La primera vez que tuve sexo por dinero

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Nunca había pensado que terminaría así cuando tomé el bus de Lima a Cusco ese verano. Tenía veinticinco años, necesitaba el dinero y el trabajo en el bar parecía sencillo. Atender turistas, servir tragos, limpiar mesas. Nada que no hubiera hecho antes.

La dueña era… cómo decirlo sin sonar ridícula. Un mujerón. Tendría cuarenta y tantos, pero podía pasar por treinta fácil. El cabello negro largo, los ojos oscuros que parecían verte hasta el alma, un cuerpo que ni las poleras holgadas podían ocultar. Se llamaba Valeria, pero todos le decían “la patrona”.

La primera semana fue normal. Llegaba temprano, limpiaba las botellas, atendía con una sonrisa. Ella me observaba desde la barra, asintiendo de vez en cuando, sin decir mucho. Hasta que un jueves por la noche, cuando ya cerrábamos, me llamó a su oficina.
—Has trabajado bien —dijo, sentándose frente a mí—. Eres rápida, los turistas te miran. Podrías ganar más.
—¿Cómo?

Sonrió de una manera que me hizo sentir las piernas débiles.

—Atención especial. A los gringos les gustan las chicas latinas. Y hay clientes que pagan bien por compañía. No tienes que hacer nada que no quieras, pero… si te animas, yo te guío. Por ser tu primera vez, te acompaño.
El corazón me latía fuerte. Sabía a qué se refería. En Cusco, esos arreglos no eran ningún secreto.
—Nunca he hecho algo así —susurré.
—Por eso estaré contigo —dijo, y su mano rozó mi rodilla—. No tengas miedo.
Tres días después llegó él. Un alemán. Alto, ancho de hombros, el cabello rubio casi blanco y los ojos de un azul claro como el glaciar. Debía medir uno ochenta y cinco, con brazos fuertes y mandíbula cuadrada. Guapo. Muy guapo.
Se sentó en la barra y pidió una cerveza. Valeria me guiñó un ojo.
—Ese es —murmuró—. Se queda tres noches. Tiene buena pinta.
Me acerqué a servirle. Hablaba español con acento duro pero simpático. Se llamaba Klaus, tenía treinta y dos años, trabajaba en construcción en Múnich. Me reí de sus chistes malos, le toqué el brazo cuando hablaba. Cosas que Valeria me había enseñado.
A la medianoche, cuando el bar vació, Valeria cerró la puerta y caminó hacia nosotros. Klaus la miró subir las escaleras hacia el departamento de arriba, con esa cadencia que tenía ella, lenta, segura, provocativa.
—Vamos —dijo ella, sin mirar atrás.
Klaus me tomó la mano. Era grande, callosa. Me levanté y lo seguí.

