La Vida Secreta Erótica de Mi Madre: Bailes, Amantes y Placeres Ocultos a los 67 Años
Una de las cosas que más vueltas me da en la cabeza últimamente es la vida secreta de mi madre. Vivimos las dos solas, en un pueblo bastante pequeño donde todo el mundo se conoce, pero aun así ella ha logrado construirse un espacio propio del que yo solo alcanzo a ver retazos, como flashes de piel desnuda y gemidos ahogados en la noche.
Desde hace un tiempo, casi todos los fines de semana, mi madre se va a visitar a una amiga que vive en una ciudad grande, a unas horas de aquí. Al principio pensé que lo hacía solo para distraerse, para salir de la rutina, pero pronto empecé a notar detalles que me hicieron sospechar que había algo más, algo que no encajaba con la imagen tradicional de “señora mayor”: el olor a sudor y sexo que traía en la ropa, o las marcas leves de besos en su cuello.
Lo que más me llama la atención es su edad. Mi madre tiene 67 años y su amiga es unos cuatro años menor. Crecí oyendo que a esa edad las mujeres se “calman”, se dedican a la casa, a los nietos, a cosas tranquilas. Pero ella parece ir en sentido contrario: cuanto más años cumple, más viva y más inquieta se ve, con un apetito sexual que la hace buscar pollas duras y cuerpos jóvenes en la pista de baile.
Una noche, después de cenar, tomó un par de copas de vino y la noté más suelta de lengua de lo normal. Entre risas, empezó a contarme que con su amiga salían a bailar a lugares “bonitos”, donde ponían buena música y se juntaban muchas personas. “Ahí se encuentran muchos hombres solos”, dijo, mirándome de reojo, “hombres que buscan mujeres solas para pasar la noche, follando hasta el amanecer sin compromisos”.
Al principio pensé que exageraba, que solo comentaba lo que veía a su alrededor. Pero mientras hablaba, se le escapaban detalles que no parecían de simple observadora. Comentó que algunos de esos hombres sabían “hacer sentir mujer” a quien tenían enfrente, que no les importaba la edad si la química aparecía, lamiendo coños maduros y penetrando con fuerza hasta hacer gritar de placer.
No habló nunca de lo que hacía ella exactamente, pero no hacía falta que lo dijera de forma directa. Las pausas en medio de las frases, las sonrisas que se le escapaban, el rubor leve en sus mejillas… todo sugería que sus noches de baile no terminaban siempre en la pista ni a la misma hora, sino en habitaciones oscuras donde se dejaba follar por extraños, chupando vergas y recibiendo orgasmos intensos.
Empecé a fijarme más en sus preparativos cuando se iba a la ciudad. Un día la vi sacar de una bolsa nueva varias piezas de ropa interior de marca. Sujetadores con encaje, tangas delicadas, modelos muy parecidos a los que uso yo. Me llamó la atención hasta el color: negros, rojos, algunos casi transparentes, diseñados para ser arrancados por manos ansiosas antes de una cogida salvaje.
Aquella frase me hizo entender más de lo que decía. No necesitaba que me explicara con quién pensaba lucir esa ropa ni en qué momentos. Empecé a imaginarla arreglándose en el baño de la casa de su amiga, cambiándose la ropa interior antes de que llegaran ciertos hombres, revisando su reflejo en el espejo, asegurándose de que todo estuviera en su lugar antes de salir de la habitación, lista para ser penetrada y llenada de semen.
Una tarde, sin querer, confirmé lo que ya sospechaba. Había vuelto a casa antes de tiempo y la escuché hablando por el celular. Creyó que yo no estaba, así que no bajó la voz lo suficiente. Le contaba a su amiga que la noche anterior “lo habían pasado riquísimo” con los hombres que se habían llevado a la casa. No describió nada con detalle, pero la forma en que lo decía dejaba poco a la imaginación: pollas gruesas entrando en ella, lenguas explorando su clítoris hinchado.
