Follada en el piso abandonado de mi nuevo trabajo

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Siempre me ha gustado describirme antes de contar. No por vanidad, sino porque el cuerpo es el primer escenario. Me llamo Nicole, pero prefiero Nicky. Tengo el cabello castaño oscuro que cae en ondas suaves hasta la mitad de la espalda, pesado y sedoso, el tipo de cabello que se desordena con facilidad y que a él le gustaba tirar. La piel clara, con ese tono que se enrojece rápido bajo la emoción o el roce. Ojos grandes, de un marrón cálido que se oscurece cuando deseo, labios carnosos que siempre parecen a punto de abrirse. El cuerpo es delgado pero con curvas marcadas: senos firmes que se aprietan bajo la tela, cintura estrecha, caderas redondas y un trasero que se nota incluso bajo la ropa más discreta. Ese día llevaba una camiseta de manga larga negra, ajustada, de cuello alto, que se pegaba a mis pechos y a la espalda como una segunda piel. La minifalda de tono siena quemado, corta, con un corte lateral que dejaba entrever la piel cuando caminaba. Medias oscuras, casi translúcidas, y botines negros de tacón. Me sentía contenida y ofrecida al mismo tiempo.

Esto ocurrió hace unos cuatro años. Mi novio trabajaba como pasante en una empresa. Me contó que se había abierto un puesto. Habló con Recursos Humanos, recomendó mi currículum. Pasé el proceso de selección y me quedé con el cargo. Trabajábamos en áreas distintas. Disimulábamos bien. Nadie sospechaba que éramos novios. Creían que éramos solo amigos de la universidad. A veces salíamos a media mañana a comer un bocadillo. Otras, almorzábamos juntos. El secreto nos excitaba. El riesgo de ser descubiertos nos mantenía alerta, como si el deseo necesitara esa amenaza para volverse más agudo.

