Mdq, Basket, Amigos. Cap 1 «nosotros»

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Quiero presentar una serie de varios relatos , el primero es bastante largo, aun asi son largos la mayoría espero que les guste y me encantaría que comenten.

Capítulo 1 — Nosotros

Mar del Plata ,Argentina 2024

Si alguien nos veía juntos probablemente pensaba que éramos amigos por el básquet.

No era así.

O, por lo menos, hacía mucho tiempo que había dejado de ser así.

El básquet nos había juntado cuando éramos adolescentes. El colegio y las inferiores de Peñarol hicieron el resto. Pero después de tantos años, Pablo, Nicolás, Tati y yo ya no éramos simplemente compañeros de equipo.

Éramos amigos de la vida.

Pablo:
Pablo tenía veintiséis años y probablemente era el más llamativo de los cuatro.
Medía un metro ochenta y ocho, era rubio, llevaba el pelo prolijo, parecido a Nico Paz , y tenía un físico muy trabajado. Musculoso, definido y obsesivamente cuidado.
Podía pasar más tiempo hablando de alimentación, entrenamiento y composición corporal que cualquiera que yo conociera. Se cuidaba muchísimo, se depilaba prácticamente todo el cuerpo y estaba permanentemente pendiente de su aspecto.
Y tenía ego, Mucho!
Pero era difícil separar ese ego de la personalidad que lo había convertido, desde adolescentes, en una especie de centro de gravedad del grupo.
En Peñarol pasaba algo parecido. Pablo tenía presencia. Cuando hablaba, normalmente los demás escuchaban.

Llevaba diez años con Laura. Prácticamente toda nuestra vida adulta la habíamos conocido estando a su lado.
Élla, rubia, alta, delgada, de ojos claros y estudiaba nutrición. Tranquila, dulce y bastante complaciente con Pablo. Desde afuera parecían la pareja perfecta.
Pero nosotros sabíamos que había un tema en el que eran muy diferentes.

Pablo era inquieto y curioso. Laura, en cambio, era mucho más tradicional. Su intimidad se había vuelto previsible con los años. Vivían juntos.

Su familia también estaba vinculada al deporte. Su hermano menor, Fede, jugaba al básquet, aunque había hecho su carrera en Once Unidos.

Nicolás:
Nico también tenía veintiséis, pero físicamente no podía ser más diferente a Pablo.

Medía 2,02m de altura, Morocho, pelo corto, hombros anchos y cuerpo atlético, aunque sin la obsesión por estar definido que tenía Pablo.

Comía bien y entrenaba, obviamente, pero podía clavarse una hamburguesa sin pasar las siguientes cuarenta y ocho horas arrepintiéndose.
Era probablemente el más equilibrado de nosotros.
El típico tipo que se llevaba bien con todo el mundo.
No necesitaba ser protagonista y rara vez se metía en una discusión si podía evitarla. Menos con el sexo , ahi todo cambiab.
Muchas veces él terminaba siendo el intermediario cuando alguno de nosotros se calentaba con otro.

Estaba de novio hacía tres años con Ana, una médica residente rubia, de ojos marrones, pecas y una personalidad bastante más fuerte de lo que su apariencia tranquila hacía pensar.

Nico trabajaba además algunas horas en el gimnasio del club y vivía en un PH detrás de la casa de su padre.

Maxi:
Aunque casi nadie le decía Maxi.
Para nosotros siempre había sido Tati.
Tenía veintisiete años, medía 1,90m y había nacido en Haití. Había sido adoptado por una familia con muy buena posición económica de Mar del Plata y llevaba dieciocho años viviendo en Argentina.

Piel negra, ojos color miel y un físico que a Pablo le provocaba una mezcla entre admiración y bronca.
Porque Tati comía lo que quería y seguía estando marcado.
No era enorme. Más bien delgado, atlético y naturalmente fibrado.

Con desconocidos podía parecer introvertido. Incluso distante. Pero bastaban veinte minutos con nosotros para conocer al verdadero Tati.
Fiestero, divertido y absolutamente impredecible.
Sus relaciones rara vez duraban demasiado. Dos años. Tres con suerte. Siempre terminaba aburriéndose.

