Ana Colombiana: 2 – Exploro el sexo oral

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Este relato es una continuación de: Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.

Después de nuestro primer encuentro, pensé que nos íbamos a distanciar. Después de todo, era normal que una chica joven como yo temiera ser abandonada una vez que su compañero de clase y del gimnasio hubiera obtenido el placer sexual que tanto deseaba. Pero no fue así. Aunque tampoco nos acercamos más, Mateo siguió frecuentando mi casa para ir al gimnasio y para que le ayudara con otras materias. Había aprobado matemáticas, pero buscaba excusas. Le dijo a sus padres que necesitaba ayuda con física ahora. Y yo accedí, aún sabiendo que a él le estaba yendo bien en esa materia. Era una excusa perfecta para sus padres.

Los primeros dos días no hicimos nada más, porque el dolor era demasiado. Me dolió mucho después de nuestro primer encuentro sexual, y tuve que usar una crema para el dolor que encontré en las cosas de mi madre. En Internet leí que funcionaba para eso y efectivamente funcionó. Pero luego de tres días, y después de una rutina de piernas en el gimnasio, fue Mateo quien propuso las cosas.

«Quiero repetir lo que hicimos», me dijo, su voz ronca por el esfuerzo físico.

Yo lo miré con una sonrisa pícara y respondí: «quedaron cinco preservativos más, podemos repetir». Y esta vez fue un poco diferente. No me dolió al inicio, porque mi cuerpo ya estaba más relajado y preparado para recibirlo.

Los siguientes días la mecánica se repitió con una familiaridad que me sentí culpable por disfrutar tanto. Ya no hubo tanto protocolo, ni largos preparativos ni explicaciones, solo la necesidad mutua de llenar ese vacío entre nosotros. Mi cuerpo se había acostumbrado a recibir más de Mateo, a la fricción constante que él provocaba, y con los días ya pude incluso recibirlo todo, sin necesidad de pausas forzadas. Fue una conquista silenciosa, una adaptación perfecta de mis músculos a su tamaño y forma.

La primera vez que nuestras pelvis se encontraron exactamente mientras él me penetraba, sentí una chispa eléctrica que se convirtió en un incendio. Tuve un orgasmo casi instantáneo y tan fuerte que casi pierdo la cabeza, un escalofrío que recorrió mi columna vertebral y me dejó temblando. Este chico insignificante me hacía sentir en el paraíso con su miembro enorme y duro, una verdad que nunca había imaginado posible. Luego aprendí que al estimular el cervix y el clitoris al mismo tiempo podía sentir orgasmos más fuertes y prolongados, fue como una epifanía para nosotros, descubriendo mapas de placer que no conocía.

Un día él intentó estar encima, y yo se lo permití, confiada en mi propia capacidad. Estaba tan emocionado por tener el control que se vino en instantes, una descarga tan rápida que nos sorprendió a ambos. Yo no le reproché, sino que lo recosté sobre mi cama y bajé hasta su miembro dándole cariños y lenguetazos hasta que estuvo otra vez erecto, una demostración de mi propia satisfacción y deseo de seguir disfrutando de él. Lo intentamos nuevamente y me hizo ver el paraíso otra vez.

Los meses en el gym ya se le notaban y la forma en que las chicas lo miraban daba fe de ello; sin embargo yo lo experimenté ese día en carne propia, cada embestida que ese chico me daba me hacía voltear los ojos hacia atrás y ponerlos en blanco, su cuerpo sudoroso sobre el mío hizo que le enterrara las uñas en sus brazos tan fuerte que tuvo que usar camisetas con mangas varios días en casa hasta que las marcas desaparecieron. Pero a mí me hizo sentir llena, me hizo sentir mujer.

Hablé con mi madre sobre métodos anticonceptivos, y la conversación fue una revelación. Le dije que quería empezar a hacerlo antes de pasar un susto, de dejar el preservativo como única barrera. Ella me miró con seriedad pero con una sonrisa en los labios, como si supiera exactamente lo que me estaba pasando.

—Puedes intentarlo con pastillas —dijo, pero se detuvo antes de terminar—. Sin embargo, en mi propia experiencia, para las mujeres de nuestra familia es mucho mejor usar el DIU de cobre. Nos sirve perfectamente, no nos causa ningún malestar ni efecto secundario, y dicen que incluso podemos disfrutar más de ese pico hormonal que nos da en días previos a la ovulación que si tomara pastillas tal vez te perderías.

Mi madre no solo pensaba en mi seguridad, sino también en mi placer y satisfacción. Sabía lo que leía en los foros y sabía que el DIU podía reducir el malestar que a veces acompaña a la toma de hormonas.

—¿Segura que funciona bien? —le pregunté, con un poco de duda en la voz.

Ella me guiñó un ojo, una mueca coqueta que rompió la tensión.

