Rojo Intenso – Capítulo 3: La rubia de recepción

Rosanna no se movió. Sentada en la cabecera, los ojos clavados en Vanessa.

—Quédate un momento —dijo con voz firme.

Vanessa, como si lo hubiera anticipado, no dudó. Cruzó los brazos y permaneció en su silla. Ismael también se mantuvo en su lugar, casi en silencio, observando a ambas como si estuviera a punto de presenciar algo que no se repetiría jamás.

Rosanna entrelazó los dedos, la mirada fija en la mujer de recepción.

—¿Tú sabías lo que hacías cuando hablaste frente a todos? —preguntó.

Vanessa sonrió, no con arrogancia, sino con deseo sincero.

—Lo deseaba hace tiempo. Solo necesitaba permiso para decirlo en voz alta.

—¿A quién deseas? —cuestionó Rosanna, ladeando el rostro, como si probara su seguridad.

—A ti. Y a él… pero solo como testigo —respondió Vanessa, sin apartar la vista.

Hubo un silencio. No incómodo. El tipo de silencio que precede a una tormenta, o a un descubrimiento profundo.

Rosanna se levantó de su silla lentamente. Caminó hacia Vanessa, rodeando la mesa con una calma medida. Luego se detuvo detrás de ella, posando una mano en su hombro.

—¿Ahora mismo? —susurró, cerca de su oído.

Vanessa asintió.

Ismael, aún sentado al fondo, observaba la escena con el corazón en la garganta. Rosanna lo miró de reojo, con una expresión que mezclaba poder, permiso y complicidad.

—Lucas —dijo con voz baja—, no toques nada… solo mira.

Ismael tragó saliva, asintió, y sacó su celular. Pero no grabó aún. Solo lo sostuvo, como símbolo de que aquello no era improvisado. Era elección. Era entrega.

La sala, antes lugar de juntas y decisiones, se transformó en un escenario íntimo. No era solo deseo lo que flotaba en el aire. Era el comienzo de otra historia. Una que nadie había planeado, pero que ahora se desarrollaba en el espacio entre tres almas con hambre de conexión, de juego y de verdad.

Lo que ocurrió allí no necesitó palabras.

Solo miradas. Solo alientos. Solo la certeza de que algunas puertas, una vez abiertas, no vuelven a cerrarse jamás.

La sala quedó sumida en una atmósfera densa, casi palpable, donde cada respiración parecía amplificarse y cada gesto cobrar un significado profundo.

Rosanna no esperó más. Y sin cerrar la sala de juntas, con la seguridad de quien sabe lo que provoca, tomó a Vanessa con delicadeza y firmeza, guiándola hacia la mesa de juntas. Allí, sin perder ni un instante, deslizó sus manos por las piernas de la rubia, hasta alcanzar las medias que cubrían su piel, y con un gesto sutil pero decidido las rasgó, liberando la piel tibia y llena de promesas.

Vanessa arqueó la espalda, sintiendo el roce de Rosanna como un fuego que se encendía sin remedio. Con un movimiento suave, Rosanna apartó la tanga Victoria Secret´s de color blanco que protegía su vagina, permitiendo ver una ligera capa de vello púbico, y comenzó a recorrerlo con su lengua con una atención reverente, una caricia en silencio, una exploración que hablaba sin palabras.

El aire se llenó con el sonido entrecortado de suspiros y gemidos profundos. Vanessa, entregada, apretó con sus manos la cabeza de su jefa, como pidiendo más, como suplicando que no se detuviera, que siguiera explorando, adorando, encendiendo.

Ismael, desde la esquina, observaba y grababa. Su mirada estaba fija, absorta en el momento, mientras Vanessa, consciente de la cámara, se tocaba con delicadeza los pezones, subiendo y bajando sus manos para intensificar la escena, para hacerla suya también.

El espacio que antes había sido de reuniones y órdenes se había transformado en un santuario de deseo, donde el poder y la vulnerabilidad se mezclaban con cada caricia y cada mirada.

Y en ese instante, nadie dudaba que lo que ocurría allí cambiaría para siempre las reglas del juego.

