Cogí con mi prima sobrios y ninguno se atreve a hablarlo

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La primera vez la culpa la tuvo el vino. Una botella de tinto barato, la casa sola, la familia ya dormida y nosotros dos en la cocina hablando mierdas de la vida. Mi prima reía con la cabeza echada hacia atrás, el escote abierto, la falda subida sin querer. Yo le miraba las piernas y ella se hacía la que no se daba cuenta. Hasta que en un silencio incómodo nos quedamos pegados, la boca a un centímetro, y ninguno se movió. Después ya sabes: la mano en el muslo, el muslo que se abre, un beso torpe y las lenguas buscándose como si tuviéramos hambre. Terminamos cogiendo contra la mesa, con los platos temblando y mi mano tapándole la boca para que nadie la oyera gemir. Esa noche nos dormimos por separado y al día siguiente nos saludamos como dos desconocidos. Como si nada. Como si ella no me hubiera sacado la verga del pantalón con sus propias manos.

Lo fácil era culpar al alcohol. Pero un mes después, sobrios, sin una gota encima, volvimos a caer. Esa vez fue en una fiesta familiar, después de un cumpleaños, con la música alta y los primos borrachos afuera. Nos metimos a una habitación a «buscar una bolsa» y salimos cuarenta minutos después con el pelo revuelto y las caras rojas. Ahí confirmé lo que ya sospechaba: no era el vino, era ella. Era su olor, su cintura, la manera en que se muerde el labio cuando le agarro el culo. Y ella lo sabía igual que yo. Porque cuando nos cruzamos en el pasillo me miró con esa carita de «no digas nada» que me tiene loco. Sobrios, lúcidos, conscientes, y aun así nos comimos la boca como dos animales. Eso ya no era casualidad: era atracción pura y dura, de la que no se disimula.

Y ahí empezó el círculo vicioso que me tiene la cabeza dando vueltas. Calentura, cogemos, y después el silencio. Un silencio que apesta a culpa, a vergüenza, a miedo de cagarla. Nos miramos, nos saludamos con un beso en la mejilla que dura más de lo normal, y hacemos como si nunca hubiéramos estado desnudos uno encima del otro. Yo me pongo nervioso. Ella se pone nerviosa. Los dos lo notamos y ninguno lo dice. Parece que cada encuentro es el primero otra vez, que arrancamos de cero, como si tuviéramos que reconquistarnos para no admitir que ya nos conocemos la panocha y la verga. Es agotador. Después de cada vez me quedo mirando el techo, preguntándome si le gusto o solo le sirvo para calmar las ganas. Y ella, seguro, piensa lo mismo de mí. Pero ninguno levanta el teléfono para aclararlo.

La última vez fue la que me rompió. Nos quedamos solos en casa de la abuela, «ordenando», con la excusa más pendeja del mundo. Apenas cerré la puerta ya la tenía contra la pared, las tetas apretadas contra mi pecho, la boca mordiéndome el cuello. Le bajé el short de un tirón, le metí la mano y la encontré empapada, ardiendo, sin ropa interior. «No te hagas la santa», le dije al oído, y ella soltó una risita nerviosa que se volvió gemido cuando le metí los dedos. La puse de espaldas sobre el sofá, le abrí las piernas y me la comí sin prisa, saboreándola, viéndola apretar los ojos y agarrarse los cojines para no gritar. Cuando ya no aguantaba, me subí encima y la penetré de una sola vez. Ella me clavó las uñas en la espalda. Cogimos duro, sudando, con el sofá chirriando, hasta que se corrió mordiéndose el puño y yo acabé dentro, temblando, con la cara hundida en su cuello. Y después, silencio. Nos vestimos, ella se arregló el pelo, y a los cinco minutos estábamos tomando café como dos viejos conocidos. Como si nada. Otra vez.

Ya no aguanto este juego de pendejos. No busco amor, eso lo tengo claro: no quiero flores ni aniversarios. Busco acompañamiento, que me escuche, y coger rico sin que nadie salga herido. Y creo que ella busca lo mismo: desahogo, cero complicaciones. El único riesgo son los terceros que no saben nada, pero eso ya es otro cuento. Lo que necesito es romper el hielo y hablar claro, sobrios, en un momento neutral, no después de coger con la sangre caliente. Le voy a decir lo que siento sin adornos: que hay algo entre los dos, que lo sabemos, que no quiero presionarla, y que solo necesito saber si quiere seguir o dejarlo como un recuerdo bonito. Si dice que sí, ponemos reglas: discreción, sin culpas y sin expectativas. Si dice que no, lo acepto como un hombre. Pero se acabó el fingir. La próxima vez que la vea, antes de que se me ponga dura, le voy a hablar.

Y tú, ¿qué harías? ¿Le sueltas la verdad a la cara o prefieres seguir cogiendo en silencio hasta que uno de los dos reviente? Y si tuvieras una prima así, ¿le pondrías reglas claras o la dejarías en el limbo de «ya veremos»? Cuéntame, que necesito saber que no soy el único metido en este enredo.

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Aldito XXX
Aldito XXX

Si nenas me encanta el culo. Agarrarlos con fuerza, eso si que excita.

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