Follando a mi prima en su cumpleaños numero 19 mientras todos bailan en la sala

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Mi prima cumplía diecinueve y la casa estaba hasta el tope. Los tíos, los primos chicos, la música a todo volumen en la sala y todos moviéndose borrachos sin fijarse en nada. Yo llevaba toda la tarde mirándole las piernas, esas que se le veían bajo el vestido corto que se puso para la fiesta. Ella también me buscaba con la mirada, se mordía el labio y se acercaba más de lo normal cuando pasaba a servir las cervezas. En un momento se me acercó al oído y me dijo que subiera en cinco minutos, que nadie iba a notar nada. La excusa ya la tenía: iba al baño.

Subí las escaleras con el corazón a mil y la encontré en su cuarto, la puerta entreabierta y ella sentada en la orilla de su propia cama. No hablamos mucho. La agarré de la cintura, la besé con lengua y le subí el vestido hasta la cintura. Debajo tenía una tanguita rosada que apenas le tapaba algo, ya con una manchita húmeda en el centro. Le bajé el calzón hasta los tobillos, se lo saqué de un tirón y ella se rió bajito, tapándose la boca para que la música de abajo no dejara de cubrirnos. Yo ya tenía la verga dura como piedra y se la restregué por las nalgas mientras le chupaba el cuello.

La puse en cuatro sobre su propia cama, con la cara hundida en la almohada y el culo bien alto. Se la fui metiendo despacio, centímetro a centímetro, y ella gimió tan fuerte que tuvo que morder la sábana. Le agarré las caderas y empecé a darle duro, viendo cómo la cama vieja crujía y cómo sus nalgas rebotaban con cada embestida. Abajo seguían bailando «La Chona» a todo volumen y nosotros ahí, con la puerta entreabierta, cogiéndonos como dos desesperados. Ella movía las caderas hacia atrás, me pedía más, me decía «no pares» con la voz quebrada.

Cuando sentí que ya no aguantaba, le tiré del pelo suave, la levanté un poco y le di los últimos vergazos hasta vaciarme dentro. Ella se quedó temblando, con las piernas flojas y el vestido todavía arrugado en la cintura. Se giró despacio, me miró con esa cara de recién cogida y me dijo al oído que nunca la habían hecho sentir así. Yo todavía jadeaba, con la verga brillante y el corazón golpeándome el pecho, sin querer salir de entre sus nalgas.

Nos limpiamos con una toalla que había tirada en el suelo, nos acomodamos la ropa y bajamos como si nada hubiera pasado. En la sala todos seguían bailando y nadie preguntó por qué tardamos tanto. Ella me guiñó un ojo, se sirvió otra cerveza y se fue a bailar con sus amigas como si el mundo no se hubiera movido. Pero cada vez que pasaba cerca me rozaba la pierna, y en un descuido, cuando nadie miraba, me apretó la mano. Ahí entendí el mensaje: la noche no había terminado. En su cumpleaños número diecinueve dejó de ser solo mi prima, y cuando la fiesta acabara y los tíos se fueran a dormir, ya teníamos la excusa perfecta para volver a subir esas escaleras.

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Juan Felipe
Juan Felipe
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