—¿Cómo crees que te tuve recién a los 31 años? —respondió, con una confianza total.

Apartamos la cita con el ginecólogo de la familia y ella me dio consejos para la colocación y el retiro: una semana antes sin sexo de ningún tipo, una semana después también. Para evitar incomodidades y evitar posibles infecciones. Me sentí muy aliviada de tener esa conversación con mi madre y de tener una solución que no implicara depender solo de Mateo. Me sentía segura y lista para seguir adelante con mi vida sexual.

Mateo estaba un poco emocionado al día siguiente de la conversación de mi madre, esperando que tendríamos sexo ese mismo día. Pero me tocó darle la mala noticia: estaríamos 3 semanas sin sexo con penetración, sin darle explicación por qué. Le dije: «vale la pena, te va a encantar… mientras tanto puedo hacerte el sexo oral que quieras».

Esa tarde llegó puntual a mi casa, fuimos al gym: tocaba hombros, y luego lo llamé a mi habitación, lo empujé contra un mueble que tenía allí y le bajé la pantaloneta junto con el boxer, su miembro erecto apareció frente a mí. Me hice una coleta con el cabello y le di el mejor oral que habría sido capaz de dar hasta ese día. Él apretaba sus uñas contra los brazos del sofá mientras ahogaba los gemidos apretando los labios y los dientes para no gritar. Al final intenté tragármelo todo, pero no pude; la punta se me escapó por los labios, manchándome el mentón y el cuello con la primera gota. «algún día me lo tragaré todo», dije con una sonrisa de suficiencia, limpiándome un poco.

Él dijo «algún día…» y fuimos a comer algo. Eso sucedió muchas veces en muchas variedades: en la cama, de pie y yo de rodillas, en el mismo sofá… casi todos los días durante esas tres semanas me encargué de que él estuviera lo más liviano posible. Le dejaba apretar mis nalgas y mis senos, pero si quería acercarse un poco más lo detenía, jugando con su deseo como si fuera un juguete. Nunca le dije por qué esa pausa en el sexo con penetración, no era su problema, y él nunca preguntó, asumiendo que yo sabía lo que hacía.

El día en que fui a la cita para colocarme el DIU, mi madre me acompañó como una verdadera aliada. Fue un viernes y me reporté enferma en el colegio. Al llegar al centro médico, le dije a mi mamá que quería pasar sola a la consulta, y ella asintió con una sonrisa sabia, prometiendo esperarme pacientemente fuera en la sala de espera.

El proceso fue breve, pero la interacción con el ginecólogo fue lo que más me llamó la atención. Me senté en la silla ginecológica y él me examinó con una curiosidad clínica que me hizo sentir casi expuesta. Tras unos minutos de observación, me miró y sonrió, diciéndome con una ironía que no pasó por alto: «felicítame a tu novio» —refiriéndose a que mi cavidad vaginal era bastante amplia, lo que implicaba que mi «pareja» debía tener un miembro considerablemente grande.

Yo, siendo quien soy, no podía dejarlo ganar con ese comentario. Me giré hacia él con un tono juguetón y le respondí: «no es mi novio», para seguirle el juego. Había leído que, incluso tras el sexo frecuente con Mateo, la vagina tiene una capacidad de recuperación y elasticidad que podía engañar a cualquiera. Fue una pequeña mentira piadosa que mantuvo mi dignidad intacta, pero lo más importante es que fue bastante más rápido e indoloro de lo que había imaginado.

De ahí, mi mamá me llevó a comer un helado por el calor, recordándome con ese cariño dulce que, aunque estuviera tomando decisiones de adulta, todavía era su niña. Mientras caminábamos por la calle, conversamos de cosas triviales, alejadas de mis preocupaciones, y en un momento de pausa, me acordé de Mateo. Con la picardía de quien tiene un secreto entre manos, le envié un mensaje: «no estaré disponible en todo el fin de semana, nos vemos el lunes».

El fin de semana me puse a leer en internet cómo darle el mejor oral a un hombre, buscando técnicas, ritmos y secretos que pudieran mejorar mi experiencia. El lunes llegó y fue tiempo de volver a complacer a Mateo, esta vez lo llevé al límite con un sexo oral acompañado con un masaje de testículos y mucho empeño, combinando movimientos rítmicos con estimulaciones súbitas. Nunca antes lo había visto reprimir así sus gemidos.

Luego, le dije que estaba bien si gemía, que a mí no me molestaba para nada. Él me dijo que era un tema de orgullo masculino, algo que yo entendía pero creía que debía superar. Yo le dije que debía cambiar de consejeros, que yo tenía los mejores consejos para él.

