Le presenté mi novia a mi mejor amigo – (1)

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El hombre de mis mujeres, Libro I, capítulo 1

Valeria se probó tres vestidos antes de quedarse con el rojo, y esa fue la primera cosa de la noche que vi sin entender lo que veía.

La observé desde la cama, con la camisa a medio abotonar, mientras ella se giraba frente al espejo del clóset buscándose un ángulo. No era la Valeria de un jueves cualquiera. Se había recogido el pelo rubio y luego se lo había soltado, descontenta; se había puesto un arete largo, se lo había quitado. Tarareaba. Había en su cuerpo una atención al detalle que yo no le conocía para nuestras salidas de siempre, para mí.

—¿Tan importante es? —pregunté, y traté de que sonara a broma.

—Voy a conocer al hombre que te salvó la vida —dijo, sin volverse, hablándole a mi reflejo en el cristal—. Quiero estar a la altura del mito.

Me reí. Me reí porque era halagador, porque era verdad, porque era exactamente el tipo de cosa que yo había soñado durante semanas: que mis dos mundos se tocaran, que la mujer que amaba conociera por fin al hombre que me había hecho.

Llevaba un mes preparando esa presentación en la cabeza, ensayándola como se ensaya un examen. Le había contado a Valeria tantas historias de Bruno que él ya vivía en nuestra casa antes de pisarla: Bruno en el partido, Bruno frente a los tres tipos, Bruno salvándome de mil tonterías. Sin darme cuenta, yo mismo lo había vuelto un personaje irresistible y se lo había servido a mi novia capítulo a capítulo, noche a noche, como quien le lee a alguien un libro y no advierte que está enamorando a su oyente del protagonista. El que arma su propia trampa pone mucho cuidado en cada nudo. Yo até los míos con entusiasmo, orgulloso de mi obra.

Me levanté, fui hasta ella y le subí el cierre del vestido, un gesto pequeño y conyugal que me gustaba hacer porque me daba, por un segundo, la sensación de pertenencia. La piel de su espalda estaba tibia. Olía al perfume nuevo, el de las ocasiones.

—Estás demasiado guapa —dije contra su nuca.

—Esa es la idea.

Debí preguntarle para quién. No lo hice: me gustó demasiado la respuesta para arruinarla con una pregunta. La miré en el cristal, entera, el rojo y el pelo suelto y los hombros descubiertos, y sentí algo que esa noche me pareció simple felicidad y que era otra cosa. Unas ganas casi infantiles de que la vieran. De entrar con ella a un lugar lleno y que el lugar levantara la cabeza. De que Bruno —Bruno sobre todo— la viera del brazo del flaco al que le cuidaba la mochila en la prepa y tuviera que hacer, por una vez, la cuenta que hacía yo.

Uno cree lo que le conviene, y a mí me convenía una novia entusiasmada por agradar a mi mejor amigo. Apagué la luz del cuarto y bajamos.

◆ ◆ ◆

Hay hombres que entran a un lugar y el lugar se reacomoda alrededor de ellos. Bruno era uno.

En La Cava, aquel jueves, la mesa entera se inclinaba hacia él sin darse cuenta, los cuerpos ladeados como las plantas que buscan la ventana. Toño le servía cerveza antes de que la pidiera. Las dos muchachas que se habían sumado a la mesa reían un compás antes del remate de sus chistes. Y yo, en la esquina, con un vaso sudando entre las manos, sentía la vieja y cómoda pequeñez de siempre. La conocía desde los quince años. Cerca de Bruno, yo siempre fui un hombre más pequeño.

No es una metáfora del todo. Él me saca catorce centímetros. Cuando estábamos de pie uno junto al otro, yo tenía que levantar un poco la barbilla para hablarle, y ese gesto —mínimo, físico, involuntario— me devolvía cada vez a la prepa, a la sensación de mirar hacia arriba para encontrar a quien te protege. Me había acostumbrado a quererlo desde abajo. Ni siquiera sabía que había otra manera.

—Y entonces el profesor se da la vuelta —decía, y hacía la pausa exacta, la que tensaba el aire—, y Gael, que es el más decente de todos nosotros, levanta la mano para confesar. ¡A confesar! Como si esto fuera una iglesia.

La mesa rugió. Todos me miraron ese segundo de afecto barato que se reparte a quien sirve de remate. Sonreí. Me gustaba ser el remate de sus chistes; era una manera de existir dentro de su relato. Mejor un personaje secundario en la historia de Bruno que el protagonista de la mía, que no le interesaba a nadie.

Valeria, a mi lado, me apretó la rodilla por debajo de la mesa. Su risa fresca me reconcilió con la escena. Si sonríe, el mundo se calma. Era mi regla privada y nunca me había fallado.

—Por el hombre más honesto que conozco —dijo Bruno, alzando la cerveza hacia mí desde el otro extremo—. Que Dios lo conserve ingenuo.

—Te debo una —contesté.