Un día, casi a la hora de salida, me escribió:
—Hola, amor. Los de mi área compraron pizza y sobró. Nos podemos ver y te doy un trozo. ¿Qué dices?
—Nos verán y empezarán a sospechar.
—No. Tranquila. En el piso 3, que está vacío. Solo que nadie te vea. ¿Qué dices?
Dudé un instante. El corazón me latía un poco más fuerte.
—Mmm… bueno, está bien.
—Dale. Nos vemos.
Estaba nerviosa, como si hiciéramos algo prohibido, aunque no lo era del todo. Trabajaba en planta baja. Ya casi no quedaba nadie. Salí sin decir nada y me dirigí al ascensor. Dentro me saqué unas fotos. Me gustaba cómo me veía: la tela negra ceñida, la falda corta, las medias oscuras, los tacones. Llegué al tercer piso. Las luces estaban apagadas. Solo silencio y ese olor a polvo y abandono que dejan los lugares olvidados. Del pasillo de la derecha surgió él. Me hizo señas. Lo seguí hasta una sala de reuniones desierta: mesa redonda cubierta de polvo, cajas amontonadas, sillas torcidas, todo en desorden, como si nadie hubiera entrado allí en años.
Entré. Me besó. Un beso lento. Sentí cómo nuestras lenguas se buscaban, húmedas, insistentes. Me entregó el tupper con la pizza. Nos apoyamos contra la mesa. Comí mientras conversábamos. De repente sentí su mano en mi trasero, acariciándome con suavidad a través de la falda. Supe de inmediato lo que quería.
—Alto. Aquí no, amor. Estás loco.
—¿Por qué? Nadie nos ve. Nadie vendrá. Soy el único que tiene las llaves.
—Con razón me hiciste venir aquí. No solo por la pizza.
—Seguro que tú también sabías a qué venías, cariño. Además, me encanta cómo te queda esa faldita. Tan ajustada… pareces una putita.
—Oye, no me digas así. Soy tu novia.
Me agarró de la cintura y me acercó.
—Perdón, amor. Es que me gusta cómo te ves.
Me besó otra vez. Sus manos recorrieron mi cuerpo con más seguridad. Me dejé llevar poco a poco. Los besos se volvieron más intensos. Me subió la falda y acarició mi trasero. Metió las manos dentro de las medias. Solté un gemido leve.
—¿Seguro que nadie nos escuchará?
—Sí, amor. Tranquila. Nadie viene a este piso.
Me dio la vuelta y me empujó contra la mesa empolvada. Mis pechos se apoyaron en la superficie sucia. Sentí el polvo impregnando la tela de mi camiseta. Me bajó las braguitas junto con las medias. Se agachó detrás de mí.
—Solo disfruta, amor.
Escupió. Sentí su saliva cálida en la entrada de mi vagina y en mi ano. Empezó a lamer. Me agarré a los bordes de la mesa mientras gemía. Su lengua se movía cada vez más rápido, insistente, húmeda. La excitación crecía en oleadas. De pronto se detuvo. Sin avisar, introdujo un dedo en mi ano. Grité y gemí al mismo tiempo.
—¡Ah, amor!
—Cállate —ordenó en voz baja.
El dedo entraba y salía. Yo me mojaba más. Quería que me follara ya, ahí mismo, en ese lugar olvidado, como si fuera una puta cualquiera. Gemia y le pedía:
—Amor, fóllame. Necesito que me penetres. Ya no quiero esperar más. Hazme tuya.
Se detuvo. Se bajó el pantalón. Mientras se preparaba, con las dos manos me agarré las nalgas y las abrí, ofreciéndole esa vista. Mi cara, mi cabello y mi ropa estaban empolvados.
—Fóllame, bebé.
No dijo nada. Me escupió otra vez y frotó la cabeza de su pene contra la entrada de mi ano. Estaba tan mojada, tan abierta de deseo, que no podía soportar más el juego.
—Amor, si no me follas de una vez, haré que me folle mi jefe.
Se puso furioso. Sin decir palabra me dio dos nalgadas fuertes que resonaron en el piso vacío. Y entonces me penetró. De un solo empujón, bruto, profundo. Grité de dolor.
—¡Ahhh… con cuidado!
—Cállate, puta. Así que te gustaría que te follara tu jefe, ¿no?
—No, amor… solo lo dije para que me follaras.
Me tapó la boca con la mano.
—Cállate. Ahora no tendré piedad de ti.
Me follaba con fuerza, sin piedad. El placer y el dolor se mezclaban hasta volverse indistinguibles. Cada embestida me empujaba contra la mesa polvorienta. Me azotaba las nalgas. Me agarró del cabello y tiró fuerte hacia atrás.
—Oye, ya basta. Detente. ¿Qué te sucede?
Sin detenerse, respondió:
—Eres mi putita, amor. Harás lo que yo diga.
Me acercó más y me escupió en toda la cara. Siguió follándome. Sentía el ano dilatado, el dolor intenso, casi al borde del llanto. Le rogaba que parara. No le importó. Me empujó de nuevo contra la mesa. Mi cara quedó apoyada del todo. Su saliva me corría por la mejilla. Ya no podía más. Entonces, de un tirón, me puso de rodillas.
—Oh… me corro, amor. Abre la boquita.
Confusa, obedecí. Abrí la boca. Se corrió en mi cara y dentro de mi boca. Me hizo limpiarle el pene con la lengua. Seguía chupándolo cuando sonó su teléfono. Era su jefe. Contestó. Le preguntaron dónde estaba. Colgó. Me miró.
—Amor, toma la llave. Mañana me la das. Al salir, cierra.
Se subió el pantalón y se fue sin decir nada más.
Me quedé tirada en el suelo un rato. Confundida. Humillada. Y, al mismo tiempo, todavía húmeda. Intenté limpiarme como pude. El pelo despeinado, la ropa empolvada, una mancha de semen en las medias. Bajé en el ascensor. Volví a mi puesto. Una compañera todavía estaba allí.
—¿Qué te pasó?
—Me caí en archivos, buscando un documento.
Sonrió. Me miró de pies a cabeza.
—Sí, claro, nena.
Agarré mis cosas y salí lo más rápido que pude. Llegué a casa. Me metí en la ducha. El agua caliente resbalaba por mi cuerpo todavía sensible. Recordé cómo me había follado: furioso, sin piedad, usándome. En el momento me había sentido mal. Ahora, al recordarlo, me volvía a poner cachonda. Me masturbé bajo el chorro, reviviendo cada detalle: el polvo, los azotes, la saliva en la cara, la forma en que me había llamado putita mientras me poseía.
Fue una experiencia inolvidable. Y supe, con una certeza oscura y dulce, que no sería la única en ese nuevo trabajo.
Gracias por leer. Si te gustó, déjame un comentario y una valoración, me ayuda muchísimo.
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Nicole
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Holi, Soy Nicole.

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Un comentario

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