Ana Colombiana: 7 – La deshonra

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Este relato es una continuación de:

Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.

Ana Colombiana: 2 – Orales.

Ana Colombiana: 3 – Desafíos de a tres

Ana Colombiana: 4 – De la soledad a la autoconquista

Ana Colombiana: 5 – Dancehall y Reguetón

Ana Colombiana: 6 – Un maduro muy verde

Fieles lectores: lo que viene a continuación no es agradable ni excitante; en realidad, es todo lo contrario. Si les he contado tantas cosas antes ha sido también porque necesitaba recorrer ese camino antes de llegar hasta aquí. Como les dije al comenzar, escribir esto nació como un ejercicio terapéutico para hacer las paces conmigo misma, y esta parte es probablemente la verdadera razón por la que acepté hacerlo.

Hay verdades que guardé durante demasiado tiempo, algunas dolorosas y otras profundamente incómodas. No las cuento buscando lástima ni tratando de justificar lo que hice después. Tampoco quiero que me vean como una víctima; hace mucho dejé de verme a mí misma de esa manera. Lo que ocurrió forma parte de mi historia, pero ya no define quién soy.

Poder decir eso no fue algo que lograra sola. Necesité tiempo, terapia y, sobre todo, personas que me amaron y me aman profundamente, incluso en momentos en los que yo todavía no sabía muy bien cómo hacerlo conmigo misma. Por eso escribir esto también es una catarsis: sacar de mí aquello que durante años mantuve encerrado y reconocerlo sin permitirle seguir teniendo poder sobre mi vida. Si realmente quiero hacer las paces conmigo, no puedo contar únicamente las partes fáciles de mi historia. Así que aquí comienza aquello que durante mucho tiempo pensé que jamás le diría a nadie.

El resto del año pasó sin pena ni gloria, una sucesión de días grises donde la única luz era la seguridad de mi beca. Luego de que mi profesor de química me subiera la nota gracias a nuestras «intimidades», mis preocupaciones académicas desaparecieron, y pude enfocarme en mis estudios con una facilidad pasmosa. Sin embargo, el precio pagado por esa nota tenía un costo emocional que no podía ignorar: en el fondo también me sentía un poco sola, sin esa conexión física que había encontrado con Mateo y Eduardo. De vez en cuando tenía un desfogue con mis juguetes, una rutina mecánica que ya no me llenaba, pero lo hacía sin ánimos, normalmente en mis picos hormonales y eso era suficiente para varias semanas. A decir verdad, el golpe de realidad con mis juguetes y mi profesor me dejó un poco fría y sin ánimos para intimar con alguien más, como si mi cuerpo se hubiera cerrado a nuevas experiencias.

Al final del año escolar, para vacaciones de verano, esperaba que mis padres dijeran cuál sería nuestro destino vacacional. La ansiedad me apretaba el pecho, sabiendo que cambiarse de lugar podría cambiar mi ánimo y traer de vuelta la emoción de mi experiencia con Eduardo en las vacaciones anteriores. Recordaba la isla, el mar, la piel morena, y se me humedecía la ropa interior con la simple evocación de aquellos días. Mi madre anunció un sábado con una sonrisa que no íbamos a viajar, que mi tía vendría. La noticia me deprimió, la idea de pasar el invierno en casa sin escapar a la rutina me parecía un infierno.

La hermana de mi mamá y su esposo vivían en Manizales hasta hace cuatro o cinco años, y en vacaciones antes de ellos irse solíamos quedarnos largo tiempo en su casa o ellos venían a la nuestra. Mi relación con mi tía Emi era excepcional, yo fui su única sobrina así que me consentía a más no poder, tratándome como una princesa. Con mi tío Dani, su esposo, el siempre fue muy consentidor, me secundaba en todo lo que yo quería y me malcriaba también, creando un ambiente de amor y complicidad en casa. Con mis primos los gemelos Dani y Sebas siempre fue un tipo abusiva; yo soy mayor cuatro años que ellos, y solía mandarlos y hacer lo que quería con ellos. En general, la relación era muy buena, así que pensé que valdría la pena no viajar si ellos venían de Toronto a pasar con nosotros un tiempo. Le pregunté a mi mamá cuánto tiempo sería y ella dijo que un mes.