Y era verdad. Le debía tantas que había dejado de contarlas.

Brindamos, y en el hueco que dejó el brindis pasó la primera cosa buena de la noche, la única que fue enteramente mía.

Un tipo de la barra se le quedó viendo a Valeria. No de reojo: de frente, con el vaso a media altura, sin la cortesía de disimular. No pidió permiso; fue un acto deliberado. Simplemente, entre el ruido de las conversaciones y el choque de hielo contra los vasos, dejó de ser un extraño para convertirse en una presencia estática. Su mirada cayó sobre Valeria como un foco. Vi el recorrido exacto de sus ojos. Empezó en el nacimiento del cuello, bajó por el vestido rojo —ese rojo que se bebía la luz baja del local— y se detuvo sin prisa en la curva de la cadera. Subió luego, pesado, demorándose en el perfil del pecho, para terminar en sus labios entreabiertos.

Yo lo vi entero, del principio al final. Esperé a que un resorte de furia me tensara la mandíbula. Esperé el golpe seco de la testosterona, las ganas de levantarme y borrarle del mapa esa media sonrisa. No llegó. En su lugar, sentí un calor denso que me ocupó el pecho y luego bajó, concentrándose en el vientre. Era una satisfacción tonta y enorme, casi una euforia física, la evidencia palpitante de que un desconocido había interrumpido su noche entera, había dejado de oír a quien tuviera al lado, solo para mirar lo que yo tenía.

Me acomodé en la silla, ganando medio centímetro de altura. Desplacé mi mano hacia la espalda de Valeria. No fue un gesto de reclamación; fue una puesta en escena. Mi palma se abrió sobre la tela tibia, justo donde mi tacto adivinaba el cierre del sujetador, y la mantuve allí. Quieta. Bien visible. Para que el tipo de la barra no tuviera duda de quién era el dueño de esa espalda y de ese vestido rojo que ahora mismo le estaba secando la boca.

El de la barra dio un sorbo a su copa. Nuestras miradas se encontraron por encima del borde de cristal. Ahí, en ese cable tenso y mudo que nos conectó de hombre a hombre, ocurrió lo verdaderamente sucio. Yo no lo reté. No le advertí con el ceño fruncido. Le sonreí. Fue una mueca leve, casi imperceptible, de complicidad masculina. Una que decía sin palabras: “Lo sé. Está tremenda. Y está conmigo.” En ese brindis silencioso, él no apartó la vista, y yo sentí un repunte de placer, un cosquilleo en la nuca que no supe nombrar, mientras mi pulgar acariciaba, lento, la tela roja. Valeria, ajena, se reía en ese momento de algo que había dicho Bruno en el otro extremo. Pero yo ya me había salido de la mesa. Por un segundo, ya no era solo su novio. Era su expositor, y acababa de exhibir mi trofeo ante un perfecto desconocido. El calor en el vientre se extendió como una mancha. No era solo orgullo. Algo en esa exhibición, en esa mirada ajena devorándola con mi permiso, me había encendido un interruptor que ni siquiera sabía que tenía. Una sospecha me rozó, incómoda y emocionante, antes de desvanecerse en el ruido de la mesa: quizás el placer no venía de tenerla, sino de que otro la deseara y yo pudiera verlo.

Nunca se lo conté a nadie. Durante años pensé que aquello había sido orgullo y nada más, y quizá lo fue. Pero fue también la primera vez en mi vida que la mirada de otro hombre sobre mi mujer me hizo sentir más grande en vez de más pequeño, y todo lo que vino después salió de ahí. No de los celos. De eso.

◆ ◆ ◆

Conocí a Bruno cuando éramos adolescentes. Él llegó tarde el segundo día a la escuela y se sentó a mi lado porque era la única silla libre; no porque me eligiera. La amistad más importante de mi vida empezó por una silla vacía, y a veces pienso que toda mi vida se explica con eso: yo fui, para Bruno, lo que había a la mano.

Esa misma mañana, en el receso, tres tipos se metieron conmigo. La mochila, el libro que cargaba, mi forma de hablar —decían que hablaba como diccionario—. Yo bajé la cabeza a esperar que pasara, porque esperar era lo único que sabía hacer.

Bruno no esperó. Se levantó, los miró con esa sonrisa enorme y blanquísima, casi amistosa, y preguntó: «¿Es con él o es conmigo?». No gritó. No amenazó. Solo dejó que los tres calcularan, en un segundo, lo que iba a costarles cada respuesta. Se largaron. Y yo entendí algo que me marcó para siempre: que en el mundo había gente a la que las cosas malas simplemente no le ocurrían, porque el aire a su alrededor se ordenaba para evitarlas. Decidí, ahí mismo, que quería vivir bajo esa sombra. No ser esa sombra: vivir bajo ella.

