Me comí el culo de mi hermana cuando ella tenía 18 años
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Me llamo Esteban, tengo 25 años, vivo con mis padres y mi hermana Rebeca. Ella tiene 23 años. Tengo una tía, hermana de mi mamá, que vive a dos cuadras de nuestra casa. Ella viene de vez en cuando a visitarnos. Siempre viaja a Huancayo, donde viven mis otros tíos.
Mi historia se remonta a cuando yo tenía 22 años y mi hermana Rebeca tenía 20 años.
En ese entonces, yo estaba en la universidad al igual que mi hermana. Hasta allí nunca le había mirado con ojos de deseo. Mi hermana era alta, casi de mi tamaño. Sería porque mi mamá también es alta.
Cada uno tenemos nuestro cuarto. De una habitación grande, mi padre hizo una división y sacó dos cuartos: uno para mi hermana y otro para mí. Así, el cuarto de mi hermana está separado del mío solo por una división de madera.
Siempre, cuando llegábamos de la universidad, nos cambiábamos de ropa, nos lavábamos las manos y nos sentábamos a la mesa a almorzar con mis padres. Pero un día, mi hermana se demoraba mucho para sentarse a la mesa. Mi madre me dijo: “Anda, fíjate por qué no viene tu hermana”.
Fui a su cuarto, empujé la puerta que no estaba con llave y la vi desnuda, con los audífonos puestos, bailando frente al espejo.
Me quedé impresionado al observar su cuerpo desnudo. Hacía varios años que no la había visto así, y no tenía idea de cómo era. Ni me importaba. Pero ese cuerpo ante mis ojos parecía el de una mujer de 20 años. Tenía un tremendo trasero, piernas carnosas, cintura delgada, espalda fina. Aunque sus pechos eran pequeñitos, mi hermanita parecía un mujerón y yo recién me daba cuenta.
Yo tenía computadora en mi cuarto y veía páginas pornográficas. Viendo a mi hermana, me acordaba de las mujeres que veía allí.
Ella seguía bailando sin percatarse de que la miraba. De pronto le grité: “¡Rebeca!”. Se asustó y corrió a taparse con una sábana. Yo le dije: “Te estamos esperando para almorzar”. Ella respondió: “Ahorita voy”. Me retiré y fui a sentarme a la mesa, pero se me quitó el hambre. No podía creer lo que había visto.
Mi hermana salió de su cuarto y se sentó a la mesa. Desde ese momento, la empecé a mirar con ojos de lujuria. Ya no podía verla como a una hermana. Miraba su carita tierna de niña, pero su trasero era todo lo contrario: tremendo y provocativo. A veces, se paraban juntas mi madre y mi hermana, y yo las miraba comparándolas. El trasero de mi hermanita era más grande que el de mi madre.
A mis 22 años, me obsesioné con el trasero de mi hermanita. Miraba a otras chicas de la universidad y ninguna tenía el trasero ni las piernas como las de mi hermana. Quería estar siempre en casa para mirarla. Trataba de jugar con ella para agarrarle el trasero de alguna manera, sin que se diera cuenta de mis intenciones.
Hice un agujero en la división de madera, desde mi cuarto, en un lugar camuflado para poder mirar cuando se desvistiera. Todas las noches la miraba por el agujero, esperando que nunca me descubriera.
Un día, mi tía le dijo a mi mamá que iba a viajar a Huancayo solo por dos días y que quería que yo fuera a dormir a su casa por una noche. Mi mamá aceptó sin consultarme. Mi tía viajó y, cuando mi mamá me dijo que tenía que ir, respondí: “Solo no voy, tengo miedo. Si quieres, voy con Rebeca para que me acompañe”.
Mi mamá dijo: “Está bien, allí tu tía tiene dos camas. No hagan desorden”. Luego le dijo a Rebeca: “Vas a ir con tu hermano a dormir a la casa de tu tía. El muy miedoso no quiere ir solo”. Mi hermanita aceptó, burlándose de mí, llamándome miedoso. Nadie sospechó que mis intenciones eran estar solo con ella.
Cuando llegó la noche, nos fuimos a la casa de mi tía. Estuvimos viendo televisión. A eso de las once, mi hermana me dijo: “Ya es hora de dormir”. Yo respondí: “Todavía es temprano, veamos otra película”. Mi intención era que se acostara tarde y se durmiera profundamente.
Ya a la una de la madrugada, ella dijo: “Ya tengo mucho sueño, hay que dormir”. Yo contesté: “Está bien”.
Mi hermanita se desnudó con toda confianza. Vi cómo se sacaba el pantalón, el brasier y se ponía su camisón. Traté de no mirarla mucho para que no sospechara. Pero me moría de ganas de ver su trasero desnudo. Nos acostamos y me propuse no dormirme hasta que ella lo estuviera.
