El chat y mi hijo
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Hay momentos en los que te das cuenta de que la vida no es como se han empeñado en dibujártela desde que llegas a este mundo. En mi caso, empecé a darme cuenta al entrar como pasante en el despacho de abogados que mi padre tiene en mi ciudad, cercana a Barcelona. Algunas demandas nada tenían que ver con lo que normalmente se conoce, fuesen de la especialidad de derecho que fuesen. Y más cuenta me di en el momento en que asumí titularidad en dicho despacho y, por tanto, oía en primera persona los hechos concurrentes, fuesen casos propios o en colaboración. Eso me hizo poner las antenas cuando me separé y, como un acto reflejo, empecé a chatear, pero soy humana (aunque hace años tengo claro que, por humanos que seamos, somos más instintivos que racionales). ¿Sino de qué?.
Dicho esto, me voy a presentar. Montse, 43 años, hija de abogado y abogada yo misma, casada con un compañero de facultad que actualmente controla el grupo empresarial familiar. De este matrimonio nacieron una hija que ahora cuenta con 20 años y que está estudiando diseño en Italia, y un hijo de 19 que está estudiando en Esade. Ambos muy comprometidos en el futuro del negocio paterno.
En Semana Santa de hace 4 años decidimos separarnos, pero no lo consumamos hasta junio para no influir negativamente en los exámenes de nuestros hijos. En casa siempre hemos tenido una actitud, algunos dirían que prepotente, pero hemos educado a nuestros hijos pensando en el futuro que les esperaba, enseñándoles a expresar su criterio y actuar consecuentemente para conseguir aquello que anhelan o desean. Por nuestra condición, tanto mi marido como yo somos personas que nos hemos cuidado tanto en lo social como en lo físico. Ni él ni yo somos personas de portada, no confundamos, pero hemos sabido sacar el mejor provecho de nuestra apariencia física.
Nuestra sexualidad fue muy morbosa en los años de facultad, un tanto anárquica al nacer nuestros hijos y una mezcla de todo en los años venideros. Quiere esto decir que, especialmente él, tenía que ausentarse a menudo de casa, nunca largos períodos, pero suficiente como para que ambos tuviésemos nuestras cosas. Lo mío, que es de lo que puedo hablar, fueron siempre aventuras a la antigua usanza, o sea, con algún hombre con el que el roce más o menos cotidiano te llevaba a ser coqueta o a ceder a su invitación. Reconozco que alguno de ellos era ingenioso y con una dosis de morbo sorprendente. Pero hasta entonces, supongo que por un falso respeto por ser siempre personas que nos conocíamos, nada que ver con algunos asuntos que había llevado en el despacho.
Todo empezó a cambiar una vez separada. Conocía bien lo que era el chat, aunque yo no me había conectado nunca, pero lo tenía claro y me conecté en el chat de Terra en el Irc.hispano. Empecé entrando en el canal de mesde30-c, manteniéndome en el mismo canal en irc.hispano una vez Terra retiró su servidor en irc. Por razón de mi trabajo, disponía de un horario extremadamente flexible, todo era cuestión de no desatenderlo. En mi casa, con mis hijos ocupados en sus estudios y la chica del servicio, todo andaba controlado. Así que no me fue nada difícil aceptar alguna de las múltiples citas que me iban surgiendo. En el chat pude confirmar una vez más que la vida distaba mucho de ser como nos la habían hecho creer. Digamos que fue el último curso (o eso creía yo) sobre la realidad que se oculta socialmente.
No voy a andar describiendo distintas situaciones de morbo que viví, bastantes de ellas, completamente nuevas para mí. Pero sí me pararé en algo que fue ganando terreno. Como he dicho, entraba en el canal de mesde30-c, donde teóricamente debíamos estar gente mayores de 30 años y con proximidad geográfica. Ambas cosas no se cumplían estrictamente, algunos eran de la comunidad valenciana y balear, pero lo que me sorprendió fue la presencia de chicos jóvenes, incluso alguno de 20 años. Al principio pasaba completamente de esos niñatos, yo me había abierto a disfrutar de mi sexualidad y lo hacía con hombres de más o menos mi edad e incluso alguno de sensiblemente mayor. Pero, ¿qué podía ofrecerme un chaval que podía ser mi hijo? Pero todos somos parte de nuestras circunstancias y en el chat se vivía un morbo distinto al que estaba acostumbrada, hasta el punto que no era raro que, estando haciendo sexo con un hombre, este te preguntase por relaciones anteriores y, según tu respuesta, te fuese diciendo cosas mientras te tenía caliente. Y lo que me sorprendió es que era recurrente el hacerme fantasear con chicos jóvenes, tanto fue así que empecé a aceptar algún privado de algún mocete que parecía maduro.