Desde ese día caminamos juntos. Él ponía el cuerpo, la voz, la certeza; yo ponía los apuntes, las respuestas, la cabeza que él copiaba con un descaro tan alegre que era imposible negárselo. Quedó pactado sin que nadie lo dijera: Bruno era el fuerte y yo era el listo. Me pareció un reparto generoso. Tardé años en entender que el que reparte siempre se queda con la mejor parte.

Había también, desde entonces, otro reparto que nunca discutimos. En la escuela hubo una muchacha, Marian, que me gustó durante un curso entero. Le pasaba mis apuntes, le explicaba ecuaciones que ella entendía mejor que yo, ensayé durante semanas la frase con la que iba a invitarla a salir. Una tarde, en una fiesta, junté por fin el valor y la fui a buscar. La encontré en el jardín, riéndose contra la pared con Bruno, que ni siquiera la había mirado dos veces hasta esa noche. Él no me la quitó. Yo no había llegado a tenerla. Solo ocupó, sin esfuerzo, el espacio que yo tardaba un curso entero en atreverme a ocupar. Volví a casa y archivé a Marian donde archivaba todo, y al día siguiente le pasé a Bruno los apuntes como si nada, porque era mi amigo, porque así éramos, porque prefería su compañía a mi orgullo.

Había vuelto a la ciudad hacía un mes, después de la universidad fuera. Más alto, si eso era posible. Más ancho. Con una seguridad que ya no era la del muchacho que protege, sino la del hombre que sabe que nunca tendrá que protegerse de nada. Cuando me llamó para vernos, sentí el mismo brinco de adolescente: que me eligieran, otra vez, entre todos los demás. Y se me ocurrió, con el orgullo tembloroso del que enseña su tesoro al único cuya opinión le importa, que tenía que presentarle a Valeria.

—Así que tú eres la famosa Valeria —dijo, y le tomó la mano con las dos suyas, envolviéndola entera. La mano de ella desapareció ahí dentro.

—Y tú el famoso Bruno —contestó—. Gael habla de ti como de un hermano. O como de un dios griego, según el día.

—De los dos —dije—. Depende de cuánto haya bebido.

Reímos. Fue fácil, fue cálido, fue exactamente la noche que yo había imaginado. Lo que no había imaginado —lo que no se me pasó por la cabeza ni una vez en todas las veces que ensayé esa presentación— era que ellos dos no iban a necesitarme para entenderse. Yo creí que iba a ser el puente. No se me ocurrió que un puente, cuando cumple su función, se vuelve algo por encima de lo cual se pasa.

◆ ◆ ◆

Una de las muchachas de la mesa se llamaba Diana. Había llegado con un primo de Toño, se había sentado lejos de Bruno y llevaba media hora contestando con monosílabos, aburrida, revisando el teléfono debajo de la mesa. Digo todo esto porque quiero ser justo con lo que vi: no era una mujer buscando nada.

Bruno no se le acercó. Esa es la parte que tardé años en poder explicar y que esa noche solo pude presenciar. No cambió de lugar, no le habló aparte, no le pidió el número. Lo único que hizo fue empezar a contar algo —un viaje, un accidente en carretera, la historia de un perro que se subió a un camión y viajó cuatrocientos kilómetros— dirigiéndose a mí. A mí primero. Me buscaba a mí con los ojos, me hacía a mí las preguntas, me ponía a mí de testigo: «Tú te acuerdas, Gael, tú estabas». Y como me hablaba a mí, la mesa entera se giró hacia donde él miraba, y en esa mesa estaba también Diana, y estaba Valeria.

Es un truco muy viejo y muy limpio. No cortejas a nadie: pones a todos dentro del mismo cuarto y esperas a ver quién se acerca a la puerta.

A la mitad de la historia tiró la primera carnada. Habló de una mujer que en el camión se había sentado a su lado y no le había dirigido la palabra en cinco horas, y dijo, sin bajar la voz, con la naturalidad de quien comenta el clima:

—Hay mujeres que no dicen nada en cinco horas y te lo dicen todo en el primer minuto. Es cuestión de saber qué estás oyendo. —Y luego, girándose hacia mí—: ¿Tú qué opinas, Gael? Tú eres el que estudia esas cosas.

Yo estudiaba filosofía. Bruno lo sabía perfectamente y sabía perfectamente que no tenía nada que ver. Me estaba dando una salida y una entrada al mismo tiempo: podía reírme, podía seguirle el juego, podía decir cualquier cosa que le devolviera la pelota. Pero la pregunta no era para mí. La pregunta era una piedra tirada a un estanque para ver dónde se movía el agua.

No dije nada. Levanté el vaso y me encogí de hombros, con la sonrisa del que no se mete. Fue mi respuesta: nada. Doce segundos de silencio, quizá menos, y eso fue todo lo que hice.

El agua se movió en dos lugares. Diana levantó la vista del teléfono. Y Valeria, a mi lado, se rio por lo bajo y se acomodó el pelo detrás de la oreja.

