Rojo Intenso – Capítulo 4: Destino hielo
El reloj marcaba las 4:23 de la tarde. La oficina de Rosanna estaba bañada por una luz dorada que se colaba entre las persianas. La ciudad rugía allá afuera, pero dentro de aquel despacho todo estaba en pausa. Ella sostenía su celular entre los dedos, escuchando con atención cada palabra que salía del altavoz.
—Rosanna, el cliente confirmó. Te esperan en Reykjavík. Cierre de contrato, presentación y todo lo demás… lo quieren contigo en persona —dijo su socio, con tono entusiasta.
Ella sonrió. No era la primera vez que cerraba un negocio internacional, pero algo en esa palabra, Islandia, le erizó la piel. Tan lejos, tan blanco, tan frío… y sin embargo, tan propicio para encender otra clase de fuego.
—Perfecto. Envíame los detalles. Salgo esta semana —respondió con firmeza, pero con la mente ya viajando kilómetros adelante.
Colgó. Y entonces, en medio del silencio, surgió un nombre que se filtró como un susurro interno:
Lucas.
Apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos. Su mirada se deslizó hacia la puerta cerrada. Sabía que él aún estaba ahí, unas oficinas más alejado. Trabajando, como siempre, sin imaginar que en ese momento ella ya lo visualizaba abrigado junto a ella, caminando sobre campos de lava cubiertos de nieve, con ese gesto torpe y encantador que lo hacía único.
¿Y si le invito?
Se lo preguntó como quien sabe ya la respuesta. Porque la idea de estar sola en un hotel rodeado de hielo le parecía… incompleta. Pero si él la acompañaba… si él estaba con ella, el frío sería una excusa, no una barrera.
Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Pensó en él junto a una chimenea, en sus manos grandes sujetando una taza de café, en sus ojos mirándola mientras la nieve golpeaba los cristales. Pensó en la intimidad de las habitaciones cerradas, en los silencios largos después de la risa, en la manera en que él pronunciaba su nombre cuando la deseaba.
La idea de ese viaje ya no era solo un contrato. Era una oportunidad. Una aventura. Una prueba de lo que sentían… o de lo que aún no se atrevían a decir en voz alta.
Volvió al escritorio, tomó su celular y le escribió un mensaje corto:
“Lucas, ¿tienes pasaporte vigente? Me acaban de asignar una reunión en Islandia. Y no pienso ir sola.”
Tres segundos después, los puntos de escritura comenzaron a aparecer.
“No te dejaría ir sola, tía”.
Ella se recostó en la silla, sonrió. Sintió el cuerpo tibio, la mente inquieta, el corazón en otro continente.
Era de madrugada, y la ciudad aún dormía bajo una capa de neblina suave. Ismael subió los últimos escalones del edificio con una maleta en la mano y un nudo en el estómago. No era ansiedad por el viaje. Era por verla. Por estar con ella antes de que el avión despegara hacia lo desconocido.
Metió la llave que ella meses atrás le había dado en la cerradura y empujó la puerta con cuidado. Había un silencio cálido en el departamento, solo roto por el lejano sonido del agua corriendo.
La luz del baño estaba encendida. Y con cada paso que daba hacia allá, su corazón latía con más fuerza. El vapor se escapaba por debajo de la puerta entreabierta. El espejo del pasillo lo recibió empañado, y un aroma dulce y fresco lo envolvió: la fragancia de ella.
—¿Tía? —preguntó con voz suave.
No hubo respuesta. Solo el rumor del agua deslizándose.
Empujó la puerta y la vio. La silueta de Rosanna tras el cristal de la ducha era una pintura viva: el agua resbalaba por su piel como hilos de luz, su cabello mojado caía sobre la espalda, y su cuerpo, ese cuerpo que tanto adoraba, respiraba calma.
Ella lo sintió antes de verlo. Sonrió sin girarse.
—Sabía que entrarías —murmuró, con ese tono que él conocía tan bien.
Ismael dejó la maleta a un lado y sin pensarlo más, se despojó de todo lo que lo separaba de ella. Abrió la puerta de la regadera y el vapor lo envolvió. El agua estaba tibia, el ambiente, íntimo. Cuando la rodeó por detrás, sus brazos encontraron su lugar natural alrededor de su cintura, y sus labios se posaron en el cuello húmedo de Rosanna.