Pasaron 15 minutos y ya dormía profundamente. Esperé otros 15 y la llamé: “¡Rebeca!”. No respondió. La moví tocándole los hombros y no despertó.
Entonces jalé las sábanas con cuidado. Estaba acostada de lado, con una pierna doblada y la otra estirada. Prendí la luz y vi su tremendo trasero y piernas provocativas. Llevaba un calsoncito pequeño que se había metido entre sus nalgas. Estuve mirándolo varios minutos. Luego saqué mi celular y le tomé fotos. A mis 22 años, estaba con la verga bien parada mirando ese culo.
Empecé a tocarle las piernas y el trasero suavemente. Separé sus nalgas y vi su agujero rosadito. Quería lamerlo y meterle mi verga, pero tenía miedo de que despertara. Después de mirar un buen rato, me masturbé frente a ese culo hasta dos veces. Le tapé con las sábanas y me fui a mi cama.
Al día siguiente nos levantamos temprano por la alarma de mi celular y volvimos a casa. Ella no se dio cuenta de nada.
Después de esa fecha, pasaron los días sin que ocurriera nada. Siempre trataba de jugar a las manos con ella para tocarle el trasero. Pasaron dos años, hasta la fiesta de sus 21 años. Yo ya tenía 24. Mis padres organizaron una fiesta e invitaron a sus amigos. Había un muchachito, hijo de una vecina, llamado Jonatan, de 21 años como ella. Lo eligieron como su pareja.
En la fiesta, mi hermana estaba radiante, parecía una mujer de 25 con ese cuerpo. Mis amigos me molestaban: “Cuñado”. Jonatan estaba pegado a ella, enamorado. Mis padres bebían contentos. Yo estaba con mis amigos. Decían: “Tu hermana está linda”. El más atrevido: “Está mamacita”.
Después de comer, bailar y partir la torta, mis padres le dijeron a Rebeca que se fuera a dormir. Ella se retiró. Yo me quedé un rato más y luego fui a mi cuarto. Afuera, la música seguía y los mayores se divertían bebiendo.
Miré por el agujero y la vi sentada con su camisón, viendo Facebook en su computadora. Salí y toqué su puerta: “Rebeca”. Ella respondió: “¿Qué quieres?”. Le dije: “No puedo dormir, quisiera hablar contigo. ¿Puedo entrar?”. Abrió y dijo: “Pasa, yo tampoco puedo dormir con tanta bulla”.
Le dije: “Quiero felicitarte por tus 21 años, estás muy bonita. ¿Te gusta Jonatan?”. Ella: “No”. Insistí: “Si te gusta, no lo niegues”. Ella: “Nooo”. Empecé a hacerle cosquillas: “Anda, confiesa”. Reía y se defendía. La tumbé en la cama, pataleaba riendo, dejando al aire sus piernas. Seguí metiéndole las manos por todos lados.
De pronto agarré sus manos, estiré sus brazos en cruz y con mi boca le hice cosquillas en los pechos. Se desabrochó el camisón y mi boca encontró su teta desnuda. Empecé a succionarla. Ella seguía riendo hasta que se quedó tranquila y no se defendió más. “Me encanta esto, sigue”, murmuró con voz excitada.
Seguí chupando sus dos tetas, más grandes y duritas, con aureolas rosaditas alrededor de los pezones. Qué delicioso. Ella me abrazó, aplastó mi cabeza contra su pecho. Metí mi mano por el camisón y busqué su vagina. Ella abrió las piernas, dándome acceso libre. “Sí, tócame ahí, me gusta”, dijo jadeando.
Cuando la sentí excitada, le desabroché el camisón y lo saqué. Luego jalé su calsoncito; ella levantó el trasero para facilitarlo. “Quiero que me hagas tuya esta noche”, susurró.
Bajé besándole todo el cuerpo hasta la vagina. Le lamí esa vaginita, succioné el clítoris. Ella empezó a gemir: “Haayy, haayy, haayy”.
Yo también era virgen. Ella sería mi primera experiencia real, aunque me masturbaba viendo porno.
De pronto dijo: “Sácate la ropa, quiero sentirte dentro”. Me la quité rápido. Le dije: “Chúpame primero”. Ella: “¿Y si no quiero?”. Pero agarró mi verga dura y se la llevó a la boca. Me hacía doler. “Despacito, metiendo y sacando”, le guié. Aprendió al instante.
Mientras me chupaba, masajeaba su vagina. Luego ella: “Ya méteme”. Se echó con piernas abiertas. Entré lentamente. Gemía: “Hay, duele un poquito”. Le dije: “Aguanta, después viene el placer”. “Sí, métela toda, quiero más”, respondió.