Después vino lo demás, y lo demás fue rápido y cortés. Diana empezó a preguntar. Bruno contestó como quien concede audiencias, sin dejar de incluirnos, repartiendo la atención con una generosidad que hacía imposible acusarlo de estar haciendo lo que estaba haciendo. Le puso a Toño una mano en el hombro. Le rellenó el vaso a Valeria sin preguntar y a mí me preguntó, con la mano en mi hombro, si no me estaba aburriendo. Cada gesto era un gesto de buenos modales. Todos juntos eran otra cosa.

Diana se fue antes que nadie. Se levantó, se colgó la bolsa, dio la vuelta a la mesa para despedirse y, al pasar junto a mí, hizo lo único de esa noche que no supe leer entonces y que no he podido olvidar después.

Me sonrió. A mí. Una sonrisa breve, cálida, agradecida, la sonrisa que se le dedica al anfitrión cuando la fiesta estuvo buena. Me apretó el antebrazo y dijo «gracias, ¿eh?», y se fue.

Me quedé con el brazo tibio y sin entender qué me estaba agradeciendo. Yo no había hecho nada. No había dicho nada, no había servido nada, no había abierto ninguna puerta. Ese era, exactamente, el motivo.

Valeria la siguió con la mirada hasta la calle. Después se volvió hacia mí, con la barbilla apoyada en la mano y una curiosidad tan abierta y tan sin culpa que todavía hoy me cuesta llamarla traición.

—¿Te fijaste cómo estuvo con Bruno? —dijo—. No hizo nada. Nada de nada. No se paró, no le habló, no le sirvió una copa. Y ella se le acercó sola.

No lo dijo para herirme. Estoy seguro. Lo dijo como se comenta una jugada de futbol o un truco de cartas: con admiración técnica, sin comparar, sin ponerme a mí en ningún lado de la frase. Ni siquiera aparecí en la frase. Y sin embargo yo hice la resta ahí mismo, en silencio, mientras asentía. A Valeria la había tenido enfrente un año entero antes de atreverme a nada. Fue ella la que se sentó en mi mesa, la que volvió al día siguiente, la que hizo todo el trabajo; y aun así yo necesité doce meses de cafés, de apuntes, de ensayos ajenos corregidos a las tres de la mañana, un cumpleaños con un libro que ella no había pedido, cuatro intentos de decirle lo que sentía y tres retiradas. Un año entero de trámites.

Bruno llevaba veinte minutos sin hacer ninguno.

—Es que no le hace falta —dije, y lo dije con orgullo, como quien presume un caballo.

◆ ◆ ◆

Fui por otra ronda. Fue una decisión sin importancia: la barra estaba a seis metros, había fila, tardé acaso cinco minutos. Pero cuando volví con los vasos haciendo equilibrio entre los dedos, encontré una escena que no había dejado.

Bruno había rodado su silla al lugar donde yo estaba sentado. Mi lugar. Tenía el codo en la mesa, el cuerpo inclinado hacia Valeria, y le decía algo en voz baja, una de esas frases que se construyen para que nadie más la oiga. Y ella lo escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, los ojos fijos en él, esa quietud atenta que las mujeres reservan para lo que de verdad les interesa.

Me quedé un segundo de pie con los tres vasos, sin saber dónde ponerlos, sin saber dónde ponerme. Fue una sensación rara, ridícula: la de llegar tarde a tu propia mesa.

—Aquí viene el cantinero —dijo Bruno, y rodó la silla de vuelta a su sitio con una naturalidad que borró la escena, como si yo la hubiera imaginado—. Te tardaste. Le estaba contando a Valeria lo de Cancún.

—No le cuentes lo de Cancún.

—Demasiado tarde —dijo ella, riéndose—. Ya sé que vomitaste en el camión.

—Eso fue por el camino, no por la cerveza —protesté, y me senté, y repartí los vasos, y por un momento todo volvió a su sitio. Yo en mi lugar, Valeria a mi lado, Bruno al frente. El triángulo en orden.

Pero algo había cambiado de temperatura. Lo notaba en cómo ella seguía riéndose de las cosas que él decía, una risa por adelantado, una risa de crédito, como quien ya decidió que el otro le cae bien y solo espera el pretexto. Y lo notaba en mí: en que había empezado a medir. A contar los segundos que duraba cada mirada. A registrar hacia quién giraba ella el cuerpo cuando hablaba el grupo. Es una vigilancia que, una vez que empieza, ya no se apaga.

—¿De qué hablaban? —pregunté, ligero, sirviéndome.

—De ti —dijo Bruno—. Siempre hablamos de ti, Gael. Eres nuestro tema favorito.

Y lo dijo con tanto cariño que me desarmó. Esa es la cosa con Bruno: nunca le pude reprochar nada, porque cada vez que sospechaba algo, él ponía sobre la mesa una ternura tan grande y tan evidente que sospechar se volvía una mezquindad. Me hacía sentir sucio por dudar. Y entonces yo, para limpiarme de la duda, lo quería todavía más.