La mirada de Vanessa se iluminó cuando vio a Ismael con la mirada fija en ellas, y se masturbaba al mismo tiempo que las grababa. Esa conexión, ese silencio compartido, hizo que una ola de excitación recorriera su piel. Sus manos jugueteaban con la cabeza de Rosanna, desafiándola, invitándola a seguir.

Con voz temblorosa pero decidida, la rubia susurró a su jefa:

—Haz que él participe… que no se quede solo mirando.

Rosanna la miró con una mezcla de complicidad y autoridad, y con un suave movimiento levantó su falda, dejando caer al suelo la tanga que había sido su pequeña barrera.

—Lucas —dijo, la voz cargada de deseo—, penétrame.

Ismael dejó de grabar por un momento, atento solo a ella, a sus palabras, a su cuerpo. Respondió con la intensidad de quien se entrega sin reservas.

—Cada que me lo pidas, tía —murmuró, mientras comenzaba a moverse con un ritmo salvaje y apasionado.

Vanessa observaba, fascinada, excitada, dejándose llevar por la fuerza del momento, por el sonido de ese nombre, por la pasión que ambos compartían. Sus ojos se encontraron con Rosanna en un silencio cómplice, un pacto sin palabras que los unía más allá de cualquier límite.

El clímax de su orgasmo, tan íntimo como salvaje, la alcanzó de la manera más inesperada: en la boca de su jefa, en el refugio de esa entrega sin miedo ni juicio, mientras que Ismael dejaba de penetrar a Rosanna.

La sala de juntas quedó en penumbra, con el sol colándose entre las persianas en delgadas líneas doradas. El aire aún estaba espeso, no por el calor, sino por la tensión, el sudor de la confesión física, la carga de lo prohibido.

Vanessa se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la mesa. Su respiración aún era agitada, pero en su rostro había algo más que deseo: había calma. Esa que llega después de haber hecho exactamente lo que uno deseaba, sin miedo.

Rosanna permanecía de pie, con el cabello un poco desordenado, la falda levantada y su tanga en el piso. Se pasó la mano por el rostro con delicadeza, limpiando la miel que su trabajadora había dejado en ella y luego miró a Ismael.

—¿Estás bien, Lucas? —preguntó, no como jefa, sino como mujer.

Él asintió. Pero tardó en hablar.

—Creo que nunca me sentí más parte de algo —dijo con honestidad, mirando a ambas.

Vanessa esbozó una sonrisa que no era ni tímida ni provocadora. Era humana. Casi cómplice.

—¿Y ahora qué? —preguntó, mientras jugaba con los botones de su blusa, aún sin abrochar del todo.

Rosanna tardó unos segundos en responder. Caminó hacia la ventana, como si necesitara tocar la luz del mundo exterior para anclarse en algo real. Luego, con voz firme:

—Ahora sin arrepentimiento. Porque esto no fue una distracción. Fue una decisión. Y si vamos a vivir con ella… que sea con la cabeza en alto.

Se giró hacia ellos.

—Aquí no hay juego si no hay respeto. No quiero celos, no quiero secretos. Pero si hay deseo… entonces se vive, no se reprime.

Ismael y Vanessa asintieron, cada uno desde su rincón, sintiendo que algo más grande acababa de comenzar. No un romance típico. No una aventura de oficina. Sino un nuevo tipo de conexión: basada en la entrega, el consentimiento y el poder compartido.

Horas después, mientras el estudio continuaba con su día, los murmullos seguían presentes. Algunos evitaban mirarlos. Otros… no podían dejar de hacerlo. Pero lo cierto es que, de un modo u otro, todos habían cambiado un poco.

En el fondo de aquellos escritorios Vanessa se cruzó con Rosanna nuevamente. No dijeron nada. Solo se tomaron la mano por un segundo. Como quien promete algo. Como quien guarda un secreto.

Y en su oficina, Ismael seguía trabajando, pero de vez en cuando se tocaba el cuello, recordando el aliento de ella, la voz que lo llamaba “Lucas” como si fuera un conjuro. Un conjuro al que nunca pensaba renunciar.

La oficina se fue vaciando lentamente, como un teatro tras la función. Las luces del exterior comenzaban a reflejarse en los cristales, y las sombras de la ciudad trepaban por las paredes del estudio.

Solo quedaron tres.

Ismael, Rosanna y Vanessa.

