Mi prima me llama cuando pelea con su novio y siempre termina en mi cama
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Mi prima siempre tuvo ese no sé qué, esa mezcla de necesidad y descaro que la hace imposible de ignorar. Cuando pelea con su novio, el teléfono suena y ya sé quién es. No me saluda con “hola”, me saluda con un suspiro largo, de esos que se le escapan cuando lleva media hora llorando o cuando ya se cansó de discutir. “¿Puedo ir para allá?” — me dice, y yo no necesito que me lo pida dos veces. Sé que no viene a contarme solo sus problemas. Viene porque necesita que alguien la quiera de verdad, aunque sea por una noche, aunque sea entre las sábanas de mi cama.
La primera vez fue hace unos años, después de una pelea fea con su ex. Llegó con los ojos rojos, el maquillaje corrido y un vestido corto que se le subía cada vez que se sentaba. Nos tomamos unas cervezas, hablamos de su relación, de lo mal que la trataban, de lo poco que la valoraban. Yo le decía las cosas que ella necesitaba escuchar: que era hermosa, que merecía algo mejor, que cualquier hombre daría lo que fuera por tenerla. Y mientras se lo decía, la miraba a los ojos, pero también miraba sus piernas cruzadas, el borde de su ropa interior asomándose cuando se movía en el sofá. Ella lo notó. Siempre lo nota.
Esa noche no pasó nada, pero la tensión era evidente. Cuando se fue, me abrazó más de lo necesario, pegando su cuerpo al mío, dejando que sus tetas se aplastaran contra mi pecho. Sentí su respiración acelerarse y su mano que se deslizaba por mi espalda baja, casi rozando mi culo. Me besó en la mejilla, pero sus labios se quedaron un segundo de más cerca de mi boca. Yo ya sabía que era cuestión de tiempo.
La segunda vez fue más directa. Llegó llorando, pero esta vez no quiso hablar. Se sentó a mi lado, puso su cabeza en mi hombro y me dijo: “No quiero contarte nada, solo quiero que me hagas sentir bien”. No hizo falta más. La tomé de la barbilla, la obligué a mirarme y le di un beso que no fue suave ni romántico. Fue un beso de hambre, de esos que se dan cuando ya no aguantas las ganas. Ella respondió igual, mordiéndome el labio, apretando mi nuca para que no me apartara. En cuestión de segundos estábamos en mi cama, con su vestido por el suelo y yo encima de ella, sintiendo el calor de sus muslos envolviendo mi cintura.
Desde entonces, cada pelea con su novio se convierte en mi oportunidad. Me llama, llega, y no hay mucho que hablar. A veces fingimos que vamos a conversar, que vamos a tomar algo, pero los dos sabemos cómo termina. Cuando se quita la ropa, ya no hay problemas de pareja, ya no hay llanto, ya no hay nada más que su cuerpo pidiendo el mío. La he tenido contra la pared, en la ducha, en el sofá donde lloró la primera vez. Y cada vez que se va, me mira con esa sonrisa culpable y me dice: “No le digas nada a nadie”. Yo solo asiento, porque sé que en unos días va a volver a llamarme.
Lo mejor es que ella no me ve como su novio, ni yo a ella como mi novia. Somos algo más simple: un refugio, un desahogo, una forma de sentirse deseada cuando el otro no la hace sentir así. Y a mí no me molesta. Al contrario, me excita saber que cuando su novio la deja plantada o le dice algo feo, ella piensa en mí. Piensa en cómo la voy a agarrar, en cómo la voy a hacer olvidar. Porque al final, eso es lo que soy para ella: la solución a sus problemas, el consuelo que siempre está disponible, el que le recuerda que su cuerpo.
Y esa noche no fue la excepción. Sonó el teléfono a las once, y apenas contesté escuché su respiración agitada, ese silencio cargado que ya conocía demasiado bien. “¿Estás solo?” — preguntó, y mi verga ya estaba dura antes de que terminara la frase. “Siempre estoy solo para ti”, le dije, y soltó una risa nerviosa que se convirtió en un suspiro. Llegó en quince minutos, con el cabello revuelto y los ojos brillantes, no de llanto sino de rabia contenida. Traía puesto un short deportivo que se le marcaba hasta el último pliegue del culo y una blusa sin brasier, con los pezones duros como piedras, de esos que se notan aunque intente disimularlo.
No me dejó ni saludarme bien. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó con una furia que sabía a celos y a venganza. “Ese pendejo me anda viendo mensajes con otra”, me dijo entre besos, mientras sus manos ya bajaban a mi cintura y desabrochaban mi pantalón. “¿Y qué vas a hacer al respecto?”, le pregunté, provocándola, sabiendo exactamente qué necesitaba escuchar. Me miró directo a los ojos y me respondió con una sonrisa perversa que me hizo olvidar cualquier otra cosa: “Lo que tú me hagas, para luego contarle que hay alguien que sí me sabe tratar”.
La levanté en el aire y la llevé hasta mi cuarto sin soltar su boca. La tiré sobre la cama y me quedé un momento viéndola: con el short a medio bajar, la blusa arremangada sobre sus tetas sudadas y las piernas abiertas, esperándome. “¿Te vas a quedar viendo o me vas a venir a comer?”, me retó, y no lo pensé dos veces. Me lancé entre sus muslos, le quité el short de un tirón y le enterré la cara en su coño, que ya estaba empapado, chorreando de pura lujuria. Ella gimió fuerte, arqueando la espalda, agarrando mis cabellos con fuerza mientras yo le lamía y le mordía el clítoris sin piedad.
La hice venir una vez con mi boca, y cuando estaba temblando, todavía con las piernas abiertas, me subí encima de ella y la penetré de una sola embestida. Gritó mi nombre con una mezcla de dolor y placer que me puso más duro de lo que ya estaba. “Así, más fuerte, que sepa que tú sí me haces sentir mujer”, me suplicó al oído, y le di gusto. La agarré de las caderas y la embestí sin compasión, viendo cómo sus tetas rebotaban con cada golpe, sintiendo cómo su coño me apretaba, succionándome, pidiendo más. Nos corrimos juntos, ella gritando y yo enterrado hasta el fondo, vaciándome dentro de ella como si fuera lo más natural del mundo.
Cuando terminamos, quedamos sudados, pegados, respirando con dificultad. Se dio la vuelta y me miró con esos ojos que ya no tenían rabia, solo satisfacción. “¿Otra vez?”, me preguntó con una sonrisa cansada, y yo ya estaba listo para darle la razón. Así somos mi prima y yo: un problema, una llamada, y un desahogo que siempre termina en mi cama. Su novio nunca va a saber que cuando ella se enoja con él, no se va a llorar a casa de su mamá: se viene a buscar a quien sí la hace sentir viva.
