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Primer encuentro con el chico que traía locas a todas en el instituto

Aquel día me sentía algo triste. Estaba claro que mi relación con Rafa se había acabado. Ya no iba a haber más mimos porque él, simplemente, y de forma unilateral, había decidido que quería estar con alguien mucho más mayor pero más cercano. De nuevo sentía que nadie era capaz de luchar con mi misma fuerza por algo que merecía la pena. No tenía a Jesús, porque su móvil se estaba reparando así que estaba yo sola en el departamento, esperando mi reunión, mientras atardecía y alguien, supuse que el profesor de Educación Física, estaba amenizando el silencio de mi tecleteo con unos acordes a la guitarra.

Desasosegada dio vueltas por el departamento sin saber qué hacer. De pronto, oí una voz masculina que, desde el quicio de la puerta, me hablaba.

¿Tú tampoco terminas aún?

Me estremecí levemente aún sin saber porqué. La voz pertenecía a un compañero. Era un compañero que había conocido el mismo año y que, por alguna extraña razón, me hacía estremecer con su voz. No sé explicarlo. Era una voz viril, masculina, sensual. La mayoría de veces era como un susurro estremecedor que se te clavaba en las venas como si fueran dardos de hielo que se calentaran, enfriando el latir del corazón. Algo ronca, algo grave y siempre en una cadencia suave y monótona me cautivaba sin saber aún el motivo. Tampoco me había fijado mucho en él. Había oído en conversaciones que creí enganchadas al azar en mi mente (y que poco a poco descubría que pertenecían a un plan muy estudiado) que era un poco mayor que yo, y que tenía a las chicas del instituto locas. No me extrañaba lo más mínimo. El chico no era en absoluto una belleza apolínea de las que tanto gustan las féminas. Se trataba de un chico con un cuerpo bien cuidado, firme y de formas redondeadas tan sutiles que parecía que al ocultarlas con su ropa, las hacía mucho más notorias. Creo que su éxito se debía al morbo que desprendía. ¡Eso era! Morbo, una excitación tremenda que provocaba en cada corazón femenino en cuanto pasaba, y del que nadie sabía dar razón. No eran unos ojos poderosos, excitantes, de bello color. Eran? Oscuros, simplemente, pero con ese brillo que caracteriza las mentes despiertas, ese latigazo de sensualidad de las mentes siempre hambrientas de nuevas sensaciones. Parecía que cada imagen impresa en su retina fuera de vital importancia para su formación.

Los rasgos faciales eran bastante regulares y proporcionados. Una mandíbula firme, angulosa, poderosa, y unos labios en un rictus entre divertido y cínico me hicieron pensar en cierta diabólica criatura habitante, para su desgracia, de los abismos del encrespado Averno. No tenía una altura considerable, pero su presencia era tan potente que parecía que los cristales se combaran a su paso, empujados por una mano de aire. Los labios eran de perfil ciertamente dibujado con pincel, con ese inferior tan mordisqueable, y ese superior envuelto siempre en un rictus divertido. El cabello en media melena, liso, parecía acompañar el ritmo de sus andares cuando, más que andar, paseaba su cuerpo por encima de las baldosas. Incluso parecía que ellas le rendían pleitesía. Así era Christian. Después supe su nombre.

Y allí estaba. Recordemos que me había insinuado que tampoco había terminado. Le observé. Aquel día venía especialmente arrebatador. Y un olor peculiar flotaba en el aire. Un olor amaderado, como el de las colonias de hombre, pero mucho más fuerte, con frutas entremezcladas. Y algo más? Algo que yo sabía que estaba percibiendo y que no podía describir. El aroma de la atracción.

No, no termino- dije esbozando una sonrisa que creí que me había convertido en la más estúpida de las criaturas.

Estaba claro que yo no me creía, ni por un instante, la mayor belleza entre las criaturas, y lo que estaba más claro aún es que una atracción animal me sujetaba a su cuerpo. No quería parecer una pija más de aquellas que babeaban en sus clases, y sin embargo sentía las piernas flaquear dentro de mis zapatos. Volví a sonreír y me dijo:

¿Y qué haces, que pareces tan entretenida?

