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Una relación inesperada con Felipe

Esta historia no tiene nada de novelesca, ni es fruto de la imaginación apasionada de alguien que como yo vivo y disfruto el sexo en toda su plenitud. Tengo 40 años, soy profesional universitario y ocupo un cargo importante en una prestigiosa empresa en mi país. Mi oficina, además de cómoda y agradable, es bien reservada y se “presta para muchas cosas deliciosas”.

Un día cualquiera estaba redactando un documento y me sentía algo agotado por el trajín del día. El computador es agotador y la construcción de temas, igualmente. Estaba en el silencio tradicional de mi aposento, cuando ingresó Felipe, un compañero de oficina, que trabaja cuatro pisos más arriba. Es alto, bien acuerpado, inteligente y muy agradable. Hace mucho gimnasio y gusta del Fisicoculturismo.

Aún trabajando, es tarde ya y no me imaginé encontrarlo en estas tareas, me comentó mientras se ubicaba detrás de la silla donde me encontraba sentado. Me pareció un comentario normal y ajustado a las circunstancias.

Los esclavos trabajamos no solo duro sino mucho más que ustedes a los que les sobra el tiempo y el dinero, le respondí como cortesía a su entrada y soltó una carcajada que luego acompañó con una postura de sus manos sobre mis hombros, cubiertos por la camisa pues no utilizo saco cuando estoy en plena acción laboral.

Lo noto tenso y muy estresado, mucho trabajo por estos días, me pregunto. A lo cual le contesté: bastante, son días de cierre de mes y trimestre y hay que construir los informes. La verdad estoy bien cansado. Entonces comenzó a masajearme los hombros al tiempo que me decía: voy a darte un masaje relajador para quitarte esa carga encima que te tiene loco. Y acto seguido masajeó mi espalda superior.

Miércoles, estás bien jodido, necesito relajarte más. Voy por un linimento que tengo en mi oficina y ya regreso, indicó mientras salía de mi cuartel. Su actitud me inquietud, supuse que por su actividad era lógico que supiera realizar este tipo de masajes. A los 15 minutos regresó con un frasco verde y una toalla pequeña en sus manos.

Quítate la camisa y vas a ver como te vas a sentir de lo lindo. No me opuse, retiré la corbata y luego la camisa y me acomodé mejor en la silla. Regó linimento en casi toda la espalda e inició todo un proceso. Por la forma como lo hizo deduce que era un experto y la verdad comencé a sentirme algo mejor.

Sabes una cosa, me dijo, yo creo que puede ser el nervio siático el que te tiene jodido, me indicó. Y qué hay que hacer, le contesté. Nada diferente de aflojarte el cinturón y acostarte boca a bajo en el sillón.

En mi oficina hay un sillón grande que puede funcionar, además, como camilla o catre. Obediente de la insinuación, aflojé mi cinturón y me acosté en el sillón. El con una delicadeza impresionante bajó un poco el pantalón y dejó un poco al descubierto la braguita que llevaba puesta.

Yo acostumbro a usar interiores muy pequeños, semi hilo dental, casi transparentes y de color blanco. Sentí un escalofrío en todo el cuerpo y me dije que irá decir este cuando me vea con estos pantys que parecen de mujer. Fue muy cortés y guardó silencio, Masajeo toda la espalda y bajó hasta la cintura. Entonces vino la segunda propuesta. Mira, Juan, yo creo que es mejor que retiremos todo el pantalón para que el aceite no lo vaya a manchar. Quedé mudo. No dije nada. Entonces tomó la iniciativa y comenzó a bajar el pantalón hasta las rodillas y luego hasta los tobillos. Mi respiración se aceleró. Tomó lasa zapatos los retiró de mis pies y terminó por dejarme en pantys.

Sin proponérmelo me comencé a excitar. Mi pené se endureció y parecía reventarse dentro de la diminuta braga blanca. Tomó aceite y comenzó a sobarme las piernas al tiempo que decía: que lindos interiores tienes, son bien atractivos, pues dejan ver bien las nalgas. A propósito tienes un culito lindo y redondo. De mi garganta no salía palabras y estaba medio tieso del terror. Reaccioné y le contesté que ese era el gusto de mi esposa y mis amigas y que por eso las usaba. Además que me gustaba ponérmelas porque eran cómodas y algo eróticas.

Siguió masajeando las piernas solo que por momentos se detenía en mis nalgas y las frotaba de una manera especial. Igualmente, en el accionar de sus manos, algunas veces profundizaban más de la cuenta en la entrepierna. Juró que me puso a mil por hora. Jamás había tenido una experiencia como esa con un hombre, pero no opuse resistencia. Su trabajo seguía y lo hacia maravillosamente. De pronto soltó una orden que me heló el alma. Quiero que te des vuelta y te pongas boca arriba para trabajar los muslos superiores. De nuevo quedé tieso de solo saber que se iba a dar cuenta de mi terrible erección y de ñapa ya había gotitas de líquido seminal atravesando la delgada tela.