El silencio entre ellos no era incómodo. Era un lenguaje compartido, lleno de expectativa. Sin necesidad de palabras, se miraron… y caminaron juntos hacia la sala de juntas, como si el eco de lo vivido horas antes aún los llamara.

Una vez dentro, Rosanna cerró la puerta, esta vez con el seguro puesto. Giró sobre sus talones y se dirigió a Vanessa con una mirada que era mitad orden, mitad deseo.

—Quiero verte —dijo, con voz templada.

Vanessa no dudó. Se despojó de su ropa como si se tratara de un acto ceremonial. Con movimientos lentos, seguros, se inclinó sobre la mesa, colocándose en cuatro, dejando que su cuerpo hablara por ella.

Rosanna se acercó por detrás y con una sonrisa de admiración, deslizó sus dedos por su espalda, apreciando cada curva, cada tensión.

—Tienes unas nalgas deliciosas, Vanessa —murmuró con la cadencia de quien pronuncia un poema.

Se giró hacia Ismael, que observaba en silencio desde una esquina, con los labios entreabiertos, conteniendo la respiración.

—Lucas —dijo Rosanna—. Ven. Haz lo que sabes hacer.

Él se acercó, con pasos pesados pero firmes, y colocó su mano izquierda sobre la cadera de Vanessa. La otra, la alzó suavemente… y entonces dejó caer la primera nalgada. No con violencia, sino con intención. Un sonido seco, firme. Vanessa gimió, no de dolor, sino de un placer contenido que al fin tenía salida.

—¡Oh, my god! —grito la rubia.

Otra nalgada. Otro gemido.

La piel de las nalgas de Vanessa comenzaba a enrojecerse, como una pintura viva. Su cuerpo vibraba. Y entre gemidos, su respiración se volvía más profunda… más desesperada. Como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo para dejar salir otra versión de sí misma.

Rosanna, mientras tanto, observaba todo con fascinación. Acariciaba el cabello de Vanessa, la calmaba y la encendía al mismo tiempo con sus palabras.

—Estás hermosa así… entregada, sin miedo.

Y en ese momento, no eran jefa, recepcionista ni diseñador. Eran tres cuerpos conectados por algo más que deseo: por confianza, por impulso, por la certeza de que estaban exactamente donde querían estar.

El reloj ya había marcado el fin de la jornada hacía horas, pero la oficina seguía viva. No por el murmullo de ideas ni el clic de teclas… sino por algo más primitivo. Algo que los envolvía a los tres.

Ismael respiraba agitado, de pie frente a Vanessa, quien aún sostenía su cuerpo inclinado sobre la mesa.

—Penetra mi ano —dijo Vanessa.

Su piel era un mapa rojo marcado por cincuenta nalgadas llenas de deseo, y su mirada reflejaba entrega total.

—¿Escuchaste lo que te pidió? —susurró Rosanna, desde un rincón oscuro de la sala.

Ismael asintió. Sus manos temblaban, pero no por duda. Era por el peso del momento. Por la confianza. Por la orden disfrazada de deseo que su jefa acababa de pronunciar.

Rosanna se acercó a Vanessa con lentitud y retiró la tanga que llevaba puesta con el mismo cuidado con el que se guarda un secreto. La colocó suavemente sobre los labios de la recepcionista, no como una mordaza, sino como un símbolo. Vanessa no se resistió. Al contrario, cerró los ojos como quien recibe una bendición.

Luego, Rosanna se dejó caer en una de las sillas, recostando su espalda y separando ligeramente las piernas. Dispuesta a masajear su clítoris, sin participar. No necesitaba hacerlo. Solo con mirar… se encendía. Cada jadeo, cada palabra susurrada entre ellos era para ella alimento, dominio y placer.

—Ismael… —dijo Vanessa en un grito suave, como si su alma se escapara por la garganta—. Quédate ahí. No pares.

Ismael obedecía. Como guiado por algo más grande que él.

Vanessa, se fundía con el momento. Lo llamaba entre suspiros rotos, se movía con un ritmo que no marcaban ni la vergüenza ni el pudor. En un instante, lo miró sobre su hombro, con la prenda aún entre los labios, y sus ojos llenos de una ternura brutal.