Pero de ahí a quedar!!
Inocente de mí, si vas a la miel, quedas pegada a ella.
Así que tuve mi primera cita con un chico de 23 años, luego vino otro de 24 y así, incluyendo un par de 20 años. Me sorprendió el contraste entre la inocencia de unos y el morbo y la perversidad de otros. Perversidad que, en algún caso, al llegar a casa, me hacía sonrojar a mí misma y prometerme que no acudiría a otra cita con esta persona.
Y con esto llegamos al principio de este verano. Estaba chateando alegremente cuando se abrió un privado. En lugar de empezar con las consabidas preguntas, este era dinámico y simpático, lo que hizo que fuera ganando mi confianza. Cuando, como no podía ser de otra manera, él empezó a insinuar que deseaba quedar conmigo, me enteré de que vivía en Girona. Nada sorprendente, pues en estos años de chat había quedado con gente de Barcelona, pero también de las otras provincias. También conocí su edad, 20 años, dijo. Yo tengo un pequeño chalet en l’Estartit (Girona) en el que pasamos algún fin de semana y en verano algunos períodos más largos. Así que le comenté que a finales de junio llegaba mi hija de Italia a pasar una semana conmigo antes de irse de vacaciones con sus amigos y que la pasaríamos en el chalet junto con su hermano y, cuando ella se fuese, nosotros nos quedaríamos. Lo hago cada año, organizándome el trabajo para no tener que bajar cada día por la autopista. Él, al principio, insistió para vernos antes, pero yo, coqueteando, le decía que esperara, que deseándolo lo saborearíamos mejor.
Como compensación a la espera, caí en la primera trampa. Me pidió de forma natural mantener contacto y conversación por messenger, a lo que accedí, e íbamos hablando casi a diario. Él no desaprovechaba alguna ocasión para insistir en avanzar la cita y la verdad es que, con lo caliente que me ponía, ganas tenía. Pero fuimos dejando la cita para las fechas que ya habíamos concretado. Esto iba teniendo precio y un buen día, habiéndome puesto muy caliente por messenger, me pidió que conectase la cam. Me hice la remolona, pero estaba excitada y accedí. Él dijo que, como prenda a lo que le hacía esperar, que no se conectaba y que, si lo hacía, sería solamente con visión genital, pero que yo debía verme toda.
Así pasaron los días hasta llegar las vigilias de nuestro traslado a l’Estartit. Me pidió si le había hablado en serio y le confirmé que sí, que nos veríamos, que no lo pusiese en duda. Como he dicho, en l’Estartit suelo pasar temporadas en verano, por lo que también tengo ADSL para poder seguir trabajando. Así que, llegado el fin de semana, fuimos al chalet con mis hijos, nos acomodamos y me mantuve en contacto por messenger con mi joven y futuro nuevo amante. Él ahora sí parecía especialmente ansioso esperando el momento de la cita, que habíamos concretado entre semana, pues mis hijos iban a la suya y yo tenía mayor libertad de movimiento, poniendo por excusa mi trabajo. Pero la vigilia, cuando empezamos a concretar cómo sería la cita, algo me hizo saltar de mi silla a la vez que me excitaba sobremanera. Como prenda a los largos días de espera, y cuando ya habíamos concretado la hora y el hotel donde íbamos a quedar (qué prenda el chico, se puso terco en quedar en la cafetería de un hotel), va y me suelta que, con todo lo que hemos hablado, sin contarnos para nada en las situaciones morbosas, que quería algo morboso para la primera cita y que lo tenía pensado.