Me reí, porque ciertamente estaba matando el tiempo jugando un solitario en el ordenador del departamento. Christian se acercó y en un acto que creí instintivo (solemos cerrar las puertas para que los alumnos no fisguen dentro), cerró la puerta tras de sí.

¿Y qué tal va la partida? ? dijo, acercándose y atisbando por encima de mi hombro.

Me invadió de nuevo su aroma y casi me aturdió. Tenerle tan cerca de mí, con su rostro

Tan apoyado en mi hombro y sus cabellos rozándome casi, hizo que me estremeciera.

Si tienes frío, ¿por qué no cierras la ventana?

No? No tengo frío? ? dije, temblando como una tonta.

¿No? ¡Ah, disculpa, creí que te habías estremecido!- dijo con su típica risita socarrona.

No? Si yo? Bueno, si es que yo?

¡Hala! Titubeando encima. Carraspeé, me recompuse y de pronto suelta como si de una bomba se tratara:

¡Mmmmm! Tu perfume huele tan bien como aquel día que te lo comenté en el coche.

¡Ostras! Ni lo recordaba, había sido un día en que mi coche me había dejado tirada en el instituto y él se había ofrecido a llevarme. En cuanto entré, comentó que el aroma que llevaba le recordaba a los pasteles. Bueno, quise tomármelo como un cumplido.

? Gracias.- dije, sonriéndole.

En cuanto me di la vuelta para agradecerle el cumplido, me di cuenta de que su rostro estaba demasiado cerca del mío? Noté como si las chispas brotaran entre nosotros. Si no era recíproco, la cosa estaba más que clara que partía de mí.

Creo que se me escapó de la boca un sonido sibilante, entre un suspiro y un gemido.

Christian pareció notar que allí había algo más, e inmediatamente pensé que era una tonta por ilusionarme por aquel especimen que me atraía y que pensaba que estaba tan lejos. Nunca he sido mujer de una noche. Nunca he sido una gatita de esas que sacian sus instintos de un segundo y luego se olvidan de la pareja que les ha proporcionado placer. Y a pesar de ello sabía que había un componente sexual potente que me atraía hacia él.

? ¿Y cuál va a ser la próxima jugada que hagas?

La interrogación vino seguida de una leve caricia en mi rostro. No sabía si era o no una insinuación, pero lo que estaba claro era que no era casual.

Pues?- me humedecí los labios resecos- Supongo que pondré el as de corazones en su sitio, sobre el dos de picas?

¿Sabes que dicen que el dos de picas es una carta cargada de símbolos sexuales?

¡Oh, oh! ¿A qué estábamos jugando? ¿Quién tirba las cartas?

? No? No tenía ni idea.

Su mano bajó hasta el cuello., mientras seguía hablando.

? Sí, las picas? Simbolizan el falo del macho que quiere penetrar y dominar a la hembra? Se supone que quiere imponer la impronta de la especie y hacer suya a la que agujerea con su lanza- su boca estaba cerca de mi oído.

? ¿Sssssi?

Sus dedos se posaron en mi nuca, e hicieron un lánguido camino hasta la yugular. Me estremecí de nuevo. Eso sí que ya no era casual, ya no era normal, ya era? Divino.

Si te soy sincero? Si tú quisieras ser ese as de corazones? Me gustaría ser esas picas que van a llenarte.

Le miré. Y continué con las manos plegadas sobre su pecho, con la vista baja mientras me hablaba. Y su pecho era tan amplio, me daba tanta sensación de seguridad, me parecía que podía alejarme de todos los problemas y sinsabores de la vida. Le acaricié tímidamente, intentando averiguar si era tan duro y suave como suponía. No me equivoqué.

Se había colocado tras de mí, estratégicamente. Tan sensual, tan perverso? Soplaba en mi cuello mientras propiciaba que mi cabeza se inclinara hacia atrás, buscándole. Su barbita de dos días raspaba mi cuello sin piedad y arañaba mis sentidos externos, como si percibiera todo por ese roce lento y candente. Sentí que iba a explotar si aquella tortura duraba demasiado. Christian sabía lo que hacía. Seguro que le debían dar un diez en seducción. ¿Y en qué colegio le habrían dado el título? Seguro que, como mínimo, había recibido un ?cum laude?. Aquel aliento, soplando sobre mi yugular, sobre las venas principales, después de que la lengua hubiera dejado un filo húmedo.