—Te amo, me gusta rompes mi ano —dijo, apenas audible—. Eres el amor de mi vida.

Ismael se quedó en silencio. Un segundo. Tal vez dos. Luego solo cerró los ojos, y lleno aquel estrecho orificio con su semen ardiente.

Rosanna, desde su silla, apretó los labios y explotó en un orgasmo indescriptible.

Hubo un silencio denso en la sala de juntas. No era silencio de paz, sino de preguntas. De esas que se hacen sin palabras, solo con el cuerpo exhausto y las miradas cargadas de un “¿y ahora qué?”

Vanessa seguía en la mesa, respirando de forma agitada, con los labios húmedos y los ojos entrecerrados, sintiendo el dolor en su ano, pero lleno con aquel liquido lechoso en su interior. Ismael, a su lado, no se movía. Parecía mirar a través de ella, como si buscara entender lo que acababa de escuchar.

—Eres el amor de mi vida.

Esa frase, que había salido de los labios de Vanessa como una confesión suave y ardiente, había golpeado a Rosanna como un trueno. Aún sentada en su silla, con las piernas cruzadas y el cuerpo aparentemente relajado, su mente era otra cosa.

Ella no lo dijo, pero lo pensó: ¿Por qué me prendió tanto que ella le dijera eso?

Ismael no respondió de inmediato. Solo la miró. A Vanessa. Con una mezcla de ternura y desconcierto. Fue entonces cuando Rosanna se levantó. Su falda aún desordenada, su cabello enmarañado, pero sus ojos… eran fuego controlado.

Caminó lentamente hasta las nalgas de su empleada, sin mirar a Ismael comenzó a saborear el semen de su hombre directamente del ano de Vanessa, minutos después se levantó y le dio una fuerte nalgada a la chica.

—Está bien —dijo en voz baja, con una sonrisa difícil de descifrar—. Las emociones florecen en la oscuridad. Pero veremos qué sobreviven con la luz del día.

Vanessa la observó, aún vulnerable, como si supiera si acababa de ser bendecida.

Ismael quiso decir algo, pero las palabras no salieron. Solo estiró una mano hacia Rosanna, y ella la tomó.

La sala de juntas aún respiraba con ellos. No era solo el aire espeso de una noche larga, sino esa carga invisible que queda cuando los cuerpos y las emociones se han dicho más de lo que las palabras permiten.

Vanessa seguía sentada en la orilla de la mesa, su silueta recortada por las luces bajas del estudio. Sus piernas, abiertas con naturalidad, no buscaban provocar. Era una postura de entrega, de confianza, como si dijera: Aquí estoy. Sin máscaras.

Rosanna se acercó primero. La observó por un instante, como si la estuviera redescubriendo. Se inclinó con lentitud, sus labios buscaron su piel, su mano recorrió con suavidad la curva de su nalga que aún ardía por aquellas nalgadas. Depositó un beso cálido, íntimo, en el pezón izquierdo de Vanessa, donde el corazón parecía latir con más fuerza.

Ismael se acercó después, sin decir palabra. Se colocó al otro lado de Vanessa. Sus manos, firmes pero cuidadosas, la sostuvieron por la cintura. Sus labios también encontraron espacio. Besaron. Reconocieron. Reclamaron lo que el deseo había sembrado en los tres.

Durante unos instantes, sus respiraciones se entrelazaron. No hubo necesidad de más. Las miradas hablaban. Los gestos respondían.

Las manos de Rosanna y de Ismael se encontraron brevemente en las nalgas de Vanessa, como si hicieran un pacto silencioso, compartido. Uno que decía: Esto fue real. Esto fue nuestro.

Entonces Rosanna se separó lentamente, acariciando la mejilla de Vanessa con ternura.

—Ahora sí —susurró—. Es hora de irnos.

Y así, salieron los tres de la sala. Cada uno con el corazón latiendo distinto. Uno lleno de preguntas, otra de emociones nuevas… y la tercera, de un poder que ya sabía que le pertenecía del todo.

La ciudad dormía. Al menos en apariencia.

En su departamento de la condesa, Rosanna se desvistió frente al espejo sin prisa. Cada prenda que caía al suelo era como una memoria de lo ocurrido. Las marcas en su piel, leves, eran testigos silenciosos de una noche diferente, más abierta, más peligrosa. Y más excitante de lo que esperaba.

