Vecina tentación derrochando vitalidad juvenil – Capítulo 01

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Capítulo 1.

No la estaba penetrando solo con la intención que nuestros cuerpos se conectaran y que los deseos encontraran una simple satisfacción carnal, mi intención era que, con cada arremetida, las desnudas fibras de nuestras almas encontraran refugio en la íntima calidez del otro.

Aunque la madurez le había cobrado una leve factura al físico de esa mujer, bajo esos sutiles rollitos de carne y tenues marcas de celulitis, yo aún podía reconocer y deleitarme con la exquisita figura que había atrapado mi lujurioso interés desde muy joven.

Ana me llevaba 10 años de ventaja en los afluentes de la vida, y aunque estaba en el intermedio de sus 30s, ya había dado a luz a su único hijo y le había entregado sus mejores años a un hombre que ya no los valoraba, ella seguía derrochando vitalidad juvenil y un interés por seguir descubriendo las alegrías y placeres que el mundo todavía ponía a su disposición.

Creo que eran sus ilusiones y sueños un tanto infantiles, normalmente complementados por su carácter responsable y autónomo, lo que me atraía hacia ella y me hacía orbitar a su alrededor, igual a la interacción gravitatoria entre la tierra y la luna. Y tal como esos cuerpos celestes nunca se separan, pero a su vez, tampoco alcanzan a colisionar entre sí, nosotros habíamos aprendido a edificar nuestra relación de tal manera que las evidentes diferencias que nos habían acercado inconscientemente nunca llegaran a ser una razón para destruir la romántica armonía de nuestra aventura.

Por otro lado, incluso si Ana contaba con una mayor experiencia que yo en ámbitos, donde solo los años te pueden nutrir de ella, ambos habíamos descubierto que, en el sexo, aún había un infinito universo en el cual nos podíamos sumergir juntos a explorar los más insólitos horizontes. Esa era la razón por la que nuevamente habíamos terminado así, sudorosos y enajenados, profiriéndonos mutuo placer en la cama donde alguna vez ella había compartido sus confidencias con un esposo que ahora hacía parte de un capítulo muy lejano de su vida.

Y puede que sea verdad lo que estás pensando, lo sabíamos perfectamente, si nuestra relación se conociera sería muy juzgada a ojos ajenos, pero no era un pecado ni una inmoralidad. Legalmente, Ana estaba separada y no le debía nada a nadie, mientras que yo, era un joven sin responsabilidades más que para conmigo mismo, alguien que simplemente estaba disfrutando de los beneficios que se me habían otorgado tras el gran esfuerzo de conquistar a esta madura que antes de ser pareja, ya se inmiscuía en mis más oscuras fantasías sin ella ser consciente de ello.

Con cada profunda embestida estando sobre ella, podía ver reflejado en esos brillantes ojos achocolatados que me observaban fijamente con deseo, como mis penetraciones sobrescribían sus molestos recuerdos de relaciones pasadas, mientras que con cada gemido y exhalación de placer los remanentes se diluían en el aire entre el aroma que expedían nuestros erógenos cuerpos entrelazados en la oscuridad de la noche.

Ana abrazaba mi nuca, agarrada de ella como si quisiera impedir que pudiera escapar de sus brazos, yo esperaba que ella no creyera realmente eso, pues no había un mejor lugar donde prefiriera estar que entre sus piernas, muy adentro de ella, y por supuesto yo también quería creer que esa mujer no prefería otro refugio que no fuera el que mis elongados brazos le ofrecían aprisionando los sensuales abultamientos de su cuerpo, y sépase que cuando me refiero a ellos lo hago con cariño y deseo, ya que se había convertido en mi adicción, apretar, agarrar, estrujar y jactarme con la deliciosa sensación que generaban sus descomunales tetas, exuberantes glúteos y muslos rellenos dentro de mis manos.

Carajo, incluso encontraba sumamente atractivos esos pliegues extra en su algo pronunciada barriga y cintura, secuelas claras de su embarazo que con frecuencia la hacían sentir un tanto pudorosa frente a mí, yo, por otro lado, siempre luchaba por combatir esas muy entendibles, pero para nada significativas inseguridades, le demostré en más de una ocasión que mi “físico juvenil” también estaba colmado de imperfecciones tales como cicatrices y estrías aún más pronunciadas que las suyas, y así como ella no veía defectos en mi cuerpo, yo por supuesto que tampoco lo hacía en el suyo.