Llegaron un jueves en la noche, después de un viaje largo y complicado que había dejado a los viajeros exhaustos. Mi padre los había recogido en el aeropuerto y cuando llegaron a la casa, el cansancio se veía en cada uno de sus rostros; nos contaron de las largas conexiones que tuvieron que hacer para llegar y de un inconveniente que tuvieron con una maleta de los niños, algo que sin duda les había estropeado el ánimo de bienvenida. Como llegaron tarde, sólo tuvieron tiempo de acomodarse y descansar: los chicos en el cuarto de huéspedes y la pareja en la habitación que tenemos siempre disponible en el primer piso, la cual tiene un baño interno y privacidad. Tomaron un baño rápido, y los mayores se fueron al primer piso a charlar cosas de adultos, mientras que los gemelos, Dani y Sebas, empezaron a importunarme, buscando mi atención. Los llevé a la habitación de multimedia y les puse un videojuego que alguna vez me compraron y que yo no uso mucho, un regalo que había quedado olvidado en la estantería. Se pusieron a jugar fútbol en la consola con una intensidad que me dejó tranquila, por lo que pudieron jugar largas horas mientras yo me dedicaba a mis cosas.

Yo ya tenía mi pijama puesto cuando bajaron, un conjunto de blusa de tirantes de tela suave y un pantalón corto, ambos semitransparentes, dejando ver la piel de mis hombros y la curva de mis caderas; debajo, sólo traía la tanga, no tenía brasier ya que acostumbro a dormir libremente y sentirme cómoda. Como había visitas y no quería parecer descuidada, me puse una bata de salida de baño encima y pensé que estaba suficientemente cubierta, una capa protectora para mis piernas y mi pecho que creía suficiente para cualquier espectador. Pero me di cuenta que no cuando mi tío Dani abrió los ojos de par en par al verme bajar por las escaleras, su mirada se posó sobre mí con una intensidad que no era la de un tío saludando a su sobrina. Repitió lo mismo que hace dos años cuando fuimos a Toronto: «cómo has crecido, ya no eres la niña de antes», pero esta vez no se detuvo en las palabras, posó sus ojos en mis senos y me forzó a cerrar más la bata y dejar mi mano puesta encima de ella para ocultar lo que yo pensé estaba ocultando. Los demás adultos, mi madre y mi tía, sólo sonrieron, viendo solo a un tío saludando a su sobrina pequeña, pero yo sentí la mirada de un hombre que tenía un interés más carnal en mí, un fuego que ya había sentido antes cuando camino por la calle, una percepción que me incomodó profundamente.

Durante los primeros diez o quince días, la convivencia fluyó con una normalidad relativa, aunque la sensación de privacidad en casa se había desvanecido por completo. Al ser los muchachos también de vacaciones, aproveché para sumergirme en actividades típicas de adolescente, ejerciendo el rol de la hermana mayor que los cuidaba, guiándolos y llevándolos de un lado a otro. Pasamos las tardes en la piscina, chapoteando y divirtiéndonos bajo el sol, y los fines de semana nos lanzamos a escapadas a los pueblos cercanos para visitar lugares que marcaban la historia familiar y revivir recuerdos del pasado. Fuimos al centro comercial, compramos ropa y accesorios juntos, nos sentamos en la terraza para comer helados de diferentes sabores, disfrutando de la compañía que, para todos, parecía ser igual de divertida.

Sin embargo, me llamó la atención la dinámica entre mis tíos. En público, aparentaban una felicidad impecable, una imagen de pareja perfecta, pero mis ojos captaban el contraste en casa. Veía cómo mi tía trataba mal a mi tío, con frialdad y desdén en gestos y palabras, mientras él, con una paciencia infinita, la buscaba constantemente, intentando conectar, pero ella se había vuelto fría, una pared de hielo que lo rechazaba. Un día, durante un descanso en un bungalow alquilado en un pueblo colombiano, mi tío y mi padre se pusieron a charlar en la terraza mientras tomaban un trago de whisky, un momento de intimidad masculina que aproveché que no era mi intención observar. Mi tía y mi madre salieron al pueblo acompañadas de mis primos, y allí, lejos de ellas, se dio la confesión. Mi tío le contó a mi padre que llevaban tiempo con mi tía de no tener intimidad, casi un año de silencio y soledad en su propia cama. Mi padre le preguntó si había tenido alguna aventura o algo, si él había buscado consuelo fuera, y él aseguró que él no, que era un hombre fiel y que no veía nada extraño en su conducta, solo una desconexión que no comprendía. Mi padre propuso que tal vez sea la perimenopausia o una crisis de edad, una explicación médica para el comportamiento de ella, y concluyeron tomando, pero yo vi cómo él se veía devastado, con los ojos hundidos y una expresión de dolor que no podía ocultarse, sabiendo que su matrimonio, que parecía sólido por fuera, se estaba derrumbando por dentro.