Se metió en la cama sin encender la televisión. Solo su celular en la mesita de noche iluminaba el espacio. A las 2:13 am, le escribió a Ismael:

Rosanna:

“No dejo de pensar en cómo la tocaste… en cómo gemía por ti.”

La respuesta no tardó:

Ismael:

“Y tú… besándola así, tía. Casi no puedo respirar solo de recordarlo.”

Rosanna sonrió. No una sonrisa dulce, sino una que tenía filo. Deseo, poder, fuego.

Rosanna:

“¿Te diste cuenta cómo se rendía cuando le hablabas así? Cómo su cuerpo respondía a ti, pero me miraba a mí.”

Ismael:

“Sí… y eso me volvió loco. Era como si los dos estuviéramos dentro de ella, al mismo tiempo. Aunque solo uno… físicamente.”

Hubo una pausa.

Rosanna:

“¿Te gustó verla obedecerme? Ver cómo yo dirigía todo… mientras tú la complacías.”

Ismael:

“Mucho. Pero lo que más me gustó… fue verte mirándome como si yo fuera tuyo mientras te masturbabas.”

Eso la desarmó un poco. No completamente. Pero lo suficiente para que su corazón se acelerara, y sus piernas se entrelazaron bajo las sábanas mientras ella tocaba su clítoris con su mano izquierda.

Rosanna:

“Lucas… no eres mío. Pero me encantaría pensar que lo eres, cuando te digo ‘tía’.”

Ismael:

“Soy tuyo cuando lo dices. Y cuando no lo dices.”

Ella apagó la luz. Pero no el teléfono. Lo sostuvo entre las manos, pegado al pecho, como si sus palabras le calentaran la piel más que cualquier cuerpo desnudo.

Esa noche, no durmieron juntos.

Pero tampoco durmieron del todo.

El reloj marcaba las 2:45 am. La ciudad seguía callada, pero dentro de Rosanna todo ardía. Las luces apagadas de su departamento no lograban calmar el fuego que le había dejado la noche.

Ismael no estaba con ella, pero su presencia se sentía con cada vibración del teléfono.

Ismael:

“Todavía puedo oler tu piel, tía.”

Rosanna cerró los ojos. Ese mensaje la sacudió. No físicamente. En algo más profundo.

Se acomodó entre las sábanas, sola, pero con el cuerpo aún sensible. Cada palabra que llegaba desde el otro lado de la pantalla encendía algo. Una imagen, un recuerdo, una orden que no había dado… y que quería dar.

Rosanna:

“¿Qué harías si estuvieras aquí ahora mismo, Lucas?”

Pasaron apenas diez segundos antes de que apareciera la respuesta.

Ismael:

“Lo mismo que hice en tu oficina. Pero más lento. Mirándote a los ojos. Esperando que vuelvas a decir mi nombre.”

Ella no respondió enseguida. Dejó caer el celular a su lado y respiró profundo. La tela de las sábanas contra su piel era apenas un roce, pero suficiente para que sus sentidos se activaran.

Cerró los ojos y dejó que su mente viajara. A la sala de juntas. A la mirada de Vanessa. A las manos de Ismael. A su voz.

Sus piernas se tensaron. Su espalda se arqueó. El cuerpo se convirtió en un solo punto de calor, deseo y silencio. Hasta que el nombre escapó de sus labios, ahogado, urgente.

—Lucas…

Fue más que un suspiro. Fue una confesión.

Después, el cuerpo volvió a caer sobre el ahora colchón empapado. Desnudo. Silencioso. Saciado. Pero con el corazón latiendo como si apenas empezara la noche.

Tomó el teléfono una vez más.

Rosanna:

“No necesito verte para sentirte dentro de mí.”

La respuesta no llegó. Pero no hacía falta.

Ella ya lo sabía.

La mañana llegó con un sol brillante sobre la Condesa, como si la ciudad, en su ironía, intentara limpiar los excesos de la noche anterior con una luz demasiado honesta.