Vamos hazlo para que continuemos con esta labor de relajarte. Dudé un instante como lo iría a tomar cuando viera ese espectáculo. Muy lentamente me fui dando vuelta procurando evitar que mi erección fuera muy notoria. Nada que hacer. Cuando terminé de voltearme pude advertir en su mirada la tremenda sorpresa que más me pareció emoción por mi estado. Cerré los ojos y esperé el comentario. Estas a mil por hora, pero tranquilo que yo te voy a tranquilizar muy pronto. Comenzó de nuevo a masajear mis piernas y yo a acelerarme. Otro comentario: qué grande lo tienes, como cuanto te mide. Apenas pude decir 22 cms, la naturaleza fue generosa conmigo. Que bueno y qué rico, contestó.

Entonces aceleró el masaje y antes de lo imaginado comenzó a masajear mi pene por encima de mis bragas. Pensé enloquecerme. Te gusta, verdad? No dije nada, pero con mi silencio aprobé.

Las gotas de líquido seminal que había en la cabeza de mi pene y que sobresalían por encima de mis pantys pronto desaparecieron. El con sus dedos las refregó por todo el tronco de mi enorme pene y luego se dedicó a consentir mis pelotas como niño con sus juguetes. Me estas volviendo loco, le dije. Tranquilo, relájate que ya viene lo mejor. Se agachó y puso su lengua en mis pantys blancos y comenzó a pasarla por todo el tronco y se detenía en la cabeza. Entonces metió su mano derecha por los pantys y se apoderó de mi arma e inició una masturbada fantástica.

No aguanto más, le indiqué. Apretó con sus dedos la base del tronco y se detuvo un rato. Luego se paró, cerró la puerta de la oficina, prendió la radio y regresó al escenario. Se despojó de su camisa y luego del pantalón y quedó en cucos. También eran pequeños y blancos, pero menos atractivos que los míos. Su pene estaba algo erecto pero no era alarmante. Se agachó y con los dientes comenzó a bajarme los pantys hasta dejar libre esta tremenda arma de 22 cms que parecía dispuesta a una batalla.

Qué berga tan deliciosa tienes y no la voy a desaprovechar, dijo. La agarró con sus manos y le dio una masturbada increíble. Luego pasó su lengua por todo el tronco y de un momento a otro mi pene desapareció en su boca. Fue una mamada que nunca olvidaré y que jamás había disfrutado tanto. Se quitó sus bragas y tomó las mías. Quiero mojarme con tus líquidos me dijo. Se puso mis pantys y comenzó a masturbarse delante de mí. Anímese, venga y sepa que es coger una berga como esta. Me animó, me tomó la mano y la llevó hasta su miembro y me enseño el sistema. No lo podía creer, comiera posible que yo a los 40 años estuviera siendo masturbado por un hombre e igualmente lo hiciera con otro.

Las acciones siguieron. Felipe recogió mis piernas, las separó un poco, recogió sus líquidos en los dedos y los llevó a mi ano. Te habían dicho que tienes un culito precioso, paradito y muy rico. No contesté, estaba paralizado de nuevo. Comenzó a jugar con sus dedos en mi agujero y poco a poco fue penetrando uno de sus dedos. Me estaban desvirgando, pensé. Pero no ofrecí resistencia. Con una mano manipulaba mi culito y con la otra me masturbaba. Qué espectáculo. Entonces llevó su mano a su braga y me la puso en la boca. Quiero que huelas a un hombre. Rico verdad, me dijo.

Y sacó su pene ya más grande y duro por un lado de la tanguita y lo acercó a mi cola. No te va a doler, puedes estar seguro. Tampoco me resistí. Hundió lentamente la cabeza de su pene en mi culito y empezó a empujar lentamente. Me duele un poco, le dije. Tranquilo, pronto vas a sentir mucha felicidad y placer. Así fue, a medida que me introducía esa enorme arma en mi culito sentí un placer enorme y me despaché que con frases como: qué delicia, qué rico, por favor no pares, de qué me estaba perdiendo, que rico es que se lo culien a uno. Increíble. Aceleró y aceleró hasta que sentí unas fuertes contracciones y una avalancha de semen en mi culito. Había terminado, pero yo estaba intacto aún.

No sé como tomé la iniciativa, esperé a que se retira de mi cola, me levanté, él se acostó como presagiando lo que vendría. Abrí sus nalgas, puse semen en su ano y comencé el ritual. Acerqué la cabeza de mi pene, se lo introduje en el culito y empecé a empujar. Eran 22 cms que no sabía si cabría esa cavidad. Me pidió no parar y empujar más fuerte. Así lo hice hasta cuando mi berga desapareció en ese hermoso culo de Felipe. Jadeaba y se contorsionaba lo cual facilitaba aún más la penetración. Al poco rato explote con una avalancha de semen insospechada. Me había culeado a un amigo y este había hecho lo mismo conmigo. Jamás en la vida me imaginé, siquiera que esto podría suceder. Nos prometimos reserva absoluta, pues nadie se debía enterar lo que había sucedido.

Cuando nos vemos hablamos de cosas laborales, pero jamás volvimos a tocar este tema y a estar juntos. Aunque cuando nos encontramos solos o baja a mi oficina, no pierde la oportunidad para mandarme la mano a la berga y apretármela, lo cual no me disgusta para nada.

En una ocasión me encontró con la mano dentro del pantalón haciéndome la paja y no tuvo reparos en cerrar la puerta y hacérmela hasta explotar en su boca. Pero de culito nunca más.