Incontables charlas para discutir sobre los estragos del tiempo en el cuerpo humano nos habían llevado a poder contemplarnos el uno al otro sin el más mínimo atisbo de vergüenza, cosa que agradecí muchísimo, pues el sexo no sería lo mismo si no pudiera aferrarme instintivamente de sus flácidas caderas estando tranquilo de que ella no lo sentiría como algo incómodo, al contrario, ella ahora disfrutaba como lo estaba haciendo en ese momento para introducirme más en ella. Ana juraba que su vagina ya no contaba con la misma estrechez de hace unos años, pero la estimulante sensación de mi glande abriéndose paso por sus muy húmedas paredes internas hasta llegar a las inmediaciones de su útero, era como una declaración contradictoria a sus erróneos preceptos.

Su coño aún podía apretar con fuerza mi pene y hacer de mis penetraciones todo un reto cuando a veces mi miembro se resbalaba por fuera gracias a sus abundantes fluidos. Puede que no se sintiera como una jovencita, pero lo que ciertamente un hombre quiere es una verdadera mujer en toda regla.

Sé que ella inconscientemente batallaba con la idea de que sus mejores años habían pasado hace ya mucho, pero también sé que tanto ahora como cuando era joven, sus muslos, pecho y cara adquirían ese enternecedor tono colorado tras un fuerte corrientazo de placer, yo estaba completamente seguro que los chillidos y gemidos expulsados desde las profundidades de su garganta seguían siendo las mismas a las de su primera vez décadas atrás e incluso cuando los espasmos orgásmicos comenzaban, las contracciones de su interior apretaban mi verga asfixiándola y obligándola a vestir todo su contenido dentro de ella tal como lo habría hecho tiempo atrás.

Más que molestarme la autoflagelación que le dedicaba a la madurez de sus atributos, me irritaba pensar que solo podía imaginarme esas primeras experiencias carnales de ella, la resignación de concebir que otros hombres experimentaron la mayoría de sus primeras veces me desanimaba en ocasiones, eran los únicos momentos donde aborrecía ser una década menor que ella y ni haber coincidido con su versión más joven recreando los acontecimientos de su pasado.

Por suerte esas ideas eran inmediatamente olvidadas con los espectaculares panoramas que me brindaba su desnudes actual, puede que no fuera el primero, pero sí el vigente; el que hoy por hoy podía disfrutar de besarla con pasión abrazando su lengua con la mía tras una eyaculación dentro suyo.

Era yo ahora, en el presente inmediato, quien generaba esporádicos calambres y corrientazos en todo su cuerpo al manosear sus endurecidos pezones casi ocultos dentro de la lasciva masa de carne que componía ese par de gigantes tetas imbuidas en su sudor y el mío sin distinción, y aún más importante, era yo el que actualmente podía disfrutar de la comodidad de su cama y ser quien le proveía un abrazo mientras ella se acurruca en mi costado tras un intenso desenfreno de placer.

– Un año llevamos en esto y sigo disfrutando de hacer el amor contigo tal como el primer día – me dice con una satisfecha voz mientras estremece mis tetillas al sentir su aliento sobre ellas. Me mira con una tierna expresión con la cual por un esporádico momento aparenta ser ella la menor de los dos-. Espero que no te estés cansando de hacerlo con esta vieja.

– Para nada, hermosa… – le respondo calmando sus preocupaciones -. Una mujer que me ve y me acepta tal como soy, que no exige de mí nada más de lo que yo quiera ofrecer, que posee un muy sensual cuerpo prácticamente hecho a mi gusto y con la que puedo hablar de cualquier tema. Si me fuera de tu lado es porque he perdido la razón, aunque pensándolo bien, puede que ya lo haya hecho. Callé el contraargumento que ya comenzaba a formularse en sus labios con un cariñoso beso.

– Sigo pensando que llegará el día en que preferirás a alguien de tu edad o incluso una más joven – sabía que sus palabras no estaban completamente dirigidas a mí.

– Hasta ahora no he encontrado a otra mujer que me brinde lo que tú me das, además, la juventud no es más que un estado pasajero – se lo digo observándola profundamente a los ojos para apartar esas molestas dudas de su pensamiento.

Pasó cierto tiempo y mientras ella trazaba incomprensibles figuras sobre mi pecho con la larga uña de su índice se detuvo de imprevisto.

– Aunque parece ser que esa juventud pasajera sí que tiene sus ventajas. Pronunció con voz seductora mientras agarraba firmemente mi súbita erección-. Pocas veces había podido disfrutar de tantas rondas consecutivas, ¿cómo quieres hacerlo esta vez?