Una vez dentro, bombée y mamé sus tetas. Ella: “Ay qué rico”. Estaba en la gloria.
Saqué mi verga con sangre y dije: “Ponte de rodillas”. Se puso en perrito, enseñándome su tremendo culo. Lo acaricié, di palmadas suaves y lenguetazos en su ano rosadito. “Qué rico, lame más”, pidió.
La penetré por vagina, bombeando fuerte, agarrado de su culo, viendo temblar sus nalgas. “Qué rico culo tienes, Rebequita”, le dije. “Fóllame más duro”, gemía ella.
Mis padres seguían de fiesta afuera, sin imaginar que nos entregábamos al placer.
Luego: “Móntate encima”. Me eché y ella se ensartó. Vio la sangre: “Estoy sangrando”. “No es grave, ya no eres virgen, y fue increíble”, la tranquilicé. Se movió fuerte: “Haayy”. Intenté meter un dedo en su culo; esta vez lo permitió: “Sí, despacito”. Gritó en orgasmo y se quedó inmóvil. Seguí hasta correrme dentro.
El semen chorreó. Nos limpiamos. La besé: “Nuestro secreto”. Ella: “Está bien, pero repitámoslo”. “Valores mucho, virgen o no”, le dije.
Sacamos las sábanas a la lavadora.
Al día siguiente, me esquivaba avergonzada, pero esa noche abrió la puerta y repetimos. Cachamos siete noches seguidas, solo vaginal, hasta que dijo: “Tengo miedo de embarazarme”. “Podemos usar preservativo”, propuse. “No, ya no quiero por ahora”. “Está bien, no te obligo. Me gustas mucho”.
Yo también temía embarazo, pero busqué la llave duplicada de su cuarto.
Pasaron días. Se ponía faldas cortas, se agachaba provocándome. Caminaba con pantalones de licra ajustados, moviendo el culo. A veces negaba entrada: “No me molestes”.
Jonatan venía más. Jugaban, salían. Mamá lo consentía: “Será mi yerno”.
Pasaron dos años sin tocarla. Ella tenía 23, yo 25, más sensual. Ni buscaba enamorada pensando en ella.
En julio, fiesta en Huancayo. Mis padres y tía fueron cinco días, quedamos con la empleada. “Son responsables”, dijo mamá.
Después del colegio, llamaba amigas, reían en su cuarto. Yo espiaba.
Un día vino Jonatan solos. Salieron y volvieron tarde. Pensé que se iría. Entré a casa sin que me vieran.
Escuché su puerta. Miré por el agujero: Jonatan abrazándola. “Apúrate, viene mi hermano”. Se levantó la falda, bajó el calzón, se agachó mostrando su culo. Él la penetró rápido. “Apúrate o mi hermano te mata”. Terminó en cinco minutos. Se fueron.
Grabé casi todo. Esperé a que durmiera y entré con la llave.
Ella se paró sorprendida: “¿Qué pasa?”. “No soporto más, te deseo tanto”, dije. “Estás loco, eres mi hermano. Sal o grito”. “Sé que quieres repetir. Mira, te grabé con Jonatan. Si no, se lo muestro a papá”.
“Eso quería oír: celos. Yo tenía celos de tus amigas. No chantajees, quiero estar contigo. Jonatan no me hace feliz”.
Se quitó camisón y calzón, se echó abierta. Besé su cuerpo, chupé tetas. “Hay qué rico, cuánto extrañaba esto”.
“Voltéate, quiero tu culo”. Mostró ese trasero con piernas carnosas. Separé nalgas, lamí ano, masajeé vagina. “Sí, lame mi culo”.
Puse almohada bajo su pubis, levanté su culo. Palmadas sonoras. Metí dedo: “No saques”. Luego verga en vagina, bombeando. Unté crema en su ano. “Por allí no, soy virgen anal, dolerá”. “Despacito”.
Empujé lento. Gemía: “Haayy”. Gritó: “No, duele”. Empujé todo. “Ya no duele, mueve tu culo”. “Tienes razón, rómpeme”.
“Ahora eres mi puta, no olvidarás esto”. “Me encanta tu cara sádica”. Bombeé fuerte, masajeé clítoris. Gritó en orgasmo. Me corrí en su culo.
Nos quedamos quietos. Nos limpiamos. “Gracias, quiero sexo siempre, aunque con otros”. “Sí, pero con preservativo”.
Hemos tenido encuentros en casa y hostales. Ahora, a mis 25 y sus 23, dice que se casará con Jonatan, pero no dejará de estar conmigo. No sé cómo terminará, esperaré el destino.
