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Capítulo 1
Han pasado casi ocho años desde la última vez que Alex vio a Mary en persona. Está en la puerta del bar donde quedaron, revisando el móvil por tercera vez, cuando la ve cruzar la calle — el mismo andar despreocupado de siempre, aunque todo lo demás en ella parece distinto. Se detiene un segundo al reconocerlo, y una sonrisa se le dibuja en la cara antes de acercarse corriendo. —¡No puedo creer que sigas siendo tan puntual! —dice, casi sin aliento, abrazándolo con la misma confianza de cuando tenían dieciséis años. Alex y Mary son hermanos
El abrazo de Mary duró más de lo que esperabas, y cuando finalmente se separó, te miró de arriba abajo con esa expresividad suya que nunca aprendiste a describir del todo. «Dios, estás igual pero… no sé, más serio. ¿También sobrevives a base de café y trabajo?» Sonrió mientras empujaba la puerta del bar, dejando que el aire cálido y el murmullo de las conversaciones te envolvieran. El lugar era pequeño, con luces ámbar y una barra larga. Mary pidió dos cervezas antes de que pudieras sacar la cartera, y cuando las dejaron sobre la mesa, se sentó frente a ti con una rodilla apoyada contra el borde, sin la distancia que la mayoría de la gente guarda en estas situaciones.
«Hace mucho, mucho tiempo que nadie me mira como me estás mirando,» dijo de repente, con un tono que no era de burla, sino más bien curioso. Sus dedos jugueteaban con el borde del vaso, y sus ojos te sostenían sin parpadear. «¿Sabes? Siempre fui lista para notar cuando algo te inquieta. Y ahora mismo te estoy inquietando.» Se rió bajito, pero el sonido salió distinto, más ronco. «No tiene nada de malo, Alex. Somos adultos. Podemos decir cosas sin que el mundo se caiga.»
La conversación fue avanzando por caminos que no habías planeado. Mary hablaba de su trabajo, de los viajes, de una relación que terminó hacía meses — «él no entendía mi manera de querer» — y cada vez que desviabas la mirada al vaso o al techo, ella la devolvía con una pregunta más directa. «¿Y tú? ¿Alguien te espera en casa?» Cuando negaste, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, y su pie rozó tu tobillo por debajo de la mesa. No fue accidental; lo sabías porque no apartó el pie. «Qué lástima,» murmuró, y su voz ya no sonaba a hermana pequeña. «Porque te juro que no estoy lista para irme a casa todavía.»
El roce de su pie contra tu tobillo era un recordatorio constante, un pulso bajo la mesa que hacía que tu piel se calentara por encima de lo razonable. Mary siguió hablando, pero sus palabras habían dejado de importar tanto; lo que importaba era cómo sus dedos jugueteaban con la botella, cómo su lengua humedecía sus labios de vez en cuando, cómo su pierna se movía despacio contra la tuya, encontrando espacio para acurrucarse entre tus pies.
«Sabes que no he vuelto a sentirme así de rápido con alguien,» dijo, bajando la voz hasta que apenas se oía por encima de la música del bar. Sus dedos ya no jugueteaban con el vaso; ahora trazaban un patrón invisible en la madera de la mesa, acercándose cada vez más a tu mano. «No me malinterpretes, Alex,» continuó, inclinándose ligeramente hacia ti, «pero hay algo en cómo me miras esta noche que no me deja pensar en otra cosa.»
Se mordió el labio inferior, y sus ojos recorrieron tu rostro con una lentitud deliberada. «No quiero irme a casa sola. Y no quiero que me digas que deberíamos ser sensatos, porque he sido sensata toda mi vida y no me llevó a ningún lado.» Su mano encontró la tuya, y sus dedos se entrelazaron con los tuyos, calientes y firmes. «¿Me acompañas?» preguntó, aunque no sonaba como una pregunta. Era una invitación, una posibilidad tangible que llenaba el aire entre vosotros, eléctrica y urgente.