◆ ◆ ◆

Cerca de medianoche el lugar cambió de piel. Alguien subió la música, las mesas se mezclaron, la gente empezó a hablarse de pie, y el grupo ordenado de antes se deshizo en conversaciones sueltas. Toño me atrapó por el codo y me arrastró a una discusión sobre futbol que no me interesaba y que él necesitaba ganar, y yo me dejé arrastrar, porque dejarme llevar es lo que mejor sé hacer, y porque negarme habría sido un gesto y yo no hago gestos.

Así que asentía a Toño con media cabeza mientras la otra media se quedaba atrás, en la mesa, donde Bruno y Valeria se habían quedado solos sin que nadie lo decidiera. No los oía. Los veía. Y verlos sin oírlos fue, descubrí esa noche, una forma particular de tortura: porque sin las palabras solo quedaban los cuerpos, y los cuerpos contaban otra historia que la conversación educada habría disfrazado.

Vi a Valeria hablar con las manos, animada, contándole algo largo. Vi a Bruno escucharla con una atención entera, sin interrumpir, asintiendo en los lugares exactos. Y vi a Valeria hacer entonces algo que me dejó frío: se tocó el pelo. Se lo recogió detrás de la oreja con dos dedos, despacio, y bajó un poco la barbilla. Yo conocía ese gesto. Era el gesto que me había hecho a mí la primera noche, en otra mesa, hacía dos años.

—¿Me estás oyendo? —dijo Toño.

—El penal, sí —dije—. Era penal.

No tenía idea de qué penal hablaba. Me costó un esfuerzo físico arrancar los ojos de la mesa. Cuando Toño por fin me soltó y pude volver, llegué a tiempo de oír el final de algo.

—…nunca se lo he contado a Gael —decía Valeria, y se reía, una risa baja, de confidencia—. Te lo cuento a ti y ni te conozco.

—Los desconocidos somos el mejor confesionario —dijo Bruno—. No tenemos con qué cobrártelo después.

Me senté. Pregunté de qué hablaban con una sonrisa puesta, la sonrisa del que llega tarde y disimula. Y los dos, a la vez, con una sincronía que me dolió más que cualquier secreto, dijeron «nada» y cambiaron de tema. No un «nada» de culpa. Un «nada» de complicidad, que es peor, porque la culpa al menos sabe que hizo algo. Ellos no sentían que hubieran hecho nada. Y tenían razón: no habían hecho nada. Solo habían tenido, en cinco minutos, una intimidad que a mí me costaba meses. Eso no es un delito. En ningún código del mundo es un delito. Y sin embargo salí de esa mesa robado.

◆ ◆ ◆

Y entonces, en algún momento que no sabría fijar, hubo algo.

Bruno se inclinó otra vez sobre la mesa y dijo algo en voz baja, solo para ella. Yo no oí qué. Vi a Valeria echar la cabeza hacia atrás y reírse. No fue la risa cortés que se le regala al mejor amigo del novio. Fue otra. Una risa sin esfuerzo, abierta, con la garganta descubierta, de las que a mí me costaba semanas arrancarle. Como si esos dos cuerpos supieran algo antes que sus dueños.

Lo registré como se registra un ruido en la casa por la noche. Un instante de frío en el estómago. La certeza animal de que algo, en alguna parte, no está donde debería.

Y entonces —esto es lo que no le he contado nunca a nadie, y lo escribo ahora con la mano firme porque ya no tengo nada que perder— la piel de los brazos se me puso de gallina, y lo que me subió por la espalda no fue solo frío.

Pedí otra cerveza. Me dije que era mi amigo. Me dije que era mi novia. Me dije que yo los había juntado, que verlos llevarse bien era justo lo que había buscado, y que ese tirón en el pecho era una mezquindad mía, un defecto de fábrica.

No me dije nada sobre lo otro. Para lo otro no tenía palabras todavía.

◆ ◆ ◆

Salimos pasada la una. La calle olía a tierra mojada y a la fritura de la esquina, ese olor a aceite y maíz que en esta ciudad significa que la noche se acaba. Toño se fue primero, dando tumbos. Quedamos los tres en la banqueta, bajo un farol que parpadeaba, demorando la despedida como se demora lo que fue bueno.

—Oye —dijo Valeria, y lo dijo mirando a Bruno, no a mí—. El sábado hacemos carne asada en la casa. Los amigos de Gael, dos vecinos, nada del otro mundo. Te vienes.

No fue una pregunta y no fue una consulta. No me volteó a ver antes de decirlo, ni después. Yo me quedé con la respuesta a medio armar en la boca, esperando un hueco en la frase que no llegó, mientras un pensamiento pequeño y perfectamente razonable me cruzaba la cabeza: que era mi casa, y que a mi casa se invita entre los dos.

—Ahí estaré —dijo Bruno.