La oí decir que casi no habían dormido, que uno de ellos tenía una energía “inagotable” y que a su edad no se esperaba “salir de la cama tan tarde por esos motivos”. Se reía como una chica joven, mezclando vergüenza y orgullo, recordando cómo había sido follada en múltiples posiciones, con el coño mojado y palpitante.
A partir de ese día, cuando la veía regresar de sus fines de semana con esa expresión cansada y satisfecha, entendía mejor el origen de ese brillo en sus ojos. Ya no tenía duda de que, tras las risas y los bailes, venían noches intensas que ella elegía vivir plenamente. No necesitaba que me lo contara con detalles para saber que compartía la cama con esos hombres; su mirada y su forma de caminar lo sugerían de sobra, con las piernas ligeramente abiertas por el recuerdo de penetraciones profundas.
Al principio me sorprendió darme cuenta de que no me sentía indignada. Hubiera sido fácil juzgarla, decir que “a su edad ya no está para eso”, pero no me salió. La imagen de ella, riendo en una cama desconocida con un hombre que la desea, me resultó chocante y, al mismo tiempo, extrañamente liberadora. Por primera vez la veía más allá del papel de madre: la veía como una mujer adulta que, igual que yo, tiene derecho a acostarse con quien quiera, gimiendo mientras es follada con pasión.
Noté también cómo su ánimo cambiaba. Los días antes de viajar estaba más nerviosa, pendiente del celular, respondiendo mensajes con una sonrisa que intentaba disimular. A veces, al leer una notificación, se mordía el labio, como una adolescente, imaginando vergas erectas y promesas de sexo oral y anal.
Cuando volvía, la casa olía a su perfume mezclado con algo indefinible, tal vez la seguridad de alguien que ha sido deseada y tocada, con el aroma de fluidos corporales y sudor post-coital impregnando el aire.
A veces, mientras dobla su ropa interior recién lavada, no puedo evitar fijarme en esas prendas que sé que no usa solo para verse bien ella misma. Pienso en las manos que habrán recorrido el contorno de esos encajes, en los cuerpos con los que habrá compartido el calor de las sábanas, follando salvajemente hasta el clímax.
He llegado a un punto en el que, cuando la veo preparar su maleta, no solo la veo como mi madre, sino como una mujer que se va a buscar —o dejarse encontrar por— amantes que la hacen sentir viva, con erecciones que la llenan y la hacen gritar de éxtasis.
Tal vez lo que más me sorprende es lo poco que hablamos abiertamente de ello. Ella nunca me cuenta nada explícito, y yo nunca le pregunto. Nos movemos en un espacio cómodo de insinuaciones y silencios. Pero en esos silencios hay una especie de acuerdo: yo sé que ella tiene sus noches intensas y ella sabe que yo lo sé, y que no la voy a juzgar, aceptando su vida de orgasmos y placeres carnales.
Al final, cada vez que la veo regresar con ese brillo distinto en los ojos, pienso en todo lo que habrá pasado entre el momento en que salió de este pueblo y el momento en que vuelve a cruzar la puerta. Y aunque no vea nada, aunque nunca presencie sus encuentros ni escuche más que frases sueltas, acepto sin reservas que tiene su propia vida sexual, tan real y tan legítima como la mía, llena de polvos apasionados y fluidos intercambiados.
Puede que para otros resulte escandaloso imaginar a una mujer de 67 años acostándose con hombres que conoce en una noche de baile. Para mí, en cambio, se ha vuelto algo casi natural. Me sorprende, sí, pero también me alegra. Mi madre tiene amantes, tiene noches de placer que no comparte conmigo, y yo, desde mi lugar de hija adulta, solo puedo mirar, imaginar y, en el fondo, alegrarme por ella, celebrando su libertad sexual sin límites.
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Felicitaciones! Indudablemente escribes y muy buen, a mi gusto. Hace rato que no leo, dentro de este entorno, un relato tan bello y utilizando términos sexuales-eroticos, sin abusar y en su justa medida. El contenido también es interesante ya que el tema edad-sexo, de quien fuere está subvaluado y es bueno expresarlo. Por otra parte describe un vínculo madre-hija que quizás no sea habitual pero que sería bueno poder vivirlo sin tabúes. Muchas gracias