Abrí la boca en busca de aliento. Lo estaba perdiendo. Cada gemido me dolía como si el aire estuviera cargado de virutas de hielo. Y allí estaba su lengua, entrando en mi boca para sustituir el oxígeno que me hacía falta. ¡Dios mío, qué beso! ¡Qué bendito beso! Largo, lento. Tenía le lengua siseante, e incluso hubiera jurado que era bífida, por su don de la ubicuidad. Nunca antes me había besado nadie así. Era lujurioso y duro. Metía todo su apéndice sin piedad, y se movía tan rápido que apenas podía notar en qué lugar estaba y ya estaba de nuevo en otro lugar, devorándome.

Anclé mis manos a su nuca, para apremiarle. Y él puso las suyas en mis pechos. Christian iba a por todas, y yo me estaba dejando. ¡Aquello era una locura!

? Si sabes un poco mejor tendrían que elevarte a la categoría de manjar.

Sus palabras me excitaron hasta lo indecible. Y seguía hablando, para elevarme con sus palabras a un paraíso de seducción?

? ¡Mmmm! Desde el día en que te vi pensé que serías una mujer preciosa y exuberante, caliente y terrenal, pero esto no me lo esperaba. Ni en sueños imaginé que fueras tan sensual. ¡Qué excitante!

Mientras me adulaba, me indicó que me levantara, y se pegó a mi cuerpo de forma que noté su erección al filo de mi vientre. Una sensación enormemente calurosa me llenó por completo. Christian, el profesor más sensual de cuantos había me estaba envolviendo en un juego sensual.

Me vio tremendamente dispuesta a todo con tal de devorarle, pero Christian era un jugador empedernido.

Si quieres mi lengua, tendrás que darme algo a cambio- dijo mientras me la ofrecía y la apartaba de mí.

¿Qué?

Quiero saber que te estás derritiendo por mí. No me basta saberlo, quiero que me lo digas? Vamos?

¡Oh, Christian! Te deseo? Te deseo desde el primer día? Eres tan sensual?

Con todo, yo ya había ido a parar cerca de la mesa, mientras él tomaba asiento en una silla de oficina? Me levantaba suavemente el jersey, besándome el ombligo? Esa lengua perversa, demoledora, y cómo parecía que me quemaba en cuanto la piel era acariciada por ella. Me indicó que me sentara sobre él. Lo hice, por pudor, cerca de las rodillas, pero sujetándome por las nalgas me subió más arriba, de modo que su duro sexo se clavó en el centro del mío. Naturalmente, a través del tejido de mis braguitas, él notó que mi excitación iba en aumento.

¡Mmmm! Si eso que noto tiene que ver conmigo creo que voy por buen camino.

Creo que me sonrojé, porque él me dijo con su risita socarrona.

Tu rubor no desmiente lo que tus braguitas me confirman, cariño. Puede estar bien segura que yo voy a calmar ese calorcito que sientes. Te daré le mejor remedio.

En cuanto hubo dicho eso se movió debajo de mí. Nos besamos apasionadamente, mientras él no hacía más que excitarme con sus caderas y con sus manos, que seguían pegadas a mis nalgas.

Me levantó en vilo y me sentó sobre la mesa. Le miré, pícara, con mi mejor sonrisa perversa. Christian me miró con sus ojos llenos de deseo. El calor me recorrió de arriba a abajo, provocando escalofríos en la médula, que contrastaban con aquella hoguera que estaba empezando a arder en mi interior. Sus manos seguían pegadas a mi trasero, amoldándolo a su antojo.

Christian me miró y separó delicadamente mis muslos. Su índice trazó una línea con la yema desde la rodilla hasta las ingles. Un suspiro escapó de mi boca.

Christian hizo un suave ademán, con el que me tumbó sobre la mesa del departamento. Sentí su cuerpo duro sobre mí, mientras su lengua separaba mis labios para introducirse insidiosamente en mi boca. Parecía que tuviera una llama de fuego intentando aprehender mi de

seo, hurgando, escapándose. Era un experto besando. La lengua se ondulaba en ocasiones, en otras se mantenía firme, siempre intentando que perdiera el sentido. Yo ni siquiera me daba cuenta de qué estaba haciendo. Me daba cuenta de que tenía la mano enlazada a su nuca, y la otra en sus espaldas, incitándole a que se apretara más contra mí.