Y ya estaba hecho. Tres segundos. Yo pude decir «claro, cáele», y habría sido lo mismo pero mío. No lo dije. Asentí. Es asombroso lo poco que hace falta hacer para dejar de ser el dueño de algo: basta con no decir la frase a tiempo, una sola vez, y el mundo se reacomoda solo.

Bruno nos abrazó a los dos a la vez, uno en cada brazo, y nos levantó un palmo del suelo, esa manera física de querer que yo nunca aprendí. A mí me daba vergüenza tocar; él tocaba como quien respira. Olía a su perfume de siempre, madera quemada y algo oscuro y animal por debajo, un olor que yo habría reconocido entre mil porque era el olor de sentirse a salvo. Por un segundo volví a ser adolescente y volví a estar bajo su sombra enorme, protegido, elegido.

Me habló al oído, bajando la voz, señalando a Valeria con la barbilla.

—Cuídamela. Que esta no se te escapa.

—No se me va a escapar —dije.

Lo dije con la seguridad del que cree que las cosas que ama le pertenecen. Y él lo dijo mirándola a ella.

◆ ◆ ◆

Valeria y yo caminamos al coche de la mano, sus dedos tibios entre los míos. Iba contenta; lo notaba en el balanceo de su brazo, en cómo tarareaba algo bajito que yo no reconocí. Una canción que no era nuestra. Le pregunté qué le había parecido Bruno. Necesité un par de segundos de más antes de preguntarlo, un cálculo del que no me enorgullezco: medí el tono, lo quise casual, ensayé la indiferencia como quien ensaya una firma falsa.

—Es exactamente como me lo describiste —dijo, mirando al frente, a la noche—. Tal cual. No le cambiaría una coma.

Debí quedarme tranquilo. Casi lo hice. Era la respuesta correcta, la respuesta de una novia que aprueba al amigo del novio. Pero había en su voz una nota de más, un calor que sobraba para un veredicto tan simple, y mi oído ya había empezado a afinarse para esas notas de más. Iba a aprender a vivir de ellas. A alimentarme de matices, de sílabas, del medio grado de temperatura que separa la cortesía del deseo. Es una dieta de hambre, pero uno se acostumbra.

Después se quedó callada. Miraba por la ventanilla con la barbilla en la mano y la cara quieta, y en el reflejo del vidrio la vi tocarse el arete que se había puesto y quitado tres veces antes de salir, dándole vueltas, apretándolo. No era la cara de una mujer contenta. Era la cara de alguien haciendo una cuenta difícil. Le pregunté si estaba cansada y tardó medio segundo de más en decir que sí.

Luego, en la penumbra del coche, mientras yo buscaba la llave en el bolsillo equivocado, su mano se posó en mi rodilla y subió despacio, sin prisa, con una familiaridad que no pedía permiso. No era un gesto distraído. Era un mapa que ella ya conocía de memoria. Me quedé muy quieto, como quien no quiere espantar lo bueno, y la dejé hacer, y traté de no preguntarme de dónde venía ese fuego que claramente no había encendido yo.

—Le caíste bien —dije, porque necesitaba oírmelo decir, porque pronunciarlo lo volvía inofensivo—. A Bruno. Le caíste muy bien.

—¿Tú crees? —dijo ella, y había en la pregunta una alegría que se demoró medio segundo de más en disimularse—. Es agradable. Tiene algo. No sé qué es.

—Yo sí sé qué es —dije—. Lo tiene desde adolescente.

Lo dije con orgullo de dueño, como si la cualidad de Bruno fuera también un poco mía por derecho de antigüedad, por haberlo descubierto yo primero. Le acababa de confirmar a mi novia, con mi propia boca, que el hechizo que ella empezaba a sentir era real y antiguo y probado, garantizado por el testimonio del hombre que más la quería. Le firmé el permiso sin leerlo.

Arranqué el coche y el motor vibrando me subió por las piernas justo donde la mano de Valeria seguía posada, caliente, los dedos abiertos sobre el muslo como una estrella de mar. En el primer semáforo en rojo, sin que yo dijera nada, ella deslizó la palma hacia el interior y empezó a trazar círculos lentos sobre la tela del pantalón, justo donde la costura se endurece. No aparté la mano del volante. No dije que no. El aire frío que entraba por la ventanilla me pegaba en la cara, pero bajo la ropa el calor subía por tramos, y cada vuelta que sus dedos daban era una vuelta más a la telaraña que yo mismo había empezado a deshacer en la cena.

—Siempre tuvo ese don —dije, y mi voz salió más ronca de lo que quería—. Bruno, digo. Las mujeres lo huelen a distancia.

Ella rió sin ganas, pero su mano no se detuvo. Al contrario: los dedos se cerraron un poco, me apretaron a través de la tela, y yo sentí cómo se me hinchaba la sangre en la parte del pene que ella acariciaba y yo no podía mirar porque no debía apartar los ojos de la carretera.