No dijeron nada por un momento. Solo se sintieron. Se reconocieron.
Ella giró apenas el rostro y él la besó con lentitud, como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí, entre azulejos empañados y gotas que resbalaban sin prisa. El mundo se desdibujaba fuera de esa ducha.
—Aún tenemos tiemp… —susurró ella, apoyando la frente en su pecho cuando sintió aquel pene entrar en su vagina de un solo golpe..
Y así, bajo el agua, con las manos de él acariciando sus nalgas, la penetró de una sola estocada, fundiéndose en un vaivén de lujuria y deseo contenido, cogiendo salvajemente.
No era solo pasión. Era confianza. Era esa especie de amor que se expresa en gestos más que en declaraciones. Ismael chupaba y besaba sus senos con locura, se besaban con lujuria incontenible, ella clavaba las uñas en su espalda, él no paraba de penetrarla una y otra vez, deseaba poseerla a cada momento.
Tras algunos minutos de intensa pasión ella soltó un grito de orgasmo, abrazó con sus piernas el torso de Ismael, pero sabía que él no había terminado, así que se bajó y se puso de espaldas a él.
—Penetra mi ano, termina dentr… —gritó ella, apoyando la frente en los azulejos cuando sintió nuevamente aquel pene entrar en su culo de un solo golpe
Ella gritaba de dolor, de deseo, quería que él le destrozara el ano, quería sentir su semen caliente arder dentro de ella, él no paraba de penetrarla, la nalgueaba con coraje, con deseo, con lujuria.
—Dame más duro, Lucas, te deseo tanto —gritó ella, mientras con ambas manos abría sus nalgas de lado a lado para sentir más profundo aquel pene que la volvía loca.
—Si tía, toda mi verga es tuya, y tú eres mi perra… —gritó con locura.
—Si Lucas, soy tu puta, soy tu perra, pero no dejes de cogerme nunca, sigue, no pares mi amor —gimió cuando sintió que él eyaculó sin control dentro de su culo.
Hilos de semen escurrieron por sus piernas, ella se volteó hacia él, se puso en cuclillas y comenzó a darle una mamada descomunal, hasta limpiar nuevamente aquel pene con su boca.
Cuando salieron del baño, secándose entre risas y miradas cómplices, el reloj aún marcaba dos horas antes del vuelo. Y mientras ella buscaba sus tacones, él se quedó mirándola, como si el viaje ya hubiera comenzado desde el momento en que entró a su ducha.
—¡Nos va a dejar el avión! —gritó Rosanna mientras se colocaba los aretes frente al espejo, aún con las mejillas ligeramente sonrojadas por el vapor de la ducha… y por lo que acababa de suceder en ella.
Ismael, abrochándose la camisa a toda velocidad, se asomó desde el pasillo con una sonrisa pícara.
—¿Y eso de quién sería culpa, tía?
Rosanna lo miró por encima del hombro, divertida, mientras ajustaba su abrigo.
—De quien no se pudo resistir a mi silueta entre el vapor, por supuesto —respondió con fingida indignación, aunque ambos sabían que ninguno había querido resistirse realmente.
Tomaron las maletas, las llaves, los pasaportes, el abrigo olvidado, y salieron casi corriendo del departamento. La ciudad aún tenía ese tono gris azulado de las primeras horas del día, y el frío era punzante, pero ellos estaban tibios por dentro, llenos de esa energía que solo da el deseo compartido… y una carrera contra el tiempo.
En el taxi, entre miradas cómplices y dedos entrelazados, Rosanna suspiró.
—Vamos a llegar raspando, Lucas. Si perdemos el vuelo, te harás responsable.
—¿Responsable… de volver a ducharnos juntos? —respondió él, con esa media sonrisa que tanto la desarmaba.
Ambos soltaron una carcajada, que se apagó al ver el reloj del auto. Faltaban apenas 90 minutos.
Al llegar al aeropuerto, cruzaron la entrada prácticamente al trote, con los boletos en la mano y el alma acelerada. Rosanna hablaba con el agente de la aerolínea con ese encanto firme que la caracterizaba, y para cuando terminaron el check-in, aún les quedaban veinte minutos para abordar.
—¿Ves? Nunca dudé —dijo ella, acomodándose el cabello frente al vidrio del duty free.