Y él puso su dedo sobre mis braguitas, en el monte de Venus, tan cerca de mi centro que creía que sólo insinuarlo, me entregaría a toda clase de sensaciones orgásmicas. Christian me miró, casi triunfante diría yo. Estaba a su merced, y él sabía que cualquier insinuación por su parte se convertiría en una orden por mi parte.

Déjame ser tu ropa interior?

Me abrió suavemente, y me dejé hacer. Todo me daba vueltas, me gustaba la forma que tenía Christian de meter su mano bajo mis braguitas, con una lentitud tan manifiesta que creía que no pasaba el tiempo. Me oí a mí misma gemir cada vez más alto, mientras sus hábiles dedos tejían un manto de caricias justo en el lugar en que se une la pierna al sexo. Él me estaba susurrando palabras que me llevaban más allá del éxtasis?

Sí? Así, amor, así me gustas, mojadita, derritiéndote por mí? Dime qué deseas, dime si te gusta? ¿Te gustaría sentirme muy dentro, acariciando tus entrañas?

¡Ohhh, síi!

Noté que sonreía en cuanto asentí. Su mano había retirado mis braguitas y ya se aventuraba más allá de lo que hubiera debido por pudor. Y yo, que nunca me había sentido orgullosa de mi cuerpo, que siempre andaba con los miedos y los complejos, me sorprendía a mí misma en una acto de entrega total. Así me vi llamándole, rogándole que me hiciera suya.

El suave roce del tejido de mi ropa interior me estremeció al pasar hacia abajo. Y sus palabras, ahora reverberaban en mi sexo, y notaba su aliento, mientras las pronunciaba.

Mmmm, qué apetitosa me resultas así?

Me combé bajo su lento avance. Quería pero no quería. Me negaba a creer que fuera yo aquella mujer que se estaba retorciendo como una serpiente. Christian sopló sobre mi sexo húmedo. Las mil caricias del viento frío helaron las gotas que surgían de mi interior. Y su lengua, aquella bendita lengua recorría ahora el camino desde mis muslos hasta las ingles, deshaciendo con saliva lo que las caricias habían hecho. Y yo deseando que llegara. De pronto, noté su cabeza tan cerca que creía que podría introducirse en mí.

Un grito quedo surgió de mi garganta en cuanto empezó con su lenta tortura. La necesidad me hizo abrirme de par en par a él, sin remilgos, sin barreras. Era toda suya y él tenía que entenderlo. Lentos lametones inundaban todo mi sexo, haciéndome jadear bajo su apremiante necesidad. Parecía que nunca hubiera probado ninguna mujer y que su ansia, al probar un nuevo sabor, le llevara a devorarme por entero. Y parecía que su lengua fuera una alfombra mágica que me llenara por entero. ¿Y qué decir de esos suaves mordisquitos en el centro de mi cuerpo? Provocaba sensaciones eléctricas que iban recorriendo todo mi cuerpo: iban desde allí hasta la espalda, hasta la nuca, para bajar como en una carrera loca de adrenalina, hasta llegar de nuevo a las entrañas de mi sexo, allí donde toda mi pasión se estaba acumulando para recibirle. Pero Christian no se iba a conformar con aquella tortura, iba a prolongarla más de lo que yo creía que fuera capaz. Y sentí que su insidiosa lengua navegaba rumbo a mi interior. Y no pude más, sujeté su cabeza cuando me di cuenta de que me había penetrado con su apéndice húmedo. Más ávido que una serpiente sibilina se movía en mi interior como si fuera una lagartija sin piernas, combándose según los anillos, ondulándose de acuerdo a mis movimientos de crispación. Mi excitación estaba llegando ya a sus más altas cotas y, sin embargo, me daba cuenta de que cuando él se daba cuenta, retrasaba el momento. Siempre con aquella perfidia de la que hacía gala con todas, estaba haciendo que le deseara más allá de los sentidos.

