Mi Adonis
¿Es la naturaleza?, ¿Metemos en el asunto a Dios y digo que me ha creado así?, ¿Es culpa mía que soy un pendón?, No lo sé, pero sea por lo que sea no lo puedo evitar. Llevo un largo periodo de abstinencia sexual, involuntario, claro, y lo llevo mal, muy mal. Mientras las cosas se desarrollan normalmente, con tranquilidad, tengo el asunto bajo control, trabajo, hago las faenas de casa, escribo historias eróticas, me masturbo, como, duermo, me masturbo, y paso los días sin pensar demasiado en la compañía de un hombre, pero cuando por cualquier circunstancia hay algo que me incita, pierdo los papeles.
Todo esto viene a cuento de lo que me está sucediendo en los últimos días. En el trabajo he coincidido con un muchacho de 18 años, es una copia en carne y hueso de un dios pagano, alto, guapo, buen tipo, sonrisa angelical, simpática, amable, inocente; segura estoy de que Apolo y Adonis palidecerían de envidia ante él. Por alguna razón desconocida para mí, es muy retraído, apenas sale de su casa. Yo, a pesar de tener muchísimos más años, estoy de muy buen ver, y mejor tocar, que diría un amigo mío, y me mira con ojos de cordero degollado y esas miradas son como cuchillos al rojo que se clavan en mis carnes; además es un experto en asuntos de informática, ciencia que se escapa totalmente a mi comprensión: Sólo sé escribir, buscar la página de Internet para poner lo escrito, y se acabó.
Hace unos días se ofreció muy amablemente para enseñarme como copiar de aquí y luego pegar allí. Estuvimos un rato ante el ordenador, juntitos, arrimados ante pantalla y teclado; sus ojos devoraban mi escote, en dos o tres ocasiones que nos rozamos respingó como si le hubieran pinchado, sus manos temblaban al manejar el ratón; No quise, aunque me costó, mirar su entrepierna, pero me la imagino. Creo que lo disimulé y no se dio cuenta, pero yo estaba igual o peor que él. ¡Madre mía!, Si tiene 18 años, me decía, casi la edad de mi sobrino, pero notaba su deseo y eso encendía el mío. La cosa pasó, hemos estado viéndonos en el trabajo, normal, charlando entre unos y otros. Pero yo quería aprender a manejar lo de las ventanas, eso tan sencillo para el que sabe hacerlo: abres una página, las dejas a mitad pantalla, abres otra, lo mismo y puedes hacer dos o tres cosas al tiempo, y ¿Quién me iba a enseñar eso? Mi Apolo.
Había tomado mis determinaciones muy en serio: sólo la técnica, sin pensar en ninguna otra cosa, nada de fijarme en él, ni roces ni nada de nada. Amen. Llegué a mi casa del trabajo, me duché, me arreglé, cambié de ropa, y ya estaba llamando a la puerta, había ido a la velocidad del rayo; subimos al piso de arriba, a la salita-biblioteca-sala de juegos donde está el ordenador. Me senté ante la pantalla, lo conecté y empezó a darme explicaciones; estaba inclinado, su cara junto a la mía; olía a una de esas colonias que, según los anuncios, vuelven locas a las mujeres, no me volvió loca, pero era un aroma muy agradable. Enseguida noté sus ojos en mi escote ¡maldita sea! Me tenía que haber puesto un jersey de cuello alto, no lo pensé a tiempo, ¿O no quise pensarlo?. Para darme una explicación me tomo la mano para indicarme donde tenía que cliquear y en el mismo movimiento su brazo me rozo el pecho. Oía su respiración agitada junto a mi oreja, su deseo me envolvía, sus ondas chocaban contra mi cuerpo, produciéndome una sensación casi física, me sentía alterada; le pregunté no sé que intentando mantener la serenidad, pero la voz me salió algo ronca; Al contestarme llevó la mano al teclado y esta vez su codo permaneció tocándome el pecho varios segundos y, aunque parezca mentira en una mujer de mi experiencia, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. No podía ser: un chiquillo me rozaba la teta con el codo y yo me ponía caliente como una quinceañera.