Quedé petrificada a la vez que mojada. No era el primero en proponérmelo, a todos les había dicho que no. Pero algo me inquietaba y excitaba. Podía ser más guapo o más feo, pero al menos la parte de su cuerpo que había visto, de torso hacia abajo, estaba atlético y bien dotado. Supo insistir y ser coherente en la demanda, por lo que accedí. No recuerdo ocasión en la que las horas previas fuesen de tal excitación y nerviosismo. Ni tan siquiera las primeras citas. Habíamos hablado de todo y en todos los tonos posibles, habíamos hecho sexo cariñoso por cam y también me había dejado tratar de las formas más humillantes y le había permitido fantasear con perversidades. Tenía claro que muchas de aquellas cosas, por mucho que me pusiesen a mil en la cam, ni por asomo llegarían a ser reales. Con todo esto se acercaba la hora de la cita, para evitar contratiempos, invité a mis hijos a comer en un restaurante. Así, pensé, una vez comidos cada uno irá a la suya y yo ya estaré fuera de casa. Durante la sobremesa, ella comentó que iba a pasar la tarde con unas amigas y mi hijo dijo que tenía que repasar unos apuntes, que primero iría a tomar un café con unos amigos y que inmediatamente iría al chalet.
Parecía que todo iba como había planeado, así que nos levantamos de la mesa y yo desvié el coche hacia el chalet antes de dirigirme a Girona, donde estaba el hotel. (Condescendencia con la precariedad económica de un chico de 20 años que quiere follar pero no tiene un duro para ir en busca de su amante). Ya iba bastante guapa, pero tenía que cambiarme de falda por una más liviana. En fin, vestir más provocativa y fácil. Salí rápidamente, no me fuese a tropezar con mi hijo. Pero no. Todo bien. Era un flan y, nunca mejor dicho, aparte de temblar, era todo flujo de excitación. Llegué a Girona y me acerqué a recepción. (Qué perversidad, Dios mío) allí tenía que pedir si había un sobre a mi nombre. Lo abrí, solamente un número. Fui al teléfono interior y llamé, descolgaron y volvieron a colgar. Todo como lo que habíamos concretado por messenger.
Subí y, excitada y con ganas de huir, llegué a la habitación, la puerta estaba dos dedos abierta. Quedé paralizada. No podía entrar. Pero os juro que en aquel instante, si por el pasillo aparecen 10 personas y abusan de mí, habría tenido toda mi complacencia. Ni una voz, ni un sonido, nada, el pasillo parecía una tumba. Como una autómata, entré en la oscura habitación y, siguiendo las órdenes, no giré la cara en ningún momento. Oí cómo la puerta se cerraba tras de mí y cómo unas manos se introducían por detrás bajo mi falda, entrando en mi húmedo sexo para acto seguido encararme a la pared y ser follada por detrás, salvajemente. No paraba de bombear y, con lo excitada que yo estaba, me corrí y volví a correr. Creo que no hace falta entrar en detalles de cómo transcurrieron las horas que estuve allí sujeta a los deseos sexuales de aquel mozo de 20 años. Él fue extremadamente y casi diría, sorprendentemente, fiel a la actitud que había dicho por messenger. Ni una sola palabra fluyó de su boca en todo el rato que estuvimos juntos.
Me vestí, si así puede llamarse a lo que hice, y salí del hotel. No podéis imaginar qué tentada estuve de no cumplir y esperar a cierta distancia y observar quién salía de la puerta. Mis pasos eran lentos, pero me iba alejando. Miraba y volvía a mirar. Nadie salía del hotel y menos de unos 20 años. También obedecí, pero esta vez creo que lo necesitaba y, antes de salir de Girona, paseé un rato por el Call o barrio judío. Quien lo conoce sabe que es relajante, pero yo no dejaba de estar excitada.
Llegué a casa, mis hijos estaban el uno haciendo sofing y ella preparando un poco de cena. Yo con más ganas de estar en el messenger que con ellos, pero cené e hice sobremesa. Lo necesitaba, no podía ser esclava de aquella situación. Ellos hicieron la suya y yo me acomodé y fui a mi habitación y me conecté al messenger. Allí estábamos los dos, él como siempre con su pene enhiesto y solamente pensar cómo me había casi violado me volvió a excitar. Hablamos de lo ocurrido, respondí afirmativamente a todas sus preguntas. Me sentía completamente perra, mucho más que otras veces. Él dijo de volver a quedar, a lo que no me negué, pero cuál no sería mi sorpresa cuando me dijo que sería con la misma condición. A oscuras. Protesté, refunfuñé, pero él insistió y le dije que lo pensaría. Una afirmación encubierta. No le negaría nada. La conversación fue subiendo de tono hasta hacerme sentir una puta sumisa, pero esta vez creo que más que otras veces. Hice todo lo que me ordenó ante la cam. Como estaba. Aquella noche me tuve que masturbar varias veces.