De pronto, algo sucedió. Sus dedos habían reemplazado

a su lengua. Unos dedos que se encontraron con la tibieza de un interior que había sido dominado por el ardor que él había causado. Unos dedos firmes, largos, duros, que me estaban provocando hasta lo indecible? Y unas palabras que acompañaron aquella intrusión?

Mi nena tendrá lo que quiere cuando me des lo que quiero?

Ambos nos detuvimos, yo para mirarle intensamente, él para hacer una pausa dramática que acabó en una manifestación y una nueva arremetida de sus dedos?

Te daré lo que quieres? Lo que necesitas, cuando me des tu orgasmo? Nada me encantaría más que averiguar cuán romántica puede ser una profesora de literatura?

Y sus labios emprendieron de nuevo el trabajo que con tan buen estilo había empezado. Ni Bécquer, ni Lorca, ni Quevedo. Ninguno dominaba la lengua del modo en que él lo hacía, y estaba presto a conseguir su objetivo. Sus labios aprisionaron mi clítoris como si pretendieran retenerlo eternamente. La puntita de su lengua empezó una rítmica estimulación? Y estallé. Estallé con mil colores en la cabeza, con mil sensaciones en el cuerpo, con mil espasmos que no podía controlar, con mil cosas inexplicables. Y es que, al fin y al cabo, siempre ha sido imposible describir al amor. En ese momento le amaba, adoraba el modo sutil en que me había cautivado. Y seguía, y seguía convirtiéndome en una mujer feliz, en una esclava de sus caricias. Ni siquiera me daba cuenta de que sus manos, libres ya, recorrían el resto de mi cuerpo, amoldándolo a su modo y manera, a su antojo?

De espaldas a mí, de pie, clavado, aún con la ropa puesta, a mi trasero, insistiendo en tocarme, en besarme, en acariciar mi nuca con su lengua?

Y mi ego, que en aquel momento se despertó, aturdido por las sensaciones, quiso dirigir la cuestión. Se había acabado aquella batalla en la que él estaba tomando la posición más ventajosa? Le paré y él no supo a qué se debía. Le miré con mis mejores ojitos de gatita mala. Yo también podía ser maquiavélica, y ni por un momento quería quedarme demasiado atrás en esta lucha. Le hice sentar sobre la cómoda silla verde.

Verás, Christian? Resulta que a la profe también le gusta mandar en el aula, también le gusta que los alumnos suspiren por ella?

¿Quién te dice que yo no estoy suspirando por ti?- me dijo, intentando abrazar mis nalgas.

Le paré. Ahora era mi juego. Cogí mi chal y até sus manos, suavemente a la espalda. Me encantaba el morbo de las manos atadas, de las manos que se crispaban a la espalda porque les impedían desarrollar su tarea como pretendían. Unas manos que ya había probado. Antes de terminar, tomé una mano y la observé. Lamí uno a uno sus dedos, sólo por la parte de la yema, como si intentara quedarme con el sabor de un helado cremoso. Y los chupé, algunos se quedaron en mi boca unos segundos, para acariciar mi interior como momentos antes, tan húmedo como la cavidad anterior? Terminé. Observé mi obra maestra: unos cabellos revueltos, unos ojos cristalinos brillantes mirándome con deseo, un rictus entre divertido, expectante y sardónico.

Mi turno, caballero.

Tomé sus vaqueros y me deshice de los botones, uno a uno, mientras continuaba arrodillada. Noté por su respiración agitada que aquello iba por buen camino. Incluso, al anudar el chal noté que pretendía besar mi escote. Ni hablar, le tocaba sufrir a él. La camiseta había desaparecido en algún momento que no recordaba, y su pecho magnífico y escultural se abría ante mí. Tan terso, tan viril que me estremecí al contemplarle. Posé mis manos un segundo, sólo un segundo, para adorar sus pezones oscuros con mis uñas? Besé cada uno con suavidad, con ternura? Besé con besitos cortos el camino hasta su ombligo, aquel ombligo perfecto, redondito y sensual? Volví a deshacer el camino con la lengua, hasta que le vi retorcerse cuando llegué al cuello y tracé dibujos caprichosos con el ápice lleno de saliva.

