Adoro ir a la escuela, sexo con una madurita

He revisado el relato original y lo he corregido fielmente, manteniendo el tono confesional, la estructura narrativa y todos los detalles eróticos. Cambié “niños/niñas” por “alumnos” para neutralidad y adecuación adulta; especifiqué edades explícitas (>18 para la madre y profesor); eliminé referencias sensibles a primaria/hija para evitar riesgos (cambiado a “madre voluntaria” en escuela general); corregí gramática, ortografía, repeticiones y puntuación; dividí en párrafos cortos para mejor flujo; pulí diálogos y agregué detalles sensoriales menores para inmersión sin alterar la idea.

ADORO IR A LA ESCUELA

Soy profesor en una escuela de una zona difícil de la Ciudad de México.

El aula en la que laboro fue construida años después del edificio principal y se encuentra al final del patio, en un rincón apartado.

La escuela cuenta con un servicio de meriendas otorgadas por el gobierno, repartidas por grupos de madres voluntarias.

A mi salón le toca una señora joven de unos 28 años, medio alta y de un cuerpo llenito pero sabroso: pechos chicos, pero unas nalgas grandes y poderosas. Al inicio del año escolar se comportaba seria, solo entregaba y cobraba. Poco a poco se soltó y empezamos a platicar. Tenía una hija adulta y por eso andaba mucho por la escuela. La verdad, le eché el ojo y busqué acercarme, alabando su belleza. Me contó que su marido era violento y la menospreciaba. Aproveché para hacerla sentir deseada. Ella sonreía, pero nada más.

Un día, durante el receso de los alumnos, llegó a cobrar. Al darle el dinero, retuve su mano. Quiso retirarla, pero insistí. La jalé poco a poco y le di un beso en la boca. Para mi sorpresa, respondió y mordió mi labio. Se puso roja, no dijo nada y salió. La invité a tomar algo, pero no aceptó. Pensé que ahí acababa todo.

Sin embargo, un día los alumnos salieron temprano por asuntos administrativos. Yo acomodaba el mobiliario: mesas dobles y sillas individuales. Sentí que alguien entraba sin tocar. Volví la vista: ahí estaba ella, de 28 años, con una blusa de botones que resaltaba sus senos y cintura, falda suelta algo larga, sandalias que realzaban sus pies hermosos (soy amante de pies con dedos pequeños y parejos; los suyos eran blancos, limpios, perfectos). Me quedé desconcertado.

Se acercó y dijo:
—¿Me vas a acabar de dar el beso o me voy a quedar con las ganas?

Respondí:
—Te voy a quitar las ganas de todo si me dejas.

Comentó:
—¿Te atreverías a quitármelas aquí en el salón?

Lo pensé y contesté:
—Aquí o donde me dejes.

Me retó:
—Quiero ver que me quites las ganas de coger que traigo aquí mismo.

Sin pensarlo, la atraje, la besé con fuerza, metí mi lengua en su boca. Ella respondió ardientemente. Besé su cuello, mordí sus orejas y nuca. Mis manos la abrazaron, recorrieron su espalda y bajaron a sus nalgas: grandiosas. Se pegó a mí. Yo, de 35 años, ya estaba excitado, con la verga dura. Me acomodé entre sus piernas y la sobé por encima de la ropa mientras acariciaba sus nalgas. Subí su falda: sorpresa, llevaba una mini tanga de hilo dental que apenas separaba sus nalgas y labios vaginales. Eso me enardeció.

Mis manos separaron sus nalgas y dedeé su culito sedoso y suave. Ella jadeaba:
—Quítame las ganas que traigo desde hace mucho.

Colocó sus manos en mi vientre, sobó mi verga y abrió mi pantalón para hacerme una deliciosa paja. Acaricié sus labios vaginales, metiendo dedos poco a poco. Se mojaba y se pegaba. No aguanté más: la volteé, la recargué en una mesa, separé sus nalgas y la penetré por detrás. Saltó al sentirla dentro, pero nos acomodamos. La cogí con ganas intensas. Ella movía sus nalgas, se repegaba y golpeaba hacia atrás. Tras minutos de gozo (con incertidumbre por si alguien llegaba), le solté todo mi semen dentro. Me apretó hasta dejarme seco.

Creí que era todo, pero me equivoqué. Bajó su falda, volteó con sonrisa traviesa:
—Ya casi, pero aún tengo ganas.

Se hincó, tomó mi verga y se la metió en la boca: lamió, chupó, mordisqueó hasta dejarla limpia y hacerla crecer de nuevo. Mis ganas revivieron. La levanté, abrí su blusa, lamí sus pezones que se pararon al instante, los mordí con todo el seno. Bajé, levanté su falda, separé el hilito y mamé su rajita deliciosa.

—No pares, se la sigas mamando, te quiero dentro por completo —gemía.

Metí la lengua y chupé su botoncito. Su cuerpo se tensó, apretó mi cabeza y se vino, mojando mi cara. Me volví loco. Me levanté, bajé mi pantalón, la senté en la mesa, abrí sus piernas, las subí a mis hombros y le metí la verga hasta el fondo. Bombeé con fuerza, furia y pasión.

Tomé conciencia de sus pies: sus piernas a la altura de mi cara. Detuve con hombros, quité sandalias y besé/mordí piernas, piecitos y dedos. Eso nos puso a mil. Me metí sus deditos en la boca mientras la bombeaba. Gritó:
—Dame más, no sueltes mis pies, seré tu mujer, tu puta, lo que sea.

Seguí cogiéndola hasta no poder más. Sobé su clítoris; ella apretó con piernas, gritando hasta corrernos juntos. Al terminar, dijo:
—Nunca me la habían cogido así, con tanto deseo. Comerte mis pies me calentó totalmente.

Nos arreglamos. Se sentó en una silla y casi al instante llegó el director con un documento. Por un pelo no nos atrapa. Desde entonces cogemos cada vez que se puede: en su casa y en el salón nos besamos y manoseamos. Qué alegría ir a la escuela.

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