Continuamos hablando por messenger. A su propuesta de una nueva cita le comenté que el lunes, mi hija tomaba el avión (esas compañías alternativas) con sus amigas y que mi hijo la acompañaba al aeropuerto. Podía ser un buen día. Él accedió. Durante la espera, él cada vez era mucho más perverso, más de lo que había sido hasta entonces, pero es que, ¿cabía algo más? Pensé que no y mi excitación era supina.
Llegó el lunes y mis hijos se fueron hacia el aeropuerto. Yo me acicalé y me puse una mini que compré siguiendo instrucciones de mi amante y que yo jamás habría ni imaginado en ponerme. Supercortas. Acudí al mismo hotel. Me dio la sensación de ser observada como una puta cuando volví a preguntar si había algún sobre para mí. Esta vez, aunque excitada, y muy excitada, entrar en la habitación me costó mucho menos. Una vez allí, la recepción fue semejante, esta vez, sin embargo, al cerrarse la puerta, sentí cómo me cogía, me morreaba y a la vez sus dedos entraban por delante. Bajo su cara, lamíéndome a su paso hasta llegar a los pechos y, sin esperarlo, me mordió el pezón con una fuerza que me hizo gritar, pero también me hizo correr. Me cogió de la mano y, a tientas, me acompañó hasta la cama. Más que tumbarme, fui echada sobre ella y, con decisión, pasó algo para lo que no estaba preparada. Unas esposas inmovilizaban mis muñecas y luego mis tobillos. Así, sin desvestirme, empezó a manosearme y a lamerme el clítoris, alcanzando un orgasmo tras otro.
En mi mente se sucedían las imágenes a la vez que intentaba poner rostro a mi amante y ahora poseedor, y su silencio me atormentaba. Pero él seguía fiel a sus principios y actuaba sin mediar palabra. Exhausta por sus lamidas, volví momentáneamente a la realidad cuando noté que sujetaba mi cabeza y hacía algo. No sabía el qué, pero enseguida lo deduje. Me estaba sujetando un antifaz en los ojos. Iba a encender las luces y se aseguraba de que yo no viese nada. Y así fue. Pero ahora vino lo peor, oí, porque además dio la sensación de que él así lo pretendía, cómo preparaba y ponía en marcha una cámara. Iba a grabarme. Fui usada para su goce y para el mío, pues no me contuve y tenía un orgasmo tras otro. En algún momento de sosiego me venía a la mente algún chat con alguno de los jóvenes y mi realidad actual. ¿Cómo podían algunos ser tan imaginativos y perversos? Noté por el ritmo de sus movimientos que estaba recogiendo, soltó las esposas de los tobillos, ató mi mano derecha con una toalla y soltó la esposa y salió brioso de la habitación. Pude liberar con bastante facilidad mi mano y quitarme la máscara que me cubría media cara y vi una pequeña llave a mi lado con la que pude liberar mi otra mano.
El camino de vuelta a casa fue perturbador, una mezcla de miedo y excitación. ¿Sería tan cabrón de colgar el video por Internet? ¿Cómo había podido caer yo tan baja? Llegué a casa y ahí estaba mi hijo con un amigo jugando a la consola. Les dije que se preparasen la cena, que yo no iba a cenar. Pensé en colgarme del messenger, pero mi amante no estaba online. No habría llegado o pensaba que yo cenaría. Estaba tan inquieta que opté por ir a la playa a pasear, pero tampoco me calmaba. Un video andaba por ahí. Regresé a casa más temblorosa de lo que había salido, fui directa a mi habitación, mi hijo continuaba con la consola. Conecté el ordenador y el messenger. Estaba online y solicitaba conexión de cam. Mis dedos, sudorosos, temblaban, quedé helada, me vi yo, atada, siendo usada. Vi las dimensiones del vibrador con el que fui follada; “cabrón”, mi amante cuando apareció en pantalla lo hizo de espaldas y completamente cubierto por una especie de gabardina que estaría rellena por algo que le deformaba y encima una sudadera con la que aprovechaba para cubrirse la cabeza.
Él empezó a escribir, estaba muy orgulloso de mí, dijo. No solamente no me iba a dejar perder, sino que este había sido solamente un principio. Yo estaba que no daba pie en bola. Si la noche de la primera cita casi no dormí, esta estuve en vela y tan excitada que tampoco paré de masturbarme.