Su mano subió un palmo más, ahora con la yema del pulgar presionando justo donde el cierre del pantalón hacía una protuberancia. No llevaba cinturón; noté sus uñas rozando el metal del botón, y el chasquido minúsculo que hizo al desabrocharlo se oyó como una promesa en el silencio del coche. Ella no dijo nada. Yo tampoco. Pero su mano se deslizó por dentro, con la misma lentitud deliberada de quien sabe que cada milímetro cuenta, y cuando sus dedos encontraron mi ropa interior y me rodearon, tuve que morder el interior de la mejilla para no gemir. La carretera se hizo borrosa; el semáforo se puso en verde y yo avancé como un autómata, sin acelerar, sin frenar, sintiendo cómo ella me acariciaba con una precisión que no era suya, era de la noche, era del permiso que yo mismo le había firmado.

Manejé de vuelta con la ventanilla baja y el aire frío en la cara, su mano sobre mí encendiéndome con una lentitud deliberada que apenas podía sostener al volante. Y aun así —esto es lo que no me perdono— mientras ella me tocaba, yo no estaba con su mano. Estaba repasando la velada. El chico de la barra que me sostuvo la mirada, la sonrisa de Diana. La silla rodada hasta mi lugar. El sábado. Tenía el deseo de Valeria entero en la palma y yo lo gastaba en hacer cuentas, como un avaro que pasa hambre sentado sobre el oro.

—Llegamos —dijo ella, y su voz era neutra, como si no hubiera pasado nada—. ¿Entramos?

—Sí —respondí, y mi mano temblaba al apagar el motor—. Pero déjame un minuto. Necesito… no sé. Acomodar esto.

Se rió y bajó del coche sin mirarme. Yo me quedé a oscuras, con el pantalón abierto y el olor de ella, repitiéndome que el verdadero lujo era tenerla.

◆ ◆ ◆

Subimos a oscuras. Ella se metió al baño y se quedó adentro más de lo necesario. Por la rendija de la puerta la vi un momento: no se estaba desmaquillando ni lavándose las manos. Estaba frente al espejo, muy cerca, con la barbilla levantada, revisándose la cara como se revisa una mancha en la ropa antes de entrar a una casa ajena. Buscando algo. Comprobando si se le notaba.

No supe qué. Todavía no.

Cuando salió, apagó la luz atrás de ella y la casa se quedó otra vez a oscuras. Se pegó a mi espalda y me rodeó con los brazos, impaciente, y respiré sin querer su perfume —el nuevo, el de la ocasión, con olor a canela— mezclado ya con algo más: un rastro tenue de madera quemada que no era suyo ni mío y que solo podía venir del abrazo de la banqueta, del abrazo de despedida de Bruno. Un detalle de nada. El roce de un perfume ajeno en la ropa de quien amas. No le di importancia. Me dije que era el mismo aire que habíamos respirado los tres toda la noche. Pero lo registré, como se registra todo lo que después no te deja dormir, y me quedé con ese olor prendido en la nariz.

Valeria me arrastró hacia ella en la oscuridad y yo la seguí como se sigue una corriente. La besé con una urgencia que no era del todo deseo; era otra cosa, más fea y más honda. Era la necesidad de comprobar que seguía ahí, que ese cuerpo que esa noche se había reído para otro seguía siendo el que yo conocía, el que respondía a mis manos y no a las de nadie más. La sostuve como quien sostiene algo que teme que se le escurra entre los dedos.

Pero cuando sus manos se clavaron en mis hombros para empujarme contra el marco de la puerta, supe que ella no buscaba ternura. Buscaba la continuación de algo que había empezado. La empecé a tocar, sintiendo el frío de la madera en los nudillos mientras mis palmas subían por sus costillas y encontraban sus pechos bajo la tela, mis dedos apretaron el pezón derecho de sus grandes senos con una brusquedad que ella contestó con un gemido ahogado, la cabeza echada hacia atrás, ofreciendo el cuello.

Bajé la cremallera de su vestido con una mano torpe, y la tela cayó hasta su cintura, dejando su piel desnuda contra la pared. Me incliné sobre ella, mordí su clavícula, chupé la curva de su hombro, y supe, por el modo en que su pelvis se pegó a la mía, que no estaba mordiendo lo que buscaba. Su cadera se movió contra mi entrepierna con un vaivén que yo no le había enseñado, un ritmo nuevo que no conocía.

Metí la mano entre sus muslos, y encontré una tela húmeda. Mis dedos avanzaron un poco más, la sentí caliente, abierta. No era la humedad de la noche ni la del baile; era la de la anticipación, la de una mujer que había estado guardando ese fuego y ahora me lo cobraba a mí. Mis dedos entraron en ella —dos primero, luego tres, hundiéndome hasta los nudillos— y sentí cómo se cerraba a mi alrededor de que me pertenecía del todo. Le metí un cuarto dedo. Era mía, sí, pero la forma en que sus caderas cabalgaban mi mano, el arco de su espalda, el modo en que su boca se abría en un silencio blanco y sus uñas se rajaban en mi nuca, no lo conocía.