El pulso te late en las sienes mientras Mary espera tu respuesta, sus dedos aún entrelazados con los tuyos, la calidez de su piel transmitiendo una electricidad que no puedes ignorar. Por un momento, tu mente analítica intenta encontrar la salida lógica, el argumento razonable para levantarte y decir que es tarde, que deberían verse a otro día con más claridad. Pero sus ojos te miran con una fijeza que desarma cualquier excusa, y tu mano responde antes que tu cabeza, apretando la suya con una lentitud deliberada.
«Vale,» escuchas decir a tu propia voz, más ronca de lo que esperabas. Mary sonríe, no con la risa fácil de antes sino con algo más íntimo, más privado. Deja un billete sobre la mesa y se levanta sin soltar tu mano, tirando de ti hacia la puerta. La noche exterior es fresca, y la calle está casi vacía. Ella se vuelve hacia ti, a unos centímetros de distancia, y su aliento forma una pequeña nube en el aire frío.
«Tengo el coche al doblar la esquina,» dice, y su voz tiene un matiz que no le habías escuchado antes. «Pero si te parece mejor, podemos andar. El piso está a diez minutos.» No suelta tu mano, y sus pulgares acarician el dorso de la tuya con un ritmo lento, casi hipnótico. La forma en que te mira, como si el resto de la ciudad no existiera, te hace sentir que el tiempo se ha ralentizado. «Solo dime qué prefieres, y vamos.»
La decisión se forma antes de que puedas analizarla. «Andando,» dices, y Mary asiente con una sonrisa que no llega a ser del todo inocente. Camináis por la acera en silencio, pero sus dedos siguen entrelazados con los tuyos, y cada vez que vuestros hombros se rozan, sientes un calor que no tiene nada que ver con el frío de la noche. Ella te guía por calles que te resultan vagamente familiares hasta detenerse frente a un edificio antiguo con balcones de hierro forjado. Alza la vista hacia las ventanas iluminadas del tercer piso, y luego te mira de reojo. «Es ahí,» dice, sin soltarte la mano.
Subís las escaleras sin prisa. En cada rellano, Mary se vuelve para mirarte, como comprobando que sigues ahí, y sus pasos se ralentizan deliberadamente en el último tramo. Cuando llega a la puerta, saca las llaves del bolsillo pero no las usa todavía. Se gira hacia ti, y la luz cálida que se filtra por el pasillo dibuja sombras en su rostro. «Te advierto,» dice, con una voz que apenas es un susurro, «que mi casa está hecha un desastre, que hay gatos por todas partes y que probablemente la radio está puesta en una emisora rara.» Pausa, y sus ojos bajan un instante para volver a encontrarse con los tuyos. «Pero no la apago si no me lo pides.»
Abre la puerta y entra, dejándola abierta para ti en una invitación clara. El interior huele a incienso y a café recién hecho, y hay estanterías abarrotadas de libros y plantas por todas partes. Mary se quita la chaqueta y la deja caer sobre el sofá, quedándose en una camiseta holgada que se le sube un poco al estirarse. «¿Cerveza? ¿O algo más fuerte?» pregunta, ya de espaldas hacia la cocina, aunque la curva de su sonrisa cuando se gira basta para saber que la respuesta puede ser cualquiera de las dos.
«Algo más fuerte,» respondes, y Mary sonríe con una chispa de aprobación antes de desaparecer en la cocina. Oyes el tintineo de botellas y el hielo cayendo en vasos, y te quedas mirando las fotografías clavadas en la pared — instantáneas de viajes, retratos de amigos, alguna que otra calle borrosa en blanco y negro que reconoce vagamente como el barrio donde crecisteis. Ella vuelve con dos vasos de whisky, sin hielo, y te entrega uno mientras se sienta en el brazo del sofá, cerca pero no demasiado.
«Salud,» dice, y choca su vaso contra el tuyo. El líquido quema al bajar, y Mary observa cómo te estremeces con una media sonrisa jugando en sus labios. «Siempre fuiste de los que sienten primero y disimulan después.» Se lleva el vaso a los labios y bebe despacio, sin apartar los ojos de ti. Los gatos que mencionó — dos, uno negro y otro anaranjado — se acercan a curiosear a tus pies, pero Mary no les presta atención. Esa atención la tienes tú, y es de las que se notan.
