Ahora viene mi confesión de juventud
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Después de que mi hermano Manuel y mi hermana María se casaran casi la misma fecha y ambos se fueran a vivir lejos, me quedé en casa solo con mis padres y una habitación a mi disposición. Gracias al buen trabajo de mi hermano, unas navidades les compró a mis padres una mejor televisión y un video reproductor con carnet de socio de un videoclub cercano.
Yo con las amigas y medias novias seguía igual de necesitado; no querían penetración y lo más que llegaba era tocar sus pechos y que, de manera excepcional, alguna me masturbara. En los estudios iba bien y tal vez fuese el primero de la familia en ir a la universidad.
En casa, mi madre, contenta por haber adelgazado, ya vestía más moderna y mi padre, en ese mismo tono. Me encantaba verlos así, pues aun eran jóvenes ya que rondaban los 60 años. Yo seguía masturbándome a diario. Me encantaba ir al anochecer al parque cercano y poder ver desde una distancia prudencial a las parejitas tener sus cosas. Era excitante ver alguna cabalgada en un banco a medio vestir o tirados en el césped, el encima tapado con algo de ropa, en movimientos de dentro y afuera, y más de algún gemidito; había días que me masturbaba ahí mismo en la oscuridad.
Una tarde, estando un rato solo en casa, lo típico de un chico de mi edad: investigar la zona prohibida, que es la habitación de los padres. Pude ver que, aparte de la ropa, mi madre tenía también lencería más bonita y, en la parte de mi padre, pude ver un bote que ponía vaselina y, escondido en el mismo lugar, entre ropas, algo que detecté como cinta de vídeo. La miré y el forro era negro y dentro la cinta ponía un nombre porno y una x. Me sorprendió, pero ese día no pude verla.
Ya estaba otra vez en alerta. Los viernes, mi padre alquilaba una película nueva que veíamos en el sofá los tres juntos. Ese era el día que, por sus horarios laborales, mi padre tenía algo más de tiempo, pues no trabajaba los sábados. Y yo, con antelación y manejando todo, hice movimientos de muebles, justificando a mis padres que así la sala era mejor y más grande. No le dieron ninguna importancia.
Y llega el viernes y vemos la película. Yo sabía que todavía estaba la película porno en su escondite y decidí irme a acostar después de la peli, alegando que estaba muy cansado. Pasado un rato, teniendo yo apagada la luz y estando en la cama con los ojos cerrados, entra mi madre, se asoma y ve que duermo y, de manera extraña, pues no es la costumbre, cierra mi puerta totalmente.
Dejo pasar un rato y miro por la cerradura y sonrío de mí mismo, porque el movimiento de muebles era para captar perfectamente el sofá de la sala. Mi madre, acostada en el sofá, con la cabeza sobre los muslos de mi padre, que estaba sentado en posición normal. Noto la tele y el sonido muy bajo y oigo algún que otro yes yes yes. Mi madre hace comentarios y ambos se ríen. Cuando pasa un poco, la mano de mi padre empieza a tocarme la polla por encima del pijama.
Al estar acostada junto a su polla, veo que se la saca y se la chupa primero lento, pero cada vez más rápido. No salgo de mi asombro, porque ese tipo de cosas no sabía que hacía mi madre. Se levanta y, de rodillas, sigue chupando y, en poco tiempo, le baja a mi padre su pijama y calzoncillo, dejándoselos en los tobillos, y ella se quita la braga y sube su camisón para, posteriormente, montar de frente a mi padre. Lo cabalga con ganas y su cara de placer la delata; entonces cambia de posición y se la vuelve a clavar, pero esta vez de espaldas a mi padre.
Gracias a la luz de la televisión que mi madre y mi padre miran mientras follan, puedo ver mejor. Van acelerando y, en un momento, mi padre coge de las enormes nalgas a mi madre y la bombea fuerte y profundo. Esta vez, los gemidos de mi madre se escuchan bien y, tras los últimos empujones, ambos se corren llenos de pequeños gritos y algún ayyy ayyy de mi madre. Recogen y se van a su habitación, previamente abriendo mi puerta. Yo, al rato, me masturbo dos veces seguidas pensando en esa morbosa escena que acabo de ver.
La verdad, no los vi ni espié nunca más. Yo solo quería meter mi polla en una vagina. Y llegado julio, mis padres me envían a casa de mi hermano en la costa, donde me encontré con mi hermano Manuel, su mujer Rosa y la hermana de esta, Fátima, la cual, nada más verla, me gustó. Fátima tiene un año más que yo y es alta como su hermana Rosa, pero es que también tiene dos enormes tetas como su hermana. Yo no estaba en casa ni con amigas con esas tetas tan grandes.