Después de la sesión, comimos algo como siempre y le ayudé en un trabajo que debíamos presentar al día siguiente. Esa tarde mi mamá llegó más temprano del trabajo y lo encontró a él estudiando conmigo en la sala. Se quedó observando por unos segundos y vio que yo tenía una faldita de porrista super corta de color rosa que se veía transparente y debajo, un hilo dental de encaje negro que se notaba bastante. Ella me llamó aparte y me preguntó por qué estaba vestida así con ese joven en la casa, y yo le dije que no se preocupara, que él me conocía más intimamente. Ella hizo un gesto de entender que ese era el chico con quien me acostaba y simplemente lo saludó al pasar y nos dejó haciendo lo nuestro.

Pasaron las tres semanas: la semana completa antes del procedimiento, la semana de recuperación del procedimiento y se me juntó con la semana de menstruación. Esta vez me vino más abundante y por más días; normalmente me llegaba y se me iba en 3 días, esta vez duró 5 días. Pero ya me lo había dicho el ginecólogo en la consulta, así que no me asusté en lo más mínimo.

Mientras esas semanas pasaban, me hacía cada vez más experta en darle oral a Mateo, cada vez lo veía más satisfecho y eso me daba orgullo. Al final del momento, logré tragarme todo el semen y él exclamó: «lo lograste al fin», yo sentí que había sido menos que otras veces, tal vez por tanta actividad durante ese periodo de tiempo.

Por fin el tiempo pasó, y con él llegó el momento que ambos estábamos esperando con ansiedad. Esa tarde le dije a Mateo que tenía una sorpresa especial para él. Le dije que ese día no haríamos gym, que nos iríamos directo a la cama… y así fue. Me puse un conjunto super sexy de ropa interior, algo que él jamás había visto, y sobre él un top y una falda también muy ceñida que resaltaba mis curvas de adolescente. Él, por su parte, se vino como siempre, en su camiseta y pantaloneta, lo cual no me molestó en absoluto; me hacía destacar.

Lo tiré en el sofá y puse música, una melodía que empezó a sonar suave y sensual. Empecé a desvestirme lentamente, mirándolo a los ojos cada vez que bajaba un poco más de tela. Le tiraba mi ropa encima como había visto que se hacía un striptease, una danza de seducción donde yo era la protagonista y él el único espectador. Me ponía en poses sugerentes, mostrando mis pechos, mis nalgas y el contorno de mi cintura, mientras le ordenaba que se quitara también su ropa. Cuando ambos quedamos en ropa interior, la atracción era palpable. Me puse encima de él sobre el mueble con mis piernas abiertas, dejando que él viera lo que tenía, y le dije que de ahí en adelante le tocaba a él.

Empezó por quitarme el brasier con sus manos temblorosas al principio, y luego empezó a masajearme los senos mientras yo disfrutaba y sentía por encima de nuestras ropas interiores su gran bulto. Yo, con una coquetería calculada, le frotaba un poco su miembro con mi pelvis a propósito para que alcanzara su máximo tamaño, sin dejar de sonreírle. Luego empezó a darme unos lenguetazos en los pezones que me volvieron loca, saboreando cada centímetro de mi piel con su lengua. Se acercó a mi oído y susurró, con una voz ronca y profunda: «yo también leo cómo hacer cosas», y ambos sonreímos cómplicamente, como si compartiéramos un secreto que nadie más conocía. Me agarró por las nalgas con una fuerza que me sorprendió, mientras yo lo abracé por el cuello y él me levantó, transportándome hacia la cama con una destreza que me impresionó lo fuerte que se había vuelto en estos meses de gym gracias a nuestros entrenamientos compartidos.

Me puso gentilmente sobre la cama, y siguió comiéndome los pezones, su lengua calentando mi piel hasta que se volvió casi dolorosa, una sensación de picazón eléctrica que recorrió todo mi cuerpo. Bajó una mano hacia mi entrepierna y comenzó a masturbarme de formas que ni yo ni él lo habíamos hecho antes, explorando zonas que ni siquiera conocía. Sus dedos eran ágiles y conocedores, encontrando el ritmo exacto que hacía temblar mis caderas, y yo le susurré: «ya no necesitas mi guía». Él siguió hasta casi hacerme acabar, dejándome en el borde del abismo, en una espera tensa y excitante, pero en ese punto preciso se despegó un poco y se terminó de quitar la ropa, quedando expuesto ante mi vista ese gran y brillante falo que estaba a pocos centímetros de mí, una obra de arte de carne y sangre que me provocaba.

Él hizo el gesto de ir a buscar los preservativos en la mesita de noche, pero yo le dije con voz baja: «esa es tu sorpresa, hoy no los usaremos». Él me miró sorprendido, sus ojos buscando confirmación. Él me dijo «pero ¿y si te embarazas?», recordándome mis días de ovulación. Yo respondí con una sonrisa traviesa y confiada: «de eso me ocupo yo». Esa fue la señal para él; lo jalé hacia mí con fuerza y le di dos probadas a ese pene que tanto me provocaba, saboreando su sabor salado y su grosor. Luego lo tumbé boca arriba en mi cama.

