Un paseo al zoológico con mi cuñada
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Después de esa tarde con Carlos, pasaron varias semanas. El vientre de Rosy ya se notaba claramente: tenía casi cinco meses y medio. La pancita redonda y firme le quedaba preciosa, y a ella le encantaba exhibirla. A mí me ponía todavía más caliente verla así, con esa curva que ya no podía esconder y que, lejos de restarle atractivo, la hacía verse más mujer, más provocativa.
Jhony seguía sin sospechar nada. Trabajaba largas horas y nosotras aprovechábamos cada resquicio. Una mañana soleada le dije a mi hermano que Rosy necesitaba “aire fresco” y que íbamos al zoológico. Él solo asintió, preocupado por el bebé, y nos dio dinero para el taxi.
Rosy se vistió con un vestido blanco ajustado que le marcaba la panza y los pechos, ya más pesados y sensibles. Sin brasier, se le notaban los pezones oscuros a través de la tela fina. Yo llevaba una blusa corta que dejaba ver el ombligo y una falda de tiro bajo tan corta que, si me agachaba un poco, se me veían las nalgas. Ambas íbamos sin pantimedias, solo con tangas mínimas.
El zoológico estaba lleno de familias, pero nosotras caminábamos despacio, deteniéndonos frente a las jaulas como si de verdad nos interesaran los animales. En realidad mirábamos a los hombres. Cerca de la zona de los monos nos topamos con dos chavos jóvenes, de unos veintidós o veintitrés años. Uno era moreno, alto, de pelo corto y sonrisa fácil; el otro más claro, delgado, con gorra y mirada pícara. Se quedaron viéndonos abiertamente.
Rosy me codió suavemente.
— Esos dos nos están comiendo con los ojos.
Los chavos se acercaron con la excusa de preguntarnos la hora. El moreno se presentó como Kevin y el otro como Diego. Platicamos un rato, riéndonos de tonterías. Kevin no quitaba la vista de la panza de Rosy ni de mis tetas; Diego se quedaba más en mis piernas. Cuando les dije que Rosy estaba embarazada de mi hermano, los dos abrieron los ojos con una mezcla de sorpresa y excitación mal disimulada.
— Entonces… ¿ustedes dos siempre andan juntas así de… libres? —preguntó Kevin con una sonrisa ladeada.
Rosy se pasó la lengua por el labio inferior.
— Más libres de lo que crees.
Les propusimos caminar un poco más. Terminamos sentadas en una banca apartada, bajo la sombra de unos árboles. La conversación se volvió rápida y directa. Kevin nos contó que vivían cerca, en la colonia Aguacates,. Diego soltó la frase que estábamos esperando:
— Si quieren… podemos ir a tomar unis refrescos allá. Está aqui a 5 cuadras
Rosy me miró. Yo asentí casi imperceptiblemente. Entonces caminamos hasta llegar ala casa era pequeño, de dos recámaras, desordenado de jóvenes que vivían solos. Apenas cerraron la puerta, Kevin nos ofreció algo de toma , pero nadie llegó a tomar su bebida
Rosy se sentó en el sofá y abrió un poco las piernas. El vestido se le subió hasta casi enseñar la tanga. Yo me quedé de pie frente a ellos.
— ¿De verdad les late estar con una embarazada y su cuñada? —pregunté, ya sin rodeos.
Kevin se acercó primero. Me tomó de la cintura y me besó con ganas, metiendo la lengua. Diego se arrodilló frente a Rosy y le subió el vestido con cuidado, besándole la panza redonda antes de bajarle la tanga. Rosy suspiró y le abrió más las piernas.
En menos de cinco minutos estábamos las cuatro personas desnudas (bueno, Rosy con el vestido arremangado sobre la panza). Kevin me empujó hacia la mesa del comedor, me levantó la falda y me metió dos dedos mientras me chupaba un pezón. Al mismo tiempo, Diego tenía la cara entre las piernas de Rosy, lamiéndola despacio, cuidando no presionar el vientre. Ella le agarraba el pelo y gemía bajito:
— Así… más … sí…
Kevin me dio la vuelta, me puso de cuatro sobre la mesa y me penetró de un solo empujón. Su verga era gruesa , dura. Me cogía fuerte, agarrándome de las caderas, mientras yo miraba a Rosy. Ella ya tenía a Diego encima, follándola con cuidado pero profundo, una mano bajo su espalda para sostenerla. Nos mirábamos a los ojos mientras nos cogían, y nos reíamos entre gemidos.
Cambió de posición varias veces. Kevin se recostó en el sofá y yo me monté encima, cabalgándolo de frente para que pudiera ver cómo me rebotaban las tetas. Rosy se sentó a horcajadas sobre el rostro de Diego, moviendo la cadera despacio mientras él la lamía. Luego intercambiamos: yo me fui con Diego y Rosy con Kevin. Diego me cogió contra la pared, levantándome una pierna; Kevin se la metió a Rosy de ladito, para no aplastarle la panza, dándole nalgadas suaves y diciéndole lo rica que se veía embarazada.
Al final nos arrodillamos las dos frente a ellos. Kevin se corrió primero en mi boca; Diego en los pechos de Rosy, salpicándole la panza. Nos besamos después, compartiendo el sabor, mientras ellos nos miraban jadeando.
Nos quedamos un rato más, sudadas, con el coño hinchado y la risa fácil. Kevin nos ofreció llevarnos de regreso al parque cerca de casa. En el camino, Rosy le acariciaba el muslo a Diego por encima del pantalón y yo le susurraba a Kevin al oído:
— Esto se puede repetir… cuando quieran.
Ellos asintieron como dos perros ansiosos.
Cuando nos bajamos, Rosy se acomodó el vestido sobre la panza y me miró con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.
— Cinco meses y medio y todavía nos las arreglamos para que nos cojan dos chavos el mismo día —dijo entre risas—. Imagínate cuando esté más grande.
Yo le apreté la mano y le respondí en voz baja:
— Entonces habrá que ser más creativas… pero no vamos a parar.
El sabor de los dos todavía nos acompañaba cuando llegamos a casa, justo antes de que Jhony regresara del trabajo.