Bebe otro trago y deja el vaso sobre la mesa baja. Se inclina hacia ti, apoyando los codos en las rodillas, y el escote de su camiseta ampliamente holgada se abre lo suficiente como para revelar un tatuaje pequeño y discreto en el hueco del pecho — una palabra, demasiado atrevida para leerla a esta distancia. «Sabes qué es lo que me ha hecho falta estos años?» pregunta, y su voz baja hasta la intimidad. «Alguien que no se marche a mitad de una conversación. Alguien que se quede a ver cómo acaba.» Su mano se extiende y se posa sobre tu rodilla, con un tacto ligero que no retira. «Tú no te has movido de aquí. Ni siquiera has mirado la puerta.» Sonríe, y su pulgar traza un círculo lento sobre la tela del pantalón. «Me gusta eso de ti, Alex. Que te quedas. Que aguantas hasta el final.»
El pulso se acelera bajo su mano. El tacto de Mary sobre tu rodilla es ligero, pero la presión de su pulgar trazando círculos sobre la tela es imposible de ignorar. El whisky quema en tu garganta, aunque el calor que sientes ahora no viene del alcohol. Su cercanía, la intimidad del momento y la atención total que te dedica crean un espacio en el que el resto del mundo ha desaparecido silenciosamente.
«Yo también me he quedado,» dices, y la voz sale más ronca de lo que esperabas, casi como una confesión. «Podría haberme ido hace rato. Pero no quiero.»
Mary sonríe, esa sonrisa que no es la de la hermana pequeña sino otra, más profunda, más cargada de intención. Se inclina, apoya una mano a tu lado en el sofá y se acerca tanto que puedes oler su perfume — algo dulce con un fondo de tabaco y algún ingrediente amaderado. «Entonces quédate,» dice, casi como un susurro contra tu oído. «Quédate esta noche. Y dime qué quieres hacer.»
Las palabras cuelgan en el aire entre vosotros, cargadas de posibilidades que ninguno de los dos nombra todavía. Mary te mira con una fijeza que no te da espacio para evadirte, y su mano abandona tu rodilla para subir despacio hasta tu muslo, donde se apoya con la confianza de quien ya conoce la respuesta. «Porque yo,» continúa, bajando aún más la voz, «llevo toda la noche pensando en cómo besarte. Cómo sería. Si sigues besando como cuando probamos en el garaje de tu amigo Iker, en aquel verano, cuando no sabíamos lo que hacíamos pero nos gustaba.»
La confesión te golpea con una fuerza inesperada, despertando un recuerdo que llevabas años enterrado. Mary se ríe bajito, no con burla sino con ternura, y su mano aprieta ligeramente en tu muslo. «No digas que no te acuerdas,» murmura, y sus ojos buscan los tuyos con una intensidad que no te deja respirar. «Porque yo recuerdo cada segundo.»
El recuerdo te atrapa con más fuerza de la que esperabas. El garaje de Iker, el verano que teníais dieciséis, el sudor en la nuca y el sabor a cerveza barata en los labios de ella — todo eso resurge con una claridad dolorosa mientras Mary te sostiene la mirada desde tan cerca que puedes contar las pestañas que se le agrandan cuando se inclina. Tu respuesta llega como un susurro antes de que puedas frenarla, y Mary lo recibe con una exhalación que no es exactamente una risa, sino algo más antiguo, más contento. «Sí. Me acuerdo.»
Se queda mirándote un instante más, procesando la confesión, y luego se aleja lo justo para volverte a mirar por encima del hombro con esa mezcla de coquetería y sinceridad que la hace completamente inconfundible. «Sabes que fue raro después, ¿no?» dice, buscando con la mirada el whisky que abandonó. «Nos volvimos a ver esa tarde en el parque y ninguno de los dos dijo nada. Como si no hubiera pasado. Me pareció injusto, pensar que algo que se sintió así podía simplemente borrarse.» El gato anaranjado salta al regazo de Mary y ella lo acaricia distraídamente, pero sus ojos no abandonan tu rostro.
