadera y aceleró hasta que la cocina se llenó del ruido de nuestros cuerpos chocando.

Me dio duro, sin piedad, con la mano tapándome la boca para que no gritara tanto, pero yo igual gritaba como una puta, con la voz quebrada, pidiéndole más, pidiéndole que no parara. Me metió los dedos en el pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, y en esa posición me la clavó tan hondo que me hizo ver luces. La tensión me subió por la panza como una ola, y cuando me agarró del cuello y me gruñó «córrete, prima», me fui entera, apretándole la pinga con la concha, temblando, con un grito largo que me dejó sin fuerzas. Él aguantó tres embestidas más y se salió justo a tiempo, acabándose encima de mi culo con un gemido ronco que le salió de las costillas. Nos quedamos ahí, sudados, jadeando, con la ropa hecha un desastre. Y cuando abrimos la puerta de la cocina, mi tía nos miró de arriba abajo y sonrió: «¿Y el hielo?». Yo ni contesté. Todavía me temblaban las piernas.

Se lo pedí por detrás aunque sabía que me iba a doler

La fiesta se fue apagando como se apagan todas: primero los viejos, después los niños, al final los primos que se quedan hasta que se acaba la cerveza. Alber y yo nos pasamos las últimas dos horas cruzándonos miradas de reojo, haciéndonos los serios delante de todos, pero cada vez que él se acercaba a la mesa a dejar un vaso me rozaba la pierna con la rodilla y yo sentía que se me volvía a encender todo. Cuando se fue el último carro y la tía cerró el portón, él se quedó parado en el patio, esperando, como si supiera que yo iba a decidir. Yo también lo sabía. Lo agarré de la mano sin decir nada y lo llevé por el pasillo hasta mi cuarto, cerré la puerta con llave y lo empujé sobre la cama.

Me paré delante de él y me saqué la blusa despacio, mirándolo a los ojos, y le bajé el short hasta los tobillos. Él se relamió y estiró la mano, pero yo me aparté. «Todavía no», le dije. «Quiero probar una cosa.» Me le subí encima, le agarré la verga ya dura y me la pasé por la concha, que todavía estaba sensible de la cocina, y se la unté bien. Después me la acomodé en la entrada del culo y me quedé ahí, respirando hondo, con las manos apoyadas en su pecho. Alber abrió los ojos grandes. «¿Ahí?», preguntó. «Ahí», le contesté. «Pero despacio, ¿oíste? Despacito.» Sabía que me iba a doler. Lo sabía y aun así quería, porque llevaba media noche pensando en cómo se sentiría tener esa cosa metida hasta el fondo por donde nunca me había entrado nada.

Empecé a bajar y el primer empujón me arrancó un quejido seco. Duele, duele de verdad, como si te partieran en dos, y por un segundo quise salirme y mandar todo a la mierda. Alber se quedó quieto, con las manos en mis caderas, esperando. «Tranquila, primita, respira», me dijo suave, y me pasó el pulgar por la barriga. Respiré, aflojé, y bajé un poco más. Otro ardor, más hondo, y después algo raro, una mezcla de dolor y de placer que me erizó toda la piel. Fui bajando de a poquito, con los dientes apretados, hasta que se la metí entera y me quedé sentada sobre él, temblando, llena hasta arriba, sintiendo cada vena y cada centímetro de esa vergota abriéndome por dentro.

Me quedé un rato así, quieta, acostumbrándome, y cuando el ardor empezó a volverse otra cosa empecé a moverme. Despacio primero, círculos cortos, y él gemía debajo de mí apretándome las nalgas, mirándome como si fuera la última mujer del mundo. «Qué apretado, mi amor», me dijo, y yo me reí con la voz cortada. Le agarré las muñecas y me las puse en la cintura para que me ayudara, y empecé a subir y bajar más rápido, con más ganas, olvidándome del dolor. El ruido era obsceno, húmedo, y cada vez que me dejaba caer entera se me escapaba un grito que ya no tenía nada de queja. «Más», le pedí. «Métemela más duro, primo, ya no me importa.»

Él me levantó de la cintura, me dio la vuelta y me puso en cuatro, y ahí sí me la clavó como se la pedí, con todo, agarrándome del pelo y del hombro. Yo mordí la almohada y grité como una condenada, y él no paró, duro y parejo, hasta que sentí que me venía otra vez, por delante, sin tocarme, apretando la sábana con los puños. Me dejé caer de boca en el colchón con el culo todavía al aire, y él se salió y se vino encima de mis nalgas con un gemido largo, chorreándome toda la espalda baja. Nos quedamos tirados, sin aire, con el cuarto hecho un desastre y las sábanas empapadas. Me dolía hasta para respirar. Y aun así, cuando se acomodó a mi lado y me pasó el brazo por la cintura, ya estaba pensando en cuándo se lo iba a pedir otra vez.

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Paola 23
Paola 23

Me considero una putita caliente y con ganas de vivir la vida!!

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