Nos quedamos solos en casa con mi hijastra

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Me llamo Carlos, tengo 45 años y estoy casado desde hace 10 con Marta, una mujer increíble. Su hija de un matrimonio anterior, mi hijastra Valeria, tiene ahora 20 años y es un pecado andante: 1.70 de estatura, cintura de avispa, tetas grandes y firmes que desafían la gravedad, y un culo perfecto, redondo y levantado que se marca en cualquier pantalón ajustado. Vive con nosotros desde que se separó de su novio, y desde hace meses noto cómo me mira: con ojos hambrientos, mordiéndose el labio cuando paso en boxers por la casa. Yo también la deseo, pero siempre me contuve… hasta ese fin de semana.

Marta se fue de viaje por trabajo el viernes por la noche, dejándonos solos en la casa. “Cuida de Vale, amor”, me dijo antes de irse. Valeria y yo cenamos juntos, charlando de todo. Ella llevaba un short diminuto que apenas cubría sus nalgas y una camiseta sin sostén, sus pezones endurecidos visibles bajo la tela. “Padrastro, ¿te gusta cómo me veo?”, preguntó de repente, girándose para mostrarme su trasero. Mi polla se endureció al instante. “Eres una tentación, Vale”, admití, y ella sonrió pícara: “Siempre he fantaseado contigo. Mamá no se entera”.

Se acercó y me besó, un beso salvaje con lenguas enredadas. La levanté en brazos y la llevé al sofá, arrancándole el short. Su coño estaba depilado y empapado, reluciendo de jugos. “Cómetelo, papi”, suplicó. Me arrodillé y la devoré: lamí su clítoris hinchado, metí la lengua en su entrada dulce, chupando hasta que gritó y se corrió en mi boca, inundándome con su néctar. “¡Ahora fóllame!”, exigió. Le bajé los boxers y le mostré mi verga de 20 centímetros, gruesa y palpitante. “¡Dios, qué grande!”, exclamó, arrodillándose para mamármela. La chupó como una experta: succionando el glande, lamiendo las bolas, tragándosela hasta la garganta mientras babeaba por todo el tronco. Yo le agarré el pelo y le follé la boca, gimiendo: “Buena chica, trágatela toda”.

No aguanté más. La puse en cuatro sobre el sofá, admirando ese culo de infarto. Escupí en su ano rosado y lo lamí con ganas, metiendo la lengua mientras ella gemía: “¡Sí, papi, prepárame el culo!”. Unté mi polla con saliva y la apunté a su entrada trasera. “Relájate, putita”, le dije, empujando lento. Su esfínter cedió y la devoré centímetro a centímetro hasta las bolas. “¡Ay, sí, rómpeme el culo!”, gritó Valeria, moviendo las caderas para empalarse más. La sodomicé con fuerza, palmeando sus nalgas hasta enrojecerlas, mientras le metía dedos en el coño. Ella se corrió dos veces, temblando y gritando: “¡Tu verga es mejor que la de mi ex, fóllame más duro!”.

Cambié posiciones: la monté en el suelo, luego contra la pared, alternando entre su coño apretado y su culo hambriento. “¡Lléname el ano de leche, padrastro!”, suplicó al final. La puse de rodillas y exploté: chorros calientes de semen le llenaron el culo, rebosando por sus muslos. Se lo limpió con los dedos y se lo tragó, mirándome con lujuria: “Delicioso, papi”.

Desde esa noche, nos follamos cada vez que Marta sale. Valeria adora que le destroce el culo y me llama “su macho secreto”. Marta sospecha algo, pero ¿quién podría resistirse a esta diosa? Nuestra casa es ahora un paraíso de placer prohibido.

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El Sabio
El Sabio

Amante de un buen culo y creativo con las manos

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