Invitó a su casa a un amigo y lo vio masturbándose frente a su cuñada
Invité a mi mejor amigo, Carlos, a la casa para ver el partido. Mi cuñada Laura, la hermana de mi esposa, estaba de visita esa tarde. Es una puta de 25 años con tetas enormes, culo redondo y una cara de zorra que siempre me ponía la verga dura. Mi esposa salió a comprar cervezas, dejándonos solos. “Pasa, carnal, siéntete como en tu casa”, le dije.
Carlos se acomodó en el sofá, pero yo subí rápido al baño del segundo piso. Bajé las escaleras sigiloso y, al pasar por la cocina, oí gemidos bajos. Me asomé: joder, ¡Carlos estaba de pie frente a Laura, con los pantalones en los tobillos y su verga gorda en la mano, pajeándosela como loco!
Laura lo miraba con ojos de puta en celo, mordiéndose el labio. “Mira qué pollón tienes, Carlos. ¿Te gusta mi culo?” Ella se había subido la falda, mostrando unas tanguitas empapadas que se le metían en el coño rasurado. Carlos gruñía: “Sí, zorra, desde que llegué quiero romperte ese orto.”
No podía moverme. Mi verga se paró al instante viendo a mi amigo masturbarse frente a la hermana de mi mujer. Laura se acercó, arrodillándose: “Dame esa leche, cabrón. Quiero probar tu corrida.” Carlos la agarró del pelo y le restregó la cappón en la cara, untándole precum en los labios.
“Chúpamela, puta. Trágatela hasta las bolas.” Laura abrió la boca como una buena perra y se la engulló entera, mamando con slurp slurp que me volvía loco. Carlos le follaba la garganta: “¡Joder, qué boca de puta! Tu hermana no mama así.”
Yo me escondí mejor detrás de la puerta, sacándome la verga para pajearme en silencio. Laura escupía saliva por la barbilla, mientras Carlos le metía los dedos en el coño: “Estás chorreando, zorra. ¿Quieres que te reviente el útero?”
“Sí, métemela ya, pollón. Quiero que me folles como a tu puta personal.” Carlos la levantó, la puso contra la mesa de la cocina y le arrancó las tangas. Le abrió las nalgas: “Mira este culo de infarto. Voy a destrozarte el orto primero.”
Sin piedad, escupió en su ano y le clavó la verga gruesa de un empujón. Laura chilló: “¡Aaaah, cabrón! Me rompes el culo, sí, más adentro!” Carlos la taladraba como un animal, cacheteándole las nalgas rojas. “¡Toma pollón en el orto, puta incestuosa!”
Yo pajeaba más rápido, imaginando que era yo el que le reventaba ese culo tabú. Laura gemía como loca: “¡Fóllame más duro! Quiero tu semen en las tripas.” Carlos aceleró, sudando: “Me vengo, zorra. ¡Aprieta ese culo!”
Se corrió con un rugido, bombeando chorros calientes en su ano. Laura temblaba, viniéndose ella también: “¡Sí, lléname de lefa, cabrón!” Carlos sacó la verga, chorreante de corrida y jugos, y Laura se giró a lamerla limpia.
Pero no pararon. “Ahora al coño, puta. Quiero preñarte.” La tiró al suelo, le abrió las piernas y le clavó la cappón empapada en el chochito hinchado. Laura gritaba: “¡Me llenas toda, joder! Fóllame como a tu perra.”
Carlos la martilleaba sin parar, chupándole las tetas enormes: “Estas ubres son para ordeñar, zorra.” Yo no aguantaba; me vine en la mano, pero seguí espiando, con la verga dura otra vez.
De pronto, Laura miró hacia mí: “¿Quién anda ahí?” Carlos se volteó, riendo: “Es tu cuñado, el voyeur. Ven, carnal, únete a la fiesta.”
Me quedé tieso, pero mi verga traicionera me delató. Salí rojo como tomate. “Joder, no pude resistir.” Laura sonrió pícara: “Ven, cuñado. Mira cómo me folla tu amigo. ¿Quieres mi boca mientras?”
Me acerqué temblando. Ella me mamó la verga mientras Carlos la follaba el coño. “¡Qué puta familia! Chúpale bien, zorra.” Gemí: “Joder, Laura, eres una diosa del sexo.”
Carlos sacó y me dijo: “Ahora tú al culo, yo al coño. Vamos a empalarla.” La pusimos en sandwich: yo en su ano resbaloso de corrida, él en el útero. Laura aullaba: “¡Me revientan los dos! ¡Sí, fóllenme juntos, cabrones!”
Empujábamos al unísono, sintiendo nuestras vergas rozarse por la delgada pared. “¡Qué apretado tu orto, cuñada!” Ella se corría sin parar: “¡Llévenme de semen, soy su puta compartida!”
Nos vinimos los dos adentro al mismo tiempo, inundándola de lefa caliente. Laura colapsó, chorreando por todos lados: “Me han destruido… pero quiero más.”
Mi esposa llegó en ese momento, oliendo a cerveza. Nos vio y, en vez de enojarse, sonrió: “Sabía que mi hermana es una puta. ¿Me dejan unir?” Se unió al desmadre, montándose en la cara de Laura mientras Carlos y yo la follábamos por turnos, convirtiendo la cocina en un orgía de corridas y gemidos hasta que todos quedamos exhaustos, cubiertos de sudor y semen.
Al final, nos vestimos en silencio, con miradas culpables y sonrisas pícaras. “Esto fue una locura de una sola vez, carnales. Nunca más”, juramos todos, limpiando el desastre antes de que cayera la noche. Y así fue: nunca se repitió, quedó como un secreto tabú ardiente que solo revivimos en nuestras pajas solitarias.
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