Si mi hija quería verga, tendrá la mía

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Debo admitir que siempre he sido un padre sobreprotector, sobre todo con mi única hija Samanta, que hoy tiene 18 añitos. Mi esposa murió hace 5 años y me he dedicado a trabajar duro para sacarla adelante y que estudie en el mejor colegio.

Contraté a una sirvienta para que ayudara con los quehaceres de la casa y, a los pocos meses, empecé a notar que se me perdían las joyas de mi difunta esposa, dinero y otras cosas. Al principio pensé que eran las compañeras de mi hija, que siempre iban por las tardes a hacer tareas, o quizás ella misma.

Así que un sábado por la tarde le di la tarde libre a la sirvienta y mi hija se fue al cine con sus amigas, regresando hasta la noche. De inmediato llamé para que instalaran cámaras ocultas en toda la casa, porque ya era demasiado lo que se me perdía y no podía juzgar sin pruebas.

Las instalaron rápido y, desde entonces, mi cuarto permanecía con llave; solo yo podía entrar para ver los videos en mi laptop.

A los tres días confirmé que la sirvienta robaba y la eché sin explicaciones. Le dije a mi hija que la sirvienta se había marchado sin aviso. Platicamos y acordamos que, al volver del colegio, ella ordenaría y haría todo en la casa. Se molestó al principio, pero con los días lo aceptó.

Una noche, agotado pero curioso, revisé la laptop y vi a mi hija entrar con un compañero del colegio. Ambos traían uniforme; él se veía mayor que ella. Desde la entrada venían besándose como locos enamorados. Ella se acostó en el sofá, él encima tocándole las piernas; era obvio que ya estaba caliente.

Le mostró la verga a mi hija
De repente, él se puso de pie, se sacó la verga —no tan grande, pero gruesa y cabezona— y le quitó la camisa y el brasier, dejando esas tetas al aire. Empezó a mamarlas y ella gemía. Luego le metió mano en la panochita y ella se paró de un salto.

—Todavía no estoy lista —le dijo.

Él la rogó, pero ella lo sacó a empujones de la casa.

Cuando el video terminó, yo ya tenía la verga afuera, masturbándome. No podía creer lo rica que se veía mi hija, aunque me enojaba verla con ese novio que ni conocía.

Esa noche, con unas copas encima pero lúcido, entré a su cuarto. Ya dormía. Me llené de valor, le quité la sábana poco a poco: no traía pijama, solo un cachetero negro y un top negro. Se veía deliciosa; sabía que era una tentación.

La desperté suavemente.

—Papá, ¿qué pasa?

—Ven, acompáñame. Quiero mostrarte algo.

La llevé a mi cuarto, abrí la laptop y reproduje el video. Se puso nerviosa, pero no pálida de miedo.

—Papá, perdóname, no quise que lo vieras.

Sonreí, la abracé fuerte y le dije:

—Tranquila, mija, no pasa nada. Te ves preciosa y entiendo que lo tengas loco.

La besé en la boca y ella respondió con deseo, besándome de vuelta sin dudar. Me miró fijamente.

—Papá, te deseo tanto como tú a mí. Enséñame a hacerlo rico. Prométeme que será nuestro secreto y que nadie se enterará.

—Prometido, mi amor —le contesté.

La agarré de las nalgas; se acostó en mi cama. Me quité todo, quedando desnudo completamente. Ella se sentó encima de mí, poniendo su conchita en mi pija, y empezó a moverse. Sentía raro, pero me encantaba. Producto de nuestro deseo mutuo, hice lo que ambos queríamos: la desfloré esa noche, disfrutándolo intensamente.

Desde entonces, nunca más pasó nada. Nos llevamos de lo más normal, como si nunca hubiera pasado algo.

By: Anónimo

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