Su perversa mirada provocó que afloraran en mí algunas fantasías un tanto violentas.

Inicialmente, la había posicionado sobre sus cuatro extremidades con su rostro en dirección a la puerta cerrada de su habitación. No pasó mucho desde que introduje mi verga en su palpitante coño para que sus piernas comenzaran a temblar y poco a poco se deslizaran hacia los lados hasta casi dejar posados nuestros genitales en plena labor de coito sobre sus talones recogidos, sus brazos habían cedido al placer y junto a su torso, cayeron sobre la cama, yo no le daba mucha importancia a eso y seguía perforando su sexo con lentas embestidas cargadas de fuerza semental. Permanecía un corto periodo de tiempo dentro de ella para posteriormente sacar mi miembro tratando de alzar el glande con la intención de que rozara todos los pliegues superiores de su conducto vaginal en su salida y luego volver a arremeter con más intensidad.

Mi pubis chocaba con su enrojecido culo, generando un sonoro chapoteo más parecido al sonido de una palmada. En el vaivén de nuestros cuerpos, mis testículos golpeaban su clítoris como si se tratara de un ariete tratando de derribar las puertas de su cordura. Con cada iteración, Ana se agarraba desesperadamente de las sábanas y buscaba algo que morder para acallar sus bulliciosos gemidos que amenazaban con delatarnos ante los demás habitantes de su hogar.

Esa no era mi casa, por lo que no sabía con total seguridad quienes permanecían allí esa noche, pero al ver su reacción supuse que al menos alguien más sí que estaría en ella y no sería bueno que se enterara, pues Ana había querido ocultar nuestra relación a sus allegados para evitar molestos comentarios y situaciones de esa índole.

Me dejé llevar un poco por la emoción del momento y le arrojé una fuerte nalgada en su danzante culo y aun en la oscuridad, vi la silueta de mi mano plasmada en la gran blancura del esponjoso cachete.

– ¡Shhh! Arremetió más a razón del estruendoso sonido de la acción que por algún dolor ocasionado por ella -. No hagas tanta bulla, sabes que me gusta que me azotes el culo, pero no hagas mucho ruido.

Es verdad, a ella le encantaban algunas de esas conductas morbosas y yo lo sabía a la perfección, a la siempre responsable madre le gustaba que a veces se la tratara como a una puta o que hiciera de su cordura un desastre con gestos lascivos y estimulantes.

Si no me iba a dejar golpear sus regordetes glúteos, tendría que proferirle un poco de excitación extra de otra forma. Con ambas manos agarré cada una de las inmensas nalgas que rebotaban contra mis muslos y las abrí hacia los lados, exponiendo el íntimo valle, en él se resguardaba su coño repleto con mi pene y su solitario ano que palpitaba esporádicamente con cada provocación en el orificio adjunto.

Era evidente que no se esperaba sentir repentinamente un dedo introduciéndose con decisión por su ano porque cuando lo ingresé, ella expulsó un orgásmico grito extremadamente audible. Retraje mi dedo en forma de gancho y comencé a palpar y rascar su conducto anal contra el vaginal que ya era estimulado por un órgano de mayor envergadura, intenté juntar ambos conductos en su interior y el roce fue tan estimulante que Ana tuvo que recurrir a sus manos para tapar por completo los sonidos que emitía su boca.

– ¿no me pediste que hiciera silencio? ¿No aplica contigo? Me burlé amistosamente de su regocijo.

Ella no me respondió y en ese momento solo se podía escuchar el leve rechinar de la cama con cada movimiento de nuestros cuerpos y los súbitos lloriqueos de placer que atenuaban las manos de Ana.

Ambos orificios se estrecharon aún más y tanto mi dedo como mi verga se veían aplastados por las entrañas de esa madura, la emoción me obligó a arremeter con mayor ímpetu y tuve que sacar el dedo de su culo para acompañar a mi otra mano en la sujeción de su voluminosa cadera, ya que la fuerza y velocidad con la que la estaba penetrando amenazaba con arrojarla fuera de la cama.

Yo también me desesperé y la agarré de los brazos, la follé una y otra vez con su pecho expuesto al aire y con su cuerpo solo apoyado en sus rodillas. Confiado en el agarre de mis brazos, fui atrayéndola más a mí y posé una mano por debajo de sus pesadas tetas que se bamboleaban como un par de bultos de carne hacia adelante y de regreso, con la otra mano acallé sus alaridos introduciéndole dos dedos en su boca; su lengua jugo con ellos empapándolos y relamiéndolos mientras yo jalaba hacia atrás enganchado a uno de sus cachetes.