El cuarto de arriba era amplio, con una cama king-size y cortinas rojas. Valeria ya estaba desnuda cuando entramos. No pude evitar mirarla. Tenía los pechos grandes, caídos pero firmes aún, las caderas anchas, el vientre suave. Y ese lunar cerca de la boca sonriente.
—¿Nerviosa? —me preguntó.
Asentí.
—Ven —dijo, tendiéndome la mano—. Primero yo.
Klaus se quedó mirando mientras Valeria me desvestía lento. Sus dedos fueron desabrochando mi camisa, uno a uno, mientras sus labios besaban mi cuello. Yo temblaba. Nunca había estado con una mujer, pero su olor, su calor, la suavidad de su piel contra la mía… dejé de pensar.
Me tumbó en la cama, y empezó a besarme el pecho, el vientre, los muslos. Klaus se acercó, también desnudo. Vi su pene: no era enorme, quizás quince centímetros, pero grueso, y ya completamente duro. No podía dejar de mirarlo.
Valeria se subió sobre mí, sus pechos rozando los míos, su boca encontrando la mía. Y luego sentí los labios de Klaus en mi nuca, sus manos grandes apretando mis caderas mientras Valeria me guiaba.
La primera vez que él se vino fue rápido. No culpo, la vista era espectacular: ella cabalgándome, él entrándome por detrás, todos sudados, respirando fuerte. Klaus gimió, se tensó, y sentí su semen caliente dentro de mí. Valeria se rió suave.
—Apenas empezamos, alemán —dijo, y lo empujó hacia la cama.
La segunda vez fue más larga. Klaus se recuperó en minutos, como si tuviera una fuente inagotable. Esta vez Valeria se puso en cuatro, y él la penetró desde atrás mientras ella me besaba. Yo estaba al frente, sintiendo su lengua, sus dedos, mientras escuchaba sus gemidos mezclados con los de él.
—Ven —me ordenó Valeria entre besos—. Siéntate en su cara.
Me monté sobre su rostro, y él me devoró con hambre. Su lengua era hábil, precisa. Mientras, Valeria cabalgaba su pene, moviéndose rítmicamente, una diosa sudada y sonriente.
Se vino dentro de ella, gimiendo su nombre. Valeria se estremeció también, aunque no sé si fue real o un regalo para él. Al soltarlo, su semen escurría por sus muslos.
—Aún no termino —dijo Klaus, con su acento cortado.
Sonreí. Ni yo.
La tercera vez fue mía. Klaus yacía boca arriba, y Valeria me animó a montarlo. Dudé un segundo. Ella se puso detrás de mí, sus manos sobre mis caderas, su voz en mi oído.
—Mueve así, despacio… sí, así. Agarra sus manos.
Lo hice. Klaus me miraba con esos ojos de glaciar derritiéndose, sus dedos enredados en los míos. Valeria me besaba la espalda, me acariciaba los senos, susurraba cosas que me hacían arder.
—¿Sientes cómo late? —preguntó—. Se está viniendo otra vez.
Y lo sentí. Klaus se arqueó, gimió, y su calor llenándome otra vez. Yo también, por primera vez en esa noche, me dejé ir.
Después vino lo práctico.
Valeria se levantó con una calma absoluta, tomó la cartera del gringo que estaba en su pantalón y le mostró como sacaba los billetes verdes acordados. Contó despacio.
—Setenta y cinco para ti —dijo, poniéndolos en mi mano—. Setenta y cinco para mí.
Klaus se vistió rápido, un poco avergonzado, un poco orgulloso. Dijo algo sobre volver al día siguiente. Valeria sonrió, le dio un beso en la mejilla, y cerró la puerta tras él.
El cuarto quedó en silencio. Yo estaba sentada en la cama, desnuda, los billetes apretados en el puño. No sabía si sentirme sucia o poderosa o las dos cosas juntas.
Valeria se sentó a mi lado. No dijo nada. Solo me tomó la mano y la abrió, mirando los billetes.
—La primera vez es la más dura —dijo al fin—. Pero lo hiciste bien. Muy bien.
Y entonces se acercó.
Sus labios encontraron los míos. Eran suaves, cálidos. Diferentes a los de un hombre. No había barba que raspara, no había prisa. Solo su boca moviéndose lenta, tierna, su lengua acariciando la mía como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Nunca había besado a una chica.
Pero supe que quería hacerlo otra vez.
Se recostó, llevándome con ella. Apagó la luz. Y nos quedamos abrazadas, piel contra piel, su pecho contra mi espalda, su brazo rodeando mi cintura.
—Duerme —murmuró—. Mañana hay más.
Me acurruqué contra ella. Estaba desnuda, cansada, pegajosa de sudor y semen. Pero también más viva que nunca.
Su respiración se volvió lenta, rítmica. La sentí besarme el hombro una última vez.
Y me dormí así, abrazada a una mujer que apenas conocía, sintiendo su calor, su olor, su calma. Sin saber lo que vendría después, sin querer saberlo. Solo ese momento, ese abrazo, esas caricias que parecían borrar todo lo demás.
Esa noche descubrí que podía ser muchas cosas. Hija de Lima, mesera en Cusco, amante de un alemán, o simplemente la mujer que se dormía en los brazos de otra, escuchando su corazón latir lento, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo… en casa.

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