—¿Nunca? Porque hace media hora estabas diciendo que era mi culpa si nos dejaban.
Ella lo miró con una expresión traviesa.
—Y aun así no me arrepiento.
Llegaron a la fila del abordaje justo cuando se abrían las puertas. Avanzaron con calma, ya sin correr, como si el tiempo les hubiese dado tregua. Al llegar a la entrada del avión, Rosanna se detuvo un segundo, antes de cruzar.
Ismael la miró, confundido.
—¿Todo bien?
Ella asintió, tomó su rostro entre las manos y, sin importar la mirada distraída de la sobrecargo o de los pasajeros, lo besó. No un beso breve ni social. Uno de esos que dicen: “lo que venga, lo viviremos juntos”.
—Ahora sí —murmuró ella, con voz baja y firme—. Estamos listos para volar.
Subieron al avión, tomaron sus asientos, y entre suspiros aún tibios, despegó algo más que un viaje.
El avión despegó bajo un cielo claro, dejando atrás la Ciudad de México. El vuelo hacia Islandia sería largo, lo suficiente como para que el silencio entre Rosanna e Ismael se llenara de algo más que palabras.
Estaban en clase ejecutiva, separados del resto por una cortina tenue y un murmullo constante de motores y conversaciones lejanas. Rosanna miraba por la ventana, pero sus pensamientos claramente volaban más cerca.
—Lucas… —susurró, sin girarse del todo, solo lo justo para que su voz le acariciara el oído—. ¿Recuerdas lo que me dijiste anoche?
Ismael sonrió. Había muchas cosas que le había dicho, pero su intuición le decía exactamente a cuál se refería.
—Lo recuerdo todo, tía —respondió en voz baja, sin quitar la vista de ella.
Rosanna giró lentamente su rostro, sus ojos brillaban con un fuego contenido. A pesar del entorno, no parecía inquieta. Al contrario, su seguridad era desbordante, incluso entre pasillos estrechos y asientos reclinables.
—Entonces… ¿qué te parece si me ayudas a olvidar que estamos volando a miles de metros del suelo?
El silencio entre ambos duró un segundo. Uno denso, cargado de entendimiento.
El movimiento siguiente fue casi natural: una manta, una reclinación estratégica de los asientos, y el discreto cierre de la cortina. Ninguna palabra más fue necesaria. Solo los dedos de Ismael bajo la tela dispuesto a masturbarla, un gemido ahogado de ella, y la respiración compartida que comenzaba a acelerarse.
Fue un encuentro breve, contenido, pero profundo. Un instante robado al cielo, envuelto en mantas, gemidos contenidos y miradas que decían más que cualquier sonido.
Cuando terminaron, Rosanna acomodó su blusa, se peinó con los dedos, y volvió a mirar por la ventana, como si nada hubiera pasado. Pero en sus labios quedaba la curva de un secreto compartido.
Ismael, a su lado, cerró los ojos, satisfecho… pero sabiendo que apenas era el principio de ese viaje.
El avión seguía su curso sobre el Atlántico cuando Ismael abrió los ojos, aún con la calidez del sueño aferrada a sus pensamientos. A su lado, Rosanna dormía profundamente, su cabeza ladeada hacia él, su respiración pausada, como si confiara plenamente en ese silencio compartido.
Él la observó con una mezcla de ternura y deseo contenido. Sin moverse demasiado, deslizó su mano hacia su blusa y la metió bajo el sostén para acariciar uno de sus senos. Rosanna reaccionó al contacto y, sin abrir los ojos, sonrió apenas. Un gesto pequeño, pero cargado de significado.
La cortina que los cubría parecía una frontera sagrada. Pero dentro de ese pequeño mundo de tela y secretos, sus cuerpos se buscaron de forma natural, en movimientos casi invisibles para el resto del mundo.
Ella se sentó encima de él y lo besó, al principio con suavidad, y luego con la urgencia de quien ya ha decidido cruzar todas las líneas. Su cuerpo se acomodó sobre él como si lo conociera de toda la vida, sacó el pene de Ismael y lo introdujo en su depilada vagina. Las caricias eran lentas, seguras, y el vaivén de los movimientos llenaba el espacio de una energía que contrastaba con la quietud del lugar.
