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La FOLLADA EN EL BAÑO del guarda de seguridad
Elena tiene veintipocos años, es estudiante y trabaja a media jornada en una oficina cercana. Es espabilada pero un poco despistada con sus cosas, de las que siempre lleva prisa y se deja algo olvidado en algún sitio. Jorge es el guarda de seguridad del edificio, un hombre de unos cuarenta y tantos, tranquilo, observador, de pocas palabras pero con un humor seco que suelta cuando menos se espera.
Esa tarde, Elena sale corriendo del baño de la planta baja dándose cuenta de que se ha dejado la tarjeta del bus en el lavabo. Vuelve sobre sus pasos, pero la puerta ya está cerrada con llave por la limpieza. Nerviosa, se acerca al mostrador de seguridad donde Jorge revisa las cámaras sin mucho interés.
—Perdona, ¿tú tienes las llaves del baño de la planta baja? Se me ha quedado la tarjeta del bus ahí dentro —dice Elena, apoyándose en el mostrador con cara de apuro.
Jorge levanta la vista despacio, como si nada en el mundo le sorprendiera ya.
—¿La del bus? Ya van tres esta semana que alguien pierde algo ahí dentro —responde, buscando el manojo de llaves con calma, sin ninguna prisa—. Un día de estos voy a cobrar comisión por esto.
Jorge sacó el manojo de llaves del bolsillo con esa calma suya, como si la tarde no tuviera ninguna prisa y él tampoco. Elena se quedó mirando sus dedos, gruesos y seguros, moviéndose entre las llaves hasta encontrar la correcta. Un escalofrío le recorrió la espalda, y no era por el aire acondicionado. Se le ocurrió que le gustaría que esas manos la agarraran con la misma tranquilidad, sin preguntarle, sabiendo exactamente qué hacer.
Caminaron los pocos metros hasta el baño en silencio. Elena sentía el latido en el cuello, y caminaba un paso por detrás, mirando la anchura de sus hombros bajo el uniforme gastado. Pensó en cómo se le marcarían los músculos del brazo al abrir la puerta, en el sonido de su respiración si estuviera encima de ella. El deseo la atravesó como una corriente, tan brusco y tan seco que tuvo que tragar saliva para no soltar cualquier tontería.
La puerta se abrió con un chirrido y Jorge no entró, se quedó en el umbral, con el cuerpo apoyado contra el marco.
—Ve rápido, que la limpieza no tarda en volver —dijo, y por un momento sus ojos se encontraron con los de ella, sin prisa, como si estuviera esperando algo.
Elena entró, recogió la tarjeta del borde del lavabo, y cuando salió se encontró con él a un palmo de distancia. Podía olerlo: jabón, tabaco, algo cálido y masculino. Se le ocurrió, sin poder evitarlo, que no le importaría arrodillarse ahí mismo, en el pasillo, con aquella puerta entreabierta. Jorge no se apartó. La miró de arriba abajo, lentamente, y luego dijo, con ese humor seco de siempre:
—¿Seguro que no te has dejado nada más dentro?
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. La tarjeta del bus apretada en mi mano, y toda mi atención puesta en la distancia que faltaba entre su boca y la mía. Jorge no se movió, pero tampoco dejó de mirarme, y había algo en esa calma suya que me desarmaba por completo.
—Mmm… no. Creo que ya está todo —dije, con la voz más temblorosa de lo que me habría gustado, sin apartar los ojos de los suyos.
Jorge asintió despacio, pero no se hizo a un lado. En el pasillo vacío, solo se oía el zumbido lejano de la ventilación y mi propia respiración, demasiado audible. Me quedé inmóvil, sin dar el paso para marcharme. Por dentro no dejaba de repetirme que era una locura, pero a la vez el deseo me empujaba hacia él, ardiente y directo, las piernas débiles, la mente llena de imágenes de sus manos fuertes en mi cintura, de mí arrodillada frente a él.
—Me preguntaba una cosa —dijo él por fin, con aquella voz grave y pausada, como si tuviera todo el tiempo del mundo y a la vez estuviera decidiendo algo importante—. ¿Tanta prisa tienes por el bus de siempre, o te dejarías convencer para quedarte un rato más?