Pasaron dos días, hablando “normal” y me volvieron a saltar las alarmas. “Mañana quiero hablar contigo a las 7 de la tarde”. Puntualmente me conecté, la conversación nada tenía de extraordinario, tal vez porque ya nada podía ser extraordinario. Qué errada iba. Preguntó por la mini que compré para acudir a la cita y me ordenó vestirme como ese día y que saliese de la habitación, cenase y estuviese así hasta las 12 de la noche. Reclamé. No podía andar así por casa con mi hijo presente.
Ya lo creo que sí, perra!! y cortó.
Yo me quedé allí sentada, mirando el ordenador, era como de piedra. Pasó el rato, me levanté, vestí y salí. Mi hijo continuaba con la consola y sus ruidos histéricos. Preparé la cena. Si tenía hambre ya vendría. Yo no iba a provocar nada. Y vino, pero como si hubiese visto llover. Ningún comentario. Eso medio me tranquilizó, pero por dentro continuaba entre temerosa y excitada. Durante un par de días nuestras conversaciones por messenger se vieron modificadas por la ausencia de proposición para una nueva cita y un interés recurrente en que vistiese provocativa y a veces hasta exhibida yendo por casa y hablando continuamente sobre la sexualidad de mis hijos y de la puta de mi hija, según la nombraba él. Me pidió que colgase una foto de mi hija en la ventana de messenger, y a su insistencia terminé por poner una en la que está en topless, le vi ante mí, por la cam, masturbándose y eyaculando salvajemente.
Yo me sentía rara, confusa, pero continuaba excitada como nunca, aquel amante superaba con creces los que había conocido hasta el momento. Y su manera de tratarme? Parecía como si conociese mi intimidad mejor que yo misma. Tan recurrente iba siendo en cómo debía de vestir para andar por casa que no tardé en hacer comparaciones. Habíamos educado a nuestros hijos para que actuasen con decisión y sin complejos y ahí estaba el mío, con mucho carácter para los estudios y con los primeros contactos en la empresa de su padre, pero totalmente ausente ante la exhibición de mis curvas. Colgado de la TV o de la consola.
Llegó el momento, me citó para un nuevo encuentro. Quedamos en el día y la hora, el lugar, el mismo hotel. Vestida con la corta falda que me compré, pero con una camisa de hombre sin sujetador y casi sin abotonar. Su tono fue subiendo, llamándome de cualquier forma para hacer que le deseara por su forma de ser canalla y perversa. Me iba diciendo cosas que me haría en este encuentro.
¡Yo le deseaba!
Preparé una reunión para poder estar ausente sin tener que dar otra explicación. Comimos y mi hijo dijo que iba a tomar café al chalet de Xavi, un amigo que vive a 5 minutos en la misma urbanización. Cogí el coche y allí estaban su moto y los coches de él y de su hermana. Yo me dirigí excitada hacia Girona, estas citas eran una descarga de adrenalina, de sexualidad y de excitación. No sé si en el hotel pensaban que yo era una puta o una amante de un chaval rico, pero al llegar no tuve que pedir el sobre, ya me lo dieron sin más. Entré en la habitación, esta vez no hubo achuchón inicial y, en su lugar, aunque seguía el silencio y la oscuridad, me ofreció una fría copa de cava y me besó suavemente en los labios. Esta actitud me sorprendió. Pero no tardé en pensar que todo era un camelo en su proceder perverso, pues me sentó en la cama, siguió besándome mientras me iba desnudando (cosa que hizo por primera vez). Una vez desnuda, me hizo el amor con una suavidad y cariño que me sorprendieron de tal forma que no tardé en regalarle un orgasmo.
Luego se fundió en un suave y cariñoso abrazo, pero al poco rato fui notando un movimiento sospechoso. Me fue cerrando las esposas en mis muñecas y recorriendo mi cuerpo con su lengua, bajó hasta mis tobillos que también ató. Así, atada, volvió a hacerme el amor, porque tal como me lo hacía, así era. Completamente sorprendente. Tal fue el caso que, una vez nos corrimos, se acomodó en la cabecera de la cama e introdujo su pene en mi boca, que yo lamí con el mismo cariño con el que él me estaba tratando. A pesar de tan delicado comportamiento, yo notaba cómo a cada movimiento suyo yo ponía las antenas por lo que pudiese ocurrir.
