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El cuidacoches de mi calle tiene un polla bien dura

Esta historia sucedió ya hace unos años, pero bien vale la pena recordarla. Yo vivía en un viejo edificio de la ciudad de Montevideo, en pleno centro, en un apartamentito realmente acogedor. Todos los días hacía las compras en un supermercado que queda a dos calles de mi edificio, una rutina que seguía con gusto, ya que la aprovechaba para franelear un poco con los pibes de la verdulería (unos pendejos cachondos que me decían cosas del estilo “¿cómo te gusta la banana?, ésta que tengo hoy está bien durita…!” y yo sentía que me estallaba la cabeza.

La cosa fue que un día apareció un guacho bastante sucio y maltrecho en la calle de al lado, que con un banderín rojo se puso a cuidar los coches de los oficinistas de la cuadra. Los primeros días no le presté mayor atención, pero con el paso del tiempo me puse a observarlo con más detenimiento. Estaba bastante jodido el pobre, vestía casi harapos y realmente estaba sucio, pero descubrí que bajo esa porquería había algo realmente hermoso. Podía adivinar que tenía un muy buen cuerpo, delgado y muy fibroso, macizo y con mucho músculo. Tenía además una cara muy armónica, con unos ojitos achinaditos y unos labios bien carnosos, de esos que sólo piden besos. De inmediato me puse en guardia: lo empecé a saludar cada día hasta que empezó a reconocerme y comenzamos cruzar alguna charla fortuita, presté atención a sus rutinas y saqué a qué hora llegaba y hasta qué hora se quedaba en la calle, averigüé también que no vivía lejos y que no vivía solo, sino que era el mayor de un pequeño grupo de hermanos.

Cuanto más lo veían más ganas tenía de cogérmelo, era impresionante el sex appeal que emanaba de este pibe. Sólo con verlo de lejos ya me ponía a mil y sólo podía pensar en cómo iba a hacer para llevármelo a mi casa y hacerle de todo una y otra vez. Y ese momento finalmente llegó gracias a mi vieja!!! Un buen día mi madre me deja en casa una bolsa llena de ropa que ya no se usaría más como para que yo la llevara a algún lugar de caridad o algo así. De inmediato bajé y le dije que tenía algunas cosas que le podrían servir a él o a sus hermanos que por qué no se iba hasta mi apartamento cuando terminara como para verlas y ya de paso lo invitaba a comer algo. Aceptó encantado y sinceramente muy agradecido, lo que me conmovió mucho. A eso de las 20:00 horas (en el invierno uruguayo a esa hora ya es noche cerrada) toca timbre y lo hago pasar. Se llama Esteban (yo aún no lo sabía!) y tiene 23 añitos, toda una mantequita. Le mostré la ropa y quedó muy contento ya que todo le serviría. Durante esos minutos fue bastante difícil para mí soportar el olor que emanaba de sus ropas y cuerpo, por lo que en un momento no pude más y le sugerí que se diera una buena ducha mientras yo preparaba algo de comer, y ya de paso le pondría la ropa que llevaba puesta en la máquina lavadora así la tendría limpia y seca la hora de partir.

Una tortura soportar el ruido del agua correr luego de acariciar su cuerpo todo enjabonado… hasta que al fin se cierran las canillas y luego de unos instantes aparece ante mí un macho impresionante, totalmente desnudo, sólo con una toalla en su cintura, con el pelo mojado y exhalando una sexualidad imponente que casi me desmaya. Ahí estaba, era como me lo había imaginado, todo músculos, con un poco de bello en el pecho y mucho en las piernas, con unos brazos fuertes y largos, con unos tatuajes mal hechos que lo hacían más hombre todavía y con un prominente bulto que le formaba una saliente en la toalla que era una locura, es verdaderamente un espectáculo pensé. Quédate así que está todo bien, vamos a estar solos, le dije. La suerte de tener una buena calefacción (que además había puesto casi al máximo un rato antes). Aceptó sin problemas y se sentó en un banquito, no sin antes quitarse la toalla, poniéndosela sobre las piernas, tapándole lo que más deseaba conocerle y dando el toque de gracia a aquél hermoso cuadro. Comió con hambre, mucho, bebió vino abundante, como un verdadero hombre. Ya de sobremesa la confianza había avanzado y el alcohol había hecho su trabajo también. No sé como pagarte todo esto me dijo, a lo que yo le respondí de inmediato “ya encontrarás la forma”, con la cara más lasciva y provocadora que pude poner. Simplemente se sonrió y me dijo “¡mira que sois pícaro!”. Así se levantó y recogió los platos y se puso a lavarlos. En plena tarea le alcanzo el vaso con más vino y antes de agarrarlo se saca la toalla que lo envolvía para secarse las manos y el sudor de la frente, quedando totalmente en pelotas y develando así aquél misterio tan preciado: tenía una pija hermosa, oscura y larga, pendiente delante de unos huevos grandes y peludos, perfectos. Lo miré sin pudor y sin pensar el lo evidente de mi actitud, lo cual tomó con mucha naturalidad y sin dar más vueltas luego de beber siguió en su tarea, totalmente desnudo.