Me quedé congelada, la tarjeta ardía en mi mano y el calor entre los muslos haciéndose casi insoportable. Su forma de decirlo, tan serena, rematando la pregunta como quien habla del tiempo, me descolocó. Por un segundo pensé en el bus, en la rutina, en la oficina, pero todo se desvaneció al ver el brillo decidido que se le escapaba por la rendija de los párpados. Tragué saliva y di un paso hacia él, sin dejar de mirarlo, dejando que la sonrisa se me escondiera en el labio inferior.
—El bus ya habrá salido —dije, y el tono me salió más ronco de lo que esperaba, más seguro de lo que creía—. Supongo que puedo quedarme un rato más.
Jorge sostuvo mi mirada un instante, como leyéndome algo que no necesitaba decir, y luego se apartó ligeramente de la puerta del baño para señalarme con un gesto la puerta del pequeño office de seguridad, al final del pasillo. Allí no llegaban las cámaras, solo se veía a través del cristal de la entrada principal, y estaba a oscuras la mayor parte del día.
—Vamos por ahí —dijo, con esa voz suya grave, y el corazón me dio un vuelco. Le puse la mano en su antebrazo, sintiendo el tejido áspero del uniforme y el calor que lo atravesaba. Mientras caminaba tras él, no podía dejar de mirarle la anchura de la espalda, las manos que llevaba abriendo puertas por la noche, el aire de hombre acostumbrado a mandar sin alzar la voz. Ya dentro, él giró el pestillo y se quedó de espaldas a la puerta, cruzándose de brazos. La penumbra le marcaba las facciones.
—Bien. Entonces dile tú qué es exactamente lo que esperas al quedarte aquí conmigo, —dijo él, en un tono que no dejaba mucho margen al doble sentido.
Elena sintió que la pregunta la atravesaba como una corriente, directa y sin adornos, y en lugar de intimidarla, eso la encendió aún más. Se pasó la lengua por los labios, dejó que la mirada se le fuera al cierre del pantalón del uniforme y volvió a subir hasta sus ojos, manteniendo la postura desafiante mientras el pulso le martilleaba detrás de las orejas.
—Creo que ya lo sabes —dijo, y su propia voz le sonó más ronca de lo que recordaba—. Pero si necesitas oírmelo decir… espero quedarme lo suficiente como para arrodillarme delante de ti y comerte la polla hasta que te olvides de que existe el turno de noche.
A Jorge se le tensó la mandíbula apenas un momento, un gesto fugaz que casi pasaría desapercibido, pero Elena lo vio. Se acercó despacio, sintiendo el calor del espacio cerrado, y se arrodilló sobre las losetas frías sin dejar de mirarlo. Deslizó las manos por la pernera del pantalón, sintiendo el músculo duro bajo la tela, y luego subió hasta el cierre, sin dudar.
Él no la detuvo. Solo se quedó quieto, con la espalda apoyada contra la puerta, y después bajó la mano hasta agarrarle la nuca con firmeza, sin ningún titubeo.
—Me gusta que vayas al grano —dijo, con la voz baja y pastosa, mientras le pasaba el pulgar por la comisura de los labios—. Llevo horas de guardia, y nadie me ha mirado jamás así desde esta silla. Así que si vas a hacerlo, hazlo como si de verdad tuvieras hambre.
Elena sintió la presión de sus dedos en la nuca como una orden silenciosa, y un calor húmedo le subió desde el vientre hasta la garganta, colmándola de ganas. No necesitaba que se lo repitiera dos veces. Con las manos temblorosas pero la boca decidida, trabajó el cierre del pantalón, bajó la cremallera con una lentitud que era casi una declaración y dejó que la tela cayera lo justo para liberarlo. Se le cortó la respiración al tenerlo delante, duro y caliente, y por un instante se quedó mirándolo, saboreando ya la idea de tenerlo en la boca.
—Haces bien en mirar —dijo él desde arriba, con esa voz grave, pastosa—. Pero si te quedas ahí mucho rato, se me va a pasar el turno entero.