Me quité la tanga, dejándome completamente desnuda frente a él, y me subí sobre él, mirándolo a los ojos mientras bajaba lentamente. Me ensarté en un solo intento pero muy lentamente, una succión perfecta que hizo que mis músculos se contraigan automáticamente. Estaba tan húmeda y excitada que entró toda, aunque me dolió un poco al fondo, un dolor punzante que se disipó rápido. Me acostumbré al tercer sentón y empecé a cabalgar como una poseída, subiendo y bajando con cada vez más velocidad y fuerza. Empecé a gemir y a apretarme mis propios pechos, provocándome más placer, mientras él no sabía qué hacer más que agarrarme por mis caderas y jalarme cada vez más hacía él, forzándome a tragarme todo ese trozo de carne entero y a fondo, mientras mi clitoris rozaba contra su pelvis y su glande golpeaba mi cervix, esa posición que había descubierto tan intensa.

De repente, sentí unas palpitaciones fuertes, un latido que se expandía por todo mi cuerpo, y luego un chorro caliente que me llenaba toda. Eso disparó un gran orgasmo en mí como nunca antes lo había sentido, un tsunami de placer que me arrancó gritos y me dejó temblando. Seguí cabalgando y tras esa oleada vino otra más, y luego otra, causándome múltiples orgasmos esa tarde, una cascada de placer incesante. Así estuvimos cerca de 3 minutos, una eternidad de sensaciones, y luego caí exhausta a su lado, sin energía para moverme, y él me abrazó sin yo pedirlo, me cubrió con su calor y me protegió mientras ambos recuperábamos el aliento.

Sin querer, nos quedamos dormidos plácidamente entre las sábanas, envueltos en el calor de nuestro cuerpo y el olor a sexo y sudor de la tarde. Cuando nos despertamos sobresaltados, ya era de noche, y por el silencio en la casa, mis padres ambos ya habían regresado. Mateo, con la cara llena de preocupación, revisó su celular y vio que tenía cuatro llamadas perdidas de su mamá; sin perder tiempo, la llamó de vuelta.

—Hola mamá, perdón, me distraje un poco —le dijo con voz un poco temblorosa—. Ya me voy.

Ella le dijo que sí, que ya lo esperaba, y colgó. Mientras él salía apurado, mis papás nos vieron bajar a la sala, todavía medio aturdidos y con las ropas un poco desordenadas. Mateo, con la cabeza baja, se detuvo, les saludó a ambos rápidamente y se fue corriendo por la puerta principal.

Mi papá me miró a mí y luego miró a mi mamá, buscando respuestas en sus ojos. Ella le hizo un gesto de entendimiento, como diciéndole que ella se encargaba de la situación, y con una sonrisa sutil, le pasó un brazo por la cintura para acompañarlo a la cocina. Esa noche, en privado, mi mamá le explicó a mi papá que su dulce niña se estaba convirtiendo en una mujer, que ya había crecido y que estaba tomando decisiones importantes. Él escuchó con atención, aunque no le gustó del todo ver a su hija en esa etapa, pero al final estuvo conforme con darme cierta libertad.

Al día siguiente, mi mamá me dijo lo que había hablado con mi papá. Aunque no le gustó ver a Mateo en la casa, estaba conforme con darme cierta libertad para explorar mi vida y mis relaciones. Ella le aseguró que yo estaba tomando todo con responsabilidad y que no se preocupara, que ella se encargaba de las «cosas de mujeres». Me advirtió sin embargo que no la fuera a dejar mal y que al mínimo problema o inquietud enseguida se lo comunicara. Me dio su apoyo incondicional, pero con la responsabilidad de mantener a mi familia tranquila.

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Ana Colombiana
Ana Colombiana

Soy Ana, una mujer de veintiocho años nacida en Medellín, donde el ritmo de la ciudad y la disciplina del gimnasio forjaron un cuerpo atlético y una mente curiosa que no se conforma con lo superficial. He viajado, estudiado en Francia y navegado por relaciones intensas que me han enseñado que el placer y el dolor a menudo caminan de la mano, moldeando una sexualidad franca, exploratoria y sin tabúes. Soy hija única, consentida pero independiente, y he aprendido a tomar el control de mi vida, desde mi carrera hasta mi intimidad, buscando siempre esa conexión visceral que me haga sentir viva, ya sea a través del amor, la pasión desenfrenada o la simple compañía de quienes entienden que soy más que la suma de mis experiencias.
Si lo deseas puedes escribirme a "ana colombiana (arroba) outlook.com" todo junto.

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