Nada más llegar, mi cuñada me da su típico beso y abrazo, donde siento esos pechos grandes junto a mí, y después Fátima me hace lo mismo y, con camiseta algo larga, noto al abrazarme que ella lleva sujetador, pues las noté más blandas. El abrazo me pareció largo y, al separarme, pude ver sus dos pezones erectos. Madre mía, pensé.
El apartamento es de dos habitaciones, sala, cocina y terraza; la mayor era la gran piscina comunitaria. En un diálogo con mi hermano, que estaba diferente y más moderno, ya que iba con su mujer a playas de nudismo, nos dijo que íbamos a estar en la habitación con Fátima, pues había comprado una segunda cama y una mesilla de noche. Mi cuñada Rosa solo os dijo: “respeten la casa de sus hermanos y, además, son muy jóvenes aún”. Fátima, con una sonrisa, le dijo que confiara en ella.
Los días pasaban entre piscina, juegos de las actividades y cena por la tarde, más ver películas de la gran colección de DVD que tenía mi hermano. Fátima me encantaba en todos los sentidos, pero en bikini, con esos grandes pechos y ese culo bien puesto, me tenía todo el día con el sexo en mi cabeza. Congeniamos y hablábamos mucho; era muy adulta para su edad, muy diferente a lo que yo conocía. Ella notaba que yo la respetaba.
Dormía con un pijama de verano y me fijaba cuando, al moverse, le veía varias veces las bragas y el pecho al agacharse, pero debido a ese tamaño el pezón no lo lograba y solo alguna vez, cuando lo veía erecto, me lo imaginaba. Al acostarnos, hablábamos mucho más aún y teníamos tanta buena confianza que derivó a lo íntimo. Por primera vez, por lo cómodo que estaba, hablé a corazón abierto sin mentiras y todas sus preguntas fueron contestadas.
Ella ya sabía que era virgen, que lo único que hacía con las chicas era tocar sus pechos, que me masturbaba mucho y que en el apartamento aún no lo había hecho por respeto debido. Sabía que me gustaba y me tenía enamorado y sabía que moría por su cuerpo. Esas confesiones fueron regaladas por un pequeño beso en los labios.
Yo sabía que ella había tenido dos novios con los cuales había tenido sexo, que la verdad no disfrutaba mucho, pero poco a poco iba mejorando. Sabía que actualmente no tenía a nadie y que no se masturbaba sola muy a menudo, pero que lo hacía de vez en cuando, y, entre risas, me dijo que aún no se había masturbado en el apartamento. A su confesión le di un pequeño beso que ella aceptó.
Un día íbamos a la playa, pero Fátima se excusó ya que tenía muy fuerte la menstruación. Yo sin pensarlo dos veces dije que me quedaba y veríamos muchas pelis y demás. Mi cuñada le dio a Fátima dinero para unas pizzas en el bar de la piscina. Al estar solos, me dio otro pequeño beso y me dijo que gracias y que esos detalles es lo que no tenían sus novios anteriores.
De manera natural le hablé sobre su menstruación y me comentó que el primer día era imposible entre la sangre y los cólicos. Iba entre risas al baño a menudo a cambiarse de compresas. Al vestirnos para ir a comprar más compresas e ir a comer, sucedió algo mágico. Nos cambiamos, esta vez con naturalidad, el pijama por la ropa en la habitación juntos. Ella, algo de lado, se quitó la parte alta y pude ver una parte de su pecho y un pezón pequeño y rosado, poniéndose después el sujetador y eso, si mostrarlo de frente.
Me dijo entre risas que me pasaba, pues no me movía, y le perdí perdón, pero que, al verla en sujetador, estaba ante lo más bello que había visto en mi vida, y entre risas nos cambiamos.
Después del almuerzo, nos vimos una película algo triste y vi que lloraba. Las hormonas, me dijo. Yo fui y le sequé esas lágrimas y la besé en sus ojos mucho rato para secar su lagrimal, le dije, y otra vez, entre risas, me dio un beso más prolongado en mis labios. Se fue a su cama a acostarse, pues le dolía la barriga, y yo la acompañé. Nos sentamos un rato en silencio al pie de la cama hasta que Fátima, de parte de risa sola, y entre que no quería, me confesó que penitencia de mí, que por ella no podía masturbarme.
