Me tiré a mi hija y a mi nieta

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Me llamo Roberto, tengo 62 años y soy un viudo afortunado. Mi hija Laura, de 25 años, es una mujer espectacular: alta, con curvas perfectas, tetas firmes de copa D y un culo redondo que vuelve locos a los hombres. Vive conmigo desde que se divorció hace un año, y su hija Ana, mi nieta de 19 años, pasa los fines de semana aquí. Ana es una bomba sexual: delgada pero con un trasero carnoso, pechos medianos pero puntiagudos, y una carita inocente que esconde una ninfómana en potencia. Siempre supe que entre nosotras tres había una tensión sexual, pero nunca imaginé que explotaría así.

Todo empezó un viernes por la noche, hace dos meses. Laura y Ana habían salido de fiesta y llegaron tarde, un poco achispadas por el vino. Yo las esperaba en el sofá con una botella de tinto abierta. “Papá, ¡qué bueno verte!”, dijo Laura abrazándome fuerte, presionando sus tetas contra mi pecho. Ana se sentó a mi lado, cruzando las piernas de forma que su falda corta dejó ver sus muslos suaves. Brindamos y charlamos, pero el alcohol soltó las lenguas. Laura confesó: “Papá, desde que me separé no he tenido sexo decente. Tú siempre has sido mi hombre ideal”. Ana rio y agregó: “Abuelo, yo también te miro diferente. Eres fuerte y experimentado”.

El ambiente se cargó de electricidad. Laura se acercó y me besó en la boca, un beso profundo y húmedo. “Mamá, ¿estás segura?”, preguntó Ana, pero sus ojos brillaban de excitación. “Sí, mi amor, papá nos va a hacer gozar a las dos”, respondió Laura. Yo no lo podía creer: mi verga se endureció al instante. Las besé a las dos, alternando lenguas calientes y jugosas. Laura me quitó la camisa y empezó a lamerme los pezones, mientras Ana me desabrochó el pantalón y sacó mi polla dura, de 18 centímetros, gruesa y venosa. “¡Abuelo, qué monstruo!”, exclamó Ana, arrodillándose para chupármela. Su boca era un horno: succionaba el glande con avidez, babeando por todo el tronco, mientras Laura me metía la lengua en la oreja y me susurraba: “Cógetela primero, papá, es tu nieta”.

La llevé al sofá y le arranqué las bragas a Ana. Su coñito depilado brillaba de humedad. La penetré de un empujón, gimiendo al sentir su estrechez virginal envolviéndome. “¡Sí, abuelo, rómpeme!”, gritó ella, clavando las uñas en mi espalda. Laura se masturbaba viéndonos, metiéndose dos dedos en el coño. La follé duro, embistiendo hasta el fondo, haciendo que sus tetas rebotaran. Ana se corrió gritando, empapándome la verga con sus jugos. No esperé: saqué la polla chorreante y se la metí en el culo sin piedad. “¡Ay, sí, abuelo, dame por el ano!”, suplicó. Su culito era apretado como un guante, lubricado solo por mis fluidos. La sodomicé con fuerza, palmeando sus nalgas hasta dejarlas rojas.

Laura no aguantó más. “Mi turno, papá”. La puse en cuatro y le comí el culo, lamiendo su ano rosado mientras Ana me lamía las bolas. Luego la penetré vaginalmente, recordando cómo la había imaginado mil veces. “¡Eres mejor que mi ex, papi!”, gemía ella. Cambiamos a anal: unté mi verga con su propia saliva y se la clavé hasta las bolas. Laura gritaba de placer: “¡Rómpeme el culo, papá, llénalo de leche!”. Ana se unió, sentándose en la cara de su madre para que la lamiera el coño. Era una orgía familiar perfecta: yo alternaba entre sus culos, metiendo mi polla de un ano a otro, sintiendo sus esfínteres contraerse a mi alrededor.

Al final, las puse a las dos de rodillas. “Abrán la boca, putitas mías”. Me pajeé furiosamente mientras ellas se besaban y se tocaban las tetas. Explote con un rugido, rociando chorros espesos de semen en sus caras, bocas y tetas. Se lo tragaron todo, lamiéndose mutuamente. “Papá/abuelo, esto es solo el comienzo”, dijeron al unísono, abrazadas a mí.

Desde esa noche, follamos cada fin de semana. Mi hija y mi nieta son mis amantes perfectas: consienten todo, adoran mi verga en sus culos y me hacen sentir como un rey. ¿Quién necesita viagra a mi edad?

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