Ahora estaba con Carla, que trabajaba en un local de lencería femenina. Tati además se había recibido de contador y colaboraba con la empresa constructora de su familia.
Era posiblemente el que llevaba una vida más desordenada de los cuatro.
Y también el que acumulaba más historias que después terminábamos escuchando nosotros.

José:
Y después estaba yo.
Veintisiete años.
Un 1.85m, Morocho, ojos azules, pelo corto y un físico musculado por tantos años entre básquet y gimnasio. Siempre había tenido mucho pectoral y una cola bastante marcada, algo que inevitablemente había generado cientos de cargadas dentro del vestuario.

Yo era mucho más extrovertido que Nico y Tati yHablaba con cualquiera.
Podía terminar conversando con alguien que acababa de conocer como si fuéramos amigos desde hacía diez años.

Pero había una contradicción bastante grande en mi vida.
Era el único soltero del grupo.
Y llevaba así más de ocho años.

Había tenido relaciones ocasionales, alguna historia que duró un poco más y varias que no llegaron a ninguna parte. Pero novia, formalmente, no tenía desde hacía muchísimo tiempo.

Jugaba en Peñarol con los demás y algunas horas por semana ayudaba con los números en el restaurante de mi viejo.
Económicamente estaba cómodo.

Vivo solo en La Perla, en un departamento de mi familia que había heredado.
Y me gustaba vivir solo ,o eso decía.

Decir que éramos amigos porque jugábamos juntos en Peñarol se quedaba corto ,Éramos amigos de la vida
Nos veíamos fuera del club constantemente. Comíamos juntos, salíamos, festejábamos cumpleaños, organizábamos vacaciones y aparecíamos en la casa del otro sin demasiadas explicaciones.
Conocíamos a nuestras familias
Habíamos estado presentes en separaciones, discusiones, problemas familiares y momentos importantes de la vida del otro.

Laura, Ana y las distintas novias que Tati había tenido durante esos años se habían ido incorporando naturalmente al grupo.

Yo, siendo el único que llevaba años soltero, era casi siempre el que llegaba solo, Pero el núcleo seguíamos siendo nosotros cuatro.
Pablo, Nico, Tati y yo.

Habíamos compartido concentraciones, habitaciones de hotel, viajes interminables en micro y miles de horas dentro de un vestuario.

Después de tantos años, prácticamente no existía pudor entre nosotros.

Nos habíamos visto desnudos incontables veces. Las cargadas sobre nuestros cuerpos eran parte de la rutina y las conversaciones sobre sexo aparecían con la misma naturalidad con la que hablábamos del partido del fin de semana.

Nunca había pasado nada entre nosotros, Ni siquiera lo pensábamos de esa manera.

Éramos cuatro amigos comportándonos como cuatro tipos que llevaban media vida juntos.
Pablo contaba cosas de Laura.
Nico hablaba bastante menos de Ana, aunque nosotros siempre conseguíamos sacarle alguna confesión.
Y Tati…
Bueno.
Tati podía llenar una noche entera con sus historias.
En las duchas esas conversaciones a veces se volvían bastante subidas de tono. Alguna cargada, alguna reacción involuntaria y veinte minutos de risas.

Post partido:
El agua caliente caía sobre mis hombros mientras apoyaba la frente contra la pared de la ducha. El vapor ya empezaba a llenar el ambiente y la visibilidad era cada vez menor.

—¿Vieron la jugada del segundo tiempo? —dijo Nicolás mientras se enjabonaba el pelo
echando la cabeza hacia atrás bajo el chorro de agua—. Pero vos, Tati, ese pase tuyo entre dos jugadores… una locura.

Tati estaba a mi izquierda, de espaldas, dejando que el agua le recorriera la espalda. Su piel negra brillaba con el agua y el jabón resbalando por los músculos fibrosos de su espalda. Estaba totalmente lampiño como siempre, y su cuerpo parecía esculpido incluso sin intentarlo. El tipo comía lo que se le antojaba y seguía definido. Una injusticia.