El asiento crujió apenas bajo el peso compartido, pero no importó. Ismael enredó sus brazos alrededor de ella, mientras Rosanna, entre susurros y jadeos, se aferraba a su cuello como si no quisiera soltarse jamás.
Era su mundo, su momento. Nadie más existía.
Ella gritaba “Lucas” con dulzura y deseo. Él respondía llamándola “tía”, que en su boca sonaba como una oración. Las respiraciones se entrecortaban, la piel ardía y el tiempo parecía haberse detenido en ese asiento olvidado, entre paredes de metal.
Y cuando ambos llegaron al orgasmo, fue escandaloso por parte de ella, no fue íntimo, sellado con un beso largo, profundo, en el que se prometieron, sin decirlo, que aquello no era solo un arrebato.
Nadie los escuchó. O si alguien lo hizo, no los interrumpió. Porque había algo en ese acto que no pedía permiso. Solo sucedía. Como el cielo. Como el deseo que no necesita ser nombrado para sentirse real.
Al llegar al Aeropuerto Internacional de Keflavík (KEF), en las afueras de Reikiavik, el viento los recibió con un zumbido suave, pero ellos caminaban como si llevaran el calor del mundo entero bajo la ropa. Un calor que no venía del clima, sino de esa mirada que se dedicaban a cada paso, de esos dedos que apenas se rozaban pero que se decían todo.
Rosanna llevaba su abrigo ligeramente abierto, como si aún no quisiera cubrirse por completo, como si el aire islandés tuviera que tocar su piel marcada por un momento inolvidable. Ismael, por su parte, caminaba a su lado con una sonrisa tranquila, como quien acaba de tachar un deseo de una lista secreta.
—¿Estás bien? —le preguntó ella, con ese tono suave que usaba cuando quería decir más de lo que decía.
—Perfectamente —respondió él, mirándola de reojo—. Aunque no puedo dejar de pensar en lo que acabamos de hacer.
Ella sonrió, contenida, y lo tomó del brazo mientras pasaban por migración.
—Bienvenido a Islandia, Lucas —murmuró cerca de su oído.
Poco después, cruzaron las puertas corredizas de la terminal de llegadas. El aire era limpio, casi frío, pero ellos se sentían tibios por dentro. Un taxi los esperaba en la zona de abordaje. El conductor, un hombre de rostro amable, los recibió con una sonrisa.
—Hotel Borg, por favor —dijo Rosanna en inglés claro, al subirse al asiento trasero.
El taxi comenzó a rodar por las autopistas islandesas, dejando atrás las luces del aeropuerto. Desde el asiento trasero, Ismael tomó la mano de Rosanna. Ella la apretó con fuerza, y ambos se quedaron mirando por la ventana, mientras los paisajes volcánicos y la bruma del atardecer parecían bendecirlos en su llegada.
No había necesidad de hablar. Ambos sabían que Islandia no sería sólo un viaje de negocios… sino el escenario de algo mucho más profundo.
El viento islandés golpeaba con fuerza los ventanales del pequeño hotel boutique donde Rosanna e Ismael se hospedaban. Afuera, la nieve caía sin tregua; adentro, el silencio era espeso, interrumpido solo por el crujido de la madera bajo sus pasos y el eco lejano de una chimenea encendida en otro cuarto.
La habitación que les asignaron era cálida, pero no lo suficiente para el cuerpo de Rosanna, que temblaba levemente mientras se quitaba los guantes y se frotaba los brazos.
—Odio el frío —dijo en voz baja, como si se quejara consigo misma, mientras Ismael cerraba la puerta detrás de ellos.
Él la miró, entendiendo sin necesidad de palabras. No fue un gesto seductor ni calculado, sino algo natural. Como si la cercanía fuera la única respuesta lógica ante ese clima que todo lo entumecía.
Rosanna se sentó en la orilla de la cama, abrazando sus piernas, envuelta en una bufanda gruesa que no lograba detener el escalofrío que la atravesaba. Entonces Ismael se acercó, se quitó la chamarra y la rodeó con su calor.
—Ven —le susurró, guiándola con delicadeza hasta el centro de la cama—. No vamos a dejar que el hielo se meta en ti.
Ella lo miró, con esa mezcla de desafío y entrega que solo alguien como Rosanna podía mostrar. Con una media sonrisa, se dejó guiar.