Mi excitación fue tanta que la arrojé inclemente otra vez contra la cama y junté sus brazos detrás de su espalda, agarrándolos con una mano como si fuera la sujeción de unas esposas. Incorporé una pierna posando un pie sobre la cama para poderme inclinar un poco hacia adelante, precipitándome por sobre sus anchas caderas, y con la mano libre, atrape su cabello desde la raíz, le sumergí el rostro en el colchón cuidando que pudiera respirar a la vez que se hallaba en una posición de completa sumisión.

  • ¿te gusta que te trate así? ¿Qué te coja fuerte como a una perra?
  • sí, me gusta cariño, cómeme como a una perra, soy tu perra, ¡soy tu puta! ¡Dame más duro! ¡MÁS DURO!

Mis dedos se adentraban en su largo cabello negro y se perdían en el caótico enredo, lo sujete con mayor fuerza y empuje más su cara contra la cama perforando con bestial frenesí su chorreante vagina.

  • sí, ¡así! Más duro, Ah… Ah…

Mi visión estaba centrada en ese espectáculo mórbido de placer y lujuria, pero de repente, por el cenit de mi enajenada visión, pude percibir que algo no estaba bien, la puerta estaba entre abierta, “seguramente no estaba bien ajustada y alguna corriente de aire la fue abriendo” pensé, pero peor fue cuando vi entre el marco y la tabla a medio abrir, un par de pequeños ojos que no parpadeaban, abiertos tan grandes como un par de platos nos veían desde la oscuridad, era Gabriel, el hijo de Ana, un chico con el que yo acostumbraba jugar una que otra vez con sus muñecos o con algún videojuego las veces que iba a visitar a su madre y él se encontraba en casa, en esas ocasiones me había confesado que me veía como el genial hermano mayor que nunca tuvo y pues, estaba ahí, petrificado, viendo cómo su supuesto “hermano mayor” profanaba la sexualidad de su madre y la hacía profesar frases que por más de no alcanzar a comprender en su totalidad, un hijo nunca debería oírlas decir a su madre, y mucho menos ver.

El chico no se movía, no generaba ruido alguno, asombrado y obviamente asustado, solo se limitaba a ver a un hombre encaramado sobre su madre agrediéndola (según como supongo que lo debía de entender él) pero, así y todo, siguió estático en aquel lugar.

Supe de inmediato que Ana no se había percatado de la presencia de su hijo, pues seguía disfrutando de la faena, rogando que la follara con mayor intensidad y la denigrara aún más.

Rápidamente, tomé una decisión y me dediqué a evitar que el trauma fuera para ambos miembros de la familia. Sin soltar su cabello y, por ende, sin permitir que su cabeza se alzara, hice que nuestros cuerpos se desplomaran por completo sobre la cama, ella acostada boca abajo, conmigo encima de ella aun penetrándola, liberé sus manos solo para secuestrar su rostro, puse mi cara junto a la de ella y la acerque a mí para besarla y no permitirle escapar de esa situación, la obligué a centrarse únicamente en la sensación de nuestro beso y nuestros genitales seduciéndose una y otra vez.

Con mi mano libre, traté de estirarla tan larga era, para alcanzar a cerrar la puerta, la acción fue completamente inútil al estar realmente lejos de la entrada. No pude sentir en ningún momento la madera cerca a mis dedos, por lo que alcé la vista para identificar mi objetivo, pero de esta forma pude notar que Gabriel ya no se encontraba allí (quizá haya interpretado el movimiento de mi mano como una orden para que se fuera)

La tranquilidad de que ya no estuviera me dio la satisfacción necesaria para verter mi carga tranquilamente dentro de su madre. Ambos pares de piernas se contrajeron juntas para posteriormente relajarse aún entrelazadas.

Me quité de encima de ella, pero me posicioné a su lado abrazándola mientras aún veía la puerta cerciorándome de nuestra soledad.

  • Eso fue mágico – me comentó Ana con un evidente agotamiento en su mirada -. Te amo Bruno.
  • Y yo a ti Ana – le contesté tratando de despejar mi mente de la situación con su hijo y me dediqué únicamente a responder sus besos.

Continuará…

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Lujurian
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