Pablo estaba inusualmente callado. Se enjabonaba los hombros con movimientos mecánicos, mirando el piso. Para alguien que era la figura del equipo habitualmente, su rendimiento esa noche había sido flojo. Dos pérdidas innecesarias y varios tiros que normalmente clavaba sin pensar terminaban rebotando en el aro.

Nicolás lo notó, porque Nicolás notaba todo.
—¿Te pasa algo, Pablo? —Nicolás lo dijo de casualidad, enjuagándose el pelo—. Estabas raro hoy en la cancha. No es vos esas jugadas donde perdiste pelotas

Pablo se encogió de hombros bajo el agua, sin levantar la mirada.
—No me pasa nada —murmuró Pablo mientras se frotaba el pecho depilado con el jabón—. Un mal partido, nada más.

Nicolás lo miró un segundo más de lo normal, como decidindo si insistir o dejarlo ahí. Conocía a Pablo suficiente para saber que cuando cerraba un tema, estaba cerrado.

—Bueno, cambiando de tema —dijo Tati con esa media sonrisa que siempre le veía cuando estaba por soltar algo
—. ¿Le cuento lo que me pasó ayer?

Nicolás giró la cabeza hacia él de inmediato. Pablo ni se movió, pero su silencio era atención pura.

—¿Qué te pasó? —preguntó Nicolás con curiosidad, pasándose la mano por la cara para quitarse el agua de los ojos.

Tati se echó el shampoo en la mano y empezó a masajearse la cabeza con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Una mina de 40 —empezó Tati con tranquilidad, como si relatara un partido de los domingos—. La conocí en el supermercado, no me pregunten cómo. Estabamos en la zona d elas bebidas, y bueno… una cosa llevó a la otra.

Nicolás soltó una risa corta.
—¿En el super? —Nicolás negó con la cabeza mientras se enjuagaba—. Vos tenés un radar, loco.

Tati se rio bajo el agua, echando la cabeza hacia atrás. -Amo mi color de piel
—Y ni me esfuerzo —dijo Tati con esa calma que lo caracterizaba—. La mina me mira, me pregunta si el vino era bueno, le digo que no tengo idea pero que le puedo recomendar otro tipo de bebida. Me miró, se rio, y al rato estábamos en el estacionamiento.

—Sos terrible —dijo Nicolás mientras se pasaba la toalla por la cara saliendo del agua.

Tati se rio otra vez y siguió.
—La mina era re linda, eh. Cuarenta años pero como si tuviera treinta. Un culo que no terminaba más. Rubio teñido, esas que van al gimnasio todos los días y se hacen las que no les importa nada pero se cuidan más que nadie.

—Le dije vamos a mi casa que esta a 3 cuadras de acá.

Tati hizo una pausa para enjuagarse el shampoo. El agua le resbalaba por el pecho liso y los abdominales marcados. Nicolás ya estaba afuera de la ducha secándose, pero seguía escuchando. Pablo tampoco se había ido. Yo seguía bajo el agua, fingiendo que me enjabonaba los brazos.

—Llegamos a mi casa , la lleve a la cama, empieza a manosearme por encima del pantalón —Tati lo decía con la misma tranquilidad con la que comentaba el clima—. Y yo sintiendo que la mina estaba re caliente, le meto la mano por la ropa y le toco el culo. Un culo, eh, duro, firme, de esos que uno dice «esta mina hace sentadillas todos los días de su vida».

Tati se pasó la mano por la cara para quitarse el agua y siguió.

—La mina me desabrocha el pantalón y me dice «a ver»

—La mina se saca el pantalón se arrodilla y me la empieza a medir con su cara, se da golpes contra su cara. Me la quiere empezar a chupar y la miro fijamente y le digo » esto tiene una condicion, ella sorprendida me mira, yo rio, y le tiro «amo hacer el orto» asi que yo quiero romperte el culo y en 4.

Tati hizo una pausa y se pasó la mano por el abdomen, como secándose, pero la mano bajó más de la cuenta. Yo lo vi de reojo: su pene, que colgaba inmenso incluso en reposo como siempre, empezaba a despertar. No era algo que él intentara disimular. Tati nunca disimulaba nada.

