Follando a la novia del jefe y a su hija
Hola, me llamo Alex. Este es el relato de lo que me pasó hace unas semanas en el trabajo.
Era un sábado en el restaurante donde trabajo. Ahí también labora mi jefe de 45 años y su novia de 31, su tercera pareja tras ser divorciado. Ella era colorada, de unos 1.65 m, flaca, con pelo castaño, tetas normales y un culo grande que siempre me volvía loco.
El restaurante estaba más concurrido por la noche, así que mi jefe salía desde las 2 hasta las 8 pm para ayudar después. Como no había clientela, estábamos en la cocina con la puerta cerrada para evitar robos. Sin trabajo, nos pusimos a cocinar un almuerzo para los dos. Mientras ella cocinaba, yo sacaba las cuentas de las ganancias de la mañana. Se me cayó el lapicero; al agacharme a recogerlo, resbalé con un poco de aceite en el piso y le agarré una nalga a la novia del jefe, que se llamaba Yuli.
Ella me miró y me preguntó por qué había hecho eso. Intenté explicarle el accidente, pero no me creía y amenazó con decírselo a mi jefe para que me corriera. Le supliqué que no lo hiciera. Ella no cedía, así que le pregunté qué podía hacer para que no dijera nada. Me dijo que la acompañara a un lugar. Dejamos el mandil en la mesa de la cocina y subimos al segundo piso, a la oficina.
Allí, se subió al escritorio, abrió las piernas y, bajo su falda de cocinera, mostró una tanguita morada que apartó para dejar ver su vagina depiladita. “Si no quieres que te corran, hazme caso en todo”, me dijo. Acepté encantado, porque la deseaba desde hacía tiempo; era un monumento de mujer.
Me ordenó que le chupara la vagina. Lo hice, aunque no era mi favorito, y ella gemía de placer y morbo. Mi pene se empinzó a parar por la excitación. Ella lo notó y me dijo que parara. Me senté en el sillón; desabrochó mi pantalón, sacó mi pene —aún un poco flácido pero de buen tamaño, 22 cm y moderadamente grueso— y quedó sorprendida. Con la lengua lamió la cabecita y luego se lo tragó hasta la garganta. Era una comelona experta.
Una vez duro, se paró, se desvistió por completo y me dijo que yo hiciera lo mismo. Quedamos desnudos. Se acercó al escritorio, me dio la espalda, se inclinó en pose de perrito y me dijo: “Fóllame, ahora soy tu puta”.
Sin perder tiempo, coloqué la cabecita en la entrada de su vagina y empecé a penetrarla. Gritaba de placer; le pregunté por qué estaba tan apretada y me confesó que no follaba desde hacía tiempo porque mi jefe no le daba dinero, pero ahora solo cacharía conmigo. “¡Aaaahh, síii, fóllame! ¡Haaaa!”, gemía. Le di cachetadas en las nalgas, le agarré el pelo y la embestí con más fuerza.
Le dije que la sacara; se dio vuelta, me besó y la alcé, apretándome con las piernas por la espalda. “Métemela mientras me cargas”, suplicó. Me vine dentro de su vagina, llenándola de leche que chorreaba por sus piernas.
Mi pene se ablandó, pero ella lo chupó de nuevo hasta endurecerlo. Se puso en perrito en el suelo y me dijo: “Serás el único que tenga mi culo por siempre; has demostrado que me follas rico”. Era virgen anal, así que entré poco a poco. La cabecita costó, y dio un grito de placer. Seguí hasta la mitad, a poquitos, mientras gemía y soltaba lágrimas de éxtasis. “¡Hahaa, síiii! ¡Más duro!”, pedía.
La encule cada vez con más velocidad y fuerza, hasta que exploté de nuevo, manchando sus nalgas y espalda de semen.
Luego de ese día, follamos cada vez que quiero. Se volvió adicta a mí y a ser salvajemente follada, tal como en los videos porno.
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