Rosanna llegó al estudio unos minutos más tarde de lo habitual. Llevaba gafas oscuras y una blusa blanca que parecía haber sido elegida con una intención: neutralidad. Pero su andar… no podía disimularse. Era el andar de alguien que había dormido poco. O quizás no había dormido en absoluto.

La puerta automática se abrió y lo primero que encontró fue a Vanessa, de pie junto a la recepción, ya lista, esperándola.

Sin previo aviso, la recepcionista dio un par de pasos rápidos hacia ella, tomó su rostro con ambas manos y le estampó un beso directo en la boca. No fue breve. Tampoco excesivo. Fue exacto: firme, lleno de intención. Y completamente público.

Rosanna parpadeó apenas cuando sus labios se separaron. A lo lejos, Ismael —que había llegado más temprano— observaba desde su escritorio. No se movió, pero su ceño se frunció levemente de excitación.

—Buenos días, jefa —susurró Vanessa con una sonrisa.

Rosanna se tomó un segundo, luego sonrió con esa mezcla de control y fuego que la caracterizaba.

—Buenos días, Vane. Ve a la sala de juntas. En cinco minutos te busco.

Vanessa obedeció, con un brillo en la mirada.

Rosanna siguió caminando hacia su oficina. Pero en el trayecto, se detuvo frente a Ismael. Él la miró, esperando algo. Quizá una invitación. O una promesa.

Ella solo le dijo, en voz baja:

—Lucas… no hagas suposiciones. Solo observa.

Y entró a su despacho, dejando la puerta entreabierta, como si fuera intencional.

Ese día, el estudio no se llenó de trabajo, sino de miradas cruzadas, mensajes sin enviar y la sensación de que algo nuevo se había desatado… y nadie sabía cómo detenerlo.

Vanessa llegó primero a la sala de juntas. El mismo espacio donde, la noche anterior, se había roto el protocolo… y nacido algo que aún no tenía nombre. Se sentó en la misma mesa, pero esta vez con las piernas cruzadas y el cabello recogido, como si quisiera marcar una nueva escena, más calculada, más intencional.

Rosanna entró cinco minutos después. Llevaba consigo solo su taza de café y una sonrisa que no era ni profesional ni personal. Era suya. Era nueva.

—¿Sabes por qué te pedí que vinieras? —preguntó Rosanna, con tono suave, pero cargado de intención.

Vanessa se acomodó en la silla, bajando ligeramente la mirada, pero sin perder el control.

—Para que terminemos lo que empezamos.

Rosanna no respondió. Solo caminó lentamente hasta detrás de ella, apoyando sus manos sobre sus hombros, dejándolas descansar con suavidad. El contacto fue simple, pero suficiente para hacer que Vanessa cerrara los ojos un momento, mientras su jefa bajaba las manos para apretar sus senos.

Desde fuera, Ismael observaba. No por celos. No por control. Observaba con esa mezcla de admiración y deseo que surge cuando uno se sabe parte de algo íntimo, incluso si no está en el centro.

La puerta, como si tuviera vida propia, se cerró lentamente, dejando al interior solo a ellas dos.

Ismael, sin moverse de su lugar, respiró hondo. Sabía que no necesitaba entrar. No todavía.

Tomó su teléfono. Escribió:

Ismael:

“Dile que no estoy mirando. Pero que estoy pensando en ambas.”

Minutos después, recibió solo una imagen de vuelta. No un cuerpo. No una escena. Solo dos manos entrelazadas tocando una vagina rubia, una con uñas rojas, la otra con esmalte natural.

Rosanna y Vanessa.

Complicidad. Poder. Y algo más.

Rosanna no dijo nada al principio. Caminó lentamente alrededor de la mesa, observando los reflejos sobre el cristal, los sillones alineados, los pequeños rastros de la noche anterior que solo ella parecía notar. Luego se detuvo frente a Vanessa.

—¿Estás segura? —preguntó, sin dureza, pero con autoridad.

Vanessa asintió. Con firmeza. Su voz salió suave, pero decidida.

—Quiero entenderte. Quiero saber cómo se siente estar cerca de ti… no como empleada. No como admiradora. Sino como parte de ti.

Rosanna arqueó una ceja. Se acercó. Tan cerca que el aire entre ambas se volvió una sola respiración compartida.

—No es fácil —susurró—. Acercarse a mí significa no volver a mirar igual al mundo.

