La Primera Vez con Margareth
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Tenía diecinueve años cuando todo comenzó. Mi padre, militar de carrera, pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa por sus constantes viajes, y mi madre, doctora, se perdía en turnos de treinta y seis horas. Para que no estuviera solo y la casa se mantuviera en orden, contrataron a Margareth, una mujer de treinta y siete años, de estatura media, cuerpo delgado pero con curvas pronunciadas: pechos voluptuosos, nalgas firmes y piernas bien trabajadas que me volvían loco. Yo era alto y atlético, pero terriblemente tímido con las mujeres. Nunca había tenido novia, era virgen y solo conocía el placer solitario de mis propias manos.
Margareth pronto descubrió mi inexperiencia y se burlaba de mí sin piedad. “¿Tú qué vas a saber de ser hombre si nunca la has metido?”, me decía riendo. “¿No serás maricón y te gustan los hombres?”. Sus provocaciones aumentaron conforme se acercaba mi cumpleaños. Caminaba por la casa con blusas escotadas que apenas contenían sus pechos, mini faldas que dejaban ver la curva de sus nalgas, o simplemente envuelta en una toalla después de bañarse. Cuando le pedía que se cubriera, se reía y respondía: “¿Cubrirme para qué? Solo estamos tú y yo, y tú no me harías nada aunque estuviera desnuda en tu cama”. Ella se había convertido en la mujer de mis fantasías más sucias; fantaseaba constantemente con empotrarla contra las paredes, doblarla sobre los muebles y follarla sin piedad en cada rincón de la casa.
Aquella noche, un día después de mi cumpleaños número diecinueve, llegué a casa después de haber bebido algunos tragos con mis amigos de la facultad. Margareth me esperaba con un pastel y comida preparada. Sus burlas habituales no tardaron en aparecer, pero el alcohol me había dado un valor que nunca había tenido. Harto de sus comentarios, le solté sin filtro: “Estoy cansado, Margo. Siempre diciéndome que no podría hacerte nada… Te juro que te daría el mejor revolcón de tu vida”. Ella me miró con una sonrisa maliciosa y respondió: “¿Ah sí? Demuéstramelo, niñito. O todavía eres un bebé de mamá”.
No lo pensé dos veces. La tomé firmemente de la cintura, la atraje contra mi cuerpo y la besé con urgencia. Mis manos recorrieron sus pechos pesados, apretándolos con deseo, bajando después hasta clavar los dedos en sus nalgas firmes. Entre besos torpes pero apasionados, llegamos a su habitación, dejando un rastro de ropa por el camino. Cuando ella vio mi verga dura y palpitante, se arrodilló sin dudarlo y la metió en su boca. Chupaba con maestría, lamiendo y succionando con tanta habilidad que no tardé en correrme con fuerza, llenándole la boca y derramando gruesos chorros de semen sobre sus pechos.
Aún excitado, quise probarla. Ella me guio pacientemente, enseñándome cómo lamer su coño húmedo, cómo chupar su clítoris hinchado y cómo meter los dedos mientras mi lengua la hacía gemir. Cuando estuvo completamente mojada y temblando de placer, me empujó sobre la cama, se subió encima de mí y, mirándome con lujuria pura, agarró mi verga rígida y la introdujo lentamente en su coño caliente hasta sentir que tocaba fondo en su útero. Empezó a cabalgarme primero con movimientos lentos y profundos, luego cada vez más salvajes. Su vagina me apretaba con fuerza, tragándome entero. Sus gemidos y gritos de placer llenaban la habitación mientras sus pechos rebotaban frente a mi cara. Cuando sentí que iba a correrme, le avisé, pero ella sonrió con malicia y me dijo: “¡No! Ahora eres mi bote de leche. No vas a desperdiciar ni una gota”. La apreté contra mí y la follé con fuerza desde abajo hasta eyacular abundantemente dentro de ella, llenando su coño con chorros calientes de semen.
Después de aquella primera vez, nos quedamos exhaustos en la cama. Margareth me besó profundamente mientras su mano acariciaba mi verga aún sensible y me dijo sonriendo: “No estuvo mal para ser tu primera vez… y parece que todavía tienes energía”. Esa noche hubo una segunda y hasta una tercera ronda. Desde entonces, todo cambió entre nosotros. Ya no había burlas, solo miradas cargadas de deseo y caricias. Cada vez que la casa estaba vacía, follábamos como animales. Margareth se convirtió en mi maestra, mi amante y mi vicio más adictivo. Y esa fue solo la primera de muchas historias que tengo con ella.