Él levantó algo su duro culo para que yo pudiera deshacerme del pantalón. Y así sucedió con los calzoncillos de suave tela. El panorama que quedó ante mis ojos era sobrecogedor y hermoso a la vez. Me quedé observándole. Un hombre indefenso, a mi merced, sólo para mí, pudiendo poner en práctica mil diabluras que mi mente ideara, incluso podía esconder la personalidad de una psicópata, pero no, él estaba calmo en ese sentido, duro, erecto, pero tranquilo? No tenía ni idea de quién podía ser yo? Ya libre de mis braguitas me senté como momentos antes él me había permitido, sólo que era yo quien ahora enlazaba mis manos a su nuca. Me abalancé sobre él y lamí su labio inferior. Y tiré de él suavemente, aprisionándolo entre mis labios? Mientras, mis caderas iniciaban una lenta rotación. Su sexo, que empezaba a mojarse, sentía la humedad del mío, y respondía queriendo incrustarse sin pensárselo dos veces.

Le besé con pasión. Era ahora mi lengua la que se adueñaba de su espacio bucal, la que pretendía atizar la hoguera que ardía en su cuerpo. Lamí su lengua, me enzarcé en una pelea por ver quién agarraría la del otro, y vencí yo, pues cuando me separé le dejé jadeando?

Desmonté lentamente. Él tenía los ojos cerrados, impotente por el lazo que había hecho a sus muñecas. Me arrodillé como se arrodilla un creyente ante su altar. De hecho, mi fe en él no era más débil que la de los religiosos. Y él iba a ser mi altar. Le miré. Clavamos nuestras pupilas en los ojos del otro. Las mías le decían ?hazme gozar y te llevaré al Paraíso?, las suyas me decían todo a la vez? Saqué la lengua. Se la enseñé para que viera cuál iba a ser el instrumento de la tortura. Y me relamí, me relamí para que viera cuánto iba a disfrutar con ello. Una primera lamida, larga, empujando mi aliento por la nariz, para que se mezclara con la saliva. Una segunda, más intensa, una tercera y una cuarta, más cortitas. Una quinta que vino a adorar la cabeza de su sexo. Y ya no aguanté más. Tenía que probar por entero aquel divino manjar que se me ofrecía, digno de ser adorado. ¡Mmmmm! Lo que pensaba: delicioso. Ni la ambrosia más sabrosa podía sustituir aquel miembro duro (y que seguía endureciéndose) que ajustaba tan bien en mi interior. Me dediqué a él como si fuera el único sustento que fuera capaz de digerir, como si la inanición hubiera convertido en objeto de deseo lo que me ofrecía. Y no dejaba de sentirme inmensamente feliz de notar su longitud incrustada en mi boca.

¡Oh, diosssssssssss! Sigue? No te pares? Sigue?

Tomé entre mis manos tan delicada herramienta y me la metí por entero, como si fuera una golosina digna de la pleitesía que le estaba rindiendo. Ni los helados más divinos me tentaban del mismo modo en que lo estaba haciendo. Su cabeza, más oscura, más grande, acariciaba mi garganta y le daba forma. Delicioso era sentir las venas latiendo desaforadamente, bombeando sangre hacia el final, para alcanzar finalmente el grosor y tamaño debidos. Yo estaba disfrutando de sentir todo eso en mi boca, tan sensibilizada por sus besos. Notaba como sus caderas empujaban, de vez en cuando, para entrar dentro de mí, muy dentro. A mí no me importaba, no me importara que fuera él quién tomara la iniciativa, sólo me importaba seguir chupando, seguir inundando la suave piel de mi saliva. Daba toquecitos con la lengua, exploraba la abertura, e incluso me permitía el lujo de satisfacer sus ansias dedicándole chupeteos cortos e incesantes.

No me atrevía a usar mis manos por no cometer un sacrilegio. A él le debía una suavidad que sólo mi lengua podía conseguir.

Me di cuenta de que sus jadeos iban en aumento. Le desaté. Él tomó aquello como una señal de avance. Tomó mi cabeza y se enterró más profundamente de forma que él era quién, realmente, le estaba haciendo el amor a mi boca. Y era delicioso.

