Los piecitos de mi cuñada Carmen

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Vivimos todos en casa de mis papás. Mis papás en su cuarto, mi hermana en el suyo, mi hermano mayor y ahora Carmen — mi cuñis — en el cuarto grande del fondo. Y yo, el más chico de todos, ya con 18, en el cuartito de en medio. Justo enfrente de ellos.

Desde que se casaron, la casa cambió. Carmen siempre anda cortita. Minifaldas de mezclilla, vestiditos que se le suben cuando se agacha, shorts que parecen de su hermana pero no lo son. Al principio yo me hacía pendejo, miraba para otro lado porque pues es la esposa de mi carnal.

Pero ella se dio cuenta. Claro que se dio cuenta.

Sobre todo de lo de mis gustos. A mí siempre me han atraído los pies. Bonitos, chiquitos, arreglados. Y Carmen tiene unos piecitos que no manches. Siempre pintados, rojo, rosa, blanco, con anillitos, con pulserita en el tobillo.

Y ella lo notó.

Empezó hace como dos semanas. Mi hermano se va a trabajar de tarde y ella se queda en su recámara con la puerta abierta. Justo enfrente de la mía. Yo estoy en mi cama con el celular, con mi puerta también abierta porque hace un calorón en esa casa.

Y la veo.

Se sienta en la orilla de su cama, con su minifalda, descalza, con su kit de pedicure. Un botecito con agua, sus esmaltes, su limita.

— Ay, cuñis, ¿me pasas el control? Lo dejé en tu cuarto — me grita como si nada, sabiendo que voy a tener que voltear a verla completa.

Me paro, se lo paso. Ella ni se acomoda la falda. Está ahí, con las piernas cruzadas, tallándose un pie.

— ¿Te molesta si dejo la puerta abierta? Es que me ahogo aquí encerrada — me dice.

Y no, no me molesta. Para nada.

Se pone crema. Despacio. Se agarra el pie con las dos manos, se masajea el empeine, los dedos, uno por uno. Se muerde el labio poquito, como si le doliera o le gustara, no sé. Y de reojo me ve.

Yo estoy en mi cuarto, recargado en el marco, según yo viendo el cel, pero viéndola a ella.

Ella estira la pierna hacia la puerta. Hacia mí. Deja su pie en el aire, lo mueve, mueve los deditos. Recién pintados, brillosos.

— ¿Cómo me quedaron, cuñis? — me pregunta, levantando el pie un poco más —. ¿Rojo o me lo pongo rosa? Tú dime, que tú sí te fijas.

Me atoro. Porque sí me fijo. Mucho.

— Rojo se te ve chido — le digo.

— ¿Chido nada más? — se ríe. Se sienta más para la orilla, para que la vea mejor. Ahora está con los dos pies colgando de la cama, balanceándolos, rozando uno con el otro —. A tu hermano ni le importa. Nunca me dice nada. Tú en cambio… tú sí me ves.

Se hace silencio. Se escucha a mi mamá en la cocina.

Entonces hace lo que ya me tiene bien amarrado. Se inclina hacia adelante y con su pie descalzo empuja un poquito su puerta, como cerrándola un poco, pero dejándola entreabierta. Justo para que solo yo pueda verla desde mi ángulo.

— Si mi suegra me ve así me regaña — susurra, como jugando a que la puedan cachar —. Pero tú no me vas a acusar, ¿verdad, cuñis chiquito?

Y se queda ahí, haciéndose su pedicure, con la puerta entreabierta, con su minifalda, con sus piecitos rojos en el aire, sabiendo que la estoy viendo desde mi cuarto, y disfrutando cada segundo de que no pueda dejar de verla.

Ella no me toca. No necesita. Con solo dejarme ver y saber que me atrae, ya me tiene provocando toda la tarde.

Continuara

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