Los abrigos quedaron a un lado. Luego las capas de ropa más delgadas. Y pronto, lo único que existía era el calor de sus cuerpos, piel contra piel, buscando consuelo más allá del deseo.
Él la abrazó por detrás, y ella acomodó su espalda contra su pecho, cerrando los ojos. Sus manos se entrelazaron sobre el vientre de ella. La respiración de ambos se acompasó, como si compartieran el mismo ritmo, el mismo silencio, la misma necesidad.
La tormenta seguía allá afuera, invisible tras los cristales empañados. Pero en esa habitación, todo se volvió calmo. Íntimo. Irrepetible.
Rosanna dejó escapar un suspiro.
—Lucas… esto es lo único que necesitaba.
Ismael no respondió. Solo la apretó con más fuerza. Porque había cosas que no necesitaban decirse cuando se sentían así de reales.
La noche islandesa era profunda y silenciosa. Solo el crujido de la madera, ocasional, rompía la calma del cuarto. Rosanna e Ismael dormían abrazados, sus cuerpos entrelazados bajo una sola cobija, como si buscaran fundirse para vencer el frío del norte.
Pero no pasaron muchas horas cuando ella abrió los ojos, inquieta. Algo en su interior palpitaba con más fuerza que el frío. Se giró suavemente hacia él, que aún dormía con el rostro sereno, respirando pausado.
—Lucas… —susurró, apenas audible.
Ismael se despertó al sentirla moverse. Sus ojos se abrieron, encontrando los de ella a pocos centímetros. No hubo explicación. No hubo preguntas. Solo un gesto de ella, una súplica silenciosa, cargada de deseo contenido.
Ella estaba en de rodillas y con la cara recostada en la cama, quería que Ismael la penetrara en esa posición. Lo que siguió fue lento, natural. Como si ya lo hubieran vivido mil veces en sueños.
La cercanía se volvió caricia. Los suspiros reemplazaron a las palabras. El lenguaje entre ellos fue antiguo, íntimo, hecho de piel, aliento y conexión. El frío desapareció por completo. La habitación, antes tan callada, se llenó de algo cálido, casi invisible, pero imposible de ignorar.
En ese momento, no estaban en Islandia. Ni siquiera estaban en el mundo. Solo eran dos cuerpos que se habían estado esperando, y que, por fin, se reconocían.
Rosanna arqueó suavemente la espalda, como si en ese gesto entregara todo. Y en su voz, apenas un murmullo que solo él pudo oír:
—No pares, Lucas…
La habitación estaba en penumbra. Solo la luz tenue de una lámpara sobre el buró se reflejaba en la ventana empañada por el contraste del calor interior y el hielo exterior.
Rosanna e Ismael no habían vuelto a dormirse. El sueño les parecía innecesario cuando había algo mucho más vivo latiendo entre ambos.
Ella se pegó hacia él, su espalda ahora tocaba su pecho, su respiración era profunda mientras el seguía penetrando su vagina lentamente. Entre palabras suaves, caricias lentas y silencios que decían más de lo que podían articular, la distancia entre ambos se deshizo por completo.
Sus manos, ya conocidas, recorrieron territorios familiares con una ternura nueva. Él la abrazó desde atrás, besando la curva de su cuello, y ella respondió con un suspiro que llevaba dentro más que deseo: era entrega. Era un “sí” sin decirlo.
—Lucas… —murmuró ella, con voz entrecortada.
Ismael no respondió con palabras, sino con actos suaves. Como si cada movimiento suyo buscara memorizarla. Sus gestos eran lentos, reverentes. Y, aun así, estaban llenos de una pasión contenida que poco a poco los fue consumiendo.
La manta que los cubría cayó lentamente, y el calor que los envolvía ya no era solo corporal, sino emocional. La intimidad no necesitó luces, ni testigos, solo piel y confianza.
En algún momento, Rosanna entrecerró los ojos y apretó su rostro contra la almohada, dejando escapar su nombre:
—Lucas… Lucas…
Él la sostuvo con fuerza mientras el orgasmo de Rosanna empapaba la cama, esa noche eran el centro de su propio universo.