Apreté el ritmo, moviendo los dedos dentro de ella con una velocidad que no sentía mía, y el sonido de su humedad contra mi palma llenó la oscuridad con un chasquido obsceno y líquido. Su rodilla subió, rozándome el costado, y sentí que ella se deslizaba, que su peso se rendía contra mi pecho mientras yo la sostenía con el brazo libre y seguía bombeando con mis dedos dentro de ella, buscando ese punto que la hiciera olvidar, que explotara. Pero su respiración no se rompía. Había un susurro inacabado, una vocal sin consonante, ¡un ohhhh! exquisito, en la forma de un gemido que yo ya había oído antes.

La apreté contra mí, los dedos aún dentro de ella, el pulgar por afuera presionando su centro, hasta que sentí cómo se tensaba, cómo se rompía. Y en el instante exacto en que su vientre se contrajo, su boca se abrió contra mi cuello y sus líquidos me empaparon la mano; entonces supe que había encontrado ese lugar.

Su cuerpo temblaba contra mi palma y su respiración se hacía jadeo, supe que dentro de ella —en esa humedad que yo sentía— ya estaba muy adentro. Escuchaba su voz a mi oído jadeando, pero a la vez olía ese perfume de madera quemada que ahora me impregnaba la nariz mientras retiraba mis dedos lentamente.

Aunque la tenía toda, su calor, su respiración contra mi cuello, sus manos clavadas en mi espalda, la sentía un poco lejos.

Es lo más extraño que me ha pasado: tenerla entera en los brazos y echarla de menos al mismo tiempo. Cuanto más la apretaba, más se me iba.

Pero incluso ahí, en lo más hondo, me di cuenta de que algo me estorbó.

Eso fue lo que me dejó despierto, aún después ella me dio placer con su mano.

◆ ◆ ◆

Después, con Valeria dormida y su respiración pausada llenando el cuarto, me quedé mirando el techo. Su mano descansaba sobre mi pecho, tibia, confiada, sin sospechar nada de lo que su dueño rumiaba debajo. Yo tenía todo lo que un hombre puede querer: a la mujer que amaba a mi lado y al mejor amigo del mundo de vuelta en mi vida. Era el inventario de un hombre feliz. Lo repasé despacio, pieza por pieza, como quien cuenta su dinero para convencerse de que es rico.

Y volvió el frío. Más pequeño ahora. Un alfiler. Valeria echando la cabeza hacia atrás, la garganta descubierta, riéndose de algo que yo no dije. Me la hice otra vez en silencio: ¿de qué se rio? Y otra vez no hubo respuesta, solo el alfiler, entrando despacio, en un punto exacto debajo del esternón.

Y debajo del alfiler, una imagen que no había pedido y que no pude apagar: los dos cuerpos, el de él y el de ella, juntos en algún cuarto que no era este. No la busqué. Llegó sola, completa, con una nitidez que me asustó. Cerré los puños. Se me revolvió el estómago.

Y se me empezó a poner dura de nuevo.

Me quedé así, en lo oscuro, con las dos cosas al mismo tiempo y sin manera de ponerlas de acuerdo, sintiendo la mano tibia de Valeria subir y bajar sobre mi pecho con la respiración de su sueño. No me toqué. Ni siquiera se me ocurrió: en ese momento no había placer, había un descubrimiento, y el descubrimiento no era la imagen, era yo.

Podía levantarme. Podía despertarla y preguntarle. Podía, al día siguiente, decirle a Bruno cualquier cosa que pusiera una distancia, o inventar un pretexto y cancelar el sábado. Tenía, esa noche, todas las salidas abiertas, y ninguna me iba a costar todavía demasiado caro. Esa es la parte que más me duele recordar: que al principio era barato. Que bastaba con una pregunta.

No la hice. A un hombre lo educan para pelearse en el receso, para defenderla, para plantarse; a mí nunca me educaron para nada de eso, a mí me enseñaron a esperar sentado a que las cosas pasaran, y esa noche la enseñanza me sirvió perfectamente. Cerré los ojos y me dije que mañana no me acordaría. Que era la cerveza. Que el amor también es esto, confiar, no escarbar, dejar que el otro tenga sus risas con quien quiera. Prefiero no saber, si al callar la conservo. Me construí, ladrillo por ladrillo, en la oscuridad, la pequeña casa cómoda donde pensaba vivir los años siguientes: la casa del que prefiere no saber.

Me dormí tarde. Antes de dormirme hice una sola cosa, y la hice sin darme cuenta de que la hacía: calculé cuántos días faltaban para el sábado.

Faltaba uno.

Enzo Vermont

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Enzo Vermont
Enzo Vermont

Narrativa erótica psicológica contada desde la cabeza del que mira y vive el Cuckold (con su actual Hotwife).

EL HOMBRE DE MIS MUJERES — saga de ocho libros. Cuatro mujeres, veinte años, y un hombre que nunca supo decir que no.

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