Como un resorte se activó y, de manera sorpresiva para mí pero alucinante, me besó. Y esta vez el beso se prolongó hasta que muchos besos se fundieron en el primero, cuando noto una mano en mi pene por encima del pantalón de deporte. Lentamente fue bajando hasta que, de rodillas, toma mi pene, lo saca, lo masturba y yo me caigo hacia atrás del placer. Empieza a lamerlo y chuparlo con su lengua mientras su cabeza sube y baja, se masturba al mismo tiempo y, tras un acelerón, me viene la mayor corrida de mi existencia: sale a borbotones mi semen que cae en sus manos y en el suelo.
Limpiamos todo y después seguimos besándonos con una fuerte pasión. Se me escapó un “te quiero”, a lo que solo hubo silencio y más besos. Le quito su camiseta y veo el sujetador de antes, pero esos pechos enormes más cerca; la levanto y la acuesto en la cama, mientras, al no poder yo, ella me ayuda y retiro el sujetador, mostrándose ante mis ojos dos pechos preciosos. Eran mejores que imaginados; los observé durante un rato, mientras después, locamente, los sobaba y lamía sus pezones, que eran rosados y pequeños, pero en mi boca crecían y se ponían duros.
Después de un rato, me dijo que estaba muy excitada, pero por la menstruación dichosa no podía seguir, aunque lo deseaba. Le puse otra vez su sujetador y camiseta y, después de varios besos, nos acostamos cada uno en nuestra cama a pensar en lo sucedido. Al poco vino mi hermano y cuñada, y cenamos juntos y vimos peli, mientras yo, con disimulo, intentaba rozar mi mano a la suya, siendo correspondido.
Pasaban los días y se acercaba el 15, y una noche, mientras ella dormía, me levanté y, en silencio, la desperté. “Escucha, escucha”, le dije. Los gritos de su hermana eran ilógicos; se estarían escuchando en toda la urbanización, y entre risas y risas en silencio, Fátima me dice: “ven conmigo”. Otra sorpresa: le gustaba el morbo. Salimos por la terraza desde nuestra habitación y ese pasillo recorría la pequeña casa hasta la ventana de mi hermano y cuñada.
Ellos, la verdad, eran descuidados, pues tenían la cortina a medio cerrar y la luz grande encendida. Fátima miró con cuidado y, en silencio, me la abracé por detrás y nos pusimos a mirar. Rosa, mi cuñada, estaba acostada boca arriba y tenía las piernas en los hombros de mi hermano, este la empujaba literalmente, mientras los gritos y palabras muy fuertes eran la tónica. Después de un rato, Fátima me apretó la mano y dijo en voz baja: “vamos”.
Al llegar a la habitación nuestra y a oscuras, Fátima me toma del brazo y nos acostamos juntos en su cama. Nos besamos tanto que casi nos fundimos, y poco a poco ambos nos desnudamos. Yo quería y necesitaba comerla entera y con ese deseo actué. No hubo ni una sola parte de su cuerpo que no besara y lamiera; y cuando llegué a su sexo, de manera tan natural y pasional, con todo el deseo y el amor que tenía dentro, me comí y penetré con mi lengua todo su ser, y el clítoris lo hice algo mío, mientras sus gemidos y manos en mi cabeza me guiaban el camino, hasta que sentí un orgasmo tan sutil y tan bello que sabía que ese no podía ser el último.
Se puso de lado y me llamó a que me pegara detrás. Con mi polla totalmente erecta y la guía de su mano, logré poner todo lo que tenía guardado, y por primera vez penetraba a una mujer; esa sensación es para toda la vida. Pegados y fundidos en un solo cuerpo, me corrí dentro de ella, logrando eso que tanto deseaba y, encima, con Fátima. Luego de seguir abrazados durante un tiempo, y antes de partir a mi cama, Fátima me aprieta las manos contra las suyas y me dice: “lo que es, sinfonía pura. Te quiero, mi amor”.
Y el verano terminó, pero no podía estar ni vivir sin mi Fátima. Nos dimos los teléfonos fijos de la época y no había día que no la llamase ni dinero que poseyera que no fuera destinado a cabinas de teléfono. Al comprar mi viejo coche, el único viaje que conocía era a su casa. Mi hermano y cuñada, felices de nuestra unión, y después de muchos y muchos años, aun seguimos unidos y tenemos dos hijos, llamados Roland y Patricia, nombres de los animadores de piscina en aquel verano que nos conocimos. Y nuestra postura sexual más practicada es de lado y pegados, como en nuestra primera vez.