—Le agarré la cintura, le di una palmada en el culo y le dije «relajate que esto va a doler, Tati se rio de su propia frase mientras su mano seguía bajando, descansando ahora sobre su miembro que seguía creciendo—. La mina se reía, pero cuando se lo metí cambió la risa por otra cosa, eh.

Tati siguió hablando con naturalidad, pero su mano ya no se estaba secando. Se estaba acariciando despacio, sin rubor, como si fuera la cosa más normal del mundo. Su pene, que en reposo ya era descomunal, ahora estaba creciendo visiblemente, oscuro y pesado en su mano.

Nicolás, ya con la toalla en la cintura, se apoyó en la puerta de la ducha y se cruzó de brazos.

—Loco, ¿no te hagas la paja acá?
Tati se pasó la mano libre por la cara, quitándose el agua, y siguió con la misma calma de siempre.

—Le costaba entrar, eh —dijo Tati con naturalidad, como quien comenta un detalle táctico del partido—. La mina estaba re apretada. Yo le voy metiendo de a poco, y ella hace ese gesto de «ouch, ouch» que hacen cuando les parece que no va a entrar nunca.

Tati hizo una pausa y se acomodó bajo el agua. Su mano seguía moviéndose despacio, sin urgencia, como si el ritmo del relato y el de su cuerpo fueran la misma cosa.

—Y justo cuando ella me dice «vas a tener que ir más lento», yo saco el lubricante de la mesa de luz.
¿Y con el lubricante entró entera? —la pregunta se me escapó antes de que pudiera pensarla. Me di cuenta demasiado tarde de que mi voz sonó distinta, demasiado interesada para alguien que solo estaba preguntando por curiosidad.

Tati abrió un ojo bajo el agua y me miró. Esa mirada suya, tranquila, sin apuro, que siempre parecía saber más de lo que decía.

—Entera, amigo —dijo con calma, como si me estuviera confirmando el resultado de un partido—. Hasta el fondo.

El silencio después de esa frase duró un segundo más de lo normal. Tati me sostenía la mirada con esa calma suya, su mano todavía descansando sobre su miembro que ya estaba en su esplendor completo. Veinticuatro centímetros de pene negro, grueso, oscuro, brillando bajo el agua. Una cosa era saberlo por los vestuarios. Otra era verlo así, erecto, a menos de un metro de distancia.

Sentí cómo mi propio cuerpo reaccionaba. Mi pene, que en reposo era casi ridículo por lo chiquito, empezaba a despertar entre mis piernas. Intenté pensar en cualquier otra cosa. El partido. El resultado. La cena. Ana. Laura. Lo que fuera. No sirvió de nada.

Intenté desviar la mirada, pero era como intentar no mirar el sol en un día despejado. El cuerpo de Tati bajo el agua, ese contraste de piel negra brillante, los músculos definidos sin esfuerzo, y esa cosa suya apuntando hacia adelante como si tuviera voluntad propia.

Mi pene siguió creciendo. No había forma de esconderlo. Cuando esta en reposo parece una pija de una adolescente.

Nicolás fue el primero en notarlo. Claro que fue él. Nicolás notaba todo.

—¡Mirá al José! —señaló con el dedo mientras soltaba una carcajada—. ¡Ya se le paró! Mi pija no estaba dura pero como siempre dormida era chica con 16cm que tendria, me decian- la tenes dura
Se le paró escuchando a Tati contar la historia de la mina del super! —Nicolás se reia. ¡El José está reprimido, loco!

—¡Ocho años sin novia, te tiene que pasar algo! —Nicolás seguía con las carcajadas, apoyado en el marco de la puerta, señalándome—. Después seguro se mata a pajas en el dpto.

Pablo soltó otra risa corta, esta vez más audible. Hasta Tati rio, despacio, sin abrir los ojos.

De la vergüenza, se me bajó. Así de simple. El cuerpo tiene sus propios mecanismos de defensa y el mío decidió que la humillación pública era más fuerte que cualquier otra cosa. En segundos estaba otra vez en reposo, chiquito, casi invisible entre el vapor y el agua.
Sentí la sangre subiéndome hasta las orejas. El vapor de la ducha ya no era lo único que me calentaba la cara.