Tal vez fuera el efecto de las noches solitarias y las faltas de cariño y sexo en su matrimonio, pero mi tío se había vuelto obsesivo con mi presencia, observándome demasiado. Ya no era solo una mirada de saludo, sino una búsqueda constante de mí en cada rincón de la casa. Me encontraba mirándome cuando salía de la piscina en mi bikini, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi piel expuesta. Inventaba excusas torpes para querer acompañarme al gimnasio, diciendo que llevaba mucho tiempo sin entrenar y que necesitaba ponerse al día, pero cuando estábamos allá, se ofrecía a ayudarme con las pesas, pegándose demasiado a mi cuerpo, tocando mis brazos y mi espalda con demasiada familiaridad, pero yo lo apartaba cortésmente, diciendo que no lo necesitaba, que ya estaba acostumbrada a entrenar sola. Cuando sabía que estaba en pijama, se le daba por necesitar algo que curiosamente estaba en mi habitación o implicaba que yo saliera de mi espacio, me perseguía su mirada buscando alguna excusa para verme.

Me sentía observada y acosada, como si mi cuerpo fuera un mapa que él estaba tratando de leer, buscando insinuaciones que yo no le estaba haciendo. El tercer fin de semana, mis padres prepararon un tour por unos balnearios cercanos, un viaje de dos días que coincidía con una prueba que yo debía hacer para la beca, una evaluación importante que no podía dejar pasar. Ellos ya habían programado ir sin mí, y el viernes en la noche, mi tío pidió algo en el restaurante y supuestamente le «sentó mal», una excusa que me pareció sospechosa pero decidí no cuestionarla. Las reservas ya estaban hechas y los costos pagados, pero él dijo que el sábado partieran sin él, que él se quedaba a recuperarse, y mi tía ofreció quedarse, pero él le dijo que no podían darle la carga de los gemelos a mis padres, que fueran sin él, que se sentiría bien cuidado por su querida sobrina cuando regresara de su prueba el sábado en la tarde. Yo lo vi normal, una decisión lógica, y aunque no me entusiasmaba que él fuera el único fin de semana que tendría privacidad en todo el mes y se dañara, accedí por el cariño que le tenía a mi tío y a su familia, siempre habían sido buenos conmigo. Con ese acuerdo, yo salí para mi prueba muy temprano en la mañana, dejándolo en casa tomando hidratantes y electrolitos, y todos los demás partieron más tarde en uno de los camperos a su divertido viaje, dejándome sola en la casa con él.

Mi prueba no estaba fácil, pero había estudiado por meses para ella, repasando cada concepto y fórmula hasta que los tenía grabados en la mente. Así que la completé en menos del tiempo límite, entregando el examen con seguridad y tranquilidad, y tuve aún tiempo de repasar las respuestas para validar que estuvieran todas correctas antes de entregarlo. Llegué justo a tiempo para almorzar algo en la casa, que estaba vacía desde que mis padres y mis tíos se habían ido. La tía había dejado preparado para el tío y para mí pollo desde la mañana, así que lo comimos animadamente y conversamos de tiempos pasados, riendo y recordando anécdotas de cuando éramos niños y antes de que se mudaran a Canadá.

Sin embargo, en cada ocasión que podía, mi tío soltaba frases como «pero tú ya cambiaste», «ahora eres una bella mujer», o «mira en la preciosidad que te has convertido». Esas frases sueltas sonaban halagadoras, un cumplido que un tío le haría a su sobrina, pero las vi demasiado frecuentes, casi como si intentara convencerse a sí mismo, y a mí de paso, de la realidad de mi crecimiento. En la tarde, descansé un poco mientras mi tío dijo que caminaría para sentirse mejor y ya cayendo la noche le pregunté qué quería cenar. Él me dijo que lo que quisiera siempre que fuera viendo una película conmigo. Le pregunté si ya se sentía mejor para pizza y dijo que sí, así que solicité el domicilio y llegó en pocos minutos.