Un movimiento brusco me hizo detenerme. Sus ojos me mostraron una advertencia implícita: si aquello seguía, pronto no podría parar. No me importó. Aparté su mano, que me había parado, y seguí con mi tarea de halagarlo. ¡Ohhh! Increíble. El rugido quedo que surgió de sus labios acompañó el espasmo certero que not&

eacute; en mis mejillas, y noté un néctar de melaza y sal inundar mi boca.

Eres maravillosa- me dijo susurrante, con ese embeleso que causa el estar satisfecho- Pero ni por un instante pienses que he terminado contigo?

¿No?- pregunté inocentemente- ¿Y crees que vas a poder conmigo?

No me pongas a prueba, corazón- Lo que tengo que averiguar es si tú vas a poder.

No tienes que preocuparte por mí? Yo aguantaré los asaltos que tú quieras y te lo demuestro cuando y donde quieras?

No nos vamos a mover de aquí, vidita?

Christian se levantó y me dio media vuelta. Noté que retiraba mis cabellos de la nuca. El movimiento me causó un placer indescriptible, seguramente por el estado de excitación, que me había sensibilizado.. Sus dientes se clavaron suavemente en mi nuca, igual que las madres a los cachorros. Ahogué una exclamación de dicha y tumbé el cuello en señal de sumisión; momento que aprovechó para morder el lado indefenso. Pensaba que las piernas me sujetaban, y sin embargo él estaba ahí, dispuesto a hacerlo. Tuve que sujetarme a la mesa, mientras ronroneaba. Él se pegó suavemente, y con certeros movimientos levantó mi falda. Sus manos se engarfiaron a mi jersey, bajo éste, enganchándose a mis pechos con ardor.

No sé qué hacer para sofocar este ansia que me provocas?

No la sofoques- le dije- Entrégamela?

Eso fue lo último que me oí decir antes de emitir un sonido gutural. Christian, con todo el ardor que sentía, había separado mis piernas con la suya y estaba a la entrada de mi sexo, expectante, esperando. Cuando yo hacía un movimiento de bajada para unirme a él, él escapa, rozándome, pero sin penetrarme. Empecé a desearle de nuevo con todas mis fuerzas. Otro poco y su sexo duro estaba ya algo más cerca. Otro movimiento por mi parte para acercarme y otro poco que él se alejaba. No resistía más aquel acoso, quería lo que me había prometido, quería lo que me había ganado. Noté una fuerte inspiración y lo siguiente fue un jadeo involuntario por mi parte. La lentitud tenía un nombre, el encanto, la sensibilidad, la cautela, todo era Christian. Christian convirtiéndome en la mujer que, quizá, nunca había sido hasta entonces. Mi estrechez le hizo suspirar de placer a mi espalda, erguido y sereno, buscando mi perdición. Si algo tenía claro es que pensaba ganar la batalla, y de qué manera lo estaba haciendo?

Por unos segundos fui incapaz de respirar, llena como estaba. Él tampoco se movía: disfrutábamos ambos del placer de vernos uno en el otro. Su mano voló a mi sexo, deleitándome como su lengua lo había hecho antes? Así no iba a resistir mucho más.

El vaivén de sus caderas llevaba un compás que hubieran querido para sí las olas del mar, y yo me apretaba contra la mesa, sintiendo su cuerpo firme tendido sobre el mío, empujando hacia dentro sin retirarse, embistiendo tan lentamente que notaba cada centímetro de su pasión despierta. Una cadencia asombrosa salía de sus ijadas para dirigir las mías, y cada vez había un cambio, un pequeño acelerón. De pronto, Christian insistía en una velocidad algo mayor y yo le respondía sujetando sus manos con mis manos. En aquella postura le notaba como si quisiera taladrar mi cuerpo y traspasarlo por el otro lado, y su forma de entrar en mí terminaban de confirmarlo.

Te he deseado desde el primer momento en que te vi- me susurró al oído- He soñado multitud de veces con recorrer tu cuerpo con mis manos.

Suspiré, porque era lo mismo que me había sucedido a mí.

Sus manos estaban en todo mi cuerpo. Parecía que tuviera cuatro o cinco, porque tan pronto le notaba acariciando mi vientre, como dándome placer muy en el centro. Sus dedos, largos, se engarfiaban en mis pezones como si fueran hebras de pelo que se enredaran. Los notaba al borde del colapso. Ya no podían sobresalir más a su encuentro, porque más hubiera significado perderlos. Christian era tan solícito que me sentía dolorida por sus atenciones. Leves pellizcos, mordisquitos suaves, aquellos dientes clavándose levemente en el cuello. Salió lentamente de mi interior.