Y cuando el silencio regresó al cuarto, fue un silencio distinto. No de ausencia, sino de plenitud. Sus cuerpos, aún entrelazados, descansaban como si hubieran encontrado en el otro algo que no sabían que les faltaba.
Ella tomó su mano, la llevó hasta su pecho, y con los ojos cerrados, sonrió.
—Así… así está bien.
El amanecer en Islandia no llegó con fuerza, sino con una delicadeza casi invisible. Una bruma blanca cubría el horizonte, y el sol apenas se atrevía a colarse por las cortinas de lino claro que ondeaban suavemente con la corriente de aire caliente de la calefacción.
Rosanna abrió los ojos lentamente, como si no quisiera interrumpir el sueño que aún flotaba entre las sábanas. A su lado, Ismael ya estaba despierto, observándola en silencio.
Ella notó su mirada y sonrió, con ese gesto suyo tan único, como si fuera consciente de que él no podía dejar de mirarla.
—¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó, su voz aún ronca de la noche.
—Desde que el sol decidió asomarse… y tú seguías tan cerca —respondió él, acariciando su cabello hacia atrás.
Se quedaron así un momento más, entre miradas suaves, como si el tiempo fuera más lento ahí dentro. No hablaban de lo que había ocurrido, porque no necesitaban ponerle nombre. Lo que pasó entre ellos no era un evento. Era un lenguaje que solo ambos entendían.
Rosanna estiró su cuerpo, acomodándose boca arriba. Ismael apoyó su cabeza sobre su pecho, como buscando abrigo en ese lugar que ahora sentía suyo.
—¿Te das cuenta de que esto ya no tiene vuelta atrás? —susurró ella.
—No quiero que la tenga —respondió él, cerrando los ojos.
Permanecieron así durante minutos largos. Luego se levantaron sin prisas. El vapor del agua caliente en la ducha llenó el baño, y dentro, las risas suaves, las miradas bajo el agua, y el calor compartido hablaban de algo más que deseo: hablaban de complicidad.
Vestidos y listos, salieron de la habitación. Afuera, Islandia les ofrecía un paisaje blanco, limpio, como una página en blanco por escribir.
Y eso era justo lo que eran: dos personajes en medio de su historia, apenas comenzando a escribir los capítulos que el mundo aún no conoce.
El sol de Islandia bañaba el campo de lava con una luz dorada y tenue, que parecía querer acariciar cada grieta y cada piedra negra y rugosa. Rosanna e Ismael caminaban lado a lado, envueltos en sus abrigos gruesos, el aire frío que les picaba la piel, pero no alcanzaba a enfriar el calor que llevaban dentro.
El silencio entre ellos era cómodo, casi sagrado, como el espacio entre dos almas que se reconocen y aún buscan las palabras adecuadas para decirlo.
Finalmente, Rosanna detuvo sus pasos y miró hacia el horizonte, donde las formaciones volcánicas se perdían en la distancia. Sus ojos brillaban, no solo por la luz, sino por algo que guardaba desde hace tiempo.
—Hay algo que necesito contarte —comenzó, sin voltear.
Ismael se acercó un poco más, su mano rozó la de ella. —Estoy aquí para escucharte, tía.
Ella sonrió ante el apodo, esa forma de recordarle su confianza y cercanía.
—Toda mi vida he sentido que… a veces, por más que quieras, hay partes de ti que no sabes si merecen ser amadas. Que te preguntas si alguien puede querer no solo lo bueno, sino también lo que crees que es frágil o imperfecto.
Ismael apretó suavemente su mano, invitándola a seguir.
—Pero contigo… he aprendido que no es así. Que hay alguien que puede ver todas esas piezas y aun así quedarse. Que puede querer cada parte, sin condiciones.
Ella volteó y lo encontró mirando con una ternura infinita.
—Conocerte, este viaje… todo me ha hecho sentir viva, completa. Y no quiero que esto sea solo un recuerdo de verano. Quiero que sea el comienzo.
Ismael la abrazó, sintiendo que sus palabras tocaban algo profundo en él.
—Tía… yo también quiero eso. No solo porque me vuelves loco —dijo con una sonrisa tímida— sino porque contigo me siento yo mismo. Sin máscaras.
Se quedaron así, con el viento jugando entre ellos y la historia que apenas empezaba a escribirse en ese paisaje tan antiguo como nuevo para ellos.