Elena sonrió contra la piel, dejando que el aliento le acariciara la erección antes de pasar la lengua por la punta, lento y deliberado, mientras lo agarraba con la mano. El sabor salado, su olor, la forma en que se le tensaron los músculos del abdomen cuando empezó a tomar más profundidad, todo ello le resultó embriagador. Le gustaba el peso en la lengua, la manera en que Jorge no le guiaba, sino que simplemente la dejaba hacer, con la mano aún anclada en su nuca, firme pero paciente. Podía sentir la sangre latiendo bajo su piel, y cada movimiento suyo le devolvía una pequeña señal de control que le encendía aún más.
Jorge respiró hondo, una vez, y luego empujó levemente las caderas hacia adelante, solo un aviso. Con la mano libre le acarició la mejilla, rozándole el labio inferior como si mapeara el camino, y su voz salió más ronca, más rota:
—Así, sin prisas. Hasta yo tengo derecho a disfrutar de algo bueno de vez en cuando.
Elena se lo tomó como un permiso, como una invitación a quedarse ahí hasta que él no pudiera más, y redobló el ritmo sintiendo que la humedad entre sus muslos era casi vergonzosa. Le gustaba verlo perder la compostura poco a poco, sintiendo cómo su respiración se aceleraba y cómo la mano en su nuca apretaba un poco más con cada embestida, y cuando estaba a punto de que la cabeza le diera vueltas por el simple placer de tenerlo así, Jorge la agarró con ambas manos por el pelo, con fuerza, y la separó despacio de él, obligándola a mirarlo a la cara con los labios hinchados y brillantes.
Jorge la mantuvo sujeta por el pelo unos segundos, con la respiración agitada y los ojos clavados en la boca brillante y entreabierta de Elena. Luego, en vez de apartarla o terminar él mismo, se agachó despacio hasta ponerse a su altura, agarrándole la cara con una mano mientras la otra le bajaba la cremallera del vestido con una lentitud que era pura deliberación. Un solo tirón seco bastó para abrirle el corpiño, y su pulgar recorrió la piel caliente que quedó al descubierto, bajando despacio, como si no tuviera prisa, aunque la dureza contra el muslo de Elena contaba otra historia.
—He pasado la noche entera viéndote ir y venir por las cámaras —dijo, con la voz ronca al pegar los labios a su oído—. Sabía que terminarías aquí, de rodillas. Lo que no sabía es que ibas a saber usar tan bien esa boca.
Elena se estremeció entera al sentir sus dedos bajo la ropa interior, y un suspiro roto se le escapó cuando él la penetró con dos dedos sin ninguna delicadeza, con la seguridad de un hombre que no necesita pedir permiso. El contacto fue seco y repentino y le hizo arder todo por dentro, moviendo las caderas contra su mano mientras Jorge la besaba en el cuello, sin prisa, como si estuviera saboreando cada temblor que le provocaba. Una parte de ella quería que la tomara de una vez contra la pared, y la ansiedad se le acumulaba en el vientre.
—¿Y qué vas a hacer ahora conmigo? —preguntó ella, apenas un murmullo, buscándole la boca, sintiéndolo sonreír contra su piel.
Jorge la levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada, y la sentó en el borde de la mesa del pequeño office, apartando papeles con el antebrazo mientras le deslizaba la ropa interior por las piernas. La miró ahí, desnuda de cintura para abajo, entreabierta y empapada, y se quitó la chaqueta del uniforme con calma, soltando un solo botón. En la penumbra gris de la habitación, sus brazos se marcaron bajo la camisa y su sombra cayó sobre ella, enorme y tranquila.
—Lo que vas a conseguir —dijo, bajándose el pantalón lo justo y agarrándole las caderas con las dos manos— es que te recuerde estas ganas el resto de la semana. Y voy a empezar clavándote contra esa mesa hasta que no sepas ni cómo te llamas.
Jorge la levantó sin esfuerzo y la sentó en el borde de la mesa, como si no pesara nada. Los papeles de la oficina se desparramaron bajo su espalda mientras él se colocaba entre sus piernas y la boca se le pegaba al cuello con un gruñido sordo que le recorrió todo el cuerpo. Elena notó el peso de su cuerpo contra el suyo, la decisión en sus manos, y dejó que los dedos le apretaran la nuca, como si quisiera marcarla. En la penumbra gris de la oficina, solo se oía la respiración de ambos, y el roce del uniforme contra la piel desnuda. Mientras él la exploraba con las manos, a Elena se le escapó un gemido que no alcanzó a reprimir, y la humedad entre sus muslos era ya insostenible.