Había que terminar con el asunto, giré la cara para decirle que ya le había entendido, que podíamos dejarlo; su rostro estaba alterado, rojo como la grana, su respiración entrecortada, sus ojos nublados, todo él despedía un halo de urgencia sexual como nunca había visto; mientras lo miraba, entre sorprendida y excitada murmuró: “Eres tan hermosa” y me besó en la boca mientras me ponía una mano entre los pechos. Las dos caricias eran torpes, ni sabía besar ni sabía que hacer con la mano, pero tenían la enorme fuerza que da la pasión de la juventud. La verdad es que me encendió la sangre. Los buenos propósitos, las buenas intenciones se vieron arrastrados por la ola de pasión que me recorrió. Me puse en pié, no sabía bien para que, ¿Iba a decirle que se fuera?, ¿Me iba a lanzar sobre él como una fiera?, No lo sé, pero al ponerme de pié me abrazó fuertemente, restregó contra mi vientre el duro bulto de su verga y se corrió; lo noté inmediatamente en sus gemidos, en sus espasmos, en la lasitud de su cuerpo; quedó allí, alicaído, asustado por su atrevimiento y avergonzado por su rápida eyaculación, tierno e indefenso como un niño. Y entonces mi pasión se multiplico por mil, se convirtió en una pasión fría, si ello es posible, determinada, capaz de saltar por encima de todo y de todos.
Lo senté en una silla, le di un beso en la mejilla y le dije: “Espera un momento cariño, ahora vengo” Fui al servicio situado al lado de la salita, llené un recipiente con agua caliente y cogí esponja y toalla, y al volver, sin escuchar sus protestas, le hice quitarse pantalones y calzoncillos, limpié ambas prendas de semen lo mejor que pude y luego, arrodillada ante él, empecé a lavarle el pene; al momento empezó a levantársele y cuando se lo sequé ya estaba duro como una piedra. Mi Apolo estaba bien provisto, tenía una verga de excelente tamaño, recta y bien formada; me deleité en su contemplación, luego en su tacto cuando empecé a masturbarlo y finalmente con su sabor y textura cuando pasé mi lengua por ella y después de lamerlo un rato, me lo metí en la boca y lo chupe con deleitación y con ansia: Estaba corriendo un riesgo enorme, aunque mis sobrinos estaba fuera de casa, mi hermano atendiendo el negocio y mi cuñada por las tardes no subía casi nunca al piso de arriba, algo podía torcerse y alguien sorprenderme, con el consiguiente escándalo. Pero daba lo mismo, estaba ciega de pasión, nada importaba, sólo aquel hombre-niño, su disfrute y el mío. Me notaba el sexo inflamado, completamente inundado, sentía el pulso de la sangre en el clítoris, sólo con el placer de la verga en la boca estaba a punto de correrme; él, a pesar de haber eyaculado momentos antes estaba otra vez preparado. Me aparté y, mientras lo dejaba descanar, me quité las bragas, desabroche la blusa y el sostén y dejé los pechos al aire.
Me miraba con arrobo, cuando me acerqué alargó las manos y con delicadeza puso una sobre cada pecho, tacándolos cuanto apenas; el ligero contacto de sus manos me quemaba, gemí de placer y me di cuenta de los cabeceos de su verga; si quería tenerlo dentro de mi no podía hacer nada que nos excitase más, tenía que ser ya. Me coloqué frente a la silla donde estaba sentado; mi altura no daba para poder cabalgarlo desde el suelo, así que puse los pies en las barras laterales de la silla, me apoyé en sus hombros y me dejé caer sobre su tiesa verga; tuve que indicarle como situarla para que me entrase, por fin, al tercer intento, sentí como me penetraba, proporcionándome una enorme satisfacción, tanto por el gusto de sentirlo dentro de mí, como por oír su gemido de placer. Cuando quedé sentada sobre él, con su verga dentro de mi cuerpo me detuve; Mis pechos, redondos, plenos, erguidos, duros, con los pezones tiesos, desafiantes por la excitación, quedaban justo a la altura de su cara; sabía cuanto le gustaban, así que los balanceé y le dije: ”¿No quieres hacerles nada?” Hundió la cara entre ello, los chupaba, los mordía, los besaba, se volvía loco con ellos y me ponía loca a mí. No podíamos aguantar más. “Sujétame por el culo”, le dije; me agarró por las nalgas y me ayudó cuando me levanté, y al descender el placer ya era incontrolable “Más rápido, más rápido”, le apremié; con la ayuda de sus brazos me moví lo más aprisa posible notando como su polla me daba gusto en todos los rincones de mi sexo, y mientras lo sentía correrse dentro de mí, entre suspiros y gemidos de placer, alcancé un maravilloso orgasmo.
¿He hecho mal?, ¿Se puede culpar al, tigre que mata, destripa y se come al inocente cabrito?. No lo sé, el tiempo lo dirá. Vosotros ¿Qué opináis?.
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