Esa misma noche, después de regresar al hotel, el cielo se iluminó con las mágicas auroras boreales. Rosanna e Ismael salieron al balcón, envueltos en una manta gruesa, observando el espectáculo natural que pintaba de verde y violeta el firmamento, mientras él la abrazaba por atrás y penetraba su ano.
Esa penetración seguía la danza de luces que parecía susurrarles secretos antiguos, y ellos, en silencio, compartían ese momento único. Sin palabras, sus manos se encontraron, sus dedos entrelazados con la fuerza de quien sabe que todo ha cambiado, Rosanna gemía de dolor, pero no quería que Ismael se detuviera.
—Es como si el universo aprobara lo nuestro —dijo Rosanna, con voz entrecortada, casi un murmullo.
Ismael asintió, acercándose para rozar su frente en la nuca de ella.
—Cada vez que te veo, siento que puedo enfrentar cualquier cosa —confesó—. No sé qué me espera, pero contigo quiero descubrirlo.
Rosanna apoyó la cabeza en su pecho, sintiendo el latir firme y cálido.
—Gracias por estar aquí, por quedarte —susurró—. Esto es más que un viaje, es un renacer.
Los dos permanecieron así, bajo ese cielo que parecía eterno, hasta que él eyaculó dentro del ano de su amada.
A la mañana siguiente, mientras caminaban despacio por un sendero cercano al hotel, la nieve crujía bajo sus botas y el aire fresco les llenaba los pulmones. Ismael iba a su lado, atento, pero respetando el silencio que Rosanna necesitaba.
Después de un rato, ella se detuvo, mirando las huellas que dejaban atrás.
—Hay algo que nunca te he contado —dijo, con la voz cargada de un dejo de vulnerabilidad.
Ismael la miró, esperándola sin prisa.
—Hubo un tiempo en mi vida en que me sentí invisible. Como si no importara lo que hiciera o dijera. Era fácil para otros juzgarme, criticarme, y yo… me lo creía. Eso me hizo cerrar partes de mí, construir muros para protegerme.
Sus ojos buscaron los de Ismael, buscando comprensión.
—Por eso me cuesta tanto confiar. Pero contigo… algo se ha roto. No es que todo sea perfecto, ni que no tenga miedo, sino que contigo siento que puedo ser auténtica, sin máscaras, como un lazo invisible que nos une.
Ismael tomó su mano y la apretó suavemente.
—Gracias por confiar en mí, tía. Yo también he tenido mis propias batallas, y quizás por eso entiendo lo que dices.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Quiero que esto sea diferente. Quiero que podamos ser ese refugio el uno para el otro.
Él sonrió con ternura.
—Lo seremos.
Juntos siguieron caminando, con la nieve como testigo, sintiendo que cada paso los acercaba no solo en distancia, sino en corazón.
El paisaje blanco lo envolvía todo. Una llanura de nieve virgen se extendía más allá del horizonte, como una hoja en blanco, esperando ser escrita por ellos. Rosanna caminaba descalza sobre la nieve, su abrigo abierto, el aliento formando nubes en el aire gélido. Pero había algo en su mirada, algo en su andar lento y seguro, que derretía el hielo a su paso.
Ismael la observaba con el corazón latiéndole como un tambor. Ella no parecía sentir frío. Era como si su cuerpo ardiera desde adentro.
—¿Aquí? —preguntó él, con la voz temblorosa, no por el clima, sino por lo que sentía.
—Aquí —respondió Rosanna, girándose hacia él, dejando que su abrigo resbalara por sus hombros y cayera al suelo, posteriormente se despojó de toda su ropa, aquel cachetero color roja quedaba tirado en la nieve.
La nieve tocó su piel como miles de agujas suaves, pero ella no se estremeció. Al contrario, se acomodó lentamente sobre él, quien yacía desnudo, acostado en la nieve, ella se sentó con una sonrisa traviesa en su rostro, que contrastaba con el blanco puro que los rodeaba e Ismael comenzó a meter su lengua en su vagina, tan profundo que parecía querer comerle todo su interior.
—Nunca me sentí más viva —gritó, mientras untaba un poco de nieve en sus senos, como si quisiera desafiar al mundo, al invierno, a cualquier límite.