Lo primero en devenir fue, después de mi delicada mamada, él aprovechó que salía de la cabecera para quedarse detrás de mí y, con el mando a distancia, puso en marcha un minicd de estos portátiles que previamente conectó al televisor. Allí me volvió a pasar la película de lo ocurrido en la cita anterior. Pasaba como de forma aleatoria distintas secuencias, pero al visionar cuando él estaba follándome con la gabardina y la sudadera, rebobinó y volvió a pasarla. Y volvió a rebobinarla y a pasarla, pero justo en este momento empezó a besarme la cabeza por detrás y fue lamiéndome el cuerpo y colocándose, esta vez desnudo del todo, sobre mí. Empezó a hacerme el amor de nuevo. Dulce. Romántico. Como si no quisiera romperme. Yo me sentía como el silencio de la jungla cuando se avecina tormenta, tranquila, pero con un sexto sentido a la espera de lo que podía pasar y pasó. Pasó como una tormenta con mucho aparato sonoro, pues él tuvo que taparme para no alarmar al personal del hotel.
Él seguía abrazado a mí, haciéndome el amor con su pene extremadamente duro, tal vez más que las otras veces, y besándome en la boca. Me estaba volviendo a sentir en el cielo, excitada, cuando él, con algo que había preparado, encendió la luz de la habitación. Grité como no había gritado en mi vida y quedé paralizada mientras MI HIJO me tapaba la boca y, desbocado, estaba terminando ya no de hacerme el amor, sino de follarme. Terminó de correrse, pero no podía dejar de taparme la boca porque yo seguía intentando zafarme, no consiguiéndolo por su peso y por las esposas.
Consiguió hacerme razonar al menos para que me calmara. No accedió, sin embargo, a taparme ni tan siquiera a comportarse. Me di cuenta de dónde estaba y cuál era mi posición y me quedé callada, a la espera de sus palabras. Sin desatarme, esta vez por seguridad, se sentó en la cama, a mi lado, y empezó a contarme, mientras su mano subía y bajaba lenta y cariñosamente por mi vientre. Resumiendo, que hacía unos meses, por unas necesidades, fue a mi habitación para utilizar mi ordenador y que, una vez allí, cuando había guardado los documentos y procedía a buscarlos para su copia, le pasó por la cabeza seguir hurgando y buscar los logs de mis conversaciones por chat. Él sabía que yo tenía mis aventuras, pero alucinó con algunas conversaciones mantenidas con alguno de mis amantes el día después de la cita y alucinó más cuando alguno de estos amantes eran de su edad.
Desde aquel día, me dijo que me miraba con respeto de madre, pero con un deseo de mujer incontenible y fue así que fue fraguando la manera de tenerme. Dedujo, creo que acertadamente (ahora ya no sé qué decir), que por un proceso de seducción normal habría fracasado, así que urdió el encuentro por chat. Estudió los logs y eso le permitió mantener la conversación al ritmo de aquello que observó que más me atraería y más me ligaría a él. En los primeros encuentros había una combinación de culpa, de deseo y de asegurarse que, ante el fracaso, se llevaba lo mejor de mí. Y creo yo que buscaba una especie de complicidad. Si después de cómo transcurrió la primera cita yo acudía a la siguiente y a la siguiente, ¿cómo podía justificar el que no hubiese continuidad? ¿Por ser madre e hijo? ¿Y todo lo vivido cuyos sentimientos estaban escritos en los registros del messenger?
No podía pasarme toda la vida en la habitación del hotel, así que me venció la razón y él me desató bajo mi palabra de que no armaría ningún número y que íbamos a pasar la noche allí como una forma de meditación. Accedí, me desató y fui a ducharme. Al poco rato, él entró y hablamos mientras yo me duchaba, me ayudó a salir y, con una toalla grande, me secó. Momento en el que, ambos de cara al espejo, empezó a besarme con mayor dulzura si cabe que hacía unas horas. “No niegues la evidencia, mamá. Como hijo daré mi vida por ti y jamás te faltar é al respeto. Pero como mujer eres mía y así lo deseas.” Di media vuelta y le besé. Volvimos a la cama e hicimos el amor.
Desde aquel día, nadie puede negar que sigue siendo un buen hijo, pero cuando le apetece me hace el amor y no desatiende mi sexualidad morbosa y me usa con tanta o más contundencia como lo hizo los dos primeros días.
Autor: Montse