—Así me gusta —murmuró Jorge contra su oreja, mientras una mano le subía por el costado hasta el pecho, y la otra la agarraba del pelo para inclinarle la cabeza hacia atrás—. Mira que he visto pasar a mucha gente por esas cámaras. Pero tú, tú entras y me revuelves la guardia entera, hija.
Sin avisar, con una sola embestida, él se hundió por fin en ella, y Elena dejó de pensar. Las caderas le buscaron, cerradas, mientras la mesa crujía bajo el empuje seco y firme y definitivo que le estaba clavando contra la pared. Jorge se movió despacio al principio, marcando el ritmo, con la boca pegada a su cuello y las manos sujetándola de las caderas con una fuerza que le dejó los dedos marcados en la piel. Elena sentía cada centímetro, cada golpe de su pelvis contra la suya, y el placer le subía desde el vientre en oleadas que le nublaban la vista. Se agarró a los hombros del uniforme y le clavó las uñas cuando los empujes se hicieron más profundos.
—¿Así? —preguntó él, con la voz rocosa, midiendo cada embestida—. ¿O quieres que te folle hasta que se oiga desde el vestíbulo?
Elena solo pudo asentir, con la cabeza colgando hacia atrás y los labios entreabiertos, y Jorge soltó una risa baja y ronca. Aceleró el ritmo, sin piedad, hasta convertir la mesa en una plataforma de golpes secos y húmedos que llenaban la habitación, y cuando la apretó contra sí, hundiéndose en ella por última vez antes de quedarse temblando y jadeando contra su hombro, Elena sintió que se le escapaba el aire y el mundo en una sola onda. Jorge se apartó apenas un poco para mirarla, con la frente húmeda de sudor, y le pasó el pulgar por el labio inferior con una ternura inesperada, mientras la puerta del office seguía cerrada y el edificio seguía dormido alrededor.
—¿Y ahora qué? —dijo él, todavía recuperando el aliento, con esa voz suya que podía ser una pregunta o una advertencia, mirándola fijamente, como esperando a ver qué hará ella con todo eso cuando pase el momento.
Se quedó sentada en el borde de la mesa, con las piernas aún temblando y el cuerpo recorrido por una languidez que no recordaba haber sentido nunca. La pregunta de Jorge flotaba en el aire, y una parte de ella quería reírse y otra quería callarse para siempre, porque decir cualquier cosa podía romper el momento. Se recolocó el vestido con dedos torpes, sintiendo todavía el calor de su boca en el cuello, y cuando le miró a los ojos, todo lo que encontró fue paciencia, la misma que ponía en todo, en las rondas, en los turnos, en esa manera suya de mirarla sin exigir nada.
—Ahora mismo no sé ni cómo me llamo —admitió, con la voz un poco ronca, jugando con el borde de su propia ropa—. Pero sé que no quiero irme todavía. Antes de que Jorge pudiera contestar, la radio del mostrador de seguridad cobró vida con un chasquido de estática, y una voz grave y profesional llenó la penumbra.
—Jorge, ¿copia? Hay una incidencia en la puerta principal. Un tipo se ha quedado dormido en el banco de la entrada. Sube cuando puedas.
Jorge soltó un suspiro largo, casi divertido, y se subió el pantalón con un movimiento rápido pero sin ningún tipo de apuro, como si aquello fuera parte de la misma rutina de siempre. Se inclinó hacia Elena, le agarró la barbilla con dos dedos y le pegó la boca a la oreja, con la voz baja y pastosa.
—Tres minutos. No te muevas de aquí. Cuando vuelva, quiero seguir esta conversación donde la hemos dejado. —Y se giró hacia la puerta del office, abriéndola con calma, dejando que la luz del pasillo entrara a rachas mientras su sombra se alejaba hacia la entrada principal, con la radio aún en la mano.