Ismael, sin decir palabra, correspondió a ese gesto con un roce firme de sus manos, que subieron con decisión hasta ese par de redondas masas de carne, dejando un rastro de fuego en su piel fría. Después ella giró, y él dejó que sus manos se posaran sobre sus nalgas, guiándola con una mezcla de ternura y deseo.
Sus cuerpos se movían con un ritmo propio, ajenos al frío, ajenos a todo. El crujido de la nieve bajo ellos era el único testigo del vaivén que los unía. Los gemidos ahogados, los suspiros al oído, el temblor compartido… todo formaba parte de una danza silenciosa entre calor y escarcha.
El mundo estaba en pausa.
Y justo cuando el momento alcanzó su cima, ella gritó su nombre con fuerza, como si la nieve también necesitara saber quién le había dado tanto fuego con la lengua. Él le respondió con una caricia en el rostro y un beso sobre su hombro helado.
El silencio del paraje era absoluto, salvo por el ritmo de sus respiraciones entrecortadas. Rosanna, de espaldas a él, con la piel apenas cubierta por algunos copos, parecía más una visión que una mujer real. Su cuerpo resplandecía bajo el cielo nublado, desafiando al frío con su calor interno.
Ismael la contempló unos segundos, fascinado por su entrega, por la libertad con la que ella se movía en ese paisaje inhóspito como si fuera suyo.
—Eres de otro mundo —murmuró, casi sin aire.
Rosanna giró el rostro apenas, con una sonrisa salvaje en los labios, y apoyó ambas manos en la nieve, sacando a relucir la curva de su cuerpo con una intención clara.
Ismael no necesitó más invitación. Se acercó, y sin decir palabra, alzó una de sus manos y la dejó caer con firmeza sobre su piel. El sonido seco de la palmada rompió el silencio de la nieve. Rosanna soltó un jadeo, no de dolor, sino de un placer que parecía aún más intenso por el contraste del clima.
Otra nalgada. Y otra más. Su piel comenzaba a enrojecer, no por el frío, sino por esa mezcla de intensidad, entrega y deseo.
—Así… —susurró ella entre respiraciones, hundiendo los dedos en la nieve, mientras una risa suave y contenida le escapaba de los labios.
Ismael la sostuvo entonces, abrazándola desde atrás, y con movimientos lentos, casi ceremoniales, se recostaron juntos sobre la nieve y la penetró intensamente. No hacía falta hablar. Sus cuerpos ya lo decían todo.
El frío los rodeaba, pero ellos creaban su propio calor. Una danza íntima, poderosa, natural, como si cada caricia encendiera una chispa bajo sus pieles heladas. Las marcas en su cuerpo, los suspiros, los latidos compartidos… todo era parte de un ritual salvaje y hermoso.
Y cuando se fundieron completamente el uno en el otro, la nieve a su alrededor parecía derretirse apenas.
No hubo gritos, sólo nombres susurrados como mantras. Lucas. Tía. Palabras que para ellos dos significaban más que cualquier título y nuevamente Ismael eyaculó dentro de su vagina.
Luego, abrazados bajo un manto de copos blancos, respiraron juntos, como si acabaran de sobrevivir a una tormenta interna.
—Te amo, tía. —dijo él, con los ojos cerrados.
—Y yo a ti, mi Lucas. —respondió ella, con la voz temblando, no por el frío, sino por el orgasmo que acababa de tener.
Después, entre risas contenidas, se abrazaron bajo la nevada ligera que comenzaba a caer.
—Nadie nos creería esto —susurró Ismael.
—Lo hubiéramos grabado —contestó ella, cerrando los ojos mientras apoyaba su cabeza en su pecho.
La nieve los rodeaba, pero entre ellos no quedaba ni un rastro de frío.
Después de días intensos en Islandia, llenos de trabajo, decisiones y noches de sexo salvaje, Rosanna e Ismael finalmente lograron cerrar el negocio que tanto habían esperado. La sensación de triunfo los envolvió como un cálido abrazo, y la emoción por regresar a México era palpable.
El vuelo de regreso estuvo lleno de miradas cómplices y silencios compartidos, conscientes de que algo importante había cambiado entre ellos, tanto en lo profesional como en lo personal.
Al llegar a la Ciudad de México, la rutina parecía esperarlos, pero para Rosanna había algo más aguardando en casa.
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