Vanessa sostuvo su mirada. Y sonrió.

—No quiero que el mundo vuelva a ser el mismo.

Entonces Rosanna alzó una mano y la colocó con delicadeza sobre la mejilla de Vanessa. Su dedo índice recorrió su pómulo con una lentitud que parecía desafiar el tiempo. La otra mano descendió, lenta, hasta tomar su cintura.

El primer beso no fue fuego. Fue reconocimiento.

Y luego vino otro, y otro. Más intensos. Más largos. El deseo no nacía del impulso, sino de la espera. De la confianza.

Vanessa se dejó guiar, sin perder su fuerza. Se sentó en la orilla de la mesa, tal como lo había hecho la noche anterior, pero esta vez con los ojos cerrados. No por sumisión, sino por entrega.

Rosanna colocó ambas manos sobre sus rodillas, deslizándolas con lentitud, abriendo un poco el espacio entre ellas. Pero no hizo más. Solo la observó.

—Eres hermosa cuando dejas de fingir que no lo sabes —dijo, con una voz que era mitad orden, mitad caricia.

Ambas permanecieron ahí, respirando la una en la otra, rozándose con la mirada y las palabras. El deseo estaba presente, sí, pero también algo más sutil: una conexión que parecía decir “esto es nuestro”.

Desde el pasillo, Ismael podía imaginar lo que ocurría. Las paredes de cristal dejaban pasar la luz, pero no los secretos.

Y eso era perfecto.

La luz tenue de la tarde se filtraba a través de las ventanas, dibujando sombras suaves sobre la mesa de juntas. Rosanna y Vanessa, alejadas del mundo que las observaba, compartían un espacio suspendido en el tiempo.

Sentadas juntas sobre la mesa, sus cuerpos se acercaban naturalmente, las piernas se entrelazaron con delicadeza, como si cada movimiento fuera un diálogo silencioso entre piel y piel frotando lentamente sus vaginas entre sí. No necesitaban palabras; la tensión palpable entre ellas hablaba por sí misma.

Rosanna rozó suavemente la mejilla de Vanessa, quien cerró los ojos para sentir con más intensidad cada gesto, cada caricia. Sus respiraciones se sincronizaron, y el latir de sus corazones se volvió un murmullo compartido.

En ese instante, el mundo se redujo a ellas dos, a la conexión profunda que trascendía lo físico, una danza sutil entre el deseo y la confianza, entre la fuerza y la vulnerabilidad.

No había prisa. Solo la certeza de que, allí, en ese espacio cerrado por paredes de vidrio, habían encontrado un refugio donde podían ser auténticas, libres, y completamente presentes.

El teléfono de Ismael vibró con una sola palabra que iluminó su pantalla: “Entra.”

No había más. Solo esa orden cargada de significado, que lo invitaba a cruzar el umbral de un espacio donde todo lo conocido y esperado se disolvía.

Con paso firme, Ismael abrió la puerta de la sala de juntas y se encontró con la imagen que jamás olvidaría. Rosanna y Vanessa, tan cercanas, tan cómplices, compartiendo un momento que hablaba sin palabras. Las piernas entrelazadas, las miradas profundas, la confianza dibujada en cada pequeño roce de sus vaginas.

El aire parecía vibrar con una energía casi tangible, una corriente que los llamaba a los tres a fundirse en una experiencia única.

Sin dudarlo, Ismael se acercó, dejando que su presencia se integrara naturalmente en aquel círculo de intimidad. Rosanna alzó la mirada, una sonrisa invitadora iluminó su rostro, y Vanessa lo recibió con la misma entrega.

No hubo necesidad de explicaciones. Solo el entendimiento tácito de que, en ese momento, solo existían ellos, compartiendo una conexión más allá de lo convencional, más allá de las palabras.

Ellas se acercaron al pene erecto de Ismael, los límites se desdibujaron, y el deseo, contenido hasta entonces, empezó a fluir libre, como un río cálido que los envolvía y unía en un abrazo profundo de sus lenguas chupando aquel pedazo de carne.

Finalmente, cuando el clímax de esa unión se manifestó, su semen fue expulsado hacia los rostros y senos de aquellas candentes mujeres, un testimonio silencioso de la pasión compartida, una huella que sólo ellos podían entender.