—Uh, ya se le bajó —Nicolás lo dijo con tono de decepción teatral, como si hubiera perdido el espectáculo—. Qué aburrido.
—Cállate, pelotudo —murmuré cerrando el grifo.
Nos fuimos secando con las toallas entre el vapor que ya empezaba a disiparse.

—Diez mil pesos a que el José se va derecho al dpto a matarse a pajas —dijo Nicolas mientras se ponía los shorts.
El trayecto desde el club hasta La Perla lo hice en auto con las ventanillas bajas, a pesar del frío. Necesitaba el aire. Y una bebida isotonica, la cual pensaba comprar en el kiosco que esta en la planta baja del edificio, peeero, cuando llegué veo que en el kiosco hay un cartel que dice «aquilo local»
– La puta madre, tomaré agua entonces.

Me tire en la cama. El sillón reinaba en la penumbra del departamento. Me acosté boca arriba, con el techo blanco mirándome de vuelta. La frazada hasta la cintura. El celular en la mesa de luz con la pantalla negra. Todo en su lugar.

Todo en su lugar menos mi cabeza.

Cerré los ojos. Eso fue mi primer error.

Porque cuando cerré los ojos, el vestuario volvió. El vapor volvió. El olor a jabón barato y cancha mojada volvió. Y Tati volvió. No el, su pija

Lo vi otra vez. Ahí, bajo el agua, con la cabeza echada hacia atrás. Los ojos cerrados. Esa calma, esa puta calma suya que te hacía sentir que vos eras el problema y no él.

Su mano sobre su pene. No se tocaba rápido. No se tocaba con urgencia. Se acariciaba despacio, como quien acaricia a un perro tranquilo. Y esa cosa suya creciendo en su mano, oscuro, pesado, con esas venas que se marcaban bajo la piel negra y brillante.

Mi pene estaba en reposo. Chiquito. Casi ridículo sobre mis huevos gigantes. Esa versión de mí que nunca entendí: en reposo parecía el de un puber, casi nada, un botón escondido entre el vello recortado, Pero cuando se despertaba, cuando de verdad se despertaba, se transformaba en otra cosa. En otra persona. En una bestia que no pedía permiso, Y estaba despertando.

Lo sentí antes de verlo. Ese hormigueo en la base, ese calor que empieza adentro y se va extendiendo como una mancha de tinta. Mi pene empezó a crecer debajo de la sabana Lento primero, como si dudara. Como si le preguntara al cerebro «¿estás seguro de esto?». Y el cerebro respondiendo «sí, estamos seguros, seguí».

La sabana empezó a moverse. Esa tienda que se arma cuando uno está boca arriba y las cosas empiezan a pasar por su cuenta. Primero un bulto chico, casi nada. Después el bulto creció, empujando la tela, levantándola como un mástil que se iza despacio.

Me quedé mirando el techo. No me quería tocar. No quería ser ese tipo. Pero mi cuerpo ya había decidido por mí.

Cerré los ojos otra vez. Error número dos.
Porque cerrar los ojos fue invitarlo.
Tati apareció de nuevo. Pero esta vez no era el Tati del vestuario contando una historia con naturalidad. Era el Tati del agua cayéndole encima, Y abajo, esa cosa.

Esa cosa suya colgando pesada entre sus piernas, incluso en reposo más grande que la mía erecta. Y después viéndolo crecer. Así, sin tocarlo, sin hacer nada, solo con la charla y el agua y esa calma. Creciendo como si tuviera vida propia, oscilando hacia adelante, pesado, grotesco en su perfección. 24cm de pene negro, grueso, con la cabeza oscureciéndose a medida que se llenaba de sangre.

Y yo preguntándole «¿entró entera?»

Me pregunté por qué le había preguntado eso. Por qué la respuesta me importaba. Y la respuesta me importaba. Me importaba demasiado.

—Hasta el fondo
—La concha de tu madre, José —murmuré al techo.

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