Yo subí a mi habitación, me puse mi pijama, esta vez una bata suelta semitransparente que dejaba ver el contorno de mi cuerpo, llevaba puesto un brasier porque él estaba en casa, y mi habitual tanga, encima me puse la bata de salida de baño que cubría todo. Empezamos a comer y ver la película, que terminó siendo realmente entretenida. Mi tío estaba sentado a mi lado y me notó un poco sudada, me dijo que por qué no me quitaba esa bata que hacía calor por los días seguidos de sol que habíamos tenido y que estábamos en confianza, yo accedí con un poco de pudor pero no tenía motivos para desconfiar.

Terminó la película ya bastante tarde y me dije a mí misma que era hora de irme a acostar, pero al intentar levantarme, mi tío me habló con un tono que yo no conocía, una voz grave y rasposa que me detuvo en seco. Me dijo: «quiero conocerte más íntimamente Ana», no «sobrina», sino «Ana», usando mi nombre como si fuera una orden o una promesa. Yo me quedé sorprendida, el corazón golpeando fuerte contra las costillas, volteé a verlo y lo vi caminando hacia mí, con los ojos fijos en los míos, buscando una respuesta que no tenía.

Voy a omitir los detalles explícitos porque prefiero que la imaginación complete la escena. Sólo diré que lo que sucedió en los siguientes minutos me dejó sin aliento, descubriendo límites que no sabía que tenía, y que desde entonces entendí que hay placeres que se saborean más en el silencio compartido que en las palabras.

Yo suspiré satisfecha durante mucho tiempo en la sala, dejando que la calma posterior me recorriera como una ola cálida, sin saber cuánto tiempo pasó, tal vez horas, tal vez hasta que el amanecer asomó. Cuando finalmente reuní mis fuerzas, con el cuerpo relajado y la ropa interior abandonada en algún rincón, recogí lo que quedaba de ella y subí a mi habitación cerrando la puerta con llave, no por miedo, sino por la necesidad de procesar solo aquella intensidad. No salí hasta que mis padres vinieron el lunes en la mañana, guardando para mí el secreto de lo vivido, usando la excusa de que estaba cansada para tener espacio de soledad.

Ellos llegaron felices y mi tío los recibió feliz también, intercambiando conmigo una mirada cómplice que nadie más captó, sin que nadie sospechara nada. Él dijo que yo lo había cuidado bien pero que yo estuve un poco resfriada desde que vine del examen. Mi mamá subió a verme, pensó que era cansancio común por mi rostro sonrojado y mis ojos brillantes, y me dio algo para el dolor de cabeza, intentando cuidarme. Me preguntó si quería comer algo y yo dije que sí, me dio algo de sopa y le dije que si estaba bien si me la comía en mi habitación, que quería descansar un poco más. Ella me complació, dejándome en paz, eso me permitió revivir en mi mente cada instante de lo sucedido sin interrupciones.

No salí de ahí hasta que ellos se fueron el viernes siguiente por la mañana, pasando casi toda la semana entera en mi habitación, sola con mis recuerdos y guardando el tesoro de lo que ocurrió en el sofá, algo que hoy por primera vez comparto.

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Ana Colombiana
Ana Colombiana

Soy Ana, una mujer de veintiocho años nacida en Medellín, donde el ritmo de la ciudad y la disciplina del gimnasio forjaron un cuerpo atlético y una mente curiosa que no se conforma con lo superficial. He viajado, estudiado en Francia y navegado por relaciones intensas que me han enseñado que el placer y el dolor a menudo caminan de la mano, moldeando una sexualidad franca, exploratoria y sin tabúes. Soy hija única, consentida pero independiente, y he aprendido a tomar el control de mi vida, desde mi carrera hasta mi intimidad, buscando siempre esa conexión visceral que me haga sentir viva, ya sea a través del amor, la pasión desenfrenada o la simple compañía de quienes entienden que soy más que la suma de mis experiencias.
Si lo deseas puedes escribirme a "ana colombiana (arroba) outlook.com" todo junto.

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