—¿Saben qué es lo que me gusta de esta situación? —dijo Rosanna—. Que ustedes harán lo que yo les pida, así que quiero que cojan delante de mí.

Tras escuchar esas palabras, ellos dos se miraron en complicidad.

Ismael se acercó despacio. No dijo nada. Se quedó de pie frente a ella, entre la penumbra y el reflejo azul del monitor que aún estaba encendido del otro lado de la puerta.

Vanessa lo miró. Sin una palabra, deslizó su mano hacia la suya, y lo atrajo entre sus piernas, aún sentada sobre la mesa. Sus rostros quedaron a la misma altura.

—He pensado en esto después de que tuviéramos sexo anal —confesó ella en un susurro—. En cómo sería que penetres mi vagina… sin prisa, frente a ella.

Se besaron con lentitud. Nada apurado. Un beso suave al principio, que fue creciendo como una fogata tímida que encuentra aire. Las manos de ella enredadas en su nuca, las de él en su cintura. El ambiente era denso, pero no urgente. Era deseo con cuidado, pasión con ternura.

Ismael se acostó en la mesa de la sala de juntas, y esperó a que lentamente ella se sentará sobre su pene. Ella en cuclillas comenzó un vaivén de arriba abajo, gritaba, gemía.

—Oh si mi amor, sigue, no pares, te amo, te adoro, eres el amor de mi vida—confesó ella en un grito desesperado—. Préñame.

Ismael sólo observaba como aquel par de redondas y hermosas tetas botaban al ritmo de su penetración.

En aquella habitación. Rosanna estaba sentada sobre una de las sillas, envuelta en calor sofocante. Sostenía su celular mientras grababa, y en la pantalla frente a ella, las escenas comenzaban a intensificarse.

No era la primera vez que veía a sus dos empleados intimar, el día anterior tuvieron sexo anal frente a ella, pero ese día algo era distinto. Tal vez era la situación, o el silencio inusual afuera de la sala de juntas a esa hora. O tal vez era él.

Mientras la escena avanzaba, sus ojos permanecieron fijos, pero su mente viajaba a sus propios momentos íntimos, a las manos conocidas, a los labios que recordaba con precisión inquietante. Se descubrió suspirando, no por la escena, sino por lo que evocaba en su interior.

Sentía cómo su respiración cambiaba, cómo la piel bajo su ropa se volvía más sensible.

Pensó en su cuerpo, en el poder que aún tenía. En lo deseada que se había sentido no hace mucho. En lo libre que se permitió ser, por fin, después de tantos años de control y recato. Había algo hermoso en ese despertar. En sentirse viva.

Y justo cuando Ismael terminó de eyacular en el interior de Vanessa, ella se levantó rápidamente y se subió a la mesa, para que en esa posición su Lucas le hiciera sexo oral, él sin dudarlo hizo lo que ella deseaba. Vanessa se levantó, pero no esperaba lo que su jefa le pidió.

—Déjame chupar el interior de tu vagina—grito ella mientras frotaba sus senos y gemía con aquellos lengüetazos—. Deseo probar su semen en tu piel.

Vanessa sin pensarlo se acostó del otro lado de la mesa y permitió que Rosanna le hiciera el mejor sexo oral que hasta ahora le había dado, y sabía que se debía a que estaba degustando al mismo tiempo aquel exquisito semen del hombre que amaban.

En esta ocasión ambas llegaron al orgasmo al mismo tiempo, Vanessa bañaba la cara de su jefa, y Rosanna hacia lo propio en el rostro de Ismael. Así se quedaron algunos minutos, contemplando aquel acto, descansando de la agitación que sentían.

Posteriormente y ya arreglados, abandonaron aquella sala de juntas, mientras el resto de sus compañeros los miraban salir, algunos con envidia, otros con confusión, y otros tantos con deseo de algún día poder hacer lo mismo en la oficina.

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Soy ElPecado, tejedor de deseos en palabras. Mis relatos eróticos encienden pasiones ocultas, explorando la sensualidad y el taboo con un toque melancólico. Cada frase es un susurro candente que despierta la piel y el alma, siempre en el filo del placer prohibido.

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