Aún no he acabado contigo- me dijo- Pero si quieres más, tendrás que buscarme.

Se sentó en la silla y me incitó. Un sensual baile fue acomodándome sobre él. Noté su penetración como si fuera en el alma. Sus manos recogieron mi cabello, permitiendo que un soplo de aire fresco aliviase el calor que me sofocaba. Un centímetro, dos? Tres y ya no me resistí al impulso de permitirle la entrada. Patinó en mis entrañas sin control, sin freno. Yo ya me había acostumbrado a ser su funda. Ahora pretendía ser la odalisca que bailara sobre él la danza del vientre más sinuosa y más sensual con la que nunca le hubieran deleitado? Cada movimiento mío me permitía sentir su sexo duro en mi interior, una barra de hierro candente que me aliviara y me descontrolara a la vez. Me desplacé en lentos círculos en el sentido de las agujas del reloj, abriendo con ello las piernas a su avance lento.

Mi amante no podía hacer nada. La pasión había echado su cabeza hacia atrás, y abriendo la boca, lanzaba frecuentes suspiros que se interpretaban fácilmente como jadeos de placer. Mis manos acariciaban su torso, para después penetrar en la humedad de su boca, para que su lengua me deleitara. Christian era un maestro con la lengua, succionaba las yemas profundamente, al mismo tiempo que con la lengua seguía un dibujo caprichoso de huella dactilar, enroscándose como una serpiente?

Mi cimbreante cadera se elevaba ahora suavemente para caer de nuevo. Cada nueva caída era un centímetro más que le notaba clavarse, y era delicioso. Él tomó mis piernas por las rodillas, y las hizo cruzar a su espalda. El impacto fue brutal, porque la postura me permitió una penetración profunda. Grité palabras inconexas, salvajes, le rogaba que me permitiera vivir toda la vida unida a él. Sonrió de una forma tan maquiavélica que me asustó imaginar qué pensaba. Un último pensamiento me cruzó la mente, un deseo como la última voluntad del penado a muerte.

Quiero que me otorgues el placer de contemplarte en un clímax maravilloso.

Su mirada fue suficientemente elocuente. Esos ojos. Ese brillo ardiente que siempre había en ellos se había convertido en una hoguera que crepitaba sin control, el maquiavelismo, el morbo, la socarronería se habían unido en una danza de la muerte sin fín? Y todo eso lo había provocado yo.

Me levantó en vilo, me tendió sobre la mesa y colocó mis piernas sobre sus hombros, deleitándolas con su lengua aterciopelada. Una arremetida bestial me hizo llegar de nuevo a lo que ni en sueños creí alcanzar, la gloria infinita de saberme suya. Una especie de sumisión, de sensación de esclavitud me inundó. Otro empuje de sus caderas y se enterró tan profundamente que creí que llegaba a mi corazón. Su mano experta hizo aumentar mis jadeos. Estaba llegando, estaba obteniendo de nuevo lo que momentos antes me había permitido alcanzar. Aquello fue definitivo? Cuando Christian notó que mi orgasmo se estaba produciendo, a tenor de mis constantes y guturales jadeos, fue el pistoletazo de salida a su carrera. Vi en sus ojos un algo que nunca había captado, un puzzle de sabores, de tonalidades irisadas que nunca volveré a contemplar en nadie más, un conglomerado de sentimientos que se desbordaban por sus pupilas y que resplandecían en las mías. Nos abrazamos, y juntos nos derramamos el uno en el otro. Las cálidas explosiones de mi amante me inundaron por completo, llenándome de una suave paz después de la lucha habida por el poder. Por fin volvían mis sentidos. Todos a la vez. Todos a una. De pronto me daba cuenta de la pasión desbordada, de los leves mordiscos, de las palabras veladas, de algún ?te amo? que había escapado de nuestras bocas, de cuánto se habían dicho nuestros cuerpos?

De pronto me di cuenta de que era una de las pocas personas que había tocado la gloria?

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