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El gimnasio a las once de la noche olía a metal caliente, a goma de las máquinas y a ese residual de cuerpos que ya se habían ido. Yo tenía veintidós años, medía un metro sesenta y tres, y el espejo del vestuario aún guardaba el reflejo de mi pelo oscuro recogido a la ligera, los cristales grandes de mis gafas empañados por el esfuerzo, el top azul ceñido que apenas contenía el pecho y el colgante de corazón que golpeaba suave contra la clavícula cada vez que respiraba.
Había llegado tarde a propósito. El lugar estaba casi vacío. Solo quedaba él: el instructor de la noche, el que siempre me miraba un segundo de más cuando corregía mi postura en el banco. Esa noche no hubo corrección. Solo el silencio denso entre las paredes blancas y el zumbido bajo de las luces fluorescentes.
Me encontraba en la sala de pesas libres cuando él se acercó. No dijo mi nombre. Solo pasó detrás de mí mientras yo terminaba una serie de sentadillas. Su pecho rozó mi espalda. El calor de su cuerpo era distinto al del aire acondicionado; era denso, masculino, impregnado de ese olor a esfuerzo limpio. Sentí cómo se tensaba todo en mí: no el músculo, sino algo más profundo, esa corriente que sube desde el vientre cuando el deseo deja de ser abstracto y se vuelve necesidad.
—Quédate un rato más —murmuró cerca de mi oreja.
No respondí con palabras. Me giré. Los cristales de mis gafas reflejaron su rostro un instante antes de que él me los quitara con cuidado y los dejara sobre el banco. Sus manos, grandes y cálidas, bajaron por mi cuello, rozaron el colgante, y luego se detuvieron en el borde del top azul. El tejido se deslizó hacia abajo con una lentitud deliberada. Mis pechos quedaron al aire, pesados, los pezones ya duros por el frío del aire y por la anticipación. Él los miró como si fueran algo que había esperado tocar durante semanas.
Me empujó suavemente contra el banco inclinado. El cuero frío contra mi espalda desnuda me arrancó un escalofrío. Él se arrodilló entre mis piernas abiertas. Sus dedos subieron por el interior de mis muslos, encontrando la humedad que ya empapaba la tela fina del short de deporte. Me la bajó sin prisa, como quien desenvuelve un regalo que sabe que va a gozar. Cuando su boca me encontró, el contraste fue casi doloroso: la suavidad de sus labios, el calor de su lengua contra el frío del aire acondicionado. Chupó, lamió, presionó con una precisión que me hizo arquear la espalda y soltar un gemido bajo, sofocado. El sonido rebotó en las paredes vacías. El miedo a que alguien entrara se mezclaba con el placer y lo volvía más intenso, más afilado.
Me levantó entonces. Me giró de espaldas a él y me inclinó sobre la barra de las sentadillas. El metal frío bajo mis manos. Él se desabrochó el pantalón. Sentí la dureza de su polla rozándome primero, y después entrando de un solo empuje profundo que me arrancó el aire. Era grueso, caliente, y me llenó por completo. Empezó a follarme con un ritmo lento al principio, profundo, como si quisiera que sintiera cada centímetro. El sonido de su cuerpo chocando contra el mío era obsceno en el silencio del gimnasio: piel contra piel, el leve crujido de la máquina, mi respiración entrecortada.
Sus manos me sujetaban las caderas con fuerza. Cada embestida me hacía avanzar un poco más sobre la barra. El colgante de corazón se mecía entre mis pechos. Él se inclinó sobre mi espalda, me mordió el hombro, y aceleró. Ahora me follaba con urgencia, con ese hambre que solo aparece cuando se sabe que el tiempo es limitado y el lugar es prohibido. El placer subía en oleadas. Yo gemía sin poder contenerme, el sonido ahogado contra mi propio brazo. Él metió una mano entre mis piernas y frotó mi clítoris al mismo ritmo de sus embestidas. El orgasmo me atravesó como una descarga: el cuerpo se contrajo alrededor de él, las piernas temblaron, y solté un grito bajo que se perdió entre las máquinas.
Él no se detuvo. Siguió follándome a través de las contracciones, más duro, más profundo, hasta que se corrió dentro de mí con un gemido gutural, agarrándome con fuerza mientras se vaciaba. El calor de su semen me llenó. Nos quedamos así un momento, unidos, respirando el mismo aire cargado de sexo y de metal.
Cuando se separó, el semen lechoroso resbaló por el interior de mis muslos. Él me limpió con su propia camiseta, con una ternura inesperada. Me ayudó a vestirme. Me devolvió las gafas. Nos miramos en el espejo grande de la sala: yo, todavía sonrojada, el pelo desordenado, el top azul de nuevo en su sitio; él, con esa expresión de hombre que acaba de tomar algo que deseaba en secreto.
Salimos juntos por la puerta trasera. La noche estaba fresca. El olor del gimnasio aún me impregnaba la piel: sudor, goma, semen y el metal frío de las máquinas. Caminé hasta mi coche con las piernas ligeramente temblorosas, el colgante golpeando suave contra el pecho, y la certeza de que esa noche, a los veintidós años, el deseo había encontrado un lugar donde volverse absoluto.
