En su piel: El fuego que nunca se apagó
Duración estimada de lectura: 6 minutos
Visitas: 1,843
Era imposible despegarme de él. Cada cosa que hacíamos en vacaciones, cada compra, cada compartir, cada elemento que tenía que ver con su nombre y su apellido me enloquecía desde esa tarde. Y él parecía corresponderme. Entonces aprovechábamos cada momento a solas, en cualquier habitación, para darnos una pequeña probada de lo que nos encantaba, ese secreto compartido que nos deleitaba.
A veces eran besos fugaces, manoseadas o nalgadas, pero nunca dejábamos que terminara un día sin que nos tocáramos. Nuestro primer encuentro sucedió dos semanas antes del regreso a nuestras casas, y desde ese día no pudo ocurrir más. Teníamos nuestros números de teléfono pero en ningún momento del año nos texteabamos. Por semanas solo podía pensar en el, en la visión de su virilidad desnuda, en el olor a sexo y saliva que desprendía cada centímetro de su piel. En la ducha me tocaba pensando en el. En la cama me sacudía y sudaba pensando en el. Con mis manos tocaba los lugares donde deseaba que la yema de sus dedos se extendiese y se se apoderase de cada centímetro de mi. Pasó el primer, segundo y tercer mes y llegamos a fin de año y recibí la noticia de que no podía visitar mi ciudad. Me sentí frustrado, decepcionado y en aquel momento el fuego se aplacó lentamente. Conocí a alguien más. Ella era muy hermosa y bastante atrevida, y los deseos que había despertado él fueron migrando hacia el cuerpo de otra, desdibujando su recuerdo lentamente.
Y así pasaron dos años hasta que volvimos a la casa del abuelo. Teníamos todo ese tiempo sin siquiera textearnos en nuestros cumpleaños, o en la navidad. Pero al mirarlo otra vez acudieron a mi mente las sensaciones inalcanzables que solo él había logrado despertar, y lo deseé al instante. Su rostro ahora tenía una incipiente barba, su mentón era más profundo y su cuerpo había adquirido una dimensión aún mayor de la que imaginaba, y no paraba de pensar en las noches de las primeras semanas en tener su miembro desnudo frente a mi boca, pintándola con el blanco labial caliente que anhelaba saborear.
Hasta que una noche, al mirar la televisión, recibí un mensaje. Tome el teléfono sin esperar nada a cambio y me sorprendió leer su mensaje: “Ven, que hoy si duermo solo”. Su hermano había salido temprano y había acostumbrado a llegar a altas horas de la noche y dormir en la sala, lejos de la habitación. Entré en la habitación, y él estaba recostado en la cama con un paño cubriendo sus caderas. Su pecho y su cabello estaban húmedos, y la habitación olía a una mezcla de lavanda y un dulce perfume masculino. Nunca lo olvidaré. Me miró al instante como si fuera la primera vez y sin dudarlo me abalancé a su cama, situándome arriba de él. Me quité la camisa y empecé a besar sus labios carnosos que tanto añoraba, y en mi mente empezaron a desfilar los recuerdos y las fantasías mezcladas en un cóctel que estaba a punto de llevarme más allá. Le quité el paño sin miramientos y vi como su pene erecto se quedaba inmóvil esperando ser acechado, y lo agarré entre mis manos sin dejarlo de besar. Entonces bese su vientre y lamí su ombligo, y con el hambre que me trastornaba decidí comerlo una vez más. Extrañaba sentir la textura de su carne caliente en mis labios y escuchar sus gemidos silenciosos mientras disfrutaba mi aventura carnal, y de un momento a otro me alejo de él, me desnudo completamente y me tendió boca abajo en la cama. Al sentir que se montaba encima de mí y me respiraba en la nuca un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, me tocó la espalda con la yema de sus dedos y llego a mis nalgas, amasándolas a su medida y placer. Entonces me abrió lentamente y pasó un dedo humedecido allí. Solté un gemido y estiré mis piernas. Decidí entregarme por completo.
-Hazlo ya-dije-. Lo deseo tanto.
Él sonrió y colocó su miembro allí en medio, paseándolo mojado de arriba a abajo.
Cuando se detuvo, tomó mi cintura y la elevó hasta colocarme a su medida, y allí fue que decidí morder la almohada. Su dureza me poseyó por completo. Sentí su carne venosa dentro de mi, ampliando los recovecos de mi cuerpo que jamás creí ser capaz de entregar. Me hizo suyo hasta que explotó una vez más y su manantial me cubrió por dentro hasta el extasis, y sin detenerse me volteo en la cama para que llegara su hora de comerme a mi. Me vine en su boca y al saborear mi ser no aparto la mirada de mi, y deseé que nunca acabara ese momento. Minutos después, descansábamos uno encima del otro con una sonrisa de tontos. No supimos cuánto tiempo había pasado, pero el fuego que había despertado en mí no se apagaba.
Entonces, cuando menos lo esperamos, su hermano entró.
Los tres nos miramos sorprendidos, tratando de guardar el mayor silencio posible en la avanzada noche. El me hizo a un lado y trató de acercarse a su hermano susurrando que no dijera nada a nadie, que nada pasaba. Pero, para su sorpresa, su hermano cerró la puerta tras de sí y su rostro cambió de aspecto. En ese instante ya sabía que se acercaba, y desapareció mi miedo. Procedió a quitarse la camisa. Se soltó la correa sin dejar de mirarme, y se dejó caer el pantalón. Al quedar en ropa en interior, dijo:
– yo sabía esto desde hace tiempo. Lo sospechaba. Y no me molesta. Me da curiosidad.
– ¿Pero conmigo? -preguntó el.
– No.
En ese momento ambos me miraron. Yo sonreí, y me levanté del rincón de la cama donde estaba. Camine hasta su hermano y sin apartar la vista de su rostro, me arrodillé. Y le quité la ropa interior. Su miembro estaba jugoso y era tan blanco que podía ver cada uno de los colores de las venas que lo cubrían. Sin esperar nada a cambio, lo probé.
Después sentí el calor del otro a mi espalda, y con mis manos lo palpe despierto mientras el otro me alimentaba.
Y lo que sucedió después fue mi acto de entrega más total.
Años después, nunca lo repetí. Y jamás creo que lo haga otra vez.