Esto sí que era difícil de soportar, el macho más hermoso que jamás había pisado mi casa, totalmente en pelotas, un poco borracho, lavando los platos!!! Los dioses una vez más pusieron sus dones a mi favor al hacer que de golpe en un mal movimiento tiró su vaso de vino al suelo, el que si bien no se rompió sí desparramó todo el líquido en el suelo y en parte de su cuerpo, sobretodo en su cintura y en sus piernas. Tenía las manos con los guantes de goma y estaba bastante enjabonado, por lo que no atinó más que a darse vuelta y ver el encastre que había hecho. De inmediato yo tomé la toalla que hasta hace un rato tenía puesta y comencé a secarle las piernas, suavemente, volviéndome loco, mientras él retomaba el lavado de lavajilla. Poco a poco fui subiendo, hasta que comencé a pasarle la toalla por el vientre y enseguida por sobre la pija y los huevos. Tanta suavidad y roce hicieron que poco a poco aquel gigante dormido se fuera despertando, hasta que se transformó en una verga dura, larga y gruesa, con una cabeza enorme que asomaba amenazante desde el prepucio, y que palpitaba suavemente, deseosa de acción. Con la misma suavidad con la que venía la tomé y me la llevé a la boca, ya en la más desquiciante de las locuras de deseo.

Se la comencé a chupar con ganas, hasta lo que me entraba, haciendo jueguitos con la lengua, y acariciándole los huevos, haciéndole cosquillas. El muy hijo de puta siguió lavando los platos, tan suavemente como yo se la chupaba, salpicándome con agua de vez en cuando y sacándome la pija de la boca cuando la leche se le venía muy arriba. Tanto así que un par de veces casi se acaba y le salieron unas gotitas de semen que yo sorbí con desesperación, pasándole la lengua y pidiendo más. En una de esas se dio vuelta dejando frente a mi cara su hermosísimo culo, redondo y duro como una roca. Yo no entendí bien al principio y lo único que atiné a hacer fue empezar a besarle las nalgas y a llevar mi lengua por el medio de su raja, lo más adentro que podía. Se tiró un poco hacia adelante y con las manos abrió su culo para dejarme el hermoso orto al descubierto. Me lancé a chupárselo como loco, le metí la lengua lo más adentro que me daban las fuerzas, se lo besaba, se lo chupaba, se lo comía como un animal. Fue increíble, empezó a gemir desesperado y a moverse buscando la mayor penetración de la lengua.

Cuando ya no daba para más me agarró y me puso contra la pileta, de espaldas a él, y mientras con una mano me apretaba las tetillas con la otra me metía los dedos ensalivados en el culo, preparándome para lo que vendría. Sin más vueltas se escupió un par de veces en la verga y me empezó a puntear, con estocadas secas y poderosas de a poco se abrió espacio hasta que no pudo más y me la ensartó hasta el fondo de una vez. Yo casi me muero del dolor y del placer. Pensé que me había desgarrado, pero no importaba, era uno de los momentos más placenteros de mi puta vida, todo aquello era un sueño. Me cogió y me cogió, hasta que sus suspiros fueron creciendo y hasta que las estocadas eran como las de un animal. Al fin sentí como aquella tranca espectacular se crecía dentro de mi culo y empezaba a escupir toda la leche, mucha leche, que sentí calentita en mis adentros y que corrió por mis piernas ya que sacaba toda la verga afuera antes de volver a meterla cada vez. Me sentía la más puta de las putas, una sensación increíble. Él no me la sacó, quedó así, con la pija adentro, agarrándome de las tetillas, exhausto y sudoroso. Pasaron un par de minutos y de pronto se acercó a mi oído y comenzó a susurrarme cosas al oído como “qué linda cola que tenías putita, como me la hiciste, eh?, te gustó que te diera toda la leche en el orto?, mira que sois puta, cómo te gusta la verga, te gusta mi pija, no?…” yo no entendía nada, pero de golpe comienzo a sentir que dentro de mí comienza a crecer nuevamente su palo, mientras más cosas me decía más dura se le iba poniendo y yo le empecé a responder, le decía que sí que era su puta, que él era mi macho y que me había partido el orto, que quería más de su pija y más de su leche, que me diera bomba, que me hiciera sentir una perra. Eso lo enloqueció más todavía.

Entre el sudor y la saliva de los chupones que me daba en el cuello y la espalda comenzó a bombearme nuevamente, primero suavemente, pero yo no lo quería suave, le empecé a pedir más y más, que me diera con fuerza, que me partiera al medio, que me hiciera sentir una puta de mierda y que él era mi macho, con esa verga enorme y con esa fuerza descomunal. Y así fue, me dio tanta bomba que pensé que iba a perder el conocimiento, me agarró de los pelos y me pegó un par de cachetadas en las nalgas, yo gritaba de placer y él bufaba cosas sucias, perversas, me odiaba y me amaba al mismo tiempo, me gozaba, me pedía más y yo le daba más y él me daba más, más besos con saliva, más caricias en las tetillas, más cachetadas en las nalgas y mucha más verga, más y más pija bien dura y grande. Hasta que al fin le empecé a rogar que me diera la leche, que me llenara de leche el orto, por favor. Se puso más duro y más fuerte y al cabo de unos segundos el chorro de leche caliente llenaba mis entrañas, otra vez los suspiros, las palpitaciones y los estertores, la culminación del placer. Luego las manos que se aflojan y empiezan a acariciar, las gotas de sudor que caen más suavemente, y la extraña sensación de haber estado en otra dimensión y de haber regresado, cansados, complacidos, exhaustos. Nos tiramos en la cama y quedamos rendidos, nos miramos y nos sonreímos, con una complicidad única e irrepetible, con la felicidad de haber gozado verdaderamente.

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