Mi hermana cariñosa

Autor: Anónimo | 28-Nov

Amor Filial
Estábamos mi hermana Marisa y yo, los dos solos en la casa, viendo una película en la tele. Ella recostada en el sofá con su cabeza sobre una almohada y esta sobre mis piernas. Marisa tiene casi 20 años y es muy bonita, de tetas grandes. Toda ella es linda, pero sus tetas son lo que más atrae mi atención, por ejemplo, cuando se pone su bikini se ve fabulosa, sus pechos lo llenan maravillosamente, que par de melones tan deseables. Muchas veces he tratado de ver sus tetas sin nada encima, no lo he logrado y eso que la he fisgoneado en su recámara, en el baño, tratando de vérselas. El resto de su cuerpo también es muy bonito, cintura pequeña, bonitas caderas, nalgas levantadas, piernas largas y muy bonita de cara, muy fina. Pretendientes no le faltan a la güerita como le dicen sus amigos, y aunque no le gusta tener novio siempre tiene muchos amigos. Marisa estudia actuación, porque quiere ser actriz, hasta la fecha lo único que ha logrado es ser modelo para anunciar productos como ropa y calzado, la buscan para modelar, pero a ella no le gusta, ella quiere ser actriz seria. La han invitado a concursos de belleza, se ha negado, piensa que por ahí no es.

”No ha llegado el hombre que me llene”. Dice cuando le preguntan ¿Por qué no tienes novio?. También todos mis amigos me bromean por la belleza de mi hermana y me llaman cuñado, o cuñadito, así que todos me dicen así.

Marisa siempre ha sido muy cariñosa conmigo, me besa por cualquier motivo, me abraza y soba siempre que estoy cerca de ella. Yo disfruto mucho sus caricias sobre todo cuando pega sus tetas a mi cuerpo, se siente rica su suavidad. Ese día no era la excepción, su mano sobre mi muslo lo acariciaba sin cesar, ya con las yemas de sus dedos, ya con sus uñas. La película llena de besos y caricias, de sexo como son todas ahora y también ayudaba a mi exaltación. Yo tenía una mano sobre su brazo y la otra sobre su cabello, también la acariciaba, sobre todo su nuca y su cuello. Lógico era que las caricias que nos dábamos me habían provocado una erección que la almohada tapaba. Yo estaba muy a gusto disfrutando el momento, cuando Marisa quitó la almohada y se recostó de nuevo sobre mis piernas, sobre mi pene, permaneció así unos segundos sin hacer nada, yo sentía como su cabeza oprimía mi pene duro, ella reanudó sus caricias en mi muslo. Yo acaricié su cabello presionando su cabeza hacia mi pene, yo sentía delicioso. Me sentí mal cuando ella se irguió, decepcionado, pensé que las caricias se habían terminado.

Mi hermana se acercó sentándose a mi lado y me dio un abrazo. Yo le correspondí abrazándola también, maravillosa sensaciones recorrían mi cuerpo al sentir sus pechos recargad labios y respondí con gusto al beso, sintiendo el placer del primer beso que nos dábamos por deseo, nuestras lenguas chocando, sintiendo sus dientes, sus labios y su mano en mi nuca agarrando fuertemente mis cabellos acercando mi cabeza a la suya sin intenciones de soltarme. Agarré su pecho estrujándolo, sintiendo su tamaño, su suavidad y nunca voy a olvidar el suspiro de mi hermana cuando lo hice. Tan lleno de placer ese suspiro, como cuando se consigue algo muy deseado, inhalando, llenó sus pulmones de aire, yo sentí como su pecho se resaltó más aún en mi mano. Marisa colocó su mano sobre la mía, por un momento pensé que me la iba a retirar de ahí, pero su mano apretaba la mía para que oprimiera más fuerte, me llevó mi mano a su otro pecho, también lo estrujé con fuerza sintiéndolo en su hermosa consistencia tan bellamente única.

Estuvimos así muchos segundos, acariciándonos, besándonos, conociéndonos, como cuando le pides a una chica que sea tu novia y ella acepta, regalándote besos y permitiéndote tocar sus pechos como prueba de que le gustas. Metí mi mano bajo su playera tratando de tocar sus pechos sin el impedimento de tanta ropa, sentí su piel en mis dedos, electrizante. Le levanté su sujetador tratando desesperadamente de tocar su pezón, cuando lo tuve entre mis dedos, se lo apreté con todo el deseo que tenía, como loco, con mi sangre como lava hirviente, muy caliente. En ese momento, Marisa se sacó su playera en menos tiempo del que se los cuento, se desbrochó su sujetador, se lo quitó y lo arrojó a un lado. Ahí estaban ese par de melones, suculentos, para ser degustados. Yo no lo podía creer, todos mis sueños realizados en unos segundos. Cada una de mis manos tomaron el suyo, fuertemente, suavemente, sintiendo los hermosos pezones rozados, recorrieron mis manos esas hermosas montañas, erguidas majestuosamente con orgullo. Mis labios se acercaron a uno de sus pechos y lo chupé, que suave es la piel del pezón, mi lengua jugaba con él, mis labios, mis dientes. Mi hermana me sujetaba la cabeza con sus manos, me la cambió al otro pecho que también quería sentir lo que sentía su gemelo, repetí la operación con gusto, que placer es mamar el seno de una mujer, tan lleno de amor femenino.

Muchas veces me había masturbado deseando lo que ahora estaba haciendo. Me levantó mi camiseta para poder acariciarme la espalda, yo sentí sus uñas recorrerla, el placer no era creíble, no podía ser que fuese tanto. Marisa se echó hacia atrás en el sofá, abrió sus piernas, yo aceptando la implícita invitación me coloqué entre ellas y regresé a la tarea de besar sus hermosas tetas, rápidamente mis manos y las de ella me sacaron mi camiseta. Los dos desnudos del torso seguimos acariciándonos. Me sobraba una mano, mi boca en una teta, otra mano en la otra. Así que la coloqué en su pubis acariciándolo sobre su pantalón. Miré a mi hermana, estaba radiante, feliz con las caricias que le daba, la sonrisota en su cara expresaba mejor que mil palabras lo que sentía. Me acosté sobre ella, la besé en sus labios mientras restregaba todo mi cuerpo con el de ella, que placer en mi pene frotándose con su pubis. Mis manos tocando sus pechos, sus manos en mi espalda y nuca. Separé mis labios de sus labios y mirándola le sonreí, ella me sonrió. Puso una mano sobre mi pene apretándolo, que rico, sentí como su mano lo recorrió de arriba abajo dándome ríos de placer, instándome a seguir, volví a acariciar su pubis.

Marisa con su calzón. Me tuve que levantar para quitárselos completamente y aproveché para quitarme también el mío. Los dos desnudos, ella en el sofá con sus piernas abiertas mostrándome su hermoso vello púbico en forma de corazón, corona dorada sobre su rajadita. Yo de pie, embelesado por tanta belleza, sin saber a que parte de su cuerpo dirigirme. Ella levantó los brazos llamándome, yo me hinqué entre sus piernas, me acosté sobre ella y la volví a besar en la boca, todo mi cuerpo temblaba de placer, sentía toda mi piel muy sensible, cada parte de mi cuerpo que tocaba al de Marisa lanzaba a mi cabeza sensaciones que nunca había sentido, mis manos recorrían su cuerpo desesperadamente, sus nalgas, sus muslos, su espalda, su cintura, sus senos. Mi pene duro como palo mojaba sus vellos con mis líquidos, ella parecía disfrutarlo, se embarraba de ellos y se lo secaba embarrándolo sobre su piel, sus manos acariciaban mi espalda y mis nalgas, olas de placer me recorrían todo mi cuerpo, mi lengua jugaba con la suya queriéndose unir por siempre. Yo apretaba mi pene contra ella, no quería ni podía evitarlo.

Mi hermana volvió a agarrar mi pene, me enderecé un poco para que lo pudiese acariciar. Me acomodó de tal manera que la punta de mi pene tocase su clítoris y empezó a frotárselo con él. Le agarré un pecho y me engullí el otro con mi boca, le metí un dedo en su agujerito. Oh Dios, no existe nada más hermoso que tocar, es tan bello el calor, humedad, suavidad de las paredes vaginales, imposible parar de tocarlas, de frotarlas. Marisa suspiraba fuertemente, yo también, ella movía mi pene rápidamente sobre su clítoris, lo que yo sentía era placer y más placer. Ella llegó a su orgasmo entre fuertes y hermosos Ohhhs, siete u ocho Ohhhs que fueron bajando de volumen, que hermosa música, yo veía su cara en ese momento, que felicidad poder hacer que tenga tanto placer. Me detuvo mi mano para que no siguiese moviendo mi dedo dentro de ella, ya no frotaba mi pene con su clítoris, pero no me lo soltó y siguió acariciándomelo entre fuertes suspiros. Cuando se recuperó un poco, se levantó, acostándome a mí en el sofá, se hincó entre mis piernas y se engulló con su boca mi pene. Con movimientos de su mano a veces fuertes, a veces suaves se tragaba mi pene llevándome al éxtasis. Yo le agarraba un seno y logré introducir mi dedo de nuevo en su agujerito. Placer de placeres, como el cielo, y mi ángel, mi hermosísimo ángel desnudo, con sus hermosas montañas picudas coronadas con sus rosados pezones mamándome la verga, llevándome cada vez más cerca de un orgasmo, cuando estaba cerca, la detuve de la cabeza, ella no me hizo caso, con más ahínco siguió mamándome hasta que todo me explotó, fue maravilloso sentir mi semen llenar mi pene expandiéndolo y arrojarle en su boca todo él, olas de placer me llegaron y Marisa atenta las recibió sin soltar mi pene, tragándose todo el líquido que salía de él. Mucho tiempo estuvo Marisa con mi pene en su boca sintiendo mis pulsaciones, moviendo su cabeza despacio, dándome placer sin dejar de mirar mi cara, su mirada traviesa estaba feliz, como si acabara de hacer una travesura. Yo desfallecido seguía con mi dedo dentro de ella.

Cuando me recuperé un poco, la separé de mí, la acosté de nuevo en el sofá y me acomodé para yo comérmela. Para hacerla sentir o que ella me había hecho sentir. Me sentía obligado a devolverle lo que ella me había dado, agradecido y